Ecos

Simón, canillita por 32 años

Vende el CORREO DEL SUR prácticamente desde la fundación del Diario de la Capital

"¡Jefe, buenos días!, qué tal, ¿tal vez?, ¿tal vez…?”. Así ofrece los periódicos Simón. Si se dirige a un profesional le dice “inge”, “arqui” o “doc”; a una mujer, sea soltera o casada, la llama cariñosamente “señito”. Así trata a sus clientes este singular personaje de Sucre que lleva en el noble oficio del canillita 32 años, el mismo tiempo que circula el CORREO DEL SUR de manera ininterrumpida.

Ejemplo de trabajo incansable, humilde, honesto, sacrificado, respetuoso y muy agradecido con la vida, casi siempre viste un pantalón jean, zapatos, una chamara con capucha, una gorra y un bolso tipo mochila. Su semblante de niño, sumado a su baja estatura, le confiere un aspecto tierno. Resulta difícil calcularle la edad. En cambio es fácil reconocerlo porque él siempre anda con sus periódicos esquivando vehículos en bicicleta.

Suele rechazar el contacto con la prensa, a la que le debe mucho, pero… ella también le debe mucho a él. Esta vez hizo una excepción. “A mí no me gusta hablar en los medios, pero, bueno, me convenciste, no hay de otra”.

Está con su mamá, Máxima Peralta. “Ella es la fuerza que me da en la vida y está bien sanita conmigo. Yo vivo con ella y mi sobrino, que está aquí también. Mi papá se llama Casimiro Cruz; ya nos ha dejado”, comienza la charla. Simón y sus padres emigraron a Sucre hace muchos años desde Yurubamba, comunidad próxima a Charcoma (Distrito 6), que está a 15 kilómetros de Sucre.

Su vida en el campo

Recuerda que fue criado en la pobreza, siempre dependiendo de la cosecha. Proviene de una familia de agricultores.

Estudió en su comunidad y terminó la primaria en una escuela que ya no funciona porque, como él y su familia, muchos dejaron Yurubamba. Siempre enfrentaron problemas de vinculación caminera. En época de lluvias están incomunicados debido al caudaloso río que les divide con las demás comunidades y Sucre. La solución sería construir un puente, que beneficiaría también a Charcoma, Tullma, Rufo, Coyuli y Tomapampa.

Recuerda muy bien su infancia. “Jugábamos con pelotitas de trapo, había pepas o, si no, las llantas con alambres que se hacían para dirigir; con eso correteábamos”. En esa época tener autos Dinky era un lujo, jugaban con lo que podían: “a veces una piedrita tipo tractorcito, así filosito encontrábamos, sería para abrir el camino para que juguemos... en tierrita jugábamos”.

Todo lo habla en diminutivo.

Prefiere no ligar el tiempo con su aspecto físico. Simón es muy reservado cuando se le pregunta su edad. “Esa es mi vida privada, yo no puedo decir”, responde incluso cuando la consulta solo está referida a saber sus años de residencia en Sucre. De todos modos se puede intuir que llegó después de terminar la escuela, que continuó sus estudios en el colegio 23 de Marzo y cuatro años después, cuando estaba en primero medio, vería truncado su sueño de salir bachiller.

“Cuando mi papá se enfermó, yo ya empecé a buscarme la vida. Solo Dios sabe cómo tiene que ser; yo desafié a la vida y salí a la calle a canchear (ganar unos pesos)”.

Su padre siguió trabajando un tiempo más. En época de cosecha traía productos agrícolas para que su esposa los vendiera en el mercado. Era su único ingreso. Vivían en casa alquilada.

Su primer trabajo

Simón dejó de estudiar y, primero, encontró trabajo como vendedor de papas fritas en la empresa de Alfredo Salazar, quien le pagaba un sueldo de Bs 150. “Estoy muy agradecido con la familia Salazar porque me trataron bien, como a su hijo”, corresponde. Cada jornada salía con una canasta a vender papas fritas a la Plaza 25 de Mayo, pero sobre todo a los partidos de fútbol. Ahí empezó a hacerse conocer con la gente.

Como ganaba algo de dinero se le ocurrió cumplir el deseo de su padre. “Mi papá se antojaba un radiecito (sic), ¿y qué hice? No me gasté ni un peso de lo que me pagaron de varios meses: ‘Mira, papi, no sé cuánto cuesta la radiecito, (toma dinero) comprate papi’; y había alcanzado. Mi papá (andaba) feliz agarrado de su radio en el campo; emocionado, de verdad quiero llorarme”.

Poco tiempo después, su padre no resistió más la enfermedad del corazón que padecía. A partir de ese momento, Simón se vio obligado a asumir mayores responsabilidades en la familia, pese a tener dos hermanos. Alberto, mayor que él, trabaja en la Universidad San Francisco Xavier y Benito, en Yurubamba, de portero.

