El ABC de ellas

¿De qué forma nos califican ellos? ¿Somos en realidad amadas o, más bien, vilipendiadas? ¿Alrededor de nosotras se tejen precisos argumentos o solo falacias?

El ABC de ellas El ABC de ellas

Diana Lisselothe González O. para ECOS
Ecos / 19/11/2017 14:47

¿De qué forma nos califican ellos? ¿Somos en realidad amadas o, más bien, vilipendiadas? ¿Alrededor de nosotras se tejen precisos argumentos o solo falacias?

En todo contexto las opiniones son diversas, como diferente es el cristal detrás del cual cada uno de nosotros y nosotras miramos la vida. Un código no es necesariamente la suma de adjetivos que refuerzan acciones, tampoco la enumeración de lo que nosotras vemos en ustedes, que en nuestro horizonte son amigos, amados, cónyuges, a veces hasta cómplices pero nunca enemigos. Este ABC es, por eso, un pequeño hilo conductor al esquema sustentado por… ¿todos?

Amigo: Es el incondicional, el que ama cuerpo y alma en partes iguales, el que ha consagrado todos los minutos de su vida a la conquista del ser deseado; el que a espaldillas del cónyuge da no solo intensa felicidad, sino también intensos sobresaltos porque —¡lástima!— su función es dar placer a hurtadillas.

Bueno: El ser “bueno” tiene especiales connotaciones. Es bueno el que tiene la apariencia de algo así como un Adonis para algunas, es bueno el que tiene la ternura de Chayanne y la sonrisa de Ricky Martin. Aunque para otras, bueno es el que tiene la agudeza de Juan Claudio Lechín. Sin embargo es “más bueno” el que todo lo pasa y perdona, y no precisamente por ingenuo o por bobo sino porque: o ama demasiado o en realidad se porta tan mal que hace lo posible y lo imposible por ser “el bueno de la película”.

Cónyuge: Es el que tiene que ir al lado —no delante ni detrás— en el camino de la vida. El que sosegado y mesurado tendría que guardar en el último de los baúles a la violencia, el que ama a la que comparte el apellido no por contrato sino por decisión, ese que definitivamente no es el enemigo que duerme con nosotras.

Dulce: Una imagen que embelesa y seduce a todas. Dulzura es lo que todas esperamos en cuanta relación se nos cruza. Mieles en las palabras y las acciones, todas con posibilidades de enternecer y ablandar los corazones de quienes hasta olvidaron que, un día, habíanse enamorado.

Erótico: Es el que solo de pensarlo ya nos infunde terror, porque no solo nos imaginamos que es un sátiro con tremendas pezuñas sino que lo concebimos como un engendro sexual caminando; en realidad es solo un fetichista del placer sexual que también nosotras queremos explorar.

Gordito: Entradito ya en carnes, abusador de la buena mesa, fanático de las golosinas, enemigo de los esfuerzos del deporte es el gordezuelo que no puede competir con los otros jóvenes sin hacer uso de su billetera, pero que para la compañera de toda la vida sigue siendo hermoso —aunque panzón— porque siempre lo verá tan guapo como a los 17.

Hombrazo: O de pelo en pecho. Es el que califica como lo máximo por sus dotes físicas; el que da intensidad en todo; el que en vez de abrazar, estruja. El que defiende y protege siempre a la bien amada; el que de un golpe mata no solo a siete por el honor de la que ama, sino que es visto así: un hombrazo de verdad —aunque sea en realidad un alfeñique— por la imaginación desbordante de la que lo ama.

Ingenuo: Que no es lo mismo que bobito. Inocente es lo que todas soñamos con tener entre los brazos, porque es el sinónimo del que se puede ver en los ojos de la que ama sin pestañear y sin los dobleces ni los prejuicios del sistema que ellos han creado. Sin embargo, es ingenuo también el que se deja atrapar, sin dar siquiera un suspiro, en la coqueta, sutil y femenina red que toda mujer deja tendida, “por si acaso”, muy junto a su sombra.

Joven: Para ellas todos son lindos, inexpertos, y dóciles y seducibles, sin importar que sean más chicos —solo— con 10 o más años. Joven es también un sinónimo de hombre en plenitud, que te hace sentir que todavía funcionas como seductora si logras por supuesto, amarrar a las faldas a uno con más o menos facha de joven.

Liviano: Es el de entramado moral fácil, el que no hostiga con el “qué van a decir los demás”, y más bien se lanza presto a cualquier acción. Afortunadamente para él, los suspicaces son los mismos hombres que obedecen a todo menos a su conciencia.

