Ecos

“La Bancada”, el último encuentro

En Bolivia se conoce como “cementerio de elefantes” a la cantina clandestina donde las personas, probablemente sumidas en la depresión, deciden acudir para beber “hasta morir”.

En Bolivia se conoce como “cementerio de elefantes” a la cantina clandestina donde las personas, probablemente sumidas en la depresión, deciden acudir para beber “hasta morir”. En Sucre, las autoridades clausuraron siete de estos lugares solo el año pasado.

“La Bancada” llegó a ser en algún tiempo un refugio para bebedores que allí se embriagaban, de día o de noche, y se daban modos para improvisar camas y descansar.

Hoy, todavía se aproximan allí, pero son menos, tal vez porque varios ya se fueron o porque los vecinos lo impiden. Uno de ellos cuenta su historia a ECOS y recuerda algunos pasajes que vivió con sus amigos.

Es de noche y el cielo aún no se despeja por completo de las nubes que tanta lluvia trajeron. Él está sentado sobre una banca de concreto, solo y sobrio. Mira fijamente el horizonte, ensimismado y en relativa paz. En sus manos sostiene una bolsa de nylon con coca y un sobre de bicarbonato sabor a menta. Estaba pijchando (mascando coca).

Nos encontramos en una escalinata próxima a La Bancada. Empezamos a hablar del tiempo, pues había dejado de llover después de varios días, y comenta que su madre estaba muy preocupada porque no podía salir a vender.

“Es pues bien acostumbrada, desesperada de ir a vender”, dice de la mujer de más de 60 años y madre de seis hijos que lleva 30 años en un puesto de la calle.

La noche todavía es joven y del cielo caen algunas gotas como preludio de una tormenta.

Él tiene 39 años y la voz un tanto afónica; da la impresión de que las cuerdas vocales se le dañaron por la ingesta excesiva de alcohol. Lo mismo pasa con los que fuman mucho.

—¿Y qué dicen los amigos de La Bancada?

—Ya no vienen; rara vez, uno que otro.

—¿Por qué?

—Antes nos reunimos hartos, pero mucha bulla metemos y la Policía viene.

—Ah, ¿por eso ya no vienen tantos?

—Sí, también porque los vecinos nos botan; ‘vayan a tomar a otro lado’, nos dicen.

Sobre La Bancada duermen tantas historias… Por aquí pasaron indigentes, pero incluso profesionales encontraron en este sitio un escape a sus distintos problemas.

La Bancada es una plazuela que tiene dos vías que conectan al barrio San Cristóbal con la zona del Cementero General de Sucre; está ubicada en la prolongación de la calle Pocoata, casi La Paz, a diez cuadras de la Plaza 25 de Mayo. Sus bancas, de madera y soporte de concreto, muestran un visible descuido. Tiene una aceptable iluminación.

Antes era común ver a la Policía patrullar y retirar del lugar a los bebedores, incluso haciendo uso de la fuerza. “Se bajaban de sus camionetas y directo nos rociaban con gas pimienta a nuestras caras, nos agarraban a toletazos y lo echaban (el trago)”, recuerda el hombre.

Hicieron todo para sacarlos del lugar, si hasta llegaron a trasladarlos fuera de la ciudad como castigo por beber en la vía pública. “Nos llevaban hasta allá; hasta Ende a veces nos iban a botar. ‘Ahora sí, bájense, váyanse a pie’, nos decían”, se queja con cierta gracia.

Ahora es distinto. Parecería que los policías se han dado por vencidos. Los pocos habitantes de La Bancada ya no están tan expuestos allí, pues recorrieron su punto de encuentro metros abajo, cerca del inicio de la quebrada por donde transcurren las aguas servidas hacia la zona de Aranjuez.

“Los policías ya no echan nuestros tragos, ya no nos arrestan. Solo nos dicen ‘recójanse o si no vayan a tomar a otro ladito, más abajito, sin meter bulla’”.

Aparte, como los veían jugar al fútbol así, borrachos, en la calle, cuando iban por ahí los policías se quedaban a verlos un rato y se reían. “Es que el otro no pateaba directo al arco, al aire nomás pateaba y se caía…”.

“Había un coronel, aquí vive por la Eva Perón, ahicito; él nos lo traía soda, hamburguesas. ‘Tomen, tomen pero no van a pelear, no van a meter bulla, no van a robar’. ‘Me gusta eso que hacen ustedes (…)’. No robábamos, pues, nosotros. Venía de uniforme con la patrulla en la noche, en el día también. Hasta ropa sabía traer”, lo recuerda.

