Ecos

HAY DENUNCIAS RECIENTES EN ORURO Y LA PAZ

Sacrificios de niños, ¿realidad o mito?

Niños sacrificados para deidades en minas, montañas y otros sectores del país en busca de recibir a cambio buen augurio, abundancia agrícola, prosperidad económica y riquezas. La historia, que aparentemente se desarrollaría en Bolivia, parece el guion de una película de terror clase D. Pero, ¿se trata de algo real o de un mito?

Por un “secreto a voces” que se amplificó por los medios de comunicación –incluidas las redes sociales–, en las últimas semanas esta macabra temática saltó nuevamente de lo oculto a lo público, causando preocupación y a la vez indignación en la sociedad.

Para mucha gente, hablar de ‘sacrificios humanos’ en este tiempo significa asociarlos con los mitos. Es que resulta difícil pensar que en pleno siglo XXI se practique esta barbarie…

Los dichos y los hechos

El primer hecho se dio a conocer en agosto pasado en Oruro, donde Margarita Escóbar un día de esos pasteaba sus llamas y, ante el ladrido continuo de su perro dirigido hacia unas piedras cercanas, despertó su curiosidad. Se acercó a observar de qué se trataba.

Con sorpresa encontró en medio de unas rocas el cuerpo de un bebé cubierto con coca y alcohol.

El cuerpo estaba a los pies del cerro Tata Sabaya, situado en la provincia Sabaya del departamento de Oruro. Escóbar dio parte a la División de Homicidios de la Policía, cuyos efectivos se dirigieron inmediatamente hasta el sector del hallazgo.

Días después, el examen forense estableció que el cuerpo era de un prematuro de 30 a 34 semanas. Entonces, se descartó que hubiera sido sacrificado en un ritual, pese a que algunas personas habían presumido una oblación acometida por contrabandistas.

El segundo caso ocurrió el 14 de septiembre de este año, cuando el niño Jhoel Condori, de ocho años, desapareció en el cantón Pusillani del municipio de Aucapata, provincia paceña de Muñecas.

Los padres se trasladaron hasta la sede del Gobierno para denunciar que habían recibido información de sus pares en sentido de que su hijo fue sacrificado para la mina Cosmipata, Santa Bárbara, como pago al Tío (al Diablo) para extraer más oro.

La madre del pequeño, Sonia Aliaga, dijo que su hijo habría sido entregado como ofrenda al dios de las minas, y denunció: “Mi hijo está enterrado vivo (…) como wuajt’acha (ofrenda). Le han enterrado en un socavón, dentro de la mina, está bajo tierra”.

Días después, la red ATB tuvo acceso a unos audios en los que se escucha a uno de los comunarios relatar cómo habrían sido los últimos instantes del niño antes de ser abordado y secuestrado con engaños, presuntamente, por mineros.

“El cuidador de la casa del señor Samuel S. sabe todo, él ha visto lo que ha pasado con el niño. Le ha dicho a su esposa que en la mañana le ha visto al niño y, en unos segundos, le han hecho desaparecer”, se puede escuchar en esa grabación.

Una fotografía del mencionado canal televisivo muestra el lugar donde fue visto el niño Jhoel por última vez, a un metro de su hogar y de la plaza de su comunidad ubicada en el municipio de Aucapata.

“El señor Modesto dice que le han ofrecido dulces y pastillas, le han metido a sus bolsillos dinero y que le han tratado bien. Con eso le han atraído al niño y se lo han llevado en un taxi blanco. Mañana mismo anda a hablar con el portero del señor Samuel S. que él sabe todo y sería el primer sospechoso”, dice la voz del audio.

Aunque los rastrillajes policiales dentro de la mina descartaron el hecho, la madre insiste en que no es el primer caso y que en la comunidad se sabe de una niña de ocho meses que fue entregada por su propia madre a cambio de una acción en la mina.

En este tema, la Red Ciudadana de Prevención del Infanticidio y el Colegio Departamental de Abogados de La Paz exigen al Gobierno que investigue estas denuncias.

El Colegio de Abogados, en declaraciones a Pagina Siete, cuestionó ese tipo de prácticas a nombre de tradiciones, usos y costumbres. “Necesitamos que nuestros pueblos sean capacitados en la cultura de paz y buen trato en Bolivia. Que ninguna cosmovisión se encuentre por encima de los derechos humanos, es responsabilidad de las autoridades tratar este tema”, alertó el presidente del Colegio de Abogados La Paz, Israel Centellas.

¿Son reales los sacrificios?

Según la presidenta de la Red de Prevención del Infanticidio, Melissa Ibarra, es un “secreto a voces” que en La Paz se ofrenda a la Pachamama a alcohólicos cuando se tiene que levantar un edificio, para que la tierra esté firme y no pase nada. Sin embargo, dice que nunca se habló de ofrenda de niños.

