El legado de Teresa Gisbert

Textos recordatorios de Lucía Querejazu, Laura Escobari de Querejazu y Andrés Orías

El legado de Teresa Gisbert

El legado de Teresa Gisbert

Un ejemplo para todas las mujeres

Un ejemplo para todas las mujeres

Una vida dedicada al estudio

Una vida dedicada al estudio

Andrés Orías junto a Teresa Gisbert.

Andrés Orías junto a Teresa Gisbert.


    REDACCIÓN ECOS
    Ecos / 04/03/2018 01:03

    Falleció el pasado 19 de febrero, pero queda su legado. La arquitecta Teresa Gisbert fue una destacada investigadora e historiadora paceña, la primera mujer integrante de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia, autora de libros que contienen avances y aportes fundamentales dentro de las ciencias sociales de América Latina.

    Entre otros reconocimientos, Gisbert, recordada también como docente universitaria, recibió el Premio Nacional de Cultura en 1995. Tiene obras de su autoría en forma individual y también junto a su marido, también fallecido, José de Mesa. Ambos fueron padres del expresidente Carlos Mesa.

    ECOS invitó a Lucía Querejazu, Laura Escobari de Querejazu y Andrés Orías, tres prestigiosos profesionales que conocieron de cerca el trabajo de Teresa Gisbert, a compartir con nuestros lectores sus impresiones del aporte a las ciencias y a la cultura de la historiadora, de la que el peruano Nicanor Domínguez Faura destacó tres libros que él considera fundamentales: “Iconografía y mitos indígenas en el arte” (1980), “El paraíso de los pájaros parlantes” (1999) y la compilación “Arte, poder e identidad” (2016). •

    Un ejemplo para todas las mujeres

    El aporte de Teresa Gisbert tiene dos facetas. Por un lado, ha abierto camino para muchas mujeres profesionales de la investigación y, por el otro, ha inaugurado junto con su esposo José de Mesa el estudio del arte colonial andino boliviano y peruano.

    Como mujer investigadora, Teresa vivió la posibilidad de trabajo y esfuerzo intelectual como totalmente compatibles con la familia. Pensar que con cuatro hijos hiciera el trabajo de campo que hizo y escribir todo lo que publicó, demandó de toda la familia un esfuerzo conjunto. Al mantener su nombre de soltera en una generación que perdía la identidad familiar al casarse y al empoderarse como pionera de la investigación, Teresa es un ejemplo para todas las mujeres.

    En lo académico, Teresa Gisbert contribuyó especialmente al descubrimiento del arte colonial en el sentido de que, al estudiarlo de manera detallada y profunda, pudo desentrañar la real originalidad de su factura. A partir de este re-conocer el arte es que ella consideraba que no debía llamarse colonial y por eso propuso la lectura de un arte mestizo. Esa nueva mirada ha contribuido a la valoración de nuestro patrimonio como ningún otro autor hasta la fecha.

    Lucía Querejazu Escobari (Historiadora del arte)

    Una vida dedicada al estudio

    La obra de Teresa Gisbert ha trascendido el ámbito de la Audiencia de Charcas. Sus trabajos de investigación en Historia del Arte, atribución de obras artísticas a determinados autores, desentrañando su origen social y étnico, y el significado último que contenían algunos símbolos iconográficos, en obras que delataban una simbiosis intercultural europea y andina, han revelado en profundidad la esencia del hombre andino, del indígena cuya presencia y legado ancestral coexisten con la europea traída por los españoles, desde la conquista en el sigo XVI hasta hoy, siglo XXI.

    La colonización de los pueblos existentes en las tierras andinas ha atraído inquietud de los historiadores y etnohistoriadores por conocer mejor el enraizamiento de la cultura española y europea en los países que conforman el espacio andino, desde el Ecuador hasta el norte argentino. Así como también los pueblos del oriente boliviano basan sus investigaciones en el aporte de Teresa Gisbert.

