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La nariz luminosa de un poeta

11 Septiembre 2017Matías Serr Bradforda
La nariz luminosa de un poeta

La nariz luminosa de un poeta

Con la muerte de John Ashbery desaparecen varios. La persona que habla en un poema suyo cambia de lugar de modo inesperado y se vuelve difícil emboscarla. No se trata tanto de una dificultad como de un recreo. El lector puede sentir que está entrando a una habitación en la que al menos uno –o más, no puede saberse– estaba jugando al cuarto oscuro. Otras veces un poema de Ashbery es una voz que se dirige a otro, mofándose de un tercero o enalteciéndolo.

Uno de sus tics más constantes es el de arrojar un elemento que descoloque, “un trapo sobre una jaula”. Prima en él el impulso por asombrarse. Decía del pintor Georges Braque que “parte de su encanto reside en el hecho de que siga siendo capaz de sorprenderse a sí mismo, y por ende puede sorprendernos a nosotros”. Da la impresión de que Ashbery necesita soltar una frase más rara que la anterior, una línea más alejada de la otra, para cada vez parecerse menos a cualquier otro, incluso a sí mismo (excepto en el método), y que nadie pueda anticiparlo: “y con un ojo en esas largas sombras de felpa curtida / que le hablan con tanta hondura a nuestro conocimiento privado de preparación / acerca de nosotros mismos”.

Acaso algo en la maestría vuelva a su portador inevitablemente enigmático. En cierta manera, escribir es esperar a que otro se dé cuenta; es lo contrario de explicar. Por otra parte, la literatura, no nos engañemos, ama esconderse. Y Ashbery es hábil para crear apariencias de sentido (que requieren que el lector regrese a las líneas apenas terminadas). Es oportuno citar lo que escribió sobre Marianne Moore: “El resultado de demasiadas claridades superpuestas – la oscuridad de una fórmula algebraica para un estudiante lento”. Fue también Ashbery quien en una ocasión declaró que “cuanto peor es tu arte, más fácil es hablar de él”. (Lo cual es cierto pero contradice el modo en que él mismo sabe hablar de obras ajenas).

No puede ser casual que Ashbery regrese desde distintos puntos cardinales al mismo norte. Establecer un repertorio de claridades y opacidades fueron su manía. Ha dicho de Raymond Roussel que “esta sensación persistente de no saber con precisión qué ha estado haciendo paradójicamente redobla el potente hechizo de su escritura.” Al leer a Ashbery se puede sospechar su tentación por dejar afuera a algún cretino (¿a críticos de qué estado, a presbiterianos de Pensilvania?). Uno de sus versos advierte: “les mostraré el temor en un puñado de expertos”. A diferencia de no pocos novelistas, un poeta –como un pintor– no se vuelve más blando o convencional a medida que pasan los años. Al contrario, en ciertos casos consigue radicalizar los colores que lleva la bandera de su isla soberana: “Animado, abres tu diccionario de rimas. / Ha comenzado a nevar”.

En otra oportunidad, Ashbery sugirió que “a menudo parece que el rol del artista es precisamente hacerse malentender, que el malentendido y la apreciación son lo mismo”. Está visto que era una obsesión que le presentaba pródigas variantes. Por ejemplo, cuando le preguntaron por qué sus poemas eran tan difíciles, dijo que había notado que cuando uno sigue hablándole a la gente ésta eventualmente pierde el interés, y que en cambio cuando uno empieza a hablar solo a la gente le da curiosidad por escuchar. Hablándose en voz alta, trocando de posición, sus poemas derivan en variaciones alrededor de lo explicable y lo inexplicable, en un cortejo de lo indirecto y lo desconcertante. En Ashbery, exhibir la valentía de una cierta incoherencia equivale a la confianza en el sentido que le prestará el lector: “te despiertas bajo la mesa de un sueño”.

No es que el poeta sea desparejo; es que sus poemas se deslizan sobre lo irregular. No busca dar con ideas; éstas son un resultado de lo accidental, motivadas por su facilidad para el falso proverbio, el aforismo levemente surrealista. La de Ashbery no es una obra para llevarse a una isla desierta, pero pocas lo son y ninguna ha querido serlo desde el vamos (excepto la de Octavio Paz, que naufragó en el camino a pesar de la inmunidad diplomática).

Cada frase de Ashbery es precisa pero el todo permanece algo abstracto. Se frena justo antes de que una escena quede demasiado delineada. Sería tan absurdo exigirle más legibilidad escénica como pedirle a Turner que en sus cuadros trazara mejor los contornos. Describió bien su trabajo al comentar sobre otro poeta que “pocas veces sabemos exactamente qué sucede, pero obtenemos una fuerte impresión de cómo sucede”. Con frecuencia, la realización del poema aparece tematizada en las líneas de quien creía que las cosas suceden, precisamente, como en un poema. Ashbery presenta el movimiento de un día en una vida y de una vida entera (condensada como un Updike cubista) y es sumamente diestro para el último verso de un poema, casi siempre con un toque casual, que le da un aire de principio de cuento.