“Jhoel es un símbolo en este momento, puede convertirse en Analy, que lo fue para el tema de violencia contra la mujer, o Zarlet para el de trata y tráfico. Los padres de Jhoel insisten en que su hijo fue sacrificado vivo en un centro minero”, sostiene.

“Estos son los primeros indicios de que en Bolivia se practican sacrificios humanos. Cuando la Policía encontró al bebé de Sabaya dijo que por sus características era un sacrificio, una ofrenda, porque había mucha coca a su alrededor. Pero cuando se conoció el informe forense solo se dijo que era un prematuro y no se dio ningún otro detalle”, interpela Ibarra que luego se pregunta: ¿qué pasó con el niño de Sabaya?

Las autoridades están obligadas a abrir un proceso y realizar una investigación profunda en ambos casos. “Por el trabajo que hago la gente me llama para confirmarme que hay sacrificios en Sabaya. ¡Yo les creo!, ¡yo sí les creo! Hay mucho salvajismo y primitivismo en nuestro país”, agrega la también conocida comunicadora.

Según la activista, como las tradiciones, usos y costumbres están muy enraizados en Bolivia, la mayoría de los pobladores de una comunidad está de acuerdo con esas prácticas. Los que no lo están, no hablan por temor, ya que la misma comunidad puede exiliarlos o hacerles cosas peores.

“Hay gente que no está de acuerdo con los crímenes, pero si hay algo que interrumpe a la justicia es el miedo”, puntualiza Ibarra a ECOS.

Dice que para que los casos de sacrificios no salgan a la luz escogen a niños de familias de bajos recursos económicos así se cansan de buscarlos por falta de dinero. También a niños huérfanos de padre o de madre, para que no haya quién los busque.

De acuerdo con datos proporcionados por Ibarra, en Bolivia se pierden entre 250 y 300 niños y niñas al año. Y más del 80% son pequeños que se van de casa por diferentes situaciones.

“El 20% restante están inmersos en trata y tráfico, tráfico de órganos, explotación laboral, y ahí hay que aumentar el tema de desaparición por sacrificios y por infanticidio de la criminalidad de padres y madres. El salvajismo es brutal contra los niños en varias partes del país”, resume Ibarra.

“Los ministros del Diablo”

En una de las páginas del libro “Los ministros del Diablo”, de la antropóloga Pascal Absi, un socio de la mina San Germán de la Cooperativa Unificada, Simón, de 37 años, relata su experiencia: “Antes se le daba la q’oa, simplemente esto. Le sacrificábamos una llama en Espíritu y la sangre para las pachamamas, simplemente con esto se conformaba antes el Tío, pero ahora los mineros han hecho un pacto con el Tío dentro de la mina.

Y al Tío le encanta pues los fetos humanos, le gusta, le encanta. Y la verdad de las cosas en estos últimos tiempos hay muchos accidentes, inclusive el Tío está comiéndose al trabajador mismo (…). Entonces ha vuelto al Tío vicioso y esto nos perjudica cuando nosotros queremos darle una q’oa, así como se debe, él ya no quiere. Él quiere más. Para él es los fetos humanos son como un dulce. Lo que nosotros le damos es algo como sin sabor, como un pedazo de pan”. •

La waka Potojsi: un poco de historia

Los sacrificios humanos en las minas son construcciones culturales y sociales que ayudan a explicar las formas de acumulación de capital, en un trabajo que hoy sigue siendo tan arriesgado como en 1545, dice el investigador potosino Amílcar Velasco Gutiérrez.

“No es preciso que se haga un rito para que el cerro, como en sus inicios, siga recibiendo sangre humana en su seno, ya que los accidentes y los mineros millonarios no se acaban aún”, comenta él.

El estudioso consultado por ECOS cita al autor Peter Bakewell, quien piensa que desde que el Potojsi o Cerro Rico comenzó a ser explotado por los españoles, durante los primeros años de su posesión, las formas y organizaciones de trabajo no eran muy rígidas; los encomenderos llevaban a los originarios a trabajar, pero también había indios libres.

Velasco menciona también a Luis Capoche, el cronista más temprano en Potosí, quien señala que en la punta del cerro había una especie de mesa de piedra (waka sagrada), donde los naturales iban a dejar ofrendas. “Entonces, es indudable que existían ritos de agradecimiento a la Pachamama y a la waka que realizaban los cantumarcanis”, añade el investigador.

Una vez consolidada la mita por Francisco de Toledo llegaban de forma regular grandes cantidades de indígenas para trabajar en el cerro; y, después de una semana forzada de trabajo y sin salir de allí muchos, morían. ¿Dónde iban a parar sus restos? Se quedaban en las entrañas de la montaña, “alimentando” a la Pachamama.