Dice que son muy unidos.

Canillita

Su siguiente trabajo fue el mismo que mantiene hasta hoy: el de canillita. Recuerda que el que le abrió las puertas fue Fernando Ramírez, el primer distribuidor de CORREO DEL SUR. Simón tenía un “puesto fijo” en la intersección de la Aniceto Arce y Urcullo, donde ofrecía el periódico a los choferes. Después, andaba “por todo lado”: los vendedores de diarios eran muy pocos.

“Poco a poco la gente me pedía que lleve a tal lugar, quizás cada día un clientito encontraba; para mí, era una felicidad porque empezar era difícil”. Salía a las 5:30 a vender los ejemplares como pan caliente, recién salidos de la imprenta.

La discriminación

Simón es víctima de maltrato y discriminación por su estatura. “Algunas personas de la calle te gritan de lo que eres (…), todo. Hasta ahorita yo sigo sufriendo, al menos hay taxistas…”, protesta.

Este es otro momento triste para él. “A veces a uno le duele (dice con la voz entrecortada). Hay gente ignorante, están con su auto (y) te gritan”.

—¿Qué le gritan?

—De lo que eres, solo Dios sabe cómo una persona tiene que ser. Duele. Ahora me ves (llorar), me duele lo que trata así la gente. No solo a mí me deben tratar así...

—¿Y cómo reacciona usted?

—Por ejemplo, hay un taxista que no comprende, estoy correteando, quizás no hay campo para que me haga a un lado con la bicicleta y ya te está tocando la bocina o te grita ‘carajo, levántate’...

—¿Cómo sobrelleva ese trato?

—A veces te hace desmoralizar, pero no hago caso y sigo con mi vida.

Su primera bicicleta

Simón utiliza una bicicleta aro 16 (ruedas medianas de 16 pulgadas). En sus 32 años de canillita llegó a tener cinco bicis. Su primera fue regalo de un cliente que trabajaba en Hansa. “Era un ingeniero de Santa Cruz que cada que llegaba (a Sucre) siempre me llamaba ahí. ‘Vas a venir, tal día voy a llegar’. De repente, para Navidad me ofreció una bicicleta; ha sido una sorpresa, no me imaginaba”. Se trataba de una BMX, aro 16, pequeña y sin caja de velocidades. Aprender, dice, no fue fácil. Simón, como todo aquel que se sube a una bici por primera vez, sufrió caídas. “A los jóvenes que estudiaban me chocaba... De ese modo he aprendido, solito”.

Cuando agarró destreza, nadie pudo detenerlo. Años más tarde, este regalo fue a parar a manos de un sobrino y después, se compró una bici marca Caloi, de la tienda de don 'Manolo' Jiménez, de La Soriana, a crédito. Pero se la robaron.

Enterados, los ejecutivos de CORREO DEL SUR ofrecieron pagarle la mitad de una nueva bici Oxford y Simón aceptó. También la perdió, así como otras dos que después se compraría.

“A veces, cuando estás dejando ahí el periódico, viene un malhechor y se la lleva con más los periódicos. Esa de Correo también me robaron de la puerta de un arquitecto, cuando estaba cobrando, fue en un cachito”, recuerda.

La tercera la compró a medio uso. Era una Oxford, con caja de velocidades, pedales de aluminio. Simón cree que se la llevaron porque creyeron que era de carrera. La cuarta corrió la misma suerte, en la puerta de un hostal de la calle San Alberto.

Ahora tiene una bici roja CTX, aro 16, con caja de velocidades, que le vendió un arquitecto; se llama “Súper bronco”. Con ella sale todas las madrugadas desde el Parque Bolívar —donde está el diario CORREO DEL SUR— para seguir su ruta, pasando por calles y avenidas, hasta la zona de la Terminal de Buses…

Anécdota: Reclamo al “Gringo” Gonzales

Simón recuerda un hecho anecdótico que vivió en la Plaza 25 de Mayo, donde se encontró con José Alberto “Gringo” Gonzales cuando era presidente de la Cámara de Senadores. Renunció en agosto de 2018 y actualmente funge como embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA).

Simón recuerda que era mediodía y él estaba descansando en la plaza después de vender periódicos. “Ahí nomás aparece el señor Gringo Gonzales, a pie, y yo me acerco… me mata la curiosidad. Le digo: ‘señor Presidente de la Cámara de Senadores, yo siempre te he admirado, siempre te he visto cuando has hecho periodismo en el canal. Yo soy canillita’, le dije y entonces se me salió de mí, le reclamé de mi Departamento al señor. ¿Cómo le he reclamado? Señor Gringo Gonzáles, Sucre es Capital de Bolivia, por derecho, como capitalinos, Sucre ha nacido con todos sus poderes y nosotros estamos esperando que nos devuelvan (…), que devuelvan a Sucre la sede de Gobierno’”.

