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“Pero algo está ocurriendo, y no sabes lo que es”.

13 Marzo 2017Gabriel Salinas
 Ensayo sobre la moral patética de los que reniegan para las comparsas.

Ensayo sobre la moral patética de los que reniegan para las comparsas.

Pasó el carnaval, ahora empieza la cuaresma dicen los creyentes católicos, con su habitual resignación de pecadores. La cuaresma dicen, es para la penitencia.

“Todo el ejercicio cristiano de la penitencia y la redención podría comprenderse como una folie circulaire (locura circular) creada arbitrariamente: fácilmente provocable sólo en individuos ya predestinados, es decir, con predisposiciones morbosas” (Friedrich Nietzsche)

Pasan los días y pasan las vidas de las personas. Después de todo, queda muy poco. Todo, ya de por sí es poco, y con eso basta para saber que no hay mejora real, a la que se llegue por un camino que va a un todo pleno e ideal inexistente.

Ahí surge el vicioso espejismo provocado por el deseo de elevarnos más allá de lo que realmente somos; en realidad es como si fuéramos simples reptiles que quisieran ser gloriosas aves. Entonces se revela el profundo sentido del perdón cristiano que no es una fórmula para una moral mejor en la sociedad, sino para una moral existencial patética; a fin de cuentas porque se niega a sí misma. Es decir, no se trata de perdonar a los demás y lograr una comunión política acerca del error o “pecado” –que marca lo que no se debe hacer, en cualquier caso-; este tipo de comunión permitiría supuestamente alcanzar una superación ideal de la sociedad, esa política del error, se presenta para delimitar el camino a la prometida superación -mientras menos te equivoques o “peques”, más te superas- dicen, así que -perdona y no peques, pecador-.

Pero no, en realidad, la cuestión del perdón supone perdonarse primero del error y no a la inversa como plantean las doctrinas de esa fe en un ingenioso juego de espejos. Cómo podría uno perdonar a otro auténticamente sin hacer lo propio antes con uno mismo; se crea entonces, una velada tolerancia al error o “pecado”, una verdadera comunidad alrededor del error, pero negándolo, a mucho, aceptado a escondidas y omitiendo su origen primigenio inherente al sujeto, que si comete un error públicamente se convierte en “pecador”.

A partir de ahí se instala la naturalización de ciertas relaciones sociales, marcadas por el antecedente descrito antes, la tolerancia al error de uno mismo pero negada. Se reconoce que “el pecado” es inevitable, que es parte misma del ser y su existencia, que los cristianos dirán “mundana”, eufemismo para desdoblar la responsabilidad real, frente a una ideal e inexistente, la del “cielo”. Si no fuera por su noción de salvación ideal, la moral cristina podría llamarse orgullosamente existencial y no sería patética, el problema es que niega lo mejor que propone, a saber, que el hombre acepte sin culpa su existencia tal como es, con errores, con propensión a “pecar” de modo que el pecado no exista, sólo malas elecciones. Pero en cambio los padres de la iglesia prefirieron fundar en este campo fértil para pensar la moral, un edificio de culpas. De ahí el patetismo que se le puede atribuir a su postura.

“El lenguaje es la morada del ser y el hombre es su pastor” (Martín Heidegger)

La política cristiana del “pecado” como se explicó, no representa el espíritu de todas las sociedades. No obstante, es un gran ejemplo del establecimiento de un lenguaje común y disciplinario, para introducir dentro del intercambio comunicativo que marca las relaciones sociales dándoles sentido, una lógica enmascarada bajo un sistema de representaciones, con referentes como “el perdón” o “el pecado”, entre otros relacionados. Estos sistemas de representaciones, en realidad impulsan al divorcio de la sociedad con su capacidad de autorepresentarse en sus imperfecciones, de todo orden, y por el contrario dichas referencias comunicativas se presentan a sí mismas como legitimadoras de la búsqueda imposible de la perfección en el proyecto “del cielo”.

El lenguaje opera acá con todo su potencial social; no es equivocada la afirmación de que el ejercicio del poder debe evidenciarse al desnudar la naturaleza comunicativa, los discursos, de las formas sociales disciplinantes que aseguran un orden dominante. Ahí por ejemplo la locura, que para los psicólogos lacanianos no logra representarse a sí misma, es marginalizada en la sociedad disciplinante, porque el loco es el otro fuera de la comunidad, aquel con él que la comunicación en todos los niveles que exige la sociedad para establecer su dominio, no es posible.

