Ecos

Los autos Brasilia reviven en Sucre

Ángel Cruz no solo tiene la habilidad para poner como nuevos a los antiguos Volkswagen Brasilia, sino que también los reacondiciona bajo las técnicas del “tuning”

Hace 20 años compró una Brasilia, modelo 1981, una de las últimas que fabricó la alemana Volkswagen. Ángel Cruz cumplía así su sueño de tener un auto, aunque para conducirlo esperó varios meses, pues tuvo que reconstruirlo pieza por pieza...

Restauró el vehículo casi desde cero. No tenía llantas ni asientos y le faltaban muchos repuestos, estaba prácticamente desmantelado, incluso un árbol crecía dentro de él.

Así lo tenían en el taller de chapería de don Teo en la calle Raúl F. de Córdoba, donde Ángel solía ir a hacer “cancheos”, arreglando autos viejos.

Fue entonces que preguntó por él al dueño del auto, un abogado de nombre Iván, quien no dudó en entregárselo. Se lo compró por 100 dólares pagados en cuotas.

“Esa Brasilia ha debido estar botada varios años, no tenía ni motor, le faltaba el guardafango derecho, las llantas y los aros, estaba sobre piedras. No tenía vidrios ni asientos, o sea solo chapa he comprado”, recuerda.

Ángel estaba cumpliendo su sueño. “Para mí era como comprar un auto nuevo, me sentí orgulloso. Aquí también (en el barrio) farsanteaba pues: ‘me he comprado un auto’, decía, pero nadie sabía cómo era mi auto”, bromea.

Sus visitas al taller de don Teo fueron más frecuentes desde entonces, ya que no solo iba a hacer cancheos sino a trabajar en la refacción de su auto.

“Iba al taller a lijar, a lavar, a prepararlo poco a poco. Me colaboró el chapista Teo y había un tal Anastasio, su ayudante. Yo compraba carburo, alambre, lo que podía para darle”, comenta.

Ya cuando estaba por terminar los arreglos básicos y el pintado, don Iván le entregó los papeles del auto y un motor que tenía guardado. 

“Sanito lo saqué, bien pintadito de color plomo, sin transformar, así en su estado original. (El dueño) me dio un motor viejo, lo traje a mi taller, traté de arreglarlo y lo hice funcionar”, cuenta con emoción.

“Ese rato la he sacado a manejar como loco mi Brasilia, con llantitas bien viejitas, así en mal estado las inflé porque no tenía plata para unas nuevas. Con esas la hice andar tiempo”, añade.

En busca de las piezas

Completar las piezas de su Brasilia fue una tarea complicada. Para ello tuvo que ir garaje por garaje, buscando vidrios, caja de cambios y otras autopartes.

“Fui por la calle Emilio Mendizábal, buscaba en garajes, en depósitos, encontraba Brasilias botadas y compraba piezas a los dueños”, subraya.

Lo más difícil de conseguir fue el motor y tuvo que optar por uno estándar de 1.600 de cilindrada, pero antes vendió el motor antiguo y reacondicionado que tenía.

El “tuneo”

Una vez que vio que el auto “daba para más”, empezó con el ‘tuneo’. Primero consiguió llantas y aros anchos y después dio rienda suelta a su imaginación para hacer modificaciones en su motorizado.

“Agarré un pedazo de cartulina, saqué plantillas (del diseño) y empecé a cortar con amoladora algunas partes y a doblar los fierros, pero tampoco ha sido de la noche a la mañana, ha sido un trajín largo para ponerle como está ahora”, señala, muy conforme.

Ángel dice que fue el primero en poner en circulación un Volkswagen Brasilia “tuning” en Sucre y por buen tiempo.

Restauraciones

Hasta ahora ya son tres las Brasilias restauradas por Ángel. Su taller mecánico está ubicado en la calle Cotagaita N° 3, del Barrio San Cristóbal, a pocos metros de las escalinatas que conducen hacia el hospital Jaime Mendoza, en Sucre.

Su celular es el número 69685541.

Varias personas lo visitan y sacan fotos a las Brasilias que arregla y reacondiciona. La pregunta más frecuente: ¿Cómo lo hace?

No falta la gente que trata de copiar los diseños del "tuneado" de Ángel.

“Estos autos son la cosa más sencilla del mundo, te plantas y hasta con una piedra lo puedes encender (se ríe). No tiene mucho cablerío, no llevan sensores ni cerebro para el encendido del motor. Con que tenga gasolina, tenga buena chispa en el distribuidor y unas buenas bujías camina normal, todo bien”, describe.

Activo en el Club de Brasilias

Ángel pertenece al Club Brasilias Sucre que tiene 20 miembros, entre ellos un soldador, un cerrajero, un chapista, un electricista y un médico.

