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El K’ala Peredo y el Club Junín

Los minutos corren. No puede desaprovechar esa oportunidad y, desde larga distancia, con un potente zurdazo, patea el balón tan certeramente que atraviesa la valla invicta, dejando perplejo al portero Vaca del equipo...

Los minutos corren. No puede desaprovechar esa oportunidad y, desde larga distancia, con un potente zurdazo, patea el balón tan certeramente que atraviesa la valla invicta, dejando perplejo al portero Vaca del equipo rioplatense...

Ese es el único tanto que anotó el jugador Miguel Peredo Argandoña, más conocido por todos como el “K’ala Peredo”, en el torneo Sudamericano disputado en 1946 en Buenos Aires. En aquel partido ante Argentina, Bolivia perdió 7 a 1.

Este inolvidable episodio en la vida del futbolista chuquisaqueño quedó registrado en los anales de la historia del fútbol boliviano, donde este jugador sucrense defendió la tricolor nacional con garra y corazón.

Su recuerdo quedó también inscrito con letras doradas en la historia del Club Junín, que mañana conmemorará su centenario de creación; por él, el K’ala Peredo sintió verdadera pasión hasta el final de sus días...

El K’ala Peredo

Miguel Peredo Argandoña nació en Sucre el 19 de febrero de 1920. Fue hijo de Juan Bautista Peredo y Cleofé Argandoña Bravo. Tuvo una niñez tranquila y agradable, viviendo entre el campo y la ciudad junto a sus padres y hermanos: Rodolfo, Carlos y Rosalía.

Estudió la primaria en el colegio del Sagrado Corazón, pero, como consecuencia de alguna travesura, fue expulsado y entonces sus padres decidieron colocarlo en el colegio Nacional Junín, relata a ECOS su hija Stela.

Como Miguel era de tez blanca, con cabellos claros y no tenía ni un solo bello, sus nuevos compañeros cuando lo vieron entrar al colegio expresaron: “¡Quién es ese k’ala!, ¡parece un perrito k’ala!”. Así fue que tomó el mote. Poco tiempo después, lo que parecía que iba a ser un castigo para él se convirtió en premio, porque fue en ese establecimiento donde el muchachito aprendió a amar y defender con pasión el amarillo y negro.

El Club Junín

El Club Junín fue fundado el 18 de junio de 1918 en el colegio Nacional Junín. Es el segundo más antiguo de la capital y el cuarto del país: lo crearon después del Oruro Royal (Oruro), el Club The Strongest (La Paz) y el Stormers Sporting Club (Sucre).

Por lo tanto mañana, lunes, conmemorará sus 100 años de vida. En todo este tiempo, distintas directiva y jugadores trabajaron con ahínco para poner en alto su nombre y el de la ciudad de Sucre en torneos locales y nacionales.

Esta institución trabajó por el desarrollo del deporte, especialmente del fútbol, llegando a convertirse en un semillero de figuras nacionales.

Una pasión compartida

El K’ala Peredo, como cariñosamente le llamaban todos, tenía un carácter dicharachero y jovial. Hablaba muy bien el quechua y, según cuentan, hacía bromas exquisitas en esa lengua.

“Era bien amiguero, ¿quién no lo conocía? Dejó esa huella donde iba, era su forma de ser”, evoca Stela, orgullosa.

Muchas veces vistió con orgullo la camiseta gualdinegra del club de sus amores, el Junín, al que le dedicó gran parte de su vida.

Fue un valioso aporte para el equipo y en varias ocasiones ayudó a definir un partido para conseguir la victoria. Así ocurrió, por ejemplo, en 1944, cuando el Club Junín se coronó campeón nacional del fútbol de primera división.

Estando en el colegio, Miguel conoció a la basquetbolista Carmela Romero Linares, que jugaba para el Colegio Azul. Años después, ella se convertiría en la compañera de su vida. “Fue un amor de juventud”, dice Stela, su hija.

Cuando el joven gualdinegro salió bachiller, estudió para ser profesor de primaria en la Escuela Nacional de Maestros Mariscal Sucre, profesión que desempeñó con mucha entrega.

Más tarde se casó con Carmela y tuvieron seis hijos: Rosario, Mirtha, Stela, Juan Miguel, Silvia y Guido Peredo Romero.

Mirtha cuenta que su padre trabajó durante 25 años como funcionario público del Banco del Estado y, además, por las noches fungía como maestro. Permaneció en el magisterio 35 años.