La noche está en su plenitud y las amenazas de lluvia se disipan. Los transeúntes pasan sin ningún temor, y algunos saludan a las dos personas sentadas en la escalinata. No hay por qué temer, pues el sector ahora está bien iluminado y tampoco es muy tarde.

La charla continúa...

Los amigos

El Doctor, el Catalán, el Vladi, el Bellido y el Mandela… De algunos, solo queda el recuerdo. Todos formaban como una especie de familia porque en La Barranca, quizá, encontraban lo que no tenían en su casa.

El Doctor era un médico jubilado, cirujano, adinerado, que poseía una clínica y una gran propiedad en la ciudad. Llegó con un amigo, primero, a un local cercano donde se vendía chicha, chuflay, cerveza. Era conocido por las ‘canelitas’ que vendía de madrugada a 50 centavos el vaso. Después, conoció La Bancada.

El Doctor tenía chispa y era compatible con el sentir de sus nuevos amigos. A uno de ellos llegó a bautizarlo con el apodo de Catalán. Este era un abogado de estatura baja. “Este catalancito, karatista era pues, y chiquitito. Siempre se paraba y decía: ‘Ya, conmigo, conmigo’, de mareadito así nos decía, machu-machu andaba, sacando pecho, gordito, chaparrito era (se ríe). ‘Éste parece esos gallitos catalancitos, ¿no ve? Chiquititos son y con un gallo grande quieren pelear; de ahí ‘gallito catalán’ le ha puesto el doctor”.

Ambos, dejaron de ir a La Bancada y no porque así lo decidieran.

Al abogado Catalán, a diferencia de otros, su familia lo atendía bien, pero como había perdido el apetito, su organismo solo recibía alcohol. Él llevaba su almuerzo a La Bancada para compartirlo con sus amigos.

“Buena persona era. Ese no comía, su comida nos lo traía. Su hermana se lo ponía en su mesita sopa y segundo, y no comía: disimulaba (al ingerir) y después a una bolsita lo ponía y traía así. ‘¿Ya han comido caldito?’, nos decía. ‘No, no hemos comido’, le respondíamos. ‘Servite alcoholcito’, le decíamos. ‘Coman, coman esto, si no se van a morir, cirrosis les va a agarrar’. Pero él primero se ha muerto”.

Ya no despertó

Bellido estuvo hasta el último minuto de vida con sus amigos en La Bancada. Era “imprentero” (gráfico). Tendría unos 65 años y un día pasó lo que parece inevitable cuando uno padece de cirrosis, que es la fase final de la enfermedad hepática alcohólica.

“Eran las 11:00, le estaba haciendo frío. ‘Me voy a dormir un ratito en el solcito’ ha dicho, al solcito ha ido, se ha echado; nosotros estábamos tomando, de ahí después les gritamos: ‘Bellido, ¿quieres tomar?’, ya eran las 11:30. ‘Bellido, servite’. No respondía. ‘Abuelo, servite, toma esto te va a calentar’. Nada. ‘¿O se habrá muerto?’, nos preguntamos y cabalito, muerto había estado”.

Así se fue Bellido: tenía frío, temblaba, se durmió y ya no despertó. Tomaba a diario. Dejó varios hijos.

“El Mandela también diario le mete al trago, pero suave nomás; es carpintero. Ayer nomás estábamos tomando aquí. Tiene unos 43 años. Se trabaja, por eso no se marea hasta embalarse”.

El Vladi es de ocupación hornero y trabaja en panaderías, pero sus conocidos le llaman “Rosquetero”. Él, cuando agarra el trago, no lo suelta durante una semana. No duerme. Camina tarde por las calles con su alcohol. Tiene unos 50 años.

Esta noche, ninguno de ellos se aproxima por La Bancada. Algunos tienen conocidos en otras zonas, donde también suelen amanecerse bebiendo. Hay muchas “bancadas” en la ciudad…

“Si te portas bien puedes estar nomás con ellos”, pero si vas solo a ‘manguear’ (hacerse invitar) y te alteras de algo, se paga caro”. Nos dice que “calladitos nomás hay que estar, sin hacerse a los farsantes, (porque) en esos lados te apuñalan: no solo toman, cobradores son”.