    No es poco el legado de una vida dedicada al estudio con tanto ahínco, perseverancia y perspicacia para encontrar respuestas a inquietudes claramente identificadas por ella. Sus descubrimientos han revelado la inspiración que movió a artistas y mecenas prehispánicos y coloniales a realizar determinadas obras de arte, como expresión su religiosidad, situación social y entorno material de su existencia. Paralelamente, a partir de las interpretaciones y alcances que Teresa Gisbert señala en sus libros, muchos especialistas y expertos han enfocado de mejor manera sus propias investigaciones, siempre en la búsqueda de la nueva sociedad surgida como consecuencia de la incorporación de una cultura con otra, sin ningún orden preferencial.

    Religiosidad, mestizaje, cosmovisión, vida social, costumbres, literatura, economía, política, encuentran referentes en las ciencias sociales que buscan significados a sus objetos de estudio cuando estos intentan buscar orígenes a través de expresiones teóricas o materiales. Me refiero a la arqueología, la etnohistoria, la historia social y del arte, la sociología, la antropología además de la arquitectura y el urbanismo; ciencias sociales todas que cuando necesitan antecedentes o causas de las expresiones culturales, de su especialidad, están obligadas a referirse al aporte y alcance de las interpretaciones de Teresa Gisbert.

    La acuñación de la expresión “barroco mestizo” es una de las contribuciones más importantes a la cultura boliviana, donde la flora, fauna y mitos indígenas en las pinturas conforman el aporte indígena. Gisbert ha recorrido todas las páginas de las crónicas y ediciones de época para sus trabajos etnohistóricos, pero lo más importante son sus conclusiones. Así se tiene atribuciones de grupos étnicos en lugares geográficos y su relación con mitos prehispánicos. La dualidad conceptual en los pueblos que significan formas de gobierno y ocupación de sitios y territorios. Sustitución de wacas por santuarios católicos, ídolos por santos y en otro ámbito el papel de los caciques en el proceso de mestizaje.

    Su incursión en este último tema ha tenido nuevos alcances en los últimos años entre sociólogos y cientistas sociales como Silvia Rivera, que se mueve entre el mestizaje colonial andino y lo chixi, donde los opuestos conviven sin mezclarse; Rossana Barragán, para quien la categoría cholo (entiéndase mestizo) proviene de una lógica del poder blanco-indio, de la cual se apodera el Estado como un proyecto especial, por lo tanto no es una mezcla de categoría social o étnica sino una tercera categoría. Carlos Toranzo, por su parte, concibe que la identidad boliviana se basa en la diversidad cholificada, es decir mestizos diferentes que asumen conscientemente que lo son. Carlos Mesa concibe el mestizaje con la premisa del mestizaje como identidad boliviana de la que solo se puede hablar si se la asume como una realidad del aporte cultural de dos culturas: la hispana y la indígena. El concepto de descolonización, para él, no debe negar la influencia colonizadora hispana en el sentido estricto de la palabra, puesto que es imposible. El concepto solo se lo puede aplicar en el sentido de no discriminación. Los autores citados, con diferentes discusiones sobre lo mestizo, sin duda tienen un trasfondo de influencia del legado de Teresa Gisbert, quien propuso que lo mestizo era una confluencia de dos en uno.

    Laura Escobari de Querejazu (historiadora)

    La mujer que leía entre lo visible y lo invisible

    A pesar de la enorme importancia de su obra, Teresa Gisbert fue y es una ilustre desconocida para el gran público. Por eso tras su muerte, ahora que se multiplican los homenajes, mucha gente se pregunta quién era. No pretendo responder a esa pregunta. Solo apuntaré aquí algunos recuerdos personales de esta gran señora, con quien tuve la suerte de compartir momentos inolvidables.

