La quebrada calumniada

Al margen de su carácter carnavalesco, la festividad de Ch’utillos es una suma de historia y hechos culturales. Un hecho innegable es la existencia de lugares de culto, santuarios o adoratorios donde se realizaban...

La quebrada calumniada

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    Juan José Toro Montoya (*) para ECOS
    Ecos / 12/08/2018 02:45

    Al margen de su carácter carnavalesco, la festividad de Ch’utillos es una suma de historia y hechos culturales. Un hecho innegable es la existencia de lugares de culto, santuarios o adoratorios donde se realizaban ceremonias vinculadas con esta manifestación cultural.

    Uno de esos lugares es la quebrada conocida como La Puerta, a la que los españoles le dieron un nombre descalificador: “Cueva del Diablo”.

    Pero el diablo llegó a estas tierras muy tarde, precisamente con los españoles, mientras que la historia de La Puerta es muy anterior y está vinculada a la cultura que habitó lo que hoy es Potosí incluso desde antes de los incas, los qaraqara.

    Persiguiendo cultos

    Entre los varios documentos que prueban la existencia de cultos prehispánicos en el territorio que hoy es Potosí destacan dos porque pertenecen al principal extirpador de idolatrías del Perú, el jesuita Pablo Joseph de Arriaga.

    Una de ellos es el libro cuyo título deja sobrando cualquier justificación al respecto, “Extirpación de la idolatría del Perú”, publicado en 1621 y en cuyo primer capítulo Arriaga refiere que el primero que empezó a destruir las creencias y religiosidad de los indios fue Francisco de Ávila, cura de la doctrina de San Damián, en la doctrina de Huarochiri, provincia de Lima. Sobre él dice que “defcubrió, y quemó tantas Huacas, halló tantas idolatrías, y tantos miniftros de ellas, que con la fama de lo que fe iva haziendo, y remediando, començaron a abrir los ojos, y a reparar en lo que antes no reparauan algunos Curas de los pueblos de Indios, inquiriendo, y aueriguando fus Idolatrias, y dando auiso de ello a fu Señoria Illuftrifsima, fe les embiavan particulares comifsiones para efte efe[c]to”.

    En lo que concierne a Potosí, señala que “entre los demás Indios halló aquí vno, que auia ido en peregrinacion mas de trecientas leguas, visitando las principales Huacas y adoratorios del Piru, y llegó hafta el de Mollo Ponco, que es a la entrada de Potofi, muy famofo entre todos los Indios”.

    A la luz de ese texto, fue ese dato el que alertó a Arriaga sobre el culto existente en Mullu Punqu, el nombre original de La Puerta y el que determinó la famosa carta que le dirigió al general de su orden, Claudio Aquaviva. “En la carta del padre José de Arriaga al general de la Orden de los Jesuitas Aquaviva, fechada en Lima el 29 de abril de 1599, se dice que los indios de Potosí adoraban a dos cerros que Egaña identifica con el Cerro de Potosí y con el Huayna Potosí”, explicó Teresa Gisbert.

    Una transcripción de la carta está en el tomo VI de la “Monumenta peruana” compilada por Antonio de Egaña y, en la parte referida a la antigüedad de ese culto dice lo siguiente: “Una cosa sola diré por aver sido muy pública, y por esta y otras muchas razones de mucha gloria de Nuestro Señor: poco más de dos millas desta Villa, en el camino real, están dos cerros a que los indios desde tiempo inmemorial an tenido estraña devoción acudiendo a hazer allí sus ofertas y→ →sacrificios y consultando al demonio en sus dudas y recibiendo dél respuestas”.

    En el pie de página de esta obra, Egaña señala, en efecto, que los dos cerros a los que Arriaga hacía referencia eran el Potosí y el Huayna Potosí, pero se basa en la descripción de Nicolás del Benino, de 1573, y en la anónima de 1603. Su error se debe a su condición de extranjero. Al no estar en el terreno, creyó que los dos cerros ubicados “poco más de dos millas” de Potosí eran el famoso yacimiento de plata y el monte que está junto a él. No tomó en cuenta que el camino real era el que conducía a La Paz.

    Quienes vivimos en el terreno sabemos que esos dos cerros corresponden a los de la quebrada que está a unos cuatro kilómetros de Potosí, en el camino hacia Oruro, llamado antiguamente real, donde se encuentra la denominada “Cueva del diablo”. Su nombre genérico es La Puerta, y así se llama el santuario ubicado cerca de él. A partir de la entronización de la imagen de ese apóstol adquirió otro nombre: Quebrada de San Bartolomé. La mención al culto prehispánico aparece también en la “Historia de la Villa Imperial de Potosí…”, de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, quien detalla que los que lo practicaban eran los indios de Cantumarca:

    “El pueblo de Cantumarca (que se interpreta vuestra tierra o vuestra patria como queda dicho), antigua habitación de indios gentiles, estaba como a un cuarto de legua de donde al presente está la Villa. También al pie de la Cuesta Cansada o de Jesús Valle tenían otra población con buenos edificios según mostraban sus ruinas que se veían algunas debajo de tierra”. Agrega que “tenían estos naturales en la quebrada que hoy llaman de San Bartolomé (distante de esta Villa una legua) una gran cueva naturalizada en peña viva, donde un día a la semana iban como en procesión a adorar al común enemigo que las más de las veces se les aparecía visible”.

