Ecos

La leyenda del Gran Tonelli

Aire de misterio, luces apagadas, se oye el palpitar de los corazones impacientes en el teatro Gran Mariscal. Dentro de unos días, un grupo de mineros comentará a la entrada del cine potosino que...

Aire de misterio, luces apagadas, se oye el palpitar de los corazones impacientes en el teatro Gran Mariscal. Dentro de unos días, un grupo de mineros comentará a la entrada del cine potosino que están asistiendo a la presentación del Diablo, de cuya boca, pintada de fondo en
la escenografía, saldrá él: impecable frac negro, huesudo, ojos saltones, orejas grandes.

Siguiendo la tradición de los magos, a la manera del escapista húngaro “The Great Houdini”, él, para algunos el mismísmo Diablo porque jugaba a lo esotérico, se hacía llamar “The Great Tonelli”. José Antonio Tonelli Libera (en la foto de la izquierda) nació en Sucre el 14 de agosto de 1906. Hijo de italianos (su padre Carlos Tonelli llegó, junto a los arquitectos Martinelli y Camponovo, contratado por los príncipes de La Glorieta), tuvo tres hermanos: Nicolás, Julia e Inés. Ellos salieron profesores, él desde su más pronta juventud, en el colegio Junín, se inclinó hacia el ilusionismo y la ventriloquía. Quién diría en aquellos años mozos que a la postre se constituiría en un prócer de la magia, en una auténtica leyenda del siglo XX...

Las giras

“El Gran Tonelli” o, como también lo conocían, “El Rey Mago Tonelli” paseó su arte por grandes ciudades y por diminutos pueblos de Bolivia y otros países como Chile y Perú. En su tiempo, no había muchos magos en Bolivia; tampoco en Sudamérica. Entre los precursores estaba Fumanchú. Leyenda o mito, hay quienes dicen que Tonelli llegó a la Argentina, y que hasta compitió con el genial peruano Richiardi.

Actuaba acompañado de su esposa, que hacía de asistente. Tuvieron un hijo y, más tarde, se divorciaron. Nunca más se volvió a casar. Al quedar solo, en la última etapa de su vida artística le propuso a una sobrina, Rosario Tonelli, que fuera su partner en los espectáculos. De esto han pasado ya, más o menos, 50 años. Ella por entonces tenía 15.

Rosario cuenta a ECOS que El Gran Tonelli volteaba taquilla donde se presentaran, ya sea en el Gran Mariscal, en el 3 de Febrero (donde actuó por primera vez, el 29 de septiembre de 1926); en el cine teatro de Potosí o en los mejores escenarios de La Paz, Cochabamba o Santa Cruz.

También en los centros mineros, donde, con su fama de ocultista, no le fue difícil ganarse la turbadora consideración de “Diablo”.

En realidad, El Gran Tonelli jugaba al misterio y sacaba provecho de tan inquietante reputación para llenar las salas allá donde fuera con sus herramientas de trabajo, que él mismo fabricaba para encantar a su público con trucos extraordinarios. Transcurrían las décadas del
20, del 30 y posteriores sin televisión ni mucho menos internet, por lo que había resquicio para la ilusión, para los secretos insondables de la magia.

“El Gran Tonelli” o, como también lo conocían, “El Rey Mago Tonelli” paseó su arte por grandes ciudades y por diminutos pueblos de Bolivia y de otros países como Chile y Perú. Leyenda o mito, hay quienes dicen que llegó a la Argentina, y que hasta compitió con el maestro
peruano Richiardi Jr.

La guillotina, el baúl fantomas, la mujer relámpago, los aros chinos, el rayo humano y los esqueletos bailarines se entremezclaban con muñecos: Doña Filomena, Doña Marraqueta, Don Prudencio, entre otros que hacían parte de un repertorio de hasta seis voces diferentes, como ventrílocuo, según la investigación realizada por dos de sus más fieles admiradores en Sucre, el mago Lucas Correa (“Tutuka”) y el payaso Ferdy Montero, ambos de la compañía La Nariz Roja. Ellos lo cuentan emocionados de la mano de Rosario, la asistente del mago hasta la última de sus funciones, que él denominó “Viaje al infierno”, a fines de los 70 y en un teatro Gran Mariscal abarrotado: se despedía “El Gran Tonelli”.