Buscando las sobras

En lugares como La Bancada tranquilamente se puede tomar toda la noche con Bs 2, que es lo cuesta el alcohol potable en envase de 90 centímetros. Lo compran de tiendas de barrio y con esa cantidad se puede obtener medio litro de trago “suave”, mezclado con agua.

Se anuncia la madrugada y las noches se vacían. Ya no hay transeúntes, solo el ruido de taxis que se amanecen trabajando. Es momento de salir a dar una vuelta.

Dos horas de descanso es suficiente para volver a las calles. Además, cuando llega a un grado alto de alcoholismo, cuesta conciliar el sueño. Por eso los bebedores consuetudinarios salen tarde, de noche, y los de La Bancada tienen una ruta.

Descansaron un poco, pero siguen mareados. Así recorren lugares generalmente cercanos a las licorerías, por donde siempre hay medias botellas de ron o de singani que dejan los estudiantes. Lo hacen cuando no tienen ni un peso en el bolsillo.

Mientras estén en su ruta, no hay por qué temer ni siquiera de los ladrones. “Como nos ven ‘malatrazas’, sin celulares, más bien se asustan de nosotros. ‘Pucha, esos son maleantes alcohólicos’, deben decir. Otra pinta tenemos, ¿no ve?, nuestros cabellos parados, otra clase también caminamos”.

Antonia, la madre que lucha contra las secuelas del alcoholismo

Es otra de esas noches lluviosas en Sucre. Son las 4:00 y en la Plaza 25 de Mayo sobresale la imagen de una mujer de unos 50 años, trabajando. Conmueve ver que alguien pueda esforzarse tanto para ganar unos pesos y así cubrir las necesidades de su familia.

La mujer se llama Antonia y tras el saludo, accede a conversar un poco con ECOS. Trabaja desde hace tres años en la Empresa Municipal de Aseo Sucre (EMAS) y su sector es esta plaza y la plazuela Cochabamba.

El diálogo comienza y la lluvia no es un impedimento: ambos estamos con ponchos impermeables, aunque tenemos los pies empapados y el frío empieza a sentirse.

Su historia es similar a la de muchas mujeres que tienen un marido alcohólico; ella estuvo con su pareja hasta el final, se aferró por conservarlo con vida, pagando curanderos, especialistas y llevándolo al hospital. No importó acumular una deuda, pero… fue en vano. Su esposo falleció de cirrosis, y solo tenía 47 años. Era peón de albañil. Ambos habían emigrado desde la comunidad de Charcoma, que está a 15 kilómetros de la Capital.

Su marido la dejó con deudas y con una pequeña propiedad en la zona de Aranjuez, de la que incluso podría ser echada. “A mi esposo le dieron herencia, ahí vivo, no tengo casa. Es de 130 (metros cuadrados) nomás. Pero ahora están pensando vender sus familiares y no sé dónde voy a ir”, relata.

Antonia de pronto se larga a llorar y, mientras sigue lloviendo, se desahoga de los problemas que tiene con la familia de su marido, pues no solo quieren vender la casa donde vive sino apoderarse de un terreno que le pertenecía a su concubino en Charcoma.

“No sé qué voy a hacer, dónde voy a salir. Tal vez están poniendo la casa a nombre de una sola persona para vender y a la calle me van a botar. ¿Cómo me van a tratar así?, ni siquiera cuando estaba enfermo han venido a visitar, ni pan no se lo han traído. De eso cada vez lloro”, dice con la voz entrecortada.

Su marido bebía mucho; incluso cuando estaba mal, a escondidas. “Con cirrosis se ha muerto, tomaba mucho, de ocultos tomaba. Le reñía también, no hacía caso y así de cirrosis ha muerto”. Esto pasó hace ya cinco años.

Sola, con deudas y cinco hijos que mantener, Antonia decidió ir a buscar trabajo y para conseguirlo tuvo que suplicar. Fue así que encontró un puesto en EMAS, en el turno de las madrugadas, desde la 1:00, por un sueldo de casi Bs 2.800.

“He ido a decir ‘no tengo nada para dar a mis hijos, quiero trabajar’. Fui a rogarme y me aceptaron”, cuenta la mujer, que se siente agradecida con la empresa.

La mayor de las adicciones

El alcoholismo es la mayor de las adicciones en las familias de clase media o baja. Afecta sobre todo a gente con oficios en un 47%, aunque son muchos los estudiantes o profesionales que caen en estas adicciones; ambos representan más del 20% cada uno, según datos del Programa de Rehabilitación de Alcohólicos y Drogadictos (PRADOS).

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