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Vista de una terreza

21 Mayo 2018Oscar Díaz Arnau
Vista de una terreza

Vista de una terreza

Como buscando la trascendencia, Berti Lemmes —el poeta, el artista de la imagen, el filósofo de la mente y de la palabra— nos lleva a dar un paseo sin moverse de su asiento de café. Tiene el privilegio de la mirada de palco. Palco hacia uno de los mejores panoramas que ofrece la capital de Bolivia, el parque Simón Bolívar, por donde la vida fluye descuidada de que la muerte acecha fuera de su deportivo rectángulo verde, quién diría, la felicidad.

En este enclave de la urbe de cemento, con todo el significado y el simbolismo que tiene para Sucre, rebosa la intangibilidad de lo que todos palpan y sin embargo dejan escapar a favor del ajetreo cotidiano, del insulso paso de los días. Al apreciarlo, no ostenta Lemmes la virtud de la paciencia —que en lo íntimo entraña sufrimiento—, sino más bien el arte de la paz, de la contemplación. No es aquí tanto pensador como meditador, es, ante todo, un poeta metafísico que partiendo de la estética del haiku, y después de explorar en las profundidades del ser y el estar, encuentra en lo simple la fórmula para no perderse lo importante.

Para mayor sustancia, bajo su prisma de observador perspicaz escribe con el desprendimiento de la honestidad: Lemmes es consecuente con lo que piensa, escribe lo que ve y, como buen artista, echa mano de lo que Nietzsche describiría como su “facultad de sentir”. Asistimos en este libro a la fiesta de la percepción individual sobre lo exterior a partir de una abstracción ascética al aire libre. De este lado, un palco, una terraza de café con vista al parque. De aquel, la libertad, el arbitrio del hombre fundiéndose con la naturaleza en franca lucha contra el asedio global. Y en medio la lupa del escritor, abstraído, meditabundo.

Los suyos son pensamientos que se funden en la realidad, la realidad que se (con)funde en sus pensamientos. Instantáneas de la vida en los alrededores de un café con terraza y de cara a un parque: la desdeñada migaja de pan que termina siendo el deleite de una paloma, la diligencia de un chico que ofrece un lavado de autos, colegiales en banda musical, turistas con sus guías, el malabarista con su pobreza, la acritud de la vecindad con un periódico, la impostura de la política revestida de un cariz blanco de justicia. No hay ninguna inocencia en su mirada íntima de lo que le circunda, si por debajo de lo rutinario subyacen cuestiones metafísicas, existenciales, sociológicas o culturales que hacen al ser.

Este ejercicio de poética interiorista, es decir, de acercamiento sensorial y espiritual al objeto del que se habla, logrando una empatía con el universo, está impregnado de historias comunes en una modernidad indolente, que no discrimina entre un país desarrollado y otro sin desarrollo y, por eso, dentro de un mismo café se mezclan la frívola charla de amigos con la espina del infante empujado a la calle para volver a casa con un mendrugo de pan.

Los haikus de Lemmes son paradojales, muestran las contradicciones adoquinadas en el destino del mundo: lo esencial y lo trivial, la tecnología que acerca y que distancia, el ruido del tráfico vehicular y el mutismo de la bicicleta, los perros de ciudad que ni se inmutan con las alarmas, el encuentro y el desencuentro, el amor y el odio, el movimiento y la quietud… Para eso se vale del minimalismo propio de esta forma única de poesía que con economía de palabras parece buscar el silencio al final del túnel. De hecho, cada haiku se manifiesta como un detonante de la introspección: sigue un camino de versos cortos pero decidores hasta que el punto actúa como una sordina y la última reflexión no es del autor, sino del lector.

En el deleite de lo breve, en el marco de la austeridad del haiku que irónicamente no ahorra en sensaciones, se prescinde de lo innecesario y surge la palabra justa discurriendo con naturalidad mientras despuntan las historias arropadas a veces de picardía, en una prueba de que de la chispa contagiosa del chuquisaqueño no se salvan ni los gringos.