    Mi amistad con Teresa Gisbert comenzó por casualidad, en Sucre, cuando yo era adolescente y deambulaba por museos, iglesias y archivos. A veces, ella llegaba de La Paz y aparecía sigilosamente para quedarse observando retablos, bóvedas y portadas durante horas. Recuerdo su voz aguda, pero también la agudeza de sus indagaciones y comentarios. Recuerdo también que en aquellos lugares, y en las casas particulares, ella trataba con mucho respeto los objetos antiguos, los manuscritos, los viejos lienzos, las cerámicas prehispánicas. Cabe recordar que por esos años Sucre era una mina de antigüedades, que se vendían sin control a precios ínfimos y con destino desconocido. Junto a Gunnar Mendoza y Manuel Giménez Carrazana la escuché hablar frecuentemente de la necesidad de documentar y proteger el patrimonio. Después, a lo largo de los años, en encuentros académicos o informales, este tema volvía a nuestras conversaciones.

    Pero en su caso no se trataba solo de tener los objetos antiguos guardados en depósito sino de valorarlos, clasificarlos y preservarlos para leer las claves que encierran, entenderlos y a través de ellos entendernos a nosotros mismos.

    Dos recuerdos personales de Teresa Gisbert en Sucre podrían, tal vez, ayudar a percibir ese perfil de su personalidad.

    El primero es la inocultable tristeza que le produjo el derrumbe del techo del templo de Santa Mónica (hoy Sagrado Corazón) hace más de una década. Recuerdo la insistencia con la que comentaba la importancia de aquel monasterio de mujeres en la historia de la ciudad y proclamaba la necesidad de preservar el edificio, el claustro y sus jardines.

    El segundo es el silencio casi espiritual con que observaba las vasijas, los manuscritos, los lienzos o las partituras que le poníamos al alcance.

    En ambos casos, me parece que su mirada iba más allá de la materialidad de los simples objetos, pues tenía una gran capacidad para ver detrás de las apariencias superficiales de una obra o un objeto antiguo. Es decir que lograba leer las claves que están entre lo visible y lo invisible. Leer el mensaje de otra época cuyos códigos hoy son generalmente desconocidos.

    Por cierto, esta es una cualidad rara que poseen solo aquellos espíritus que a lo largo de los años fueron cuidados, irrigados y cultivados, como el suyo, como se cuida un jardín secreto. Los frutos son las valiosas obras que dejó para todos nosotros.

    Los historiadores americanistas saben que Teresa Gisbert se encuentra entre los primeros autores que documentaron la existencia de artistas y escuelas locales y regionales, particularmente de los Andes, dándoles un lugar que todavía no tenían en la historia oficial de la cultura universal. Viajó por los rincones más alejados de Bolivia para observar y fotografiar chullpas, huacas, apus, tejidos nativos, templos, esculturas, pinturas y todas las huellas posibles de la creación cultural de los siglos pasados. Después, con la ayuda de su esposo y de un pequeño círculo de colaboradores, sistematizó y organizó el resultado de sus exploraciones. Hizo catálogos y salvó piezas en los museos, para que estén al alcance de todos. Así dio consistencia historiográfica a la obra de indígenas, mestizos, criollos, americanos, africanos y europeos que elaboraron el imaginario y las esperanzas de la sociedad en la que vivimos.

    Me parece evidente que muchas de las claves que explican lo que hoy somos están en nuestro pasado. Nuestra coexistencia como colectividad será pues más afable y fecunda cuando reconozcamos que nuestra historia es más que centenaria y nuestras raíces son múltiples.

    Precisamente, sus ojos nos enseñaron a mirar ese pasado común despojándonos de prejuicios y esencialismos étnicos, para que nuestra vida en común sea más fluida. Me atrevo a afirmar que ese fue su principal mensaje: el pasado forma parte de nosotros y al desconocerlo nos desconocemos; es decir que al intentar borrarlo o negarlo, nos estamos negando a nosotros mismos.

    Andrés Orías Bleichner (Historiador y funcionario internacional)

     

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