Ecos

Amor a prueba de masacre

Final feliz para una pareja en una negra noche de San Juan

Amor a prueba de masacre
Amor a prueba de masacre

Puede besar a la novia —aprobó el párroco de Llallagua.

—¡Que la bese, que la bese! —corearon hijos y nietos, y él, trémulo, se atrevió a rozar los labios de la mujer que amó desde las épocas colegiales. Había pasado medio siglo desde el primer matrimonio, aquel que se dio entre llantos, a pocas horas de la Masacre de San Juan.

“Me han engañado, bromea “Gami”, me dijeron que solo era una misa para festejar las Bodas de Oro y ahora ya estoy casado por la Iglesia”. Es alto y de fina estampa, reveladora de sus muchos años de basquetbolista y nadador, boina ploma muy típica de los tradicionales habitantes en los centros mineros, amplias manos y mirada inquieta. Mirada que se detiene en el fino talle de la amada, Marina, por la que venció los obstáculos del destino.

“Recién nos atrevemos a contar nuestra historia pues por mucho tiempo nos quedó ese sabor triste de habernos casado mientras la gente velaba a sus muertos acumulados en el Sindicato de Trabajadores Mineros de Siglo XX”, dice ella, aún melancólica, mientras disfruta el café humeante. “Soy gustosa”, se sirve un pastel, “pero no engordo”, sonríe.

“No engorda y apenas tiene canas, su cabello es natural”, la contempla el eterno enamorado, padre de sus cinco hijos, que enfrentó la mala voluntad de la suegra y las balas de los militares para conseguir vivir con la muchacha que lo cautivó, la voleibolista de apenas 13 añitos.

“Esperé más de cuatro años para casarme con ella, aunque yo era un coqueto en el colegio y había tenido otras chicas”, recuerda este hombre, Eufronio Gamaliel Gómez Ruiz, nacido el 3 de agosto de 1942, en la víspera de otra masacre, la de Catavi, que precipitó la caída de la “rosca minera”.

“Es que así era en las minas; también yo recuerdo cómo bajaron los aviones y ametrallaron a los trabajadores y la bala abrió un agujero en mi vestidito vaporoso, no sé cuándo era, quizá el 65”, completa Marina los recuerdos de amores y muertes.

Amor colegial

“Yo soy la hermana mayor de nueve hijos de Mariano Chacón Guzmán y Elvira Ríos Quintanilla, nací el 23 de junio de 1946 (poco antes del colgamiento de Gualberto Villarroel). Desde mis 13 años dejé la escuela para ayudar a mi mamá con mis hermanos menores y trabajando, costurando. Salí bachiller en el CEMA y estudié para modista en la Academia Technimond. Hasta ahora coso, aunque ya la vista me falla, pero he hecho los vestidos de novia de mis hijas, de quince años de mis nietas”.

“Viví en Oruro, luego en Jujuy porque los dueños de la empresa donde trabajaba mi papá lo volvieron a contratar para una mina en el norte argentino. Después la Empresa Catavi comenzó a mejorar (nacionalizada en 1952) y regresamos al país cuando yo tenía seis años”.

“Estudié en el colegio 1ro. de Mayo en Uncía, provincia Bustillo. Todos iban al colegio en un tren de la empresa que tenía un nombre medio quechua, ese tren llevaba a los estudiantes donde había buenos maestros”.

“Conocí a Gami en el Teatro de Siglo XX, que se llama 31 de Octubre, pero eso ha cambiado porque en un principio llevaba el nombre de la esposa de Simón Patiño. Ahí llevaban películas de todo tipo, y todos miraban porque era la única distracción”.

“Mantuvimos una relación mediante el deporte, él era deportista al igual que yo. Entonces cerca de la cancha tuvimos una relación desde mis 13 años. Aunque antes los papás eran muy estrictos, no nos dejaban enamorar, teníamos que conocernos y vernos a ocultas; a pesar que eso atraía consecuencias de embarazo, no conocíamos de la vida, solo nos acomodábamos al ambiente. Recuerdo que en mi adolescencia jamás fui a una fiesta, jamás compartí con mis compañeras, jamás fui a los bailes”.

