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Muerta ciudad viva

02 Julio 2018JAVIER VAYÁ ALBERT

Decía Henry Miller “Es posible que nuestra prosa no se recobre jamás de lo que le ha hecho Jack Kerouac”. Lo primero que se me ocurre tras leer la impresionante Muerta ciudad viva de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es plagiar a Miller cambiando el nombre del canadiense por el boliviano. Alucinante y alucinada odisea ebria y urbana, esta novela supura un talento tan demoledor como difícilmente equiparable. Tal vez precisamente haya que acudir a Miller o a Kerouac, autores próximos (deduzco) a Ferrufino-Coqueugniot, pero sería más bien como tabla de salvación de quien escribe esta reseña y busca aferrarse a algo conocido. Algo que otorgue cierta sensación de solidez para no naufragar a la hora de decir algo que pueda estar a la altura.

Como lo prometido es duda me lanzo a tratar de juntar unas cuantas palabras que pretendan no sonar ridículas ante la grandeza literaria de Muerta ciudad viva. Y para ello debo hacerlo desde la honestidad más brutal, desde la posición (privilegiada) desde la que leí el libro. Con esto quiero decir que soy un lector occidental leyendo una novela sobre Cochabamba, sobre Bolivia (una novela que es Cochabamba, que es Bolivia) que jamás ha pisado Latinoamérica. Lo cual me confiere distancia objetiva, pero sobre todo profunda ignorancia. Todo esto viene a cuento porque mi primera impresión al leer estas páginas fue la de asistir a una suerte de distopía apócrifa (si es posible la paradoja o redundancia). La Cochabamba descrita por el protagonista sin nombre de Muerta ciudad viva se me antoja a veces una ciudad postapocalíptica de calles fantasmales. Un Sarajevo ignoto, un reverso oscuro de Macondo. Una muerta ciudad viva. Por momentos (muchos) Ferrufino-Coqueugniot me recuerda al Cormac McCarthy de aquella otra obra maestra llamada Meridiano de sangre. Cambien aquí las pistolas por jarras de chicha y la lúgubre solemnidad por sanas pinceladas de socarronería y corrosivo humor.

Pinceladas sutiles eso sí, porque en este libro no hay aliento ni respiro. Asistimos a la desenfrenada y ¿suicida? epopeya del protagonista entre el trago (cuanto peor, mejor) el sexo, las borracheras, el barro, la mierda (mucha) la violencia etílica, los compañeros etílicos, el sexo etílico y el trago etílico (?). No hay aliento (tal vez un resquicio extraño de tal al final) ni moralina, ni mensaje absurdamente redentorio o exculpatorio. Y se agradece, se agradece muchísimo este gesto despiadado y sincero del autor. Claudio Ferrufino-Coqueugniot escribe con prosa tremendamente gloriosa e implacable. Como un corresponsal (de los de antes) del infierno, pero un infierno mundano, íntimo y por ello universal. El infierno de andar por casa, de una casa como Cochabamba (dicen). En Muerta ciudad viva no hay juicio, hay hechos, hay vida y muerte y poesía y mierda (mucha). No estamos tan lejos entonces.

En Muerta ciudad viva hay también denuncia social, pero plasmada desde la elegancia y naturalidad ajena al panfleto. Como la parte de las custodias de los niños que es dura y tierna e hilarante a la vez. Hay amor (bien o mal, juzguen si quieren ustedes) entendido como sexo y viceversa, porque cada una de las mujeres que ama el protagonista son descritas con una corporeidad (no solo literal) casi imposibles de encontrar en los planos personajes a los que (otros) nos (mal) acostumbran. Hablando de personajes, el de la madre del protagonista merece una novela propia. Y hay, sobre todo, una excelsa apuesta por la forma y estructura que baila siempre a favor del fondo. Dicha forma, deslavazada a propósito, caótica en cuanto a tiempos, lugares y personas del narrador, se me antojan la única (excelsa) manera de contar esta historia.

Llego a la orilla tras intentar mantener la dignidad en las olas-palabras de esta reseña. Si naufragué le echo con satisfacción la culpa a ese escritor colosal que es Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

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  • muerta, ciudad, viva
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