El suyo es humor en su versión de travesura inteligente. No cabe mejor que en Berti Lemmes la definición de Aristóteles de arte como “proceso de creación razonado”. ¿Cómo está el ser humano?, ¿cómo está la sociedad por la acción del ser humano? se pregunta, quizá, Lemmes, con estético juego de palabras al servicio de la razón. No es casualidad que un filósofo que trabajó con Foucault, Habermas y Levinas, que un seguidor de Basho, como él, se exprese a través de haikus, con palabras que caen como gotas de limón en un plato hondo de silencio. ¿Cuándo es un buen día para vivir?, ¿y cuándo para morir? ¿Cuál es la diferencia entre vivir y morir? Nos lo cuenta sutilmente Lemmes en este libro.

Por momentos enrostra las verdades con una desnudez que conmueve; hay un gesto de cinismo en la obra de Lemmes, el cinismo de Pirrón de Elis, padre del escepticismo que la Antigüedad clásica entiende como la búsqueda del observador atento. Es el mismo Pirrón que, proviniendo de la escuela de la dialéctica griega, acabó rendido al silencio más absoluto después de ver cómo un sabio hindú se prendía fuego a lo bonzo para demostrarle qué significa el dolor. En el vaivén de las emociones, no todo es grato en el pedazo de felicidad del parque. No tiene por qué serlo si al fin y al cabo es el mismo mundo en el que mueren inocentes por bombas desconsideradas. Allá donde la sola pisada del parque con la mirada representa la liberación de la cárcel de la ciudad ensordecida por el bocinazo colectivo de los autos, en los minipoemas de Lemmes, ni los animales pueden ser enteramente felices.

El escalofrío del sol tapado por una nube. El lento respirar del parque, los árboles recogiendo el silencio; árboles que sueñan con árboles, ciudades que sueñan con parques. El hombre sabe que nunca volará, pero de todos modos le reza a los pájaros por sus alas… Dicen que los escépticos hicieron de la duda el problema central de su filosofía. Neil deGrasse Tyson decía que la curiosidad lleva al escepticismo. La maestría de este libro bilingüe radica en que su hacedor, primero con juicio y luego con musicalidad, descubre para nosotros lo que tenemos a la vista y no todos sabemos ver.

Algunos Haikus

48

La respuesta está allí,

en los árboles, en la hierba, en las flores:

solo que no se la puede ver todavía.

51

La camioneta del correo viene,

estropeando mi paisaje una vez más.

Haciendo solo su trabajo.

52

Yo miro su trasero apretado,

moviéndose como la novena de Beethoven:

un arte intocable.

54.

La obscuridad de los árboles

se funde con la negra noche,

El café está lleno.

55.

Un Cristo barato

cuelga entre sus dos senos en expansión:

Un cálido Gólgota.

57.

¡El fotógrafo alejó

las flores de plástico!

Un día más de trabajo.

60.

¿Sueñan los árboles con los árboles?

Los parques son el sueño de las ciudades.

Los pueblos no tienen sueños atrás.

El haiku en breve

El haiku describe generalmente los fenómenos naturales, el cambio de las estaciones y la vida cotidiana de la gente. Su estilo se caracteriza por la naturalidad, la sencillez (no el simplismo), la sutileza, la austeridad, la aparente asimetría que sugiere la libertad y con esta la eternidad.

En la base del haiku hay una percepción directa de las cosas, apegada a lo sensible y libre de conceptos abstractos. Blyth lo define como «una mera nada, pero inolvidablemente significativa».

La piedra angular del haiku es el aware, una emoción profunda provocada por la percepción de la naturaleza. A menudo se trata de una emoción melancólica (el poeta, contagiado por el sufrimiento de los seres, siente su tristeza y de ahí nace su poesía), pero también la alegría exultante puede ser aware. Se trata de una conmoción espiritual, que es a la vez estética y sentimental.

El haiku tal como se consolidó tras Bashô y Onitsura (siglo XVII) se concibe como un instrumento para el desarrollo espiritual. Tras ellos, hay un antes y un después en el mundo del haiku.

 

 

El haiku en breve
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