Adiós majestuoso
RÍO DE JANEIRO ENTREGÓ LA POSTA A TOKIO, SEDE DE LOS JUEGOS 2020
Carnaval y samba. Río eligió la fórmula del éxito seguro, y lo que mejor sabe hacer, para despedir los Juegos Olímpicos de 2016 con una emotiva ceremonia que puso a bailar al legendario Maracaná pese a la lluvia y que entregó la posta a Tokio 2020.
Una fiesta para “lavar el alma”, según los organizadores, que estuvo pasada por agua por la lluvia que cayó sobre Río durante buena parte del día y que terminó con un espectáculo vibrante de música tropical y color con el mítico Maracaná puesto en pie.
La ceremonia se convirtió también en un homenaje a los deportistas olímpicos, a los voluntarios y a Brasil, que sacó adelante los primeros Juegos de Sudamérica lastrado por una crisis económica y una división política sin precedentes en décadas.
El desfile de la comparsa Cordao da Bola Preta, la más popular del carnaval de Río, levantó al Maracaná, con capacidad para 70.000 personas, y lo puso a bailar en una fiesta impresionante.
Por el campo de Maracaná desfilaron también las 207 delegaciones olímpicas encabezadas por deportistas y voluntarios en una procesión informal que poco tuvo que ver con los paseos tradicionales.
Cubiertos con capas de agua –el campo de Maracaná no es cubierto–, muchos bailaron samba, funk, saltaron, tomaron fotos de las gradas y alguno aprovechó también para hacerse una “selfi” con Simone Biles, la abanderada de Estados Unidos, mientras el público los saludaba haciendo la “ola”.
Río le cedió el testigo a Tokio, que en su presentación utilizó a uno de los personajes más emblemáticos de Japón, Mario Bros, el fontanero más famoso del mundo, para “traer” en un viaje virtual al primer ministro japonés y presentar sus Juegos 2020.
Esta vez no hubo protestas contra el presidente provisional, Michel Temer, que decidió no acudir a la fiesta después del sonoro abucheo que recibió durante la inauguración, el pasado 5 de agosto, y que se ha repetido en algunas competiciones e incluso en el parque olímpico durante los Juegos.
Una fiesta que requirió de 3.000 voluntarios y 300 bailarines y que le permitió a Brasil cerrar los Juegos con el sabor dulce de la victoria en el mismo escenario que el sábado celebró el triunfo de la selección de fútbol frente a Alemania.
Atrás quedaron las críticas por los problemas de organización, los asaltos, la piscina verde, los inventos de los nadadores estadounidenses, la estafa de la venta de entradas –que salpicó a un dirigente del COI– y hasta los abusivos precios del Río olímpico.
Hoy será otro día para Brasil. El eco de los Juegos se irá apagando. El Congreso avanzará en la destitución de Dilma Rousseff para consolidar a Michel Temer en el poder, la crisis económica volverá a ocupar las primeras páginas de la prensa y el país tendrá que ajustarse el cinturón, aún más, para pagar la fiesta olímpica.