“Revolución”, lo nuevo de Alex Aillón

“Revolución” no hace más que poner sobre la hoja en blanco el conocido desarrollo de Aillón en la literatura, emocionando y entreteniendo con textos ricos en estética y en profundidad

“Revolución”, lo nuevo de Alex Aillón “Revolución”, lo nuevo de Alex Aillón

Oscar Díaz Arnau ECOS
Ecos / 31/05/2015 05:29

Una revolución de ideas y, sobre todo, sensaciones, provoca la lectura de la última propuesta literaria de Alex Aillón Valverde, escritor y periodista chuquisaqueño que con esta obra avanza decididamente hacia la construcción de una poesía fundamental, desde ya, en la Bolivia contemporánea.

Después de “Pop” y “4.000” (y antes todavía “Para leer al Pato Donald desde la diferencia”, un texto académico), “Revolución”, de la Editorial S, es la continuidad de la búsqueda de Aillón de la palabra que mejor describa el mundo, a veces 'sus' lugares en el mundo: Sucre, Quito, Estados Unidos y otros más, con todo lo que esto significa para un poeta de cara a su identidad y en un contexto dado.

Estético y profundo
Se trata de un libro maduro, lo cual, en vista de aquella búsqueda de todo escritor, representa un hito constitutivo. Ante la evidencia de la prosa poética, se trata de reflexión hecha poesía, de poesía hecha reflexión, en el entendido de que todo poema es, en última instancia, la explicación de lo que ningún otro género literario puede explicar; o todo lo contrario. “Revolución” no hace más que poner sobre la hoja en blanco el conocido desarrollo de Aillón en la literatura, emocionando y entreteniendo con textos ricos en estética y en profundidad.

Por un lado, la cadencia, la sonoridad de las palabras; por el otro, la rebeldía de la contracara, de la contradicción (por algo —escribe Aillón— mientras más profundo es el amor, más profundo es el odio; por algo podría sacarte el corazón, pero sería incapaz de negarte mi helado). Un canto de esperanza en la desesperanza de este mundo es “Revolución”. Y todo lo contrario: El optimismo de la vida que dura lo que un beso frente a la perennidad de la muerte.

Desgranando la Revolución
Aillón, editor del suplemento literario Puño y Letra de Correo del Sur, director general de Editorial S y fundador del grupo Ciudad Idea, presentó su “Revolución” el viernes pasado en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia.

El libro, en su primera parte (“Los trabajos inútiles”), plantea un viaje por distintos parajes, de los exteriores y de los —más difíciles de ver— interiores. Con “La vida” —que es la contradicción del tiempo, de lo efímero y de lo inmenso— Aillón abre un abanico de temas: La verdad, la mentira, la muerte, la luz, la oscuridad, el universo, el infinito, Dios, la felicidad, la tristeza, la palabra, en un excitante desborde del intimismo propio de la poesía existencial. Un vuelo con cable a tierra que por momentos —y esto es lo bueno— se desconecta.

Mientras en “Una belleza nueva” el autor encuentra una belleza invisible, en “El odio que tengo” aparece el malditamente humano, lo tremendamente cierto.
En “Un imperio” escribe el gobernador de las palabras desde su trono (la Casa del Cerro, como él mismo denomina a la suya) admirando su reino (la ciudad). Escribe el poderoso que imagina y transforma; a la caza de una identidad, he aquí su pertenencia. Sucre, dice Aillón, puede ser la ciudad de todo aquel que la sienta.

Robamos un poco de eternidad a los instantes y le robamos poesía al tráfico de las ciudades son dos pasajes de “Ladrones”, que no es otra cosa que una muestra de la desesperada necesidad de ser lo que no somos. “Los límites”, en cambio, es una crítica al sistema. “El mundo del silencio”, la profundidad del estado natural del poeta. “Avión de papel”, la ternura de una niña descubriendo el mundo. “Sin color” (“La tristeza no tiene color pero es la fuente de todos los colores”), un abrir de ojos cerrados.
Algunos de sus poemas, a la manera de un cuento más corto, son estocadas allí donde más duele; por ejemplo, “Oración”, “Descartable”, “Los girasoles”, “Fugaz”, “Memoria”.
Como no podía ser de otra manera, la “formalidad” de Revolución se desintegra en la segunda parte, que lleva el nombre del libro. Es, por esto y por el carácter más político y social, lo que emparenta de algún modo esta obra de su antecesora, “4.000”, que fue, a la vez, un canto a la soledad y al descontento con el estado de cosas.
La revolución entonces cobra forma de familia transformando soledades, de mujer transformando hombres, de beso transformando amores, de acontecimientos históricos transformando sociedades. Y el universo, que es caos en tiempos de transformación, se reduce y se amplifica en la voz cada vez más propia de Aillón.

“Mujeres”, la tercera parte, contiene un homenaje especial a las víctimas de la violencia de género (Callamos porque no hay nada peor que el horror de las palabras… Hemos muerto con cada y en cada mujer que nos matan o nos desaparecen y es como si un sol invertido y cruel nos incinerara la esperanza…). También una definición de mundo: Es un lugar donde suceden cosas muy feas. Suceden cosas como que las personas que se aman se despiden para siempre.