Y con este ejemplo se descubre el tercer elemento notable de la política del “pecado”; es decir, como relación de poder que beneficia lo contrario de lo que se podría suponer. La política del “pecado” con su tolerancia negada al “pecado” de uno mismo, no sólo es hipócrita, sino que favorece a quien puede esconder sus pecados o errores. Es decir a quien pueda ejercer ese poder con la violencia necesaria para asegurarse su propósito, ya que, como se expuso, las representaciones sociales alrededor del sistema cristiano, constituyen un lenguaje disciplinario que no es divino, sino real y por ello se encuentra sujeto a las relaciones sociales existentes.

“La sabiduría disimula nuestras heridas: nos enseña a sangrar a escondidas” (Emile Cioran)

Si nos perdonamos nuestros errores, deberíamos ser felices, pero no, porque eso se debe hacer en privado, negando todo públicamente, de otro modo se desafía la política cristiana del error, cuyo régimen se sostiene no bajo la muestra de su eficiencia para lograr una superación social, ya que este propósito no es un fin, es un medio para internalizar en la comunidad la tolerancia a aquello que es realmente, una comunidad de seres imperfectos o “pecadores” como dicen los católicos; que como ya se dijo, traza una circunstancia de vida favorable para algunos en detrimento del resto.

Por supuesto, no está mal identificar comportamientos indeseables para el sostenimiento de una comunidad, eso sí atraviesa a la mayoría de las sociedades en su diversidad, de ahí la función del tabú por citar un ejemplo, es una cuestión práctica o de supervivencia si se quiere. Por eso la frase de Cioran parece útil en este contexto, considerando que para un pensador occidental (inevitablemente influenciado por el pensamiento cristiano), la sabiduría no es el conocimiento de una mejor moral, sino supone la habilidad de esconder los frutos de nuestros errores, “sangrar” dice el rumano, en una evidente analogía al daño que uno sufre por cometer un error y que debe ser negado, ocultado del mejor modo, tal como manda la moral cristiana del perdón.

“Pero algo está ocurriendo, y no sabes lo que es, ¿no es así, Mr. Jones?” (Bob Dylan)

Finalmente, de que superación se puede hablar, si la política del pecado, sólo sirve para efectivizar una administración de la violencia a manos de aquellos que ejercen su poder con ella. La única comunión política que se propone, es la de ratificar las formas de la violencia que aseguran un dominio.

Los carnavales recuerdan eso. Tomar los espacios públicos es una expresión de violencia mayor que un bloqueo sindical, porque no se persigue un fin práctico como en el ejemplo, entonces sólo se está detentando el poder de hacer algo así. Se trata de un recordatorio de la violencia dormida que en otras circunstancias parece desaparecer en el control organizado de la cotidianeidad, quizás por eso, la precaria violencia de las comparsas debe recordar que existe.

El ejercicio del poder se visibiliza en una de sus formas ocultas, como pecado, y se desenmascara para el festejo, circula a lo largo de las relaciones sociales, evidencia las formas miserables de nuestro ser, pero sólo porque se permite hacerlo. El resto del año, salvo contadas excepciones, la mayor hipocresía del régimen de violencia asume su forma más controladora, y la iglesia se encarga de marcar las temporalidades con sus rituales, casi como si cerrara el telón de los carnavales. Miércoles de ceniza, empieza la cuaresma –pecadores empiecen sus penitencias, les dimos el escenario, les dejamos mostrarse y ahora deben volver a la oscuridad y pedir perdón y perdonarse-. Es más fácil absolverlos, porque tenían permiso, lo grave es mostrarse cuando no lo tienes.

Las clases acomodadas, con su típica ociosidad, reniegan de estas fechas en sus casas, pero aceptan lo que sucede afuera, el paso de las hordas de ebrios no les son indiferentes, se mienten a sí mismos -sólo son personas celebrando y se han excedido-. Señalan con indignación la violencia que recorre las calles, pero jamás señalaran la violencia que atraviesa la sociedad el resto del año, ésta es la madre de la otra.

El autor en breve

Gabriel Salinas ha trabajado los últimos cuatro años como periodista cultural y editor, participando en diversas publicaciones nacionales (Correo del Sur y La Patria de Oruro, entre otros), especialmente en el campo de la literatura y los estudios culturales.

Salinas también ejerce la crítica de arte, por lo cual ha sido merecedor de una residencia en Kiosko de Santa Cruz.

Salinas también ha sido invitado para representarnos en las mesas de discusión en las III Jornadas de Literatura Boliviana de la XXI de la Feria Internacional del Libro de La Paz (2016). De este modo, su última publicación, corresponde a la ponencia desarrollada en la que se abordan las relaciones de algunas corrientes semiológicas y filosóficas entre el “sujeto y la palabra” al rededor del fenómeno de la escritura.

En el último tiempo, los esfuerzos de Salinas están volcados a la actividad poética.

El autor en breve
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  • carnaval, cuaresma, pecadores, comparsas

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