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Los temibles vientos del Tomave en Potosí

En la ciudad de Potosí no es de extrañar que de tanto en tanto se sucedan vientos huracanados en ciertas temporadas: unos más fuertes, otros más leves.

En la ciudad de Potosí no es de extrañar que de tanto en tanto se sucedan vientos huracanados en ciertas temporadas: unos más fuertes, otros más leves.

De estos temibles vientos ya se hablaba al establecerse Potosí como el centro minero más importante del mundo en el siglo XVI. Así, los cronistas de aquellas épocas hablaban de estos fuertes vientos que azotaban al “Asiento de Minas de Potosí”.

Estos vientos eran llamados vientos de “Tomahave”, pues se decía que aquellas temibles ventiscas provenían de la región perteneciente en la actualidad al departamento de Potosí.

Tomave está ubicado en la provincia Antonio Quijarro y tuvo, en tiempos pasados, una importante actividad minera de la que aún quedan vestigios.

De esta región cercana a la Cordillera de los Frailes es de donde decían los cosmógrafos y cronistas españoles que procedían los fuertes vientos que llegaban a Potosí.

Estas ventiscas, sin embargo, no son constantes en la Villa Imperial, a la vez que son poco predecibles en ferocidad.

Así, unas casi ni se perciben mientras que en otras temporadas son terriblemente fuertes. Por ello, no es de extrañar que por muchos años no arremetan tanto como sí suelen hacerlo en otros, cuando son incontenibles.

 

Época virreinal

Entre los primeros que se refirieron a las particularidades de Potosí está Pedro Cieza de León, quien estuvo presente en la zona a poco de ser descubierto el cerro de plata. Él es, además, el cronista más antiguo de estas tierras. Sin embargo, Cieza de León habla muy poco de las particularidades climáticas y topográficas de la región.

El cronista y jesuita José de Acosta, quien estuvo y vivió en Potosí, también pudo presenciar en persona estas calamidades. Ambos, en sus crónicas, no hablan específicamente de los vientos fuertes, un dato curioso si se toma en cuenta que estuvieron en el lugar.

Tómese en cuenta que en los primeros años de Potosí no había muchas casas, ni muchas callejuelas; por tanto estos vientos seguramente se presentaban con más ímpetu y libertad a campo abierto y más feroces en su paso por la Villa Imperial.

Otros cronistas que sí hablan específicamente de este fenómeno son el padre Antonio de la Calancha, el mercedario Martín de Morúa, el cronista y cosmógrafo oficial de indias; don Antonio de León Pinelo, el criollo potosino Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela así como también Pedro Vicente Cañete, entre otros.

El fenómeno no fue casual ni aislado. Aún hoy estos vientos causan desastres y accidentes fatales llevándose por los aires techos, derrumbando viviendas, elevando fierros enormes, destruyendo postes e infraestructura de material, a cuál más duro y resistente.

Así se comportan los furiosos vientos del Tomave. Y, por lo que dejaron dicho los cronistas, siglos atrás no fueron menos sino, al parecer, mucho más. •

 

* José Luis Pérez es socio de número de la

Sociedad de Investigación Histórica de Potosí

(SIHP)

 

Documentos y testimonios antiguos

Antonio de la Calancha estuvo en Potosí por los años de 1610 y 1614 y fue testigo de los rigores del clima de aquellas épocas, siendo el cronista al que más se cita posterioremente respecto a estos datos.

Bartolomé Arzáns de Orsúa —que nació y vivió en Potosí— en su obra “Historia de la Villa Imperial de Potosí” (1702-1736) afirmaba, citando a Calancha y otros autores, que:

“El muy reverendo padre maestro fray Antonio de la Calancha de la sagrada orden de San Agustín, como tan experimentado por los muchos años que asistió en esta Villa por predicador mayor de su convento, dice las palabras siguientes: ‘entre eriazos adustos y en campos inútiles, donde nevando el cielo si no son espartos frágiles pajas en hilos que llaman hichu los indios, está el gran cerro de Potosí y su Imperial Villa, la cual es de las mayores poblaciones de la tierra, pues de indios y españoles tiene dos leguas de rodeo, y con estar en la tórrida zona, aunque en los postres del trópico, cosa rara, es casi tan frío como Flandes, donde los aires fríos y destemplados siempre en invierno hielan y en verano resfrían, siendo el Tomahavi, viento que corre y reina desde mayo hasta septiembre, más furioso que el cierzo, si bien son de unas propiedades, jamás agasajan, nunca acarician, todo lo secan y a todos ofenden; pero aunque cielos y aires ofenden al gusto conservan la salud y preservan de corrupción, así los mantenimientos como otras cosas’. Un día, dice este autor, ‘vi levantarse un viento tan terrible, que arrancando con su braveza algunas ventanas y puertas nos llenó a todos de gran temor’. Hasta aquí el padre maestro” (sic)