    En ambos casos se habla del mismo lugar y el mismo culto, aunque tanto el extirpador Arriaga como el cronista Arzáns creen que la divinidad a la que adoraban los indios de Cantumarca era el diablo.

    Mullu Punqu

    El nombre original de la quebrada no era La Puerta sino Mullu Punqu o Mulli Punqu, y es prematuro hablar sobre su significado. La palabra Punqu significa puerta, en quechua, así que la primera tentación es encontrar su origen en ese idioma. Punqu aparece, con k, simplemente como “puerta” en el diccionario de Jesús Lara pero se complica encontrar su significado junto a Mullu que, en ese libro, significa “concha marina de color rojo que se ofrendaba a los dioses en el inkario”. Edgar Mamani, un quechuaparlante estudioso de su lengua materna, le dijo al autor de este trabajo que el nombre correcto del lugar, en quechua, sería Mulli Punqu y no Mullu Punqu. Su significado sería “puerta cerca del molle”, en alusión a la arboleda que hay en el lugar.

    Pascale Absi y Pablo Cruz dicen que el significado de esa voz es “la angostura de Potosí llamada así”. Para Thérèse Bouyse-Cassagne, mullu son “menudas cuentas que el peregrino quebraba con sus dedos (y) desempeñaba un papel importante en muchos de los rituales llamados de confesión” así que revelaba el carácter ritual de la quebrada.

    Ahora bien, si lo que se busca es aproximarse al origen de la palabra, hay que seguir retrocediendo en el tiempo y, así, se verá que Mullu y Punqu significan lo mismo en aimara, el idioma que se hablaba en lo que hoy es Bolivia antes de la invasión de los incas.

    Ya en 1603, Ludovico Bertonio había identificado a Mullu como “piedra o hueso colorado como coral con que hacen gargantillas. Y también usan de él los hechiceros” mientras que Punqu, con “q”, aparece como “puerta o entrada”.

    Gabriel Loza identifica al mullu como uno de los cuatro objetos utilizados por los pueblos prehispánicos para el intercambio de objetos: “se han distinguido cuatro monedas mercancía: el mullu o Spondylus, la chaquira, el ají y la coca”. El mullu, entonces, era la caracola o caracol marino, moluscos gasterópodos que solo podían encontrarse en las costas. El Spondylus, al que identifica Loza, “es un género de moluscos bivalvos de la familia Spondyliade. Como procedían de las profundidades marinas, eran consideradas ‘hijas del mar’”, así que tenían carácter sagrado.

    Marco Antonio Flores señala que mullu “son pequeñas conchas marinas” que forman parte de los elementos animales de las mesas rituales de la qwa o khoa. Este autor también apunta que “Mullo Punko (es), un lugar sagrado” y transcribe a John V. Murra con esta descripción:

    “El Mullu es una piedra blanquecina o grisácea que se talla con facilidad, con el Mullu se efectúan talismanes de usos diversos. Buena parte de las illas confeccionadas para proteger e incrementar el ganado están fabricadas con este material. El Mullu se encontraba en las mesas y preparados antiguos en forma de animalitos tallados o desmenuzado a manera de la sal del plato. El Mullu, era un elemento presente en las ofrendas a fuentes o ídolos, y aquellos rituales relacionados con el agua”.

    Por tanto, Mullu Punqu, hoy llamado “Cueva del Diablo”, era, y es, un lugar vinculado con el Cerro Rico de Potosí, tanto que se lo considera la puerta hacia la legendaria montaña y aún hoy en día se cree que quien ingrese por la cueva que existe en la quebrada podrá llegar, avanzando bajo tierra, hasta las minas del Sumaj Urqu. •

    (*) Es Presidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP)

    Lugar de peregrinación

    Sin quererlo, el jesuita Pablo Joseph de Arriaga revela que el lugar era objeto de peregrinación: ‘entre los indios hallo aquí uno que había ido en peregrinación más de trescientas leguas visitando las principales huacas y adoratorios del piru, y llego hasta el Mollo Ponco, que es la entrada de Potosí muy famoso entre los indios’” así que Absi lo confirma: “los peregrinos que acudían al mullu Punqu de Potosí venían desde muy lejos”.

