Ecos

La belleza humana tras una raqueta

“Cuando Dellien saltó y se detuvo en el aire un par de veces para descolocar a Nadal con un drive poderoso, el superhéroe parecía él, algo de otro mundo, mágico.”


La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo.

Esta descripción del tenis, llena de pasión y desbordado entusiasmo, fue escrita por el gran David Foster Wallace, autor de La broma infinita y de El tenis como experiencia religiosa, quien fue en su juventud un avezado jugador y durante un tiempo llegó a plantearse incluso la posibilidad de inscribirse en el circuito profesional de su país.

No encuentro mejor aproximación para el tenis que jugó Hugo Dellien a momentos, contra el gigantesco Rafael Nadal, de quien el mismo Foster Wallace llegó a decir que, junto a Serena Williams, se parecen más superhéroes de dibujos animados que a gente de verdad, por lo moldeado de sus cuerpos y músculos.

Por lo mismo, entre los miles de comentarios regados por las redes sociales, quiero rescatar uno que me llamó mucho la atención y que hace referencia a este hecho, y es el depositado al día siguiente del encuentro por la investigadora literaria Mary Carmen Molina Ergueta.

“El tenis es un deporte de una belleza particular. Ayer Hugo Dellien puso el cuerpo, el cuerpo de esa belleza. No hubo suerte, ni iluminaciones ni casualidades. Jugó bien porque es bueno, es muy bueno, y juega a un nivel que ningún tenista boliviano, tal vez ningún deportista boliviano en general, jamás tuvo. Y contra Nadal puso todo en cada punto y la peleó sin que le falte el centavo para el peso. Entró en ritmo con la derrota en la cara. Y perdió como pierden los grandes. Este partido fue lo mejor que le pasó al tenis boliviano, al deporte boliviano y probablemente a Bolivia en los últimos meses. Que Dellien nunca deje de tirar el drive saltando”.

Molina Ergueta tiene razón en muchas cosas, pero en una en particular. Y es que cuando Dellien saltó y se detuvo en el aire un par de veces para descolocar a Nadal con un drive poderoso, el superhéroe parecía él, algo de otro mundo, mágico, pasó, y ese fue quizás el principal regalo que el tenista beniano nos entregó el martes en la madrugada, esos que podríamos llamar, parafraseando a Foster Wallace, “Momentos Dellien”, que pueden no ser constantes, pero ¿qué relámpago lo es?, como sí lo es, en cambio, el rendimiento de un monstruo de la talla de Nadal, que al final terminó por imponerse de manera clara, pero los “Momentos Dellien” fueron algo que valió la pena ver para creer. 

Una muestra de las posibilidades del cuerpo humano, mezclado con una búsqueda perfecta de la armonía, potencia y belleza de manera inconsciente, es algo que se da de manera natural en los deportistas de élite y que en el drive de Dellien se materializa como una pequeña, mínima, obra de arte cuando salta para pegarle a la bola con una energía y precisión casi matemática.

Si es verdad, como sostiene Pierre Bourdieu, que «aprendemos con el cuerpo» y que «el orden social se inscribe en el cuerpo a través de esta confrontación permanente, más o menos dramática pero que siempre deja un gran espacio a la afectividad», podemos concluir que en el caso de los deportistas esta afirmación es tan cierta y grande como una catedral. 

Los tiempos y los cuerpos y la forma de jugar al tenis han cambiado y el deporte blanco ha evolucionado, como evoluciona cualquier organismo vivo. Por lo tanto, es muy difícil comparar un partido de esta naturaleza con, por ejemplo, el que habrá jugado en su tiempo Mario Martínez (nuestro único jugador que pudo alcanzar esos niveles), en aquel Roland Garros de 1983, con el mítico jugador checo Ivan Lendl. No cabría. Martínez, además, es un caso triste porque después de su carrera, y tras dedicarse a la formación de jóvenes talentos en Florida, terminó condenado por abuso sexual y encarcelado en Estados Unidos.

Sin embargo, como un mago salido de la selva beniana, Dellien nos ha regalado algo que muchos de nosotros nunca pensamos en asistir desde que veíamos los duelos clásicos de Jimmy Connors y Bjorn Borg, los desputes y broncas de John McEnroe con los árbitros, las bromas pesadas de Ilie Nastase, la potencia de Boris Becker, la máquina André Agassi (que luego se casó con otra máquina, Steffi Graf), y la aburrida parsimonia de Pete Sampras. Un boliviano jugando grandes torneos de tenis. Una anomalía. Nuestra bandera flameando en el pabellón de la Caja Mágica en Madrid, cuando enfrentó a Key Nishikori, mientras una boliviana gorda pintada de rojo, amarillo y verde bailaba morenada (o lo que sea que bailaba) en la tribuna; el ruso Daniel Medvedev rompiendo su raqueta de frustración, ante la paciente mirada del beniano; o el apolíneo tenista griego Tsitsipas como una marioneta desencajada ante sus sorpresivos golpes de derecha. Todo esto no tiene precio, porque además es muy posible que estas generaciones, las nuestras y las próximas, sigan disfrutando y siendo parte de los mejores torneos alrededor del mundo, ya no solo como espectadores sino como protagonistas, gracias a él, a este muchacho que alguna vez tuvo que comprarse una fábrica de hielo porque ya no tenía plata, y eso también es algo que hay que saber valorar en su justa dimensión.

No quiero terminar estas líneas sin rendirle tributo a Rafael Nadal, el hombre que, según Foster Wallace, ha llevado a sus límites el estilo moderno de juego de fondo, el que tiene ese acercamiento obsesivo a la toalla del recogepelotas entre punto y punto, el jugador que tiene el hábito de separarse del trasero  los  pantalones  largos  hasta  la rodilla  mientras  hace  botar  la  pelota antes  del  saque,  el mismo que echa vistazos  cautelosos  de  lado  a  lado mientras recorre la línea de fondo, como si fuera un presidiario esperando que lo ataquen  con  un  cuchillo  de fabricación casera, el hombre que representa la virilidad apasionada del sur del Europa, el apolo de la cancha, un campeón de otro planeta, un caballero •


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