Mujeriego: Es el término más aborrecible para nosotras y más deseado de practicar por los otros. Significa empoderamiento sin trabas de la otra piel. Señala también dependencia sexual y un enraizamiento de la necesidad de ser el lobo devorador de caperuzas y abuelitas de por vida.

Negrito: Es el diminutivo amoroso del “otro”. El que la usa a cabalidad aunque no a tiempo completo, el que carece de derechos legales pero, generalmente, es dueño de los tremendos sentimientos de ella. El que goza de prestigio y respeto entre los machistas, cuando estos se enteran de sus hazañas. Es el que hace posible, al fin, su vida.

Obsesivo: Es el tipo odioso clásico. El antipático que desde que te ve, no se despega. Como un chicle quiere estar en tu vida para llenarla obsesivamente, sin mesura, reglas o sentimientos y con el solo afán de la posesión. Es el que ama o aborrece en forma desmedida y solo tiene al objeto de su pasión como razón de sus días.

Perspicaz: Intuitivo, perceptivo, es el ideal de todas las chicas. Es el que se da cuenta, sin preguntar siquiera, que ya está de más en la casa, el lecho y el corazón de ella. El que sabe que sin amor ya nada es posible y, sin más recriminaciones y ajustes de cuentas, deja atrás lo pasado y se marcha dejando solo un buen recuerdo.

Querido: Es el conocido y archireconocido ser que está cotidianamente con nosotras. El que rutinario y a veces febril, hace intentos esporádicos para ser eso, el ser querido, y que a veces hasta lo consigue porque —eso sí— logra ser “querido” de veras cuando se porta bien ayudando en la cocina, siendo fiel o regalando unos diamantes. Aunque “querido” mayormente es la palabrita que usamos como comodín, cuando ya hemos olvidado su nombre de pila.

Rencoroso: El que no puede entender que una mujer sea mejor que él, el que no admite que ella sea más inteligente, más linda, más buena persona y, encima, más modesta que él.

Sonso: Es aquel que acepta que hay otros mejores que él. Acepta aún a regañadientes las infidelidades y no es celoso por convicción o porque tiene baja autoestima, es el que no reclama más para sí, quizá porque se da cuenta de que todo reclamo es inútil porque el sustituto fue más hábil que él.

Tortuoso: El que va por caminos errados a la mala; tortuosamente se empeña en conseguir sus objetivos con mentiras y sin el mínimo de ética. Sin esfuerzo alguno, malvado en los amores, se ensaña en la posesión y la mujer es solo el objeto de deseo para su machismo sin disfraces.

Único: Es el virtuoso en extinción. Utópico hasta en los sueños, es el mítico ser que, caballero como el Quijote, va idealizando a las Dulcineas y, aunque espantosas, nos ve bellísimas. El que es amante aún en la miseria, el que provee de pan a la familia incluso a costa de su propia vida; el apasionado, romántico, héroe y sabio, gracioso y buen cantador; libre pensador y trashumante de mundos perdidos al fin, porque el ser aventurero también le concede un aura especial. Un ser mitad Indiana Jones y mitad Charles Ingalls, que obviamente no existe.

Voraz: Es el prototipo del hombre de las cavernas, el que —medio bestia o a veces bestialmente íntegro— no logramos esquivar. El que asume la práctica del amor usando solo su fuerza para devorarnos enteras, sin darse cuenta de que tenemos algo más que piel encima de los huesos. El que, vestido de lobo feroz o de príncipe azul, solo nos toma sin detenerse a pensar si sentimos o no.

Yo: Siempre yo y nada más que yo es el segundo nombre del narcisista que se ama más a sí mismo que a cualquiera en este planeta. Se mira, se admira y se ama, y por supuesto o existe alguien más inteligente, bien parecido o superhombre que él. Sin defecto alguno nos concibe como sus siervas, sin derechos ni prerrogativas y simplemente no existimos sino como objetos, porque no llegamos a su divina altura como personas.

Zorro: Sinónimo de ladino, de astuto; del que siempre propone porque está al acecho de cualquier moza que lo cautive en ese preciso instante; por supuesto que la conquista lo gratifica: seducir es el sino de su vida. Astutamente conquista a todas y a todas también les dice lo mismo, sin molestarse en cambiar de disco alguna vez. Con cada una se repite hasta que su piel queda hecha jirones por tanto uso; pero extrañamente su corazón sigue ahí, intacto, porque parece que el sistema machista ya hizo lo suyo… le dio textura a prueba de amores. •

P.D. En esta enumeración de atributos esenciales no fueron especialmente dañados ni él ni ella.•

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