Así, Arzáns da a conocer los sucesos resultantes de estos fuertes vientos y va citando a otros autores tempranos de Potosí que él tomó como fuente constantemente. Tal es el caso de Antonio de Acosta, del que Arzans dice:

“Don Antonio de Acosta, en el segundo capítulo de la Historia de Potosí, dice hubo una tarde en esta villa ‘un viento huracán tan espantoso que entendimos ser una de las iras de dios contra los pecados de sus habitantes, pues en menos de cuatro horas que duró hecho por tierra la mayor parte las techumbres de sus casas’. ‘Llovía —prosigue este autor— una espesísima tierra mezclada con piedrezuelas, que todo puso en gran confusión a sus moradores’. Añade más diciendo: ‘Continuabanse estos furiosos vientos con tanto rigor que totalmente no se podía andar por las calles, porque arrebatando los sombreros nunca más parecían; y lo que más era para admirar, el que en la plaza del Gato estaban las indias vendiendo los mantenimientos y tenían unos palos formados quitasoles (que llaman llantus, que es lo mismo que sombra), cargados con un gran peso de vestidos, y el furioso viento cargando con ellos los levantaba tan alto que perdiéndose de vista aparecían en las lagunas y otras veces en Carachipampa, a más de legua de esta villa’. ‘Todos los vecinos’, dice, ‘estaban en sus casas con un gran brasero de mucha lumbre, sin dejarlo un punto de sus brazos’. Prosigue ese autor diciendo: ‘más uno de los grandes milagros obra hoy Nuestro Señor en haber mitigado este rigor, pues ha más de ocho años que no es con aquella horribilidad que ahora veinte años cuando entre en esta villa’. Hasta aquí don Antonio de Acosta”. (Sic) El padre Martín de Morúa, quien también estuvo en Potosí alrededor de 1613, afirmaba que: “El temple desta (sic) villa es áspero y desabrido, especial en los meses que corren unos aires arrebatadisimos que llaman ‘tomahavis’, que se llevan las casas”. En el siglo XVII también estuvo en Potosí el cosmógrafo y cronista mayor y oficial de indias don Antonio de León Pinelo, quien manifestaba:

“Es la región sobre muy fría y seca y ventosa, mayormente desde mayo hasta agosto que es su invierno, y cursan los sudoestes, que allí llaman ‘tomahavis’, vientos impetuosos que viene por un pueblo de este nombre, tan cubiertos de polvo y arena, que oscurecen el aire; tan fríos y delgados que penetran los cuerpos…”.

Ya desde comienzos del siglo XVIII, Arzáns de Orsúa y Vela, en toda su magna obra, “Historia de la Villa Imperial de Potosí”, habla y describe los rigores y favores del clima potosino, pero para remotas épocas de la historia potosina. Se remite a cronistas anteriores para hablar de estos fenómenos climatológicos del Potosí antiguo. Por su parte, Pedro Vicente Cañete y Domínguez, quien también vivió en Potosí pero a fines del siglo XVIII, al respecto decía que:

“Aunque la Villa según la atura del Polo, está dentro del trópico en la zona tórrida, es tan alta y encumbrada su situación, que bañándola todo el año los aires destemplados de las cordilleras nevadas es demasiado frio y molesto su temperamento, por las continuas lluvias que se experimenta desde noviembre hasta marzo; granizos, hielos, nevadas y furiosos vientos desde mayo hasta septiembre, siendo el menos saludable y más impetuoso el Norte o ‘Tomahavi’ (que así llaman en estas regiones los vientos australes), asegurando el P. Calancha que una tarde vio en Potosí tan enojado este viento, que levantando techos, se pensó que perecía toda la Villa”.

Como se puede deducir, casi a ninguno de los cronistas que estuvieron en Potosí le es indiferente este fenómeno, que era devastador para la Villa y sus habitantes.

Asimismo, se ha podido evidenciar que estos vientos, de los que hablan estos y otros cronistas antiguos, quienes además vivieron en carne propia el rigor del clima en Potosí, son similares –si no los mismos– que aún hoy se presentan en ciertas temporadas en las tierras potosinas. Se presentan unas y otras veces en fino polvillo que gradualmente cubre todo a su paso, cuando no son fuertes y feroces hasta arrasar con todo lo que se pone en su delante. Eso además de los vientos fríos y helados que generalmente les acompañan a su paso.

Por ello no es de extrañar que el famoso cerro de Potosí desaparezca de la vista entre estos vientos que lo cubren todo pero que luego, con la calma precedida de la tempestad, vuelva a aparecer, bello y majestuoso como siempre, esta vez rodeado de un clima con un aire frío, además de un cielo límpido y puro, como el que aún se respira en tierras del gran Potosí.


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