Para poder cubrir las necesidades de su numerosa familia emprendió además la conocida Lechería Guadalupe, cuyo eslogan decía: “Solo el amor supera a la leche”. Fue su esposa la que personalmente administró la empresa.

Peredo ingresó al Club Junín y permaneció toda su vida en él, transmitiendo su pasión a esposa e hijos. “Vivíamos en la cancha, estábamos acostumbrados a los jugadores, íbamos de corazón a apoyar a nuestro padre y al club. Hacíamos barra, estábamos integrados en todo lo que es el Junín, ayudábamos en lo que podíamos en las reuniones y kermeses”, recuerda con emoción Mirtha.

No obstante el K’ala Peredo no solo fue amante del fútbol, su deporte favorito, sino también de la natación. Tanto que se desempeñó como dirigente de la Asociación de Natación Sucre, junto con Gastón Taboada y Eduardo Solares.

De esa manera, impulsó a Juan Miguel y Stela a practicar esa disciplina, y tuvo la satisfacción de ver a sus hijos competir y alcanzar triunfos significativos en campeonatos locales y nacionales.

Según su hija Silvia, nunca se cansó de inculcar la práctica del deporte en su familia.

Por ejemplo, recuerda que involucró a su hermano menor, Guido, en el mundo de las tuercas desde una tierna edad. Dice que hizo de él un buen exponente del automovilismo chuquisaqueño.

Sus hijos aseguran que Miguel Peredo fue un hombre que vivió para su familia y el deporte. “Sus dones primarios eran el esfuerzo que ponía al servicio de los suyos y los demás, y el valor en la cancha para defender con energía los colores del club de sus amores, el Club Junín”, agrega Stela.

Legado familiar

Siguiendo el legado del padre, los hijos inculcaron la costumbre de practicar deportes en los nietos del K’ala Peredo. Son 14: Luis, Sergio y Carlos Martínez Peredo; Álvaro y Miguel Núñez Peredo; María Alejandra Álvarez Peredo; Vania Peredo Palacios; Monserrat Peredo Noya; Bernardo, Silvina y Silvana Torricos Peredo; Guido, Rodrigo (juega en el Deportivo Churuquella) y Daniela Peredo Retamozo.

La familia creció y se sumaron 16 biznietos: Alejandra y Estefanía Martínez Mocobono; Natalia, Sebastián y Andrés Martínez Zelaya (los varones juegan en el equipo de su colegio, La Salle, en Santa Cruz); Santiago, Elena y Juan Martínez Paz; Fabricio y Sofía Núñez Escalante; María José y Fabiana Núñez Suárez; Santiago Patiño Álvarez (juega en el equipo de fútbol del colegio Pestalozzi); Martina, Lucas y Pablo Ibáñez Peredo.

Entre los nietos, María Alejandra Álvarez tuvo una importante trayectoria en Gimnasia. Y algunos biznietos se dedican a otras disciplinas deportivas.

“Con la figura de nuestro querido padre, seguimos impulsando la práctica del deporte en nuestros hijos y nietos. Nos sentimos muy comprometidos con esa causa”, dice Silvia.

“El deporte no se hace por dinero sino por amor, y cualquier deportista que siente amor por cualquier disciplina será exitoso”, reflexiona Mirtha, como recogiendo el legado de su padre.

Del Junín hasta la muerte

En 1984, Miguel Peredo Argandoña, el K’ala Peredo, murió coincidentemente el mismo día en el que nació: el 19 de febrero. Tenía 64 años. Ese día, su féretro fue cubierto con su amada bandera gualdinegra.

Su esposa, Carmela Romero Linares, falleció el 30 de junio de 2013. Los restos de ambos reposan en el Cementerio General de Sucre. •

Anécdotas

Rodrigo Peredo Retamozo, nieto del K’ala Peredo, formó parte del Club Stormers, el rival acérrimo del Club Junín, el de su abuelo.

El K’ala Peredo, siendo dirigente del club juninense, viajó a los Yungas y llegó a Sucre con un joven al que adoptó como hijo. Le puso el nombre de Julio César, como el crack brasileño.

En la casa de los esposos Peredo y Romero era tradición que después de cada partido, la dirigencia y los jugadores compartan una merienda sencilla pero fraterna. Eran como familia.

 


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