Rosa brillando, invocación a Marosa di Giorgio
La fila no es tan larga. Hay veinteañeras solas con el chat en la mano, una pareja con arrumacos y más allá tres adolescentes, una les enseña a las otras dos un paso de tango
La fila no es tan larga. Hay veinteañeras solas con el chat en la mano, una pareja con arrumacos y más allá tres adolescentes, una les enseña a las otras dos un paso de tango; hay una señora con su nieta que le dice “Abu”. A todos nos han entregado un clavel rojo y un papelito con una instrucción precisa: “Esta flor deberá ser arrojada a la recitatriz cuando ella lo indique”.
Hacemos fila para asistir a Rosa brillando, unipersonal de la actriz argentina Vanesa Maja sobre la obra de la uruguaya Marosa Di Giorgio (1932-2004), una transgresora de la poesía en el todavía encorsetado —comparándolo con el actual— siglo XX. El montaje está a cargo de Juan Parodi, que como director ganó varios premios en el país del Teatro Colón.
Podemos intuir que en el Paraninfo Universitario de Sucre no habrá un telón que se levante, pero ninguno de nosotros parece estar preparado para un comienzo sin el “aviso” de la aparición en escena de alguien o sin un guiño de luces que mande a callar nuestros rumores de público desacomodado. Solo una guitarra, eléctrica, de sonidos limpios, y nada más. Por eso nos sorprendemos con el inicio de la obra ni bien entramos… y así también nos pasará con el súbito final.
Ella: Marosa
Vanesa —la actriz— es Marosa —la escritora. Está de costado, con las piernas replegadas y las rodillas apenas besando el escenario. Lleva un vestido suelto, blanco, sugerente, y no despega la vista de su tarea: el colocado paciente y delicado de hierbas y de semillas sobre un aparato proyector de luz que estampa imágenes contra la pared.
Acostumbrándonos a la butaca y no saliendo del asombro nos hemos quedado solos con nuestro clavel y ella, en un ambiente íntimo apenas abordado por los acordes de la guitarra que ejecuta Andrés Fayó, de camisa también blanca; su música se pierde y se encuentra en la gran distancia del escenario al cielo del Paraninfo, un capricho del Festival de la Cultura algo más aceptable que el Mariscal aunque no óptimo para espectáculos con la exigencia básica de la acústica.
Solos con las figuras de la pared, con el agua que ha comenzado a reemplazar a los helechos y nos provoca un hormigueo en su descenso sutil hasta un plato, y después hasta una jarra, y después hasta otro antiguo plato de cristal tallado.
Las figuras nos han aspirado y a esta altura nos sentimos indefensos ante la sensualidad de Marosa, de ella, que ha vuelto invisible al guitarrista que tenemos en frente. Ella se convierte en imagen, se contornea sobre las líneas de agua que la luz dibuja en la pared con cuerpo de recitatriz.
En nada de tiempo hemos sido absorbidos por una vorágine de poesía multisensorial, porque ya estamos instalados en otra dimensión: mágica y paradójicamente asentada en la realidad de la poeta que, no obstante, adelantada en su época, ve el mundo más allá del nuestro.
Visual, auditiva y ahora, a un lado del escenario, táctil. Sobre una mesa hay una maleta de la que Marosa-Vanesa extrae distintas frutas jugosas; después las parte y las saborea, las parte y nos mira [foto de la izquierda], uno a uno, una a una, penetrando con sus labios dentro de ellas. Es un momento de soberbia interpretación actoral en el que saca a relucir la versión erótica de la poeta: la excitatriz que luego se recuesta sobre una banca y se arquea en un interminable jadeo de movimientos ascendentes y descendentes.
Conmueve el silencio que crea su histrionismo en la parte de la mímica para una grabación en off de la propia Di Giorgio; instante sublime, exquisito. También la dulzura del canto en italiano. La empatía, la mirada fija y permanente a cada uno de nosotros. El aplomo de Vanesa-Marosa que solo se consigue con horas de ensayo y de tablas (la obra lleva cuatro años de gira).
Ha llegado el momento del papelito. No hizo falta mayor letra que la de la recitatriz y, estamos arrojándole nuestros claveles sucrenses: Marosa recibe una lluvia de flores rojas en el cuerpo. El resto es poesía, como la línea final: “Yo no quisiera morir sólo por no dejar de hablarte”.
Clave: Actuación
Rosa brillando confirma que para el buen teatro no se necesita de ninguna pomposidad escenográfica, de ningún vestuario majestuoso, ni siquiera de las mejores luces y sonidos o de la mejor acústica del mundo. Se requiere de eso —y más— en justa medida, pero, ante todo, de actuación. Vanesa es Marosa y lo transmite.
Es cierto, no se trata de una obra convencional sino de un estilo performático diferente. De una recitatriz, un músico y un equipo técnico de pocas personas jugando con varios lenguajes comunicacionales. Se trata de un impecable despliegue artístico en clave unipersonal, que deja en ridículo al más clásico audiovisual.
Visual, auditiva y ahora, a un lado del escenario, táctil. Sobre una mesa hay una maleta de la que Marosa extrae distintas frutas jugosas; las parte y las saborea, las parte y nos mira, uno a uno, penetrando con sus labios dentro de ellas, dentro de nosotros. Es un momento de soberbia interpretación actoral en el que saca a relucir la versión erótica de la poeta: la 'excitatriz' que luego se recuesta sobre una banca y se arquea en un interminable jadeo.