Martín Martínez, el peluquero más antiguo de Sucre
Martín Martínez es conocido como el peluquero más antiguo de Sucre. Con 72 años a cuestas, cumplió 60 en el oficio, no ha parado desde que tenía 12 y dice que seguirá cortando el cabello de sus clientes hasta que las fuerzas le abandonen.
Martín Martínez es conocido como el peluquero más antiguo de Sucre. Con 72 años a cuestas, cumplió 60 en el oficio, no ha parado desde que tenía 12 y dice que seguirá cortando el cabello de sus clientes hasta que las fuerzas le abandonen.
Su “Peluquería Martínez” abrió las puertas al público en 1968, en la calle Aniceto Arce, donde estuvo cinco años y luego se trasladó a la Camargo 553, donde permanece hasta hoy. Desde entonces, solo ha cerrado para salir de viaje unos cuantos días.
Enclavada en pleno centro de la capital, en una vivienda sencilla, de una sola planta, por allí pasaron exmagistrados, exalcaldes, senadores, médicos, artistas y hasta expresidentes como Hugo Banzer Suárez, Luis García Meza y Celso Torrelio Villa.
El ambiente, de dimensiones pequeñas: de unos 3 x 3 metros, carece de ventanas. En las paredes, que hoy lucen descoloridas, destacan una fotografía del propietario que lo muestra en sus años mozos. Hay siete espejos grandes y uno pequeño que compiten por los espacios con una serie de cuadros de paisajes sucrenses y banderines institucionales. Resalta a la vista el aurinegro, el “color de los amores” de Martínez, no solo por The Strongest sino también por el Club Junín.
Sobre repisas de madera y con cajones yacen una serie de artículos entremezclados que denotan su pasado. El instrumental del peluquero es de metal, digno de un museo: peines, tijeras, navajas de afeitar y pulverizadores de industrias brasileña, española y mexicana. También hay brochas, máquinas eléctricas, cepillos, un secador, esponjas, brochetas, adornos, relojes y un montón de envases de productos cosméticos.
Los clientes tienen nueve sillas para sentarse; delante, una mesa central redonda y al costado, un perchero de pared, otro de pie, un ropero con toallas... No pueden faltar los clásicos sillones de peluquería, con “reposacodos y reposapiés”, trabajados con buena madera. Más allá, apiladas sobre una mesa y a disposición de los casuales lectores, una colección de periódicos CORREO DEL SUR, revistas ECOS, Oh!, Condorito y otras más antiguas. Sobresale el matutino local con sus titulares de la fecha.
Los clientes hojean y leen esas publicaciones, atendiendo una añeja costumbre de peluquería en todo el mundo, mientras esperan su turno. Le toca a un hombre de la misma tanda de Martínez, al que le pide una igualada.
El peluquero, presto y diligente, demuestra su arte con las tijeras en las manos y en quince minutos, la igualada queda perfecta. Indica que un corte le lleva más o menos ese tiempo, a veces solo diez minutos. Por cada trabajo cobra Bs 15, tarifa que mantiene desde hace años. En sus mejores épocas, por día, llegaba a atender más de 30 cortes que en la actualidad, con la profusa competencia, se han reducido, en el mejor de los casos, a 15.
Martín Martínez conversa con sus clientes. Hablan de fútbol, del tiempo, de política. Ha desarrollado el don de escuchar —ya no tan claro como antes— las historias y diferentes problemas que la gente arrastra hasta su peluquería.
Clásicos y para mayores
Sus clientes son adultos mayores. Salvo pocas excepciones, no atiende a jóvenes porque ellos suelen pedir cortes “tan estrambóticos y estúpidos, con rayas donde no debe haber o largos ridículos que son puestos a la moda por los jugadores de fútbol… Antes, los changos pedían cortes normales, ahora ya no…”.
Él sigue haciendo los cortes a lo romano, con flequillo, medio pelo, firpo y el peinado a raya. Corta con peine y tijera de metal, deja la máquina eléctrica para las patillas y la navaja para apurar. Los únicos adolescentes que siguen yendo a su peluquería son algunos estudiantes del colegio Don Bosco, en cuya Dirección —aclara él— todavía exigen cortes clásicos.
El Gobierno Municipal de Sucre lo distinguió en dos oportunidades: en 2012 por su “Destreza manual en el arte del manejo de las tijeras” y en 2016 con el Escudo de Armas.
Lo de siempre, lo tradicional
A pesar de sus problemas de várices y presión alta, Martín Martínez tiene toda la intención de continuar al pie del sillón haciendo lo que aprendió de niño, cortando el cabello y a su modo. “Me gusta lo tradicional, lo de antes, por eso mantengo todo así, no lo cambio por nada”, manifiesta. Entretanto, no falta el extranjero interesado en tomar unas fotos de su antigua peluquería •
Peluquero a los 12, casado a los (casi) 18
Nació en Zudáñez el 30 de enero de 1947. Es hijo del carpintero, ebanista y fabricante de charangos Leoncio Martínez y de la pollerera Gaudencia Ruiz; tuvo tres hermanos.
Vivió en esa población hasta los doce años, cuando su cuñado le hizo llamar para que estudie en Sucre. Una vez en la capital, se le presentó la oportunidad de trabajar como operario en la peluquería de Wálter Ressini, en la calle Junín, donde permaneció cinco años.
Luego decidió mudarse a La Paz. Allí estudió en el colegio Bolívar y trabajó en una peluquería, ubicada en la avenida Saavedra, cuyo dueño era un peruano. Pero el destino le tenía reservada una sorpresa: en el colegio conoció a la que sería su compañera de toda la vida, la camireña Isabel Salazar. Se casaron cuando él tenía casi 18 años y ella, casi 16.
Sin embargo, como por entonces el país enfrentaba una crisis política y social, se clausuraron las clases con pérdida de año. Entonces, ambos retornaron a Sucre.
Coincidentemente, en ese tiempo una persona le ofreció a Martínez la venta de muebles de peluquería para pagar a plazos. Así se hizo su local, donde atiende de lunes a domingo hasta el mediodía.
Este peluquero tiene cuatro hijos, todos profesionales: dos abogados, un arquitecto y una ingeniera civil. Y cinco nietos, uno de ellos ya profesional.
Es devoto de San Martín de Porres, cuya fiesta es el 3 de noviembre. Le gusta escuchar boleros, valses y música folclórica boliviana, particularmente chuquisaqueña.
A veces se da sus gustos comiendo chicharrón o karapecho, que acompaña con una chicha o cerveza fría.