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THOMAS MANN

Confesiones de un burgués

15 Mayo 2017Fernando Bogado
Confesiones de un burgués

Confesiones de un burgués

Thomas Mann, en un gesto doble, es tanto un escritor burgués como un escritor profundamente alemán. Y, claro está, desde su perspectiva, una cosa significa la otra. Podemos definirlo como burgués en un sentido decadente, no porque él mismo haya incurrido en un modo de la decadencia –no podemos menos que verlo como un hombre sometido a una rigurosa rutina de escritura, que incluso rechaza el alcohol y a los estimulantes en general y sólo confiesa fumar mientras escribe–, sino porque toda su novelística se basa en la lectura del progresivo abandono de la dimensión natural por parte de personajes típicamente burgueses para la final transformación en la dimensión espiritual: un movimiento que tiene sus resabios hegelianos, en donde se deja la carne para abrazar el alma. Eso es lo que pasa con Los Buddenbrock (1901), una dinastía familiar que pasa de lo material (el control de los negocios) al ámbito espiritual (que incumbe el arte pero, también, atrae la disolución). Algo que también se ve en ese clásico fundamental de la pluma de Mann, Muerte en Venecia (1912), en donde Gustav von Aschenbach representa el último límite del desarrollo espiritual burgués antes de la muerte, y Tadzio, la belleza natural, inalcanzable, que se quiere asir con la mirada artística, pero que siempre está en fuga. Y aquí es donde también aparece toda esta impronta bastante alemana: la necesidad de marcar una distancia y la profunda atracción que la naturaleza, lo salvaje, la barbarie, tiene para ese mundo atemperado de lo germano. Estamos hablando de un pueblo que desarrolló en igual medida la Aufklärung (el “Iluminismo”, con figuras como Immanuel Kant, que llevaron la razón como estandarte), pero que, casi de manera contemporánea, abrigó el nacimiento de los pensadores románticos, fascinados por la posibilidad de entrar en contacto con el mundo natural desde un yo liberado de toda atadura, sumergido en la violencia sin repliegue de la naturaleza. Reflexiones como estas, del carácter doble del espíritu alemán, de la novela como modo de lidiar con ese mundo más allá de la civilización, aparecen por doquier en Sobre mí mismo: Ensayos autobiográficos, un libro que reúne diferentes textos de Thomas Mann hablando tanto de su persona, de los principales hechos de su vida, como de meditaciones en torno a su obra o incluso confesiones en torno a gustos que nos podrían resultar insospechados del último, gran escritor realista europeo.

Esa progresiva espiritualización del mundo burgués tiene en Mann aristas insospechadas: por ejemplo, su gusto por las sesiones espiritistas, lo cual lo lleva a participar en conferencias contando lo sucedido en algún que otro encuentro al que ha asistido. En particular, encontramos en este libro una recuperación de la sesión que presenció en la residencia del barón Albert von Schrenck-Notzing, autor de libros como Fenómenos de materialización (1914), quien sostenía la posibilidad de que, mediante la figura articuladora de un médium, los espíritus podían manifestarse en este plano de la realidad y llevar a cabo acciones, como dejar huellas sobre un plato con harina o, incluso, teclear algunas letras en una máquina de escribir. Mann aparece allí como un escéptico medido, que no descarta ni aprueba, pero que, con sana curiosidad, quiere ver lo que realmente pasa en estos encuentros marginales que muchos consideran totalmente fraudulentos. Así, hace de árbitro de todos los estudios previos que debe pasar el joven de casi 20 años que hará de médium en la sesión que presencia, un tal Willi. ¿No es esa la quintaesencia del “espíritu” burgués, el acercarse con racional cautela y esperar ver con sus propios ojos para decidir si algo es o no cierto?

Ese mismo interés por la búsqueda de lo general, digamos, por plantear un nivel superior que reúna a todo lo humano, aparece también en su posicionamiento político. Como parte de una generación que ha visto los últimos tranvías a caballo y que ha sufrido la caída de la Europa decimonónica en la Gran Guerra (tal como lo señala en el primer artículo del libro, “Mi época”), Mann lamenta profundamente que el mundo se encuentre dividido, primero, por el totalitarismo Nazi y, después, por el totalitarismo soviético. Será por eso que habla de un “humanismo” que va más allá de toda forma nacionalista, e incluye en eso a la experiencia soviética, la cual es fuertemente innovadora en lo que respecta a los cambios sociales traídos por la Revolución de 1917, pero que todavía tiene en su corazón el espíritu ruso que tiende a las formas imperiales fuertemente comprometidas a una visión religiosa que parece no querer desaparecer. Por eso, el escritor se reconoce como un socialista medido, en esa línea que después devendrá en la “tercera vía” europea (digamos, lo que después será la integración de toda Europa bajo el signo del Euro y cierto discurso fuertemente universalista). Pero hasta en la lectura del propio Mann se notan las contradicciones inherentes de esta posición.

Humanitario, pero fuertemente alemán; con propuestas estéticas “humildes” que después devienen en libros enormes que parecen un auténtico destilado de la vida; no por nada filósofos como el húngaro György Lukács consideraban a la prosa de Thomas Mann como lo mejor que podía dar el mundo (alemán) burgués: precisamente, daban en el clavo a la hora de mostrar la naturaleza decadente de una clase en desaparición y los conflictos al interior de una pensamiento cada vez más distante de esa síntesis ideal que el propio movimiento del espíritu, si nos ponemos un poco hegelianos, auguraba. Cada uno de los textos autobiográficos nos muestran a un hombre –que se reconoce como “centrado”– desbordado por el mundo en el que vive, por la época que le tocó transcurrir, por los resultados de su propia obra o por las actitudes de sus hijos (más de una vez, en estas páginas reunidas, aparecen esos dos soles del decadentismo burgués vuelto a la más sana algarabía vital: Klaus y Erika Mann). Mann habla de pasiones esperables, como la lectura de Goethe o el sano juego infantil que todo buen escritor debe mantener en su corazón, pero los momentos más interesantes son cuando revela que en el trasfondo de cada una de sus obras hay una caída que no puede detener, y que se manifiesta, con un orgullo decidido, como el valor más importante de su escritura. Y es que Mann construye, en sus libros, la mirada melancólica de un hombre nacido en Lübeck, Alemania, en el último cuarto del siglo XIX, sobre una Europa que lentamente (y muy a su pesar) se sumergía en el caos y la más radical desaparición.

Mann sobre La montaña mágica

Con La montaña mágica no me ha sucedido otra cosa que con la primera novela, con Los Buddenbrock. Como entonces, su concepción fue modesta. Lo que yo planeaba era una historia grotesca en la que la fascinación por la muerte, que había sido el motivo de la novelita veneciana, se elevara a lo cómico: algo, pues, como un contrapunto satírico a La muerte en Venecia. Y ocurrió lo que ya había ocurrido: el libro me creció entre las manos, alcanzó dos volúmenes, como aquél; estuvo por así decirlo en hibernación durante la guerra, volvió a fluir, se mostró absorbente como una esponja, fraguó como un cristal con todas las vivencias de su época y se ha convertido de hecho en la contrafigura literaria de Los Buddenbrock, en una repetición de ese libro a otro nivel vital, que el autor tiene en común con su nación. Pero, ¿hasta qué punto contrafigura y repetición? En la medida en que también este libro, esta historia grotesca y en parte malvada, reprochable, en la que un joven espíritu se inclina peligrosamente hacia abismos espirituales y morales, es un libro burgués, una expresión de una forma de vida burguesa o, dicho de manera simbólica: lübeckiana. 

Mann sobre La montaña mágica
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