    “Es probable que la relación establecida por los ritos mineros entre la quebrada de San Bartolomé y el Cerro Rico ya existiera desde antes de la colonia. Sabemos por Holguín que la quebrada se llamaba antes Mullupuncu y por el mismo Arriaga que este Mullupuncu había sido en tiempos precoloniales uno de los principales adoratorios de los Andes. En su aceptación prehispánica, el vocablo quechua "Punqu" (puerta) evoca el hecho de que el territorio de las wak'as tenían un acceso, una entrada guardada por oficiantes rituales llamados puncucamayoc, como fue el caso de la wak’a minera de Porco; esa, al igual que el oratorio de la quebrada descrito por Arriaga, funcionaba como oráculo. Es hoy en día admitido que el Cerro Rico de Potosí era una entidad sagrada prehispánica, una wak'a, y el carácter de "Punqu" de la quebrada deja pensar que las prácticas rituales extirpadas por Arriaga le estaban dirigidas.

    Al igual que para los mitayos descritos por Álvarez, la quebrada de San Bartolomé habría marcado la entrada a la jurisdicción sagrada del Cerro de Potosí y habría sido uno de sus lugares de culto. Las pinturas de caravanas de llamas cargadas de la Cueva del diablo atestan del intenso tráfico que tuvo este corredor en tiempos prehispánicos del cual sabemos además que une Potosí con el cercano centro ceremonial-administrativo Inca del valle de Santa Lucía”, señalan Absi y Cruz.

    Agregan que “tanto el Cerro Rico como la quebrada y sus cerros eran entonces hitos importantes del espacio sagrado de los Andes prehispánicos. Los mitayos les reunieron con sus itinerarios ritualizados haciendo del Mullu Punqu la primera puerta de la mina y retomando a su cuenta los antiguos cultos a la quebrada desde donde se encomendaban al Cerro, pidiéndole salud, ventura y riqueza”.

    Por tanto, el culto que se practicaba en la quebrada de La Puerta o Mullu Punqu era anterior a la llegada de los españoles y, según Mario Chacón, “un culto local autóctono ‘desde tiempo inmemorial’; es decir, en la época precolombina, y muy verosímilmente no en el último período de ésta, denominada incaico o quechua, sino en el anterior perteneciente al colla o aymara”.

    No era el diablo

    El Potosí prehispánico era territorio qaraqara así que el culto en Mullu Punqu tiene, necesariamente, origen en esta última cultura. El nombre autóctono de La Puerta mueve a pensar, preliminarmente, que la cultura del conquistador inca se sobrepuso a la de los qaraqara. Lo que queda por determinar, y esa es tarea de los historiadores, es cuál o cuáles eran las divinidades que los qaraqara adoraban en Mullu Punqu. ¿Sería la quebrada misma y su cueva, en tanto puerta al mundo de las profundidades o ukhupacha? ¿Adoraban a las wak’as de los dos cerros del lugar, los mismos que son descritos por Arriaga? ¿Era una extensión del culto solar a la wak’a mayor; es decir, al Cerro Rico de Potosí? Quizás el culto estaba dirigido a todos esos lugares o simplemente correspondía a una divinidad específica. En este último caso, la mayoría de los historiadores cree que la divinidad adoraba en Mullu Punqu era Thunupa.

    El dato no pudo ser dilucidado hasta ahora porque son pocos los estudios serios al respecto. El único que identifica a una divinidad específica, aunque sin respaldar sus afirmaciones, es Julio Lucas Jaimes. En la leyenda “Gruta del diablo y quebrada de San Bartolomé”, este escritor intenta explicar el origen de los accidentes geográficos que rodean a Potosí. Es él quien cuenta el mito del rapto de Sapallay, “la sola, la única en belleza sobrehumana y en el candor y la ingenuidad atribuidas a la inocencia, de la cual era símbolo”.

    En esta narración también aparece el Umphurruna u hombre sombrío, una divinidad del mal que rapta a Sapallay y “para ocultarla a las investigaciones de los hombres, con la fuerza y poder misteriosos de que Umphurruna es rey, partió en dos la inmensa mole granítica de dos leguas en contorno, abriéndola en estrecho paso de curvas irregulares, en donde serpentea un torrente bullicioso, lamiendo a veces la base misma de aquellos murallones portentosos”.

    Se trata, como el lector habrá podido percibir, de los “dos cerros” que Arriaga describió ubicándolos a dos leguas de Potosí, la quebrada de Mullu Punqu o La Puerta donde se encuentra la “Cueva del Diablo”.

    El interés de esta leyenda no radica tanto en su lenguaje claramente romántico sino en los datos que proporciona sobre “la cueva del diablo (porque) allí arrastró consigo Umphurruna a la bella Sapallay, según los indios, que por tal travesura naturalista lo bautizaron con el nombre de Cchutillo o sea genio que daña y huye”.

    Los indicios coinciden: el culto no solo era prehispánico sino también preincaico, así que se descarta que la o las divinidades adoradas en Mullu Punqu y en el Cerro Rico hayan tenido alguna relación con el demonio cuya figura, mitos e iconografía llegaron con los invasores españoles.

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