Y así recuerda que continuó, dirigiéndose al expresidente del Senado: “’Nosotros pedimos mar para Bolivia a los chilenos, que nos han invadido. Pero entre los bolivianos no nos respetamos y entonces, ¿cómo así pedimos mar para Bolivia a Chile si a Sucre la han usurpado, la han sacado? ¿Sabe qué, señor senador? Sucre parece una provincia, no parece una cuidad. ¿Por qué? Porque no hay movimiento económico, lo que tenía Sucre le han quitado y pedimos justicia’, así le he dicho”.

Dice que el Gringo Gonzales “me ha mirado con la cara de seriedad. Ahí, un señor que estaba pasando se estacionó y me ha mirado, ha escuchado lo que le he dicho al señor”.

—¿Qué le respondió?

—Vamos a tomar en cuenta —me ha dicho.

—Y usted, ¿qué más le dijo?

—Ojalá pues, señor. Esta capital de Bolivia está tan abandonada, por lo menos con alguito que nos devuelvan —así le dije.

Días después, Simón tuvo lo que él considera una revelación. “Tal vez al señor Presidente le haya comentado esto porque a la semana me he soñado como si estaría diciéndole de verdad al señor presidente Evo Morales. Me soñé, tal vez haya comentado diciendo: ‘con un canillita me he encontrado en Sucre y eso es lo que me ha comentado, ¿qué te parece?’. Tal vez como chiste le haya contado”.

Un poco de su vida privada

El diálogo sigue y tarde o temprano había que preguntarle sobre su vida privada, de la que prefiere hablar poco y nada. Se muestra de nuevo reservado.

—No (tengo familia propia), con la vida que uno tiene no es necesario, pero estoy bien así.

—¿Pero ha debido tener novia en la juventud?

—No, no, no, nada (se ríe), ¿qué pregunta que me hace, Álvaro? (se sonroja).

—¿Solo trabaja, entonces, Simón?

—Siempre me ha gustado trabajar. Incluso cuando mi papá falleció, entré en las tardes a trabajar en una librería, un tiempo estuve ahí.

—¿Toma alguna bebida alcohólica?

—No sé probar, no sé cómo es el trago.

—¿Qué le puede decir a su mamá, que en este momento está con usted?

—Quiero que mi mamita esté feliz el resto de la vida que le queda.

—Así como su mamá se quedó con usted, algún día usted también necesitará estar al lado de alguien. ¿Qué piensa de la soledad?

—Yo dejo todo en manos de Dios. Ahora, si algún rato mis sobrinos se acordaran… bien, si no, para mí es lo mismo la vida.

—¿Por qué llora?

—Cuando uno tiene familia, a veces el hombre o la mujer te hace cambiar, o te pone duro contra tu familia. Siempre a uno le duele. No se trata de quedarse solo, sino si algún rato mi mamita me abandona, esa sería mi tristeza. Por eso a veces me pongo triste.

—¿Cómo anda de salud, Simón?

—Estoy mal de la espalda, cosas del trabajo… a veces tempranito salgo. Además, yo soy operado de la hernia; es que antes le metía duro a la bicicleta. ¿Sabe qué? Yo escupía sangre, para mí la subida no era subida, correteaba, duro trabajaba, y entonces en mi mochila, llenito me cargaba el periódico. Por eso debe ser que he llegado a escupir sangre, de tanto cansancio, no sé.

—¿Ya se hizo operar?

—Hace siete años he caído al hospital; después, gracias a Dios yo no conozco tableta, qué es resfriarse, qué es enfermarse. Esa vez caí de mi hernia porque en la calle me puse mal. Entonces fui donde el doctor Pastor Miranda. Le dije que me duele en mi inguinal (abdomen) y me dice: ‘mira, hijito, yo no te puedo hacer nada, tienes hernia, esto no es para tableta, esto es para operación’. Fui al hospital Cristo de las Américas y ahí me hice operar. Ahora ando enfajado porque, si no, me volvería a salir.

—¿Cómo lleva el periódico?

—Llevo pocos periódicos en la mochila y bastante en la parrilla de la bici.

—Y, ¿cuándo descansa?

—Yo estoy desde la fundación del Correo. Con este trabajo, con lo que uno es responsable, que no falte nada, ni un día de periódico, es difícil dejar de trabajar, aunque a veces uno que otro feriado he ido a Oruro.

—Es decir, ¿nunca tiene vacación?

—No tengo vacaciones, soy esclavo de la calle, no conozco feriado ni nada. Estoy acostumbrado a la calle, a estar en contacto con la gente, con los amigos. A veces uno no siempre está feliz, renegando sale de casa y un amigo basta que te vea y te diga: ‘¡hola, Simoncito!’, y ya sonríes. Esa es mi terapia.


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