En poemas breves y en poemas extensos, su diosa es la ligereza, que avanza de la mano de una pronta comicidad –abunda el tráfico de objetos exóticos, frutos tropicales y criaturas submarinas– y que sólo pide a cambio una mínima indulgencia. Pero usar una tinta suave no significa que lo escrito irá borrándose: “Es de noche y estamos algo cerca de una cancha de tenis. / En la vida nos perdemos pero la vida sabe dónde estamos”.

Se puede ser enigmático con ligereza, al modo de Ashbery, o con densidad (no es una crítica), a la manera de Geoffrey Hill o J.H. Prynne. Con sus compañeros de ruta de la así llamada New York School –Schuyler, Kenneth Koch, Frank O’Hara– la ligereza adopta diferentes coloraturas. Asbery puede dar la sensación de estar entreteniéndose con el lector, pero una mano capaz de escribir ciertos versos –“el invierno hace lo que puede por sus niños”– tal vez sea la de alguien a quien le importa algo central de una tarde del pasado que sigue latiendo.

Afloraron, al mismo tiempo, otros Ashbery fuera de sus poemas. El que realizó las traducciones del francés de Rimbaud, Supervielle y Reverdy. El que redactó notas sobre arte para el New York Herald Tribune de París (allí vivió una década). El crítico de Newsweek que temía que de noche lo llamaran para ir a redactar el obituario de un artista. El que ensayaba y exponía sus collages (que delataban su edad y su astucia). El que mecanografió una novela, Un nido de bobos, con su amigo James Schuyler (y suena lógico que una novela en co-autoría sea principalmente un diálogo, sobre todo si la redactaron dos poetas desacostumbrados a narrar de un modo plano). El lector de Hölderlin, Beddoes, Marianne Moore, Elizabeth Bishop y Mary Butts que, como admitió, leía para escribir. El que ponderaba a Henry Green y Emmanuel Bove (dos modelos de novelista como no hubo otros en el siglo XX). El que en una carta de abril de 2007 me reveló su gusto por las novelas de Bioy Casares, “especialmente El sueño de los héroes y Dormir al sol” y que había estado leyendo a Javier Marías, en cuya escritura encontraba “un espíritu algo similar al de Bioy”. (Debí decirle que en todo caso Bioy se parece más a César Aira, y Aira se parece en más de una cosa a él, a Ashbery, con quien comparte devoción por Roussel, que los hirió de muerte a los dos).

Tanta exigencia para la mano de Ashbery –concedió abandonar su escritorio a los 90 años– debe haberla dejado como la desproporcionada que dibujó Parmiginiano mirándose en su espejo convexo, y que le inspiró un largo poema al autor de Una ola. John Ashbery hizo de la poesía el pasatiempo supremo de la desatención. La impresión que causan sus poemas la ejemplifica bien otra cosa que dijo de Braque: “como un niño que había empezado un dibujo y cuya atención fue absorbida por algo del otro lado de la ventana”. Leer, fijar la vista, distraerse como una manera de concentrarse involuntariamente. En el modo de abstraernos quizá esté anunciado, en silencio, el modo en que vamos a morir.

Como un proyecto del que nadie habla, John Ashbery. Trad. Roberto Echavarren. Mansalva, 128 págs.

La gran licencia, John Ashbery. Trad. Gonzalo Torné. Ediciones UDP, 190 págs.

Un país mundano, John Ashbery. Trad. D. Aguirre Oteiza. Lumen, 192 págs.

Un poema de John Ashbery

Un humor de tranquila belleza

La luz de la tarde era como miel entre los árboles

cuando me dejaste y caminaste hasta el final de la calle

donde terminaba abruptamente el crepúsculo.

El puente levadizo, similar a un pastel de boda, descendió

hasta la tímida flor del nomeolvides.

Tú subiste a bordo.

Ardientes horizontes pavimentados de pronto con piedras de oro,

sueños que tuve, incluyendo el suicidio,

soplan el globo de aire caliente y lo alejan.

Está reventando, está a punto de reventar

con algo invisible

justo durante estos días.

Nosotros escuchamos, y a veces oímos,

algo que se acerca

y hacemos que la sangre descienda, y cosas así.

Los museos se tornaron entonces generosos, y vivieron en nuestro aliento.

Un poema de John Ashbery
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