“En Potosí nunca existió un cementerio de mitayos, por ello podemos decir que el cerro siempre tuvo ofrendas humanas, provocadas por accidentes, derrumbes o el agotamiento de los mitayos”, deduce Velasco.

Así, los ritos y mitos fueron reinterpretándose y recreándose en formas de relato, producto de un desarrollo cultural inevitable, porque no hay cultura estática, agrega.

Hoy, los ritos de agradecimiento a la Pachamama y al cerro se centran en la necesidad de evitar que el Tío o la Vieja (en el léxico minero) se lleve las vetas, las haga desaparecer o más bien permita descubrir otra veta en el mismo paraje.

Velasco relata que en la época de la minería estatal (entre 1952 y 1986) las ofrendas eran realizadas en Carnaval, una semana antes de la fiesta de los compadres, con una ch’alla y baile similar a lo que hoy es el Carnaval Minero; en esa ceremonia se carneaba una llama para hacer la wilancha (ceremonia ritual donde se ofrenda generalmente una llama), echando la sangre del camélido en las paredes de la bocamina.

Luego se ofrecía una q’oa, mientras se preparaba la qanqa (calor de la lumbre) para hacer parrillada con la carne. Después, se enterraban las vísceras del animal en el interior de la bocamina, a unos metros del ingreso, y se atizaban junto a la q’oa los huesos que quedaban del camélido.

Según Velasco, en la minería cooperativista se mantiene este rito, dos veces al año: la primera en Carnaval y la segunda el 1 de agosto, en la fiesta del Espíritu Santo. En algunos casos la q’oa se acompaña con un sullu de llama (feto seco de camélido), que es vendido por los curanderos y brujos dedicados a estos ritos.

“El objetivo, según la tradición oral contemporánea, es reemplazar en la wilancha y en la q’oa el sacrificio humano, empleando para ello, en el primer caso, un camélido vivo, y en el segundo un feto de llama. Una condición en ambos casos es que el camélido sea de color blanco”, detalla el especialista.

Ritos, leyendas y mitos

Así como la minería estatal dio grandes recursos al Estado, la minería cooperativista (entre 1900 y 1952) también benefició directamente a muchos mineros cooperativistas que amasaron millones.

Pero la tradición oral contemporánea tiende a maximizar las historias. Por ejemplo, se dice que uno de los cooperativistas tiene un cuarto lleno de cajas de dinamita en cuyo interior guarda fajos de dólares y que una vez por semana, junto con su secretario, se dedica a contar los billetes bebiendo whisky.

Otra historia señala que un minero acaudalado realizaba sacrificios humanos dos veces al año “comprando” niños en las comunidades, alrededor de la ciudad. Por las calles de la zona del Calvario todavía se rumorea de otro minero millonario gracias al Cerro Rico que asesinó a su socio para que el Tío no le quite la veta.

Según el investigador Amílcar Velasco Gutiérrez, la imaginación y los mitos en torno a la aparición de riquezas vinculadas con el cerro no dejan de poner a prueba la inventiva y los géneros literarios. Es común señalar que en las q’oas que realizan los mineros para Espíritu, se cambia el sullu de llama por un feto humano.

Serían curanderos los que consiguen los fetos por sumas elevadas. Y ese tipo de ritos beneficiaría económicamente a los mineros socios que lo practican, pues de la noche a la mañana aparecen con casa o auto flamante.

“Encontrar un curandero que brinde ese tipo de servicios es tan difícil como encontrar un paraje nuevo en el ya cansado Cerro Rico”, ironiza Velasco.

Celular para denuncias

Melissa Ibarra es presidenta de la Red de Prevención del Infanticidio y, en su cuenta de Facebook, hace la siguiente pregunta: “¿Cuántos padres y madres habrán ofrendado a sus primogénitos por la prosperidad de su economía?, ¿cuántos yatiris se habrán manchado las manos por sus primitivas e ignorantes creencias?”.

Luego, reflexiona: “No podemos permitir estas prácticas, no podemos dormir en paz sabiendo que a nuestras wawas los matan y los ofrendan vivos. No podemos llamarnos sociedad si lo seguimos permitiendo y no luchamos…”.

También escribe: “Mucha gente sacrifica a su primer hijo en el cerro de Tata Sabaya para que él les dé dinero, para que les dé abundancia. Lo hacen los yatiris en la madrugada en el cerro mismo. Nadie habla, nadie dice nada... es una complicidad generalizada por miedo a represalias. Desde hace muchos años, desde tiempos remotos se sacrifican a niños en Bolivia para la Pachamama, para el buen augurio, para la abundancia. El infanticidio por mitos, ritos, costumbres y leyendas es una realidad en Bolivia.

Ibarra invita a denunciar este tipo de casos, o a esclarecer los lamentables hechos ocurridos con los dos niños, llamando –de forma anónima– al celular 77232637.

 


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