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La Semana Santa en ocho grandes obras de arte

Con la celebración de la Semana Santa, que conmemora cada año la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, proponemos ocho grandes obras, entre las muchas que conforman la historia del Arte, una por cada día de

Con la celebración de la Semana Santa, que conmemora cada año la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, proponemos ocho grandes obras, entre las muchas que conforman la historia del Arte, una por cada día de la Semana de Pasión, que comienza el domingo de Ramos y concluye el domingo de Resurrección.

Más allá de la exaltación devocional propia de la imaginería barroca que cada Semana Santa inundan, paso a paso, las calles de las ciudades y pueblos, la historia del Arte está plagada de grandes obras maestras que narran la última semana de la vida de Jesús —Pasión, Muerte y Resurrección— desde un carácter más conceptual y evangélico, incluso pedagógico, reflejo de la institucionalidad de la Iglesia Católica en todos los ámbitos de poder, especialmente entre los siglos XII y XVIII.

“La última cena”

A pesar de ser una de las pinturas murales más famosas del mundo, “La última cena” (1498)  que Leonardo Da Vinci pintó para el refectorio del monasterio de Santa María delle Grazie de Milán (Italia), llegó en muy mal estado de conservación. Y es que Leonardo, en su afán de innovar, no utilizó como era habitual la técnica al fresco, sino una mezcla de temple y óleo, además de una sustancia a base de aceite y barniz, elementos que sobre una pared pobre de yeso provocaron muy pronto su deterioro.

Tampoco eligió Leonardo, como era costumbre en la época, el momento clave de la institución de la eucaristía, sino que representa a Jesús en el momento que dijo a sus discípulos: “En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará”, una revelación que sorprendió a los apóstoles.

Estos, distribuidos en cuatro grupos de tres, interactúan entre sí con gestos y movimientos, que dan ritmo y vida a la escena, dentro de un conjunto en donde todo converge en la figura central y serena de Jesús.

Leonardo realiza todo un estudio psicológico y pormenorizado de las reacciones de cada uno de los discípulos con tanta fidelidad, que el historiador del arte británico, Ernst Gombrich (Viena 1909-Londres 2001) dijo: “Hay tanto orden en esta variedad, tanta variedad en este orden que incluso en su estado ruinoso, sigue siendo uno de los grandes milagros debido al genio humano”.     

“Cristo con la cruz a cuestas”

El Museo del Prado, la gran pinacoteca de Madrid, posee dos obras de Tiziano que narra un momento del llamado Viacrucis, en el que Simón Cireneo es obligado a ayudar a Jesús cuando cae exhausto camino del Calvario o Gólgota.

Mientras la primera, “Cristo camino del Calvario”, es una obra austera de colorido pero más narrativa al mostrarnos explícitamente la caída de Cristo de rodillas, en la segunda, “Cristo con la cruz a cuestas” (1565-1570), el artista veneciano, al final ya de su vida, se manifiesta con una pincelada más libre y un colorido más vivo, lleno de brillos, que dan a la obra una modernidad y frescura que la primera no tiene.

El dramatismo que soportó Jesucristo se acentúa mediante la diagonal que marca la cruz que cae sobre su espalda, con un efectista primer plano, excepcional en la obra de Tiziano, que muestra el sufrimiento contenido de Jesús que se gira al espectador con los ojos lacrimosos.

“El Expolio”

“El Expolio” de El Greco, pintado entre 1577-1579 para la sacristía de la catedral de Toledo (España). Es un enorme óleo sobre lienzo cuyo tema no es muy habitual en la iconografía.

Muestra el momento en el que Cristo es despojado de sus ropas para ser crucificado. Jesús, con una túnica de rojo muy intenso, domina sobre el resto de la composición y está representado, no como Dios, sino como hombre víctima de las pasiones humanas.

Como es habitual en Doménikos Theotokópoulos, El Greco, se percibe la herencia bizantina en ese apilamiento de figuras superpuestas, sin embargo, el color es totalmente veneciano.

Todo, menos el protagonista, se encuentra en sombra, mientras que luz incide en Cristo al mismo tiempo que éste ilumina la escena, en esa idea de Dios como “luz del mundo”.

“El Cristo crucificado”

También conocido simplemente como “El Cristo” de Velázquez, la pintura al óleo sobre lienzo, “El Cristo crucificado” o “Cristo de San Plácido”,  es la imagen devocional española más copiada y reproducida de todos los tiempos, quizás por esa sensación de reposo, de soledad y recogimiento frente al tormento; un dolor contenido que da paso a la calma, que sobrecoge más que cuando sus marcas externas se evidencian.

