El benefactor de animales

Hoy visité a Rolando, pero no fui solo: llevé conmigo al “Mechas”, que desde hace varios días no come. Me sentía preocupado porque Rolando ya tiene suficiente con sus otros pensionados pero, la verdad, me intranquilizaba

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    Evelyn Campos López ECOS
    Ecos / 19/04/2015 16:32

    Hoy visité a Rolando, pero no fui solo: llevé conmigo al “Mechas”, que desde hace varios días no come. Me sentía preocupado porque Rolando ya tiene suficiente con sus otros pensionados pero, la verdad, me intranquilizaba más el Viejo, que se cree dueño y señor del territorio; celoso, de pocas pulgas, desafía a medio mundo con una pelea a cara de perro.

    Perdón, no me presenté ante ustedes: Soy “Lechero”, así me puso Rolando, por el color de mi pelaje. Ahora sí, les sigo contando: Cuando llegamos con el Mechas al mercado nos acercamos hasta el puesto 27, justo frente a la sección de los pollos y a unos pasos de las gradas que dan a la segunda planta y… allí estaba él, mi humano favorito, con su gorra, con sus lentes, con su uniforme azul, atendiendo a los clientes como siempre, vendiendo amablemente la carne de res, como es su costumbre.

    Ni bien llegamos, Mechas y yo nos paramos juntos y lo miramos fijamente, como esperando que Rolando nos tomara en cuenta. Y lo logramos: “¡Lechero!, ¡te trajiste un amigo!”, y de inmediato, con una media sonrisa, nos arrojó dos pedacitos de carne.  Después, repitió la misma acción varias veces.
    El Mechas estaba feliz de la vida: ya había perdido la costumbre de comer un trozo de carne. Es que, últimamente, venía encontrándose solo con humanos despreocupados, de esos que ignoran a los animales, incluso con algún que otro miserable pateador de perros. No, ahora estaba frente a Ronaldo, que le decía tiernamente: “Y vos, ¿de dónde habrás salido, ah? ¡Pooobre animalito!”.

    Solo el Mechas sabía cuánto tiempo llevaba sin comer, y esa caricia del alma, con el condimento de unos sabrosos restos de carne, eran, para él, impagables. No atinó a otra cosa más que a mover la cola incesantemente.

    El benefactor
    Rolando Martínez Suárez es un administrador de Empresas titulado de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. Tiene dos hijos, una mujer y un varón, y se dedica a la venta de carne por no haber encontrado una fuente laboral con su profesión.

    Cuenta a ECOS que desde muy joven trabajó en un frial como cajero; una vez obtenido su título profesional, envió su currículo a diferentes instituciones públicas y privadas y, al no encontrar trabajo, decidió abrir su propio frial.

    “No trabajo bajo presión y no tengo jefes”, dice él. Hace cuatro años abrió una carnicería en el Mercado Central.

    Según sus caseras, tiene una actitud positiva y sensible hacia los animales: siempre está rodeado de canes. “No lo conozco mucho tiempo pero las veces que vengo, lo veo prodigando mucho cariño a los perros y es muy sensible con el dolor de ellos. Los perros siempre están pendientes de don Rodo”, comenta Jovanna Lenis, una compradora, mientras espera que Martínez termine de cortar la carne.

    “Yo tengo el corazón grande, me da pena lo que les patean a los perros, les echan con agua, les golpean con palo, con escoba o el basurero. Siempre les reparto un pedacito de grasa”, comenta a ECOS.

    Don Rodo y Lechero
    Lechero, un perro criollo, de raza grande y color crema, es uno de los mejores amigos de Rolando desde hace un año y medio.

    Antes, con un indigente, alcohólico, al que seguía a todas partes. Pero un día el hombre fue arrollado por un camión y murió instantáneamente.

    Rolando dice que el cachorro sentía un dolor tan grande al ver a su amigo muerto, que enfurecido no permitía que nadie se acercase al cadáver. Asegura que los policías optaron por gasificar el lugar para que el perro huyera y les permitiera recoger el cuerpo del infortunado.

    Rolando, que vivía en inmediaciones de donde ocurrió el accidente, notó que el cachorro deambulaba por la zona y, entonces, decidió darle algo de comer al pasar. De a poco el animal comenzó a seguirle a donde iba, llegando hasta el Mercado Central, donde se convirtió en su pensionado y vive en las inmediaciones del centro de abasto. Don Rodo no puede llevárselo a su casa porque tiene cuatro mascotas.

    A la Perrera
    En los últimos años este benefactor de animales conoció a muchos perros que pasaban por su carnicería todos los días, durante meses, y de pronto desaparecían porque la Perrera Municipal los capturaba para eliminarlos, después de tres días, al no ser reclamados por nadie.


    “Yo los alimento con pedacitos de grasitas, es lo que ellos comen. Eso me ha generado muchos problemas, mucha gente me odia por aquí, dicen que con la presencia de los perros impido la libre circulación de las personas, hasta me han querido hacer clausurar mi puesto diciendo que es antihigiénico. Pero no puedo verlos así, con hambre; hasta que viva voy a seguir haciéndolo”, afirma.

    Rolando se siente bendecido por Dios: dice que la venta nunca falta en su puesto y, en efecto, siempre se lo ve ajetreado con sus clientes.
    “Orejas Cortas”, “Carlitos”, “Orejón”, “Cabeza Rota”, “Suerte”, “El Viejo”, “El Atigrado”, son algunos de sus pensionados, casi todos criollos y de diferente tamaño, color y temperamento. Cada día lo buscan para recibir su ración de carne. No tienen horario.

    Mientras unos desaparecen, otros llegan por primera vez… Es la ley de la vida entre los perros de Don Rodo.

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