“Tuvimos muchos problemas, especialmente con mi mamá, quien era muy estricta. Hemos debido sufrir para poder casarnos. Me casé a los 21 años a tanta insistencia de mi esposo, mi mamá aceptó, además por mi embarazo que lo planeamos para que pueda aceptar”. Para él, los recuerdos son parecidos y a la vez distintos.

“Conocí a Marina cuando la Empresa Minera Catavi traía películas de prestigio, esa vez estaban Los Diez Mandamientos, Fabiola. Y la gente entraba al cine, casi siempre estaba lleno. Un día yo no pude entrar a tiempo y Marina estaba adentro reservando un asiento, pero nadie pudo acompañarla, entonces me cedió el asiento y yo me quedé mirándola y me enamoré. En la noche, la acompañé hasta su casa y le dije si podíamos vernos. Cuando pasaba por la calle Linares, ella salía de la botica, había comprado Mejoral, y chocamos nuevamente, sin planearlo. Después nos encontramos donde le cité, en el cine. Además, como yo era basquetbolista y siempre iba a jugar en las tardes, en la cancha que casualmente estaba cerca de la casa de Marina. Entonces ese lugar se convirtió en nuestro punto de encuentro”.

“La verdad, mi enamoramiento duró siete años, tuvimos que enamorar casi a escondidas porque los parientes de Marina eran un poco malos y celosos. Entonces cuando me encontré con un vecino me dijo: ‘Gamy, ¿por qué no te casas con Marina?’. Y yo le dije: ‘es que yo no tengo profesión, no tengo con que mantenerla’. Él respondió: ‘Pero tú eres hombre, has ido al cuartel, has regresado, trabaja’”. “De ese modo tuve la valentía de avisarle a mi papá que quería casarme y él me dice: ‘hijo, por qué no te casas, yo te voy a ayudar’. Fuimos a su casa y hemos sido rechazados, teniendo que regresar a mi casa con las seis botellas de cerveza que llevamos. Tres veces tuve la oportunidad de ir a la casa de Marina y siempre fui rechazado por mi suegra porque ella decía que Marina era la mayor y tenía la obligación de ayudarle. Inclusive decidí decirle a Marina que quería robarle e irnos a Oruro por una semana, pero no quiso, solo me dijo: ‘yo voy a salir de mi casa con la bendición de mi madre. Si no, no salgo’. Entonces la otra opción (como una estrategia) era embarazarla y tuvimos a una hija que actualmente tiene 52 años y se llama Elizabeth. Pero aun así mi suegra no quería, pero yo tampoco me rendí y nuevamente pedí la mano. Ella al fin aceptó y dijo que podía casarme en el día de los cumpleaños de Marina, que era el 23 de junio”.

Gami no quiso perder la oportunidad y fue corriendo donde su padre para organizar la boda, la ceremonia, el picante con gallinas que había que preparar dos días antes, las bebidas, los discos para el baile. No sabía que Marina recibió una zurra antes de su partida.

Aparecieron los militares

Ni Marina, ni Gami, y mucho menos la suegra, imaginaron que tanto ruego y preparativo iba a ser marchitado antes de la hora por la masacre de la noche de San Juan, la famosa y triste matanza de obreros, mujeres y niños en medio del estallido guerrillero al sudeste de Bolivia. Ernesto Che Guevara apenas apunta el sangriento suceso que partió tantas vidas proletarias.

Marina se estremece al volver a contemplar en su memoria los cuerpos apilados en el sindicato, los llantos y quejidos y la rabia impotente de los dirigentes de siglo XX.

“Los trabajadores no ganaban como para mantener a una familia, empezaron a reclamar sobre sus sueldos, cuando estaba el presidente (René) Barrientos. Fueron bastantes las manifestaciones que hicieron para que puedan aumentarles el sueldo, porque no les alcanzaba, solamente era para sobrevivir, hacerles estudiar a los hijos costaba demasiado”.