Es un participante activo de los encuentros nacionales de autos Brasilia Tuning. El año pasado, en Potosí, su vehículo estuvo entre los mejor transformados, cuenta orgulloso. “Evaluaron la parte del sócalo, bucheras, faldones del parachoque y el sistema de suspensión, entre otros arreglos”.

Ángel reconoce el legado de sus Pedro Cruz Balcera y Juana Espada Orellana, quienes siempre le inculcaron los principios del trabajo, la honradez, la sencillez y el respeto. Con esas mismas armas, su sueño es tener un inmueble propio donde pueda instalar un taller mecánico •

¿Cómo empezó su gusto por los fierros?

Ángel proviene de una familia de escasos recursos. A sus diez años empezó a trabajar en un taller mecánico, donde ya laboraba su tío Andrés.

Era el taller de Roberto Téllez (+), el tío de Raúl “Llorón” Téllez, el conocido corredor de automovilismo. Funcionaba en la calle Pastor Sainz, entre Olañeta y Kilómetro 7.

“Yo estudiaba, mi mamá era mayorcita y no podía exigir más para mis gastos, entonces había que poner conciencia y empezar a colaborar en casa”, dice.

Por la mañana pasaba clases en la escuela Daniel Sánchez Bustamante y por la tarde iba al taller.

Empezó lavando fierros

Empezó trabajando de ayudante: lavaba, lijaba y rasqueteaba fierros, motores y culatas. Andaba todo el tiempo mojado con el overol impregnado de kerosene.

Ganaba por semana tan solo Bs 2 que era para el jaboncito, por lo menos así les decía su jefe Roberto Téllez al momento de la paga. “Eso decía mi maestro, a quien le agradezco harto. No me ha dado riqueza, pero me ha dado profesión”, pondera. “Siempre nos decía ‘ustedes aquí van a ganar profesión’”, remarca.

Los 2 bolivianos que ganaba Ángel eran muy valorados, dada su condición económica. “Yo, con eso era feliz, contento, como no veía tampoco mucha plata, no sabía qué era plata, para mí era harto dos pesos”, afirma.

Ángel cree que eso lo marcó “porque hasta ahorita sé valorar lo poco que gano, porque en esas veces me juntaba de a 2 pesos y llegué a comprarme tenis, uuuh era el más feliz del mundo”, relata el hombre que de niño andaba con chancletas.

“Querido ”, su apodo en el taller

Ángel fue apodado como “Querido” por su maestro Roberto, quien le tenía mucho aprecio porque era el menor de los trabajadores del taller.

“Lo lindo es que mi maestro andaba conmigo, tenía un autito, un Volkswagen alemán, antigüito tipo Variant, y siempre me llevaba a comprar kerosene, yo feliz agarrado del bidón”, revive.

Ángel era tan pequeño que para ponerse el overol de trabajo debía sujetárselo con una soga en la cintura.

“Creo que le gustaba andar conmigo hasta me defendía cuando me pegaban los mayores de mi trabajo, es que a veces no les pasaba las llaves, abusivos eran”, se queja el ahora maestro mecánico.

Una anécdota

Un día salió con su jefe a auxiliar a una chancadora hasta la comunidad de Álamos, que está cerca de la cantera de yeso de Milluni. Llegaron haciendo trasbordo de camión en camión porque no había muchos autos en esos años. 

Ya cuando debían retornar a Sucre tomaron un camión que llevaba zanahoria. “Subimos, el maestro a la cabina y yo a la parte de atrás. Como estaba de hambre empecé a hacer un huequito en el saquillo, de ahí sacaba zanahorias que para mí eran un manjar, así llegué ese domingo”, revela su travesura.

Sus estudios y la construcción

Del “23 de Marzo” pasó al Colegio Nacional Zudáñez, de donde salió bachiller. Después ingresó a la Carrera de Arquitectura de la Universidad San Francisco Xavier, siguiendo su afición por el dibujo y el diseño.

“Un tiempo estuve pasando clases (cuatro semestres) y todo lo que había ahorrado para estudiar se me acabó rápido porque era una carrera bien costosa, y como no me daba el tiempo para que trabaje, tuve que dejarla”, señala visiblemente frustrado.

Decidió irse a Cochabamba a trabajar de ayudante de albañil y todo lo que ganó lo invirtió en herramientas para su taller mecánico.

Retornó a Sucre e instaló su propio taller. “Volví y me enteré que mi maestro había fallecido. No me pude despedir de don Roberto, he llorado, hasta ahorita me sigo acordando, me da pena porque él fue bueno conmigo”, recuerda con dolor.

Ya con su taller instalado, retomó los estudios en la Universidad, pero en la Carrera de Automotriz, de la que se graduó como técnico superior.


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