Representa el mismo instante de la muerte de Cristo, sin hacer referencia alguna al espacio ni al tiempo, donde solo un suave halo de luz mística lo envuelve, otra vez Jesús como luz que se impone sobre las tinieblas.

Una contradicción -serenidad frente al sufrimiento- que el pintor sevillano resuelve de una forma maestra en este Cristo muerto encargado por el rey Felipe IV en 1632, a quien representa el pintor  inerte, apolíneo, clavado con cuatro clavos, que incorpora elementos clásicos y barrocos. Una obra en la que desaparece el dramatismo de su época, para dar paso a una paz sobrenatural, fuente de la grandeza y trascendencia de la obra.

“El Descendimiento de la Cruz”

“El Descendimiento de la Cruz” (1435), obra maestra del pintor flamenco Rogier Van der Weyden, sería la sección central de un tríptico cuyos laterales no se conservan.

La obra recoge el momento del descendimiento del cuerpo de Cristo encuadrado por una composición de diez figuras de tamaño casi natural que parecen formar un grupo escultórico en una hornacina poco profunda. La pintura, extraordinaria mezcla de realismo y artificiosidad propio de lo flamenco, muestra en el centro la figura ingrávida de Cristo sostenida por José de Arimatea y Nicodemo, mostrando un cuerpo bello, pero no apolíneo, con corona de espinas pero sin huellas de la flagelación, y donde la fidelidad anatómica se sacrifica a la elegancia y el preciosismo de las formas.

“La Piedad”

“La Pietá (Piedad)” (1498-1499) del Vaticano, de Miguel Ángel Buonarroti, es una obra escultórica realizada en mármol que representa el momento en el que una jovencísima María, madre, soporta el terrible dolor de la muerte del hijo, a escala natural y visto desde el idealismo neoplatónico renacentista, donde la belleza se sobrepone al sufrimiento.

El rostro María niña responde también a ese deseo del autor de representar a la madre de Jesús eternamente inmaculada, eternamente virgen.

Destaca en la obra el juego de pliegues de las telas que, en la parte inferior, presentan mayor volumen para dar estabilidad, mientras que en la parte superior adquieren más finura para que la luz resbale, ganando en delicadeza.

Fue la primera de las muchas veces que Miguel Ángel abordó este tema, pero a sus 24 años, la obra resultó tan espléndida que muchos dudaron de su autoría, por lo que en un ataque de furia, grabó su nombre, atravesando el pecho de la Virgen, siendo su única obra firmada.

“El Santo Entierro”

“El santo entierro” (1602-1604) de Caravaggio es una excepcional pintura en la que San Juan y Nicodemo sostienen con esfuerzo el cuerpo muerto de Jesús que ocupa el centro del lienzo.

Caravaggio se aleja de los modelos renacentistas al mostrar unos personajes rudos, abatidos y agachados, en una composición donde abundan los escorzos violentos: el de las manos gesticulantes de una de las tres Marías que, situadas atrás, mira al cielo agudizando el dramatismo, o el del propio cuerpo de Cristo.

El sepulcro, en primer plano, sitúa al espectador por debajo, acentuando la monumentalidad y la potencia de los escorzos. Frente al tenebrismo, en el centro, resalta el cuerpo desnudo de Cristo como única fuente de luz. Un cuerpo inerte, de realismo sobrecogedor, donde la carne blanda del brazo se desploma evidenciando el peso de muerte, sin ningún signo de divinidad.

Las figuras que le portan resultaron demasiado vulgares, algo que disgustó a parte de la curia romana que protestó porque, decían, que más que apóstoles, “parecían bárbaros”.

“Transfiguración del señor”

La obra del museo del Prado: “Transfiguración del Señor” (1520–1528) es una copia que Giovan Francesco Penni hizo de la obra de Rafael (1517-20) del que era discípulo y colaborador y que se conserva en los Museos Vaticanos.

Considerado el último cuadro de Rafael, que dejó inacabado, está dividido en dos partes. La inferior recoge un episodio ajeno a la Resurrección, el fracaso de los apóstoles al intentar curar a un enfermo, lo que le permitió recorrer, con gran dramatismo, los distintos estados anímicos de los personajes.

Uso del claroscuro, contrastes cromáticos, figuras retorcidas, un caos, en contraste con la simetría y pureza de la parte superior, la divina, de colores claros y posturas estilizadas, claramente manierista.

Las dos obras son muy similares. La del Prado se distingue por detalles puntuales, como la aureola menos marcada que envuelve a Cristo, Elías y Moisés, así como en el uso del claroscuro y el color que, en el maestro es más potente y vibrante. Una ambiciosa obra que el maestro Giorgio Vasari (1511-1574)  calificó como la más bella y divina de Rafael.  

* Amalia González Manjavacas es historiadora del arte.

 


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