“Ya cerca a San Juan hicieron una manifestación, pero el Presidente no les hizo caso. Más adelante, acercándose la fiesta, los trabajadores celebraban a lo grande y la empresa nos repartía unos troncos que servían para quemar y hacer la fogata”.

“Por la fiesta paralizaron la manifestación y por eso mi esposo, que había pedido mi mano un mes antes, quedó de acuerdo con mi familia de casarnos el 24 de junio, justo el día de mi cumpleaños. Llegó la noche de San Juan y ya estaba todo listo para el 24, porque dijimos que no sea para esa noche del 23 que se hace la fogata y es una fiesta grande allá, porque van a festejar todos los trabajadores y a mi papá le gustaba celebrar.

Como ya estaba casi todo listo, hicimos una fogata y dije: ‘voy a estar con ustedes hasta las 10, luego voy a prepararme para mañana’. Nuestros vecinos empezaron desde las ocho y mi esposo se fue con mi vecino a Llallagua, porque mi esposo vivía allá en el pueblo y yo vivía en el campamento de Siglo XX”.

“Nos fuimos a dormir. Pero a eso de las tres de la mañana empezó a tocar la sirena, nos levantamos diciendo: ‘¿por qué están tocando la sirena?, ¿qué paso?’. Ya no podíamos salir de la casa y mi papá decía asustado: ‘nos están disparando, y ahora, ¿qué hacemos?’. Mis familiares que llegaron de Oruro se metieron bajo las camas, porque las balas traspasaban y a eso lo llamamos balas perdidas”.

“No había caso de hacer un desayuno, miramos por la ventana los soldados correteaban por aquí por allá, junto a la gente que gritaba. No sabíamos todavía qué había pasado en la Plaza del Minero, donde hicieron una fogata grande y se reunieron los dirigentes. Esa vez de dirigente estaba don René Chacón, hermano de mi papá. Al medio día salíamos, poco a poco fuimos saliendo, pero ya había muertos por aquí por allá y mi papá preguntando por su hermano; le contaron que medio mareado le habían llevado y le hicieron escapar a la mina, aunque igual lo atraparon y entró a la cárcel para que después lo confinen a Suiza”.

“El Ejército entró de noche, donde era el mercado, el colegio Siglo XX – América. Antes había casetas de calamina de ropa o verdura, y por el río que lo llamamos río seco; los militares llegaron en tren, bajaron por la primera boca mina de Cancañiri, entraron por el caminito de dos rieles para pasar al pueblo de Llallagua, entraron detrás de las casetas, nadie los vio y empezaron a poner sus metralletas. Mientras los trabajadores festejaban.

Al día siguiente, el 25, mi vecino había quedado herido y nos contó: ‘Yo he dado la alarma. Por eso querían matarme, yo he visto cómo estaban detrás de las casetas, con sus bazucas’. Él, viendo a uno de ellos, lo había agarrado gritando: ‘¡Nos están atacando!’. Y empezaron a disparar y el dirigente (Roberto) Maisamn había corrido al sindicato y había tocado la sirena. Por eso no nos dábamos cuenta, hasta que mi papá decía: ‘Nos están disparando’. Mi esposo al medio día estaba diciendo: ‘¿qué hacemos?, hay que hablar con los padrinos’. Y al rato: ‘nos casaremos, aunque sea encerrados’. En la salita de su casa; aunque nos casamos con miedo hasta de andar por la calle, tanto soldado que había”.

“Cuando estábamos de ida a la casa de Llallagua, en toda la esquina de la cancha de básquet, estaba uno con su metralleta y otro al frente con otra metralleta. Yo recuerdo cómo la gente llorando y gritando velaba a sus muertos. Muchos decían: ‘Realmente en calzoncillos nos han encontrado’. Después los militares buscaban todas las dinamitas y casa por casa entraban a buscar a los dirigentes”.

El amor no tiene barreras

“Nací en Catavi. Mi vida ha sido casi completamente normal, con mis papás, en hora buena, todo feliz. En mi niñez tuve diversión profunda. Me dediqué a estudiar. Mi madre murió por problemas en el parto, cuando yo tenía 12 años. Mi padre, viudo, trabajó hasta 1985, después de la relocalización”.