La cuarta, “Los amores imaginarios”, vale al menos por la lectura de una imperdible “Calta de amol con l”; y por una correspondencia, “Bennedettina 2”, en tono de balada o viceversa. Por último, vale por la corpórea sensación del enamorado en “Los amores imaginarios”, en “Tu ausencia”, en “Decir adiós”… La quinta y parte final, “El impostor”, tiene un solo poema, del mismo nombre, en el que el autor se confiesa sin piedad, como aliviado, después de haber supuesto a la Revolución como un sueño, como el antisistema. Después de haber encontrado la Revolución en la belleza del desorden.

Tres críticos para “Revolución”

1) El uruguayo Rafael Courtosie, uno de los grandes escritores vivos (Premio Lowel, Premio Lezama Lima, Premio Casa América de Poesía) ha dicho lo siguiente sobre el libro del chuquisaqueño:
“Alex Aillón Valverde compone una Revolución donde la poesía en prosa desborda los límites tradicionales, se contamina de realidad y narratividad y provoca un salto y un estremecimiento, logra una construcción estética positiva, nueva y desafiante, disfrutable. Entre otras cosas, el título del libro y su contenido proponen un desplazamiento semántico y una luz original, diferente, en un lenguaje que, como en las buenas creaciones, deja al lector al borde del misterio y le propone un salto”.

2) Sebastián Antezana, Premio Nacional de Novela 2008:
“Revolución es agudo, humorístico, melancólico y está escrito con raro cuidado en ese género tan anfibio como es la prosa poética o la prosa que no se dedica a construir arcos narrativos tradicionales…
Es interesante ver cómo Aillón conecta la idea de la revolución, ese concepto amorfo y maleable, con la del amor y el desamor, la ciudad (de Sucre) y la periferia salvaje, la infancia e incluso el futuro, en ese arco temporal tradicional que produce la idea de revolución: el pasado a medias idílico e intolerable, el presente convulso y en crisis, y el futuro auspicioso o frustrado. Entre esas tres instancias del momento revolucionario, como en un tejido invertido, va destejiendo preocupaciones y ocupaciones que encuentran en la poesía (o la prosa poética) un lenguaje capaz de abordarlos de forma transversal, sin dejar de lado la esperanza ni la desesperanza que traen ese continuo mirar atrás (como el ángel de la historia de Benjamin) y ese oler el futuro, hermoso o terrible, que tendría que llegar si pudiera alguna vez darse el instante que sucede al instante eterno de la revolución permanente…
Revolución me resultó evocativo y humorístico, a momentos profundamente triste y hasta desolado”.


3) Alex Salinas, catedrático boliviano de Letras Hispanas y Literatura en Erskine College, Carolina del Sur, Estados Unidos:
“Revolución dialoga con una larga tradición poética latinoamericana que se pregunta, desde finales del siglo XIX, por el lugar de la escritura, de la poesía y del poeta en nuestras sociedades, durante los procesos de modernización que la ciudad en expansión promueve. Sin embargo, hoy en nuestro siglo XXI, una vez desaparecida la utopía política con la caída del muro de Berlín (1989) y cuando el breve horizonte de futuro inaugurado por los movimientos sociales a principios de siglo ha devenido en un proyecto de Leviatán hegemónico y autoritario, Revolución, a partir de una reelaboración poética, busca recomponer una visión hacia el futuro, con lo que hay, con lo que tenemos. Este parece ser el gran proyecto de Aillón.
Aunque en un principio la obra de Aillón parezca fragmentaria, observamos que los textos de Revolución componen un fresco histórico-filosófico de una época, también un manifiesto respecto a la poética que le corresponde. Cada texto de Revolución, a la manera del filósofo Alemán Walter Benjamín (1892-1940), es más bien una suma de abreviados pasajes, iluminaciones sobre el lugar de la poesía y del poeta en la ciudad…
Como toda buena poesía, la obra de Aillón también debe preguntarse por los lugares de la belleza, aunque esta ya no sea más eterna ni infalible, tampoco pavorosa en su encuentro o enunciación. Y Aillón nos responde aun desde su proyecto entrópico: ‘La belleza no tiene forma, el mundo no lo tiene’. ‘La belleza de las cosas se encuentra en su des/orden, en la evidente tristeza de su destino finito, en la monstruosidad feliz de su desaparición, de su fuga. Quizás de esa belleza provenga la solidaridad última del ser humano’. He ahí tal vez la teodicea, la absolución de lo divino.
Aillón da esperanza, da alternativas y (quizás sorprenda), aun en la crudeza de su lenguaje, jamás renuncia a la posibilidad de Dios, aunque este no se encuentre ya en la Selva Sagrada sino siempre en los márgenes de la existencia, a los costados de las líneas de demarcación, como mudo testigo de las formas del Apocalipsis...”.

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