Rosario dice que sus hijos, todavía pequeños, se impresionaban cuando el mago la cortaba en dos pedazos, cuando le arrojaba cuchillos que pasaban raspando su cuerpo en malla y terminaban estampados en una pared de madera, cuando clavaba dagas en una caja en la que ella antes había introducido la cabeza. Seguramente lloraban desesperados cuando Tonelli hacía que la sangre de su madre chorreara por esos instrumentos que él mismo construía, sin apoyo de nadie, según Rosario, y entonces todo el público, no solo sus hijos, gritaba con un  horror paralizante.

El Gran Tonelli lograba despertar en ese público lo que ningún otro artista podía conseguir. En los ojos de la gente pisoteaba anillos, relojes y otras alhajas, para después recuperarlas sanas y salvo de una caja que descendía de lo más alto del escenario. Convertía el agua en vino, dice Rosario, todavía incrédula. “Y de su sombrero sacaba 10, 15 palomas”.

Autodidacta

Lucas y Ferdy creen que todos estos trucos probablemente los aprendía de revistas que en aquella época circulaban por América Latina. Rosario, la sobrina, recuerda que vivían en la calle Bustillos y que la gente tenía miedo de pasar por ahí: “Aquí vive un diablo”, murmuraban. Sus cartelones eran como para asustarse. “Pero jamás mi tío ha tenido un pacto con el Diablo, solo que era un artista”, llega la pertinente aclaración de la secretaria de Tonelli.

Cuenta que el mago, prestidigitador y multifacético artista era una persona tranquila, que tenía muchos amigos, además de la admiración de los citadinos. Lucas y Ferdy se han formado la idea de que, más bien, se trataba de alguien reservado, perfeccionista, que extrañamente a la hora de su fallecimiento no fue velado más que por tres personas, según el recuerdo triste de Rosario.

“Tenía un don, que no tenía que fallar en nada”, dice ella. Para financiar sus espectáculos fabricaba cremas de calzados, en un taller donde colgaba sus muñecos y sus calaveras. Entrar allí, para algunos niños, era una vivencia tenebrosa, según los comentarios que escuchó y luego transmitió a ECOS el historiador Joaquín Loayza. Otros dicen que el betún de su cosecha no era del todo bueno; pero sus amigos se lo compraban para no cortar la magia de sus presentaciones, las giras continentales.

Los años finales

“En el cajón fantomas una vez me ahogué, me faltó aire para respirar. Rápidamente he actuado para salir. Pero, ¿y él cómo entraba? Si ni siquiera a mí me daba tiempo para escapar, ¡¿él cómo haría para entrarse?! Hasta a mí me sorprendía”. Rosario abre grandes los ojos. Cincuenta años después, no puede descifrar uno de los trucos más arriesgados de El Gran Tonelli.

Los jóvenes Lucas y Ferdy están convencidos de que él mismo quiso llevarse a la tumba sus secretos, como generalmente hacen los buenos magos. “Su hijo no quería aprender”, complementa Rosario, “tenía miedo”. Incluso él, su propio hijo… Ella dice que Tonelli era, además,
“adivino”.

Los periódicos de la época revelan que por ejemplo se presentó en Cochabamba el 7 de octubre de 1926, y el Teatro Municipal de La Paz el 2 de abril de 1932.

En “El Lábaro”, se puede leer lo siguiente: “Este caballero que, desde sus primeros años de estudio en el ciclo secundario, se dedicó al arte de la prestidigitación, merece la atención de todos y cada uno de los que se consideran ciudadanos honrados. Tonelly, jóven de pocos y escasos recursos, hizo sus primeras presentaciones a fuerza de sacrificio…” (sic).

La decana Radio La Plata, en la voz inconfundible de Willy Rentería, pidió en su momento un homenaje posmortem, tras el fallecimiento del mago chuquisaqueño el 11 de octubre de 1979. Lo hizo casi con la misma desesperación que mostraba el público aterrorizado en el teatro, ante la injusta pasividad de las autoridades.

“Me alzaba tres metros al aire, no ha sido un mago artificial sino un mago natural”, repite Rosario, la asistente. Y que su tío murió en la soledad casi absoluta. Que primero le asaltó “una enfermedad extraña”, detalla ella. Que “de repente le vinieron unos dolores al estómago,
donde le hincharon la barriga… me acuerdo que el papá lo llevó al hospital Santa Bárbara, y parece que se le amarró la tripa; no lo pudieron salvar; entonces, ahí es que falleció”.

“Nadie se acordó de él”, se desarma Rosario, “no le llevaron ni una flor”. En la radio lo anunciaron, claro que sí: “¡falleció El Gran Tonelli!”. Pero ni así. A su velorio fueron tres personas…


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