“Ya bachiller del colegio 1ro de Mayo, tuve la oportunidad de ir al cuartel, porque mi padre me dijo: ‘Si no tienes tu libreta militar, tú no vas a entrar a la casa’. De esa forma fui al cuartel Mariscal Sucre. Pasé casi nueve meses con la esperanza de entrar a la universidad, pero no fue posible. Así que tuve que trabajar por cinco años y después recién tuve la oportunidad de ir a estudiar a la Normal de Sucre”.

“Fui a trabajar a la escuela Potosí, por 10 años y estuve muy bien, porque tenía muchas facilidades con respecto a la alimentación, a la vivienda. Teníamos la oportunidad de tener los artículos de primer nivel”.

“El básquet es mi pasión, desde pequeño he practicado y lo seguiré haciendo hasta que muera. Tuve grandes entrenadores, como el padre Marcelo, don Edgar Pozo, entrenadores que venían desde La Paz. Entonces se me dio la oportunidad de jugar y me esforcé estando en la selección del colegio 1ro. de Mayo, en la selección de Llallagua; hemos jugando con equipos de La Paz, de Huanuni, de Oruro y llegaron otros famosos norteamericanos. Hicimos un campeonato nacional en la cancha Irineo Pimentel, esa vez la empresa construyó los pisos parquet y trajo los tableros de vidrio desde Oruro. Jugamos y salimos penúltimos, pero las mujeres de la selección salieron campeonas con una gran jugadora que era mi amiga, Paulina Medrano. Por eso, actualmente la cancha de Siglo XX se llama así, gracias a esta jugadora que salió campeona nacional”.

“Trabajaba para poderme casar con mi Marinita, hasta que su mamá aceptó. Aliste todos los preparativos, para que el matrimonio sea bueno: la comida, la bebida, todo lo necesario para un buen matrimonio. Día antes, o sea el 23, que era la noche de San Juan, me fui un rato a casa de Marina para atender a mis suegros y animarlos para que nos casemos alegres; pero esa noche el ejército entró a Siglo XX a las 11 de la noche y se escondieron un buen rato, horas después había toda una masacre a los trabajadores, por parte del presidente Barrientos”.

“Entonces, yo me fui un poquito mareado, llegué a mi casa y le dije: ‘Papá, la verdad es que yo no voy a poderme casar, porque hay líos en la empresa’. Él respondió: ‘Pero hijo, tanto tiempo estás luchando por casarte. Lo que tienes que hacer es consultar a tus padrinos de matrimonio, don Carlitos Arauco, con quien nos encontramos. Y le dije: ‘creo que voy a postergar’. Pero él insistió: ‘No, hijo, vos te casas’. Y así decidimos: ‘Yo voy donde el notario y vos donde tu suegro, diles que venga a las tres de la tarde, con tu suegra. Con tu papá, más o menos como unos diez a 15 personas vamos a estar, y listo’”.

“De ese modo tuve que ir donde mi suegro, lo he citado y a las tres de la tarde estuvimos de camino a la sala, que actualmente es la clínica de mi hija menor, hicimos los preparativos y cerramos la puerta para que nadie más entre”.

“Prácticamente me casé con todos los ritos o lo reglamentado sobre el matrimonio y tuve la oportunidad de acompañar a su casa, a mis suegros, porque ambos estaban mareados y no querían quedarse. Yo decía: ‘Pero papá quédate, aquí vas a dormir’. Y él era de: ‘No, yo me voy’. Entonces tuvimos que irnos. Le agarré a mi suegra en mi mano derecha y a mis compadres en la mano izquierda; pasamos por la calle Linares, llegamos a la Plaza del Minero en Siglo XX, y nos miraban los soldados, nos decían: ‘Estos borrachitos siguen, no escarmientan nada’.”

“Desde ese momento mi esposa doña Marina Chacón sigue viviendo conmigo y seguimos con esa vida de matrimonio, que ya cumple 51 años” (...) •

* Fragmento del texto original. Con datos de María de los Ángeles Chacón Gómez


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