Tranvías eléctricos
El Imperio Español se enraizó especialmente en Potosí por la ambición y saqueo de su riqueza argentífera. Pero no sólo esa fue su herencia porque también dejó enraizada la religión católica.
El Imperio Español se enraizó especialmente en Potosí por la ambición y saqueo de su riqueza argentífera. Pero no sólo esa fue su herencia porque también dejó enraizada la religión católica. En el periodo llamado “guerra de guerrillas”, con grandes sacrificios logró fulminar al poder español, y tuvo en la Villa Imperial un epicentro de trascendencia, “la guerra de la Independencia”.
El tranvía, inexplicable fascinación, tenía un aire enigmático; otorgaba elegancia y modernidad. Se abría paso en las estrechas calzadas, asustaba a los niños, estremecía a las damas y espantaba a los transeúntes. Cuando funcionaba, su paso era irremediable.
En la primera década del siglo XX, la sociedad de la Villa Imperial de Potosí aún conservaba a los señores de sombreros de copa y elegantes bastones; damas de extendidos etéreos vestidos, recatadas en el espacio público. Eran imágenes comunes entonces, pero ahora se antojan arrancadas de un sueño.
En esos tiempos de altos sobreros y amplios vestidos, la utilización del tranvía parecía prioridad. Gran parte de las mujeres y hombres, ancianos, jóvenes y niños, no podían imaginar la vida diaria sin el transitar movido y perezoso del trole y los vagones.
En la ciudad de Potosí, el servicio de tranvías eléctricos fue instalado por el señor Donato Dalence y recorrió las calles de esta Villa entre los años 1915 y fines de 1917. Esos tranvías eran de marca Westinghouse y el ingeniero de apellido Roo fue el que más entusiasmó al doctor Dalence diciéndole que las calles angostas y el volumen de los vagones a traer no serían ningún obstáculo y que todo saldría bien. Luego de elaborar un proyecto, se formó una sociedad cuya inversión sería muy grande. El emplazamiento del tranvía por las calles de la ciudad de Potosí fue un trabajo de titanes, tanto las vías (rieles) como los vagones fueron transportados a lomo de bestia por los abruptos caminos de nuestra geografía caprichosa.
Pocos meses después se iniciaba la colocación de los postes a fin de que sostengan los cables eléctricos con los cuales haría contacto el troley del tranvía. Y, simultáneamente, se hicieron los trabajos de tendido de rieles y se construyó la USINA con la participación de la Empresa de Luz y Fuerza “Vladislavic” y Cía. Lastimosamente, al poco tiempo de inaugurado el servicio se produjeron dos accidentes a causa de las calles estrechas de la Bolívar y Oruro. La esquina de la plazuela San Agustín; en ambos casos las paredes evitaron que se volcara completamente.
En el Potosí de antaño, el transcurso de la vida tenía sus cualidades excepcionales, una de ellas era ir a la estación del ferrocarril para ver “quiénes llegan y quiénes se van”, por lo que los días del tren al norte, había mucha gente paseando por el andén y conversando de todo. Es así que la instalación del servicio de tranvías facilitó esas idas y venidas que pronto se convirtieron en actos sociales de importancia. Las noches en que llegaba y salía el tren, el tranvía partía repleto de gente desde la Plaza 10 de Noviembre y hacía este recorrido: iba por la calle Quijarro, al llegar a San Agustín doblaba a la izquierda, bajaba dos cuadras la Bolívar, “torcía” a la derecha para ir por la calle Oruro, después pasaba por el tambo de Emeterio Yujra, luego por el panteón de San Bernardo, después bajaba por los grandes canchones de Uribe (hoy edificio Universidad “Tomás Frías”) y finalmente descendía por la nueva Avenida Villazón, deteniéndose a la alturas de la actual avenida Sevilla.
El tranvía en Potosí tenía primera y segunda clase y algo extraordinario para esos tiempos del pasado: una mujer cobraba los boletos. Se llamaba María Gallo. El trabajo de esta señorita no era bien visto y provocaba muchos comentarios. Como bien se sabe, hasta principios del siglo XX, no era corriente que una dama trabajara en otra cosa que no fuera en labores de casa. El costo de primera clase era 10 centavos y de segunda 5 centavos.
Con el transcurso del tiempo, ocurrieron accidentes a causa de la imprudencia de los niños y, para colmo, el sensacionalismo de los periódicos que publicaban comentarios no siempre apoyados con la verdad.
La politiquería no estaba ausente en esa época; la rivalidad entre liberales y republicanos, que se enfrentaban a bastonazos a causa de sus divergencias políticas. El comentario persiste; los enemigos políticos de don Donato Dalence incendiaron la USINA que generaba energía eléctrica para que funcione el tranvía. No faltaron otros atentados como, por ejemplo, que constantemente se tenían que retirar las piedras que manos misteriosas —¿políticas acaso? — colocaban sobre los rieles para obstaculizar el recorrido del tranvía. Esos hechos ocasionaron fuertes pérdidas económicas que prácticamente determinaron la muerte de este servicio público que pudo ser útil por muchos años más.
Los dos enormes tranvías verdes tuvieron que ser retirados de la circulación al fracasar los intentos de moverlos a sangre animal por las calles tan difíciles como son las de Potosí, pero, pasados algunos meses, volvieron hacer el servicio aunque esta vez tirados por dos fuertes mulas. En días de fiesta importantes, estos animales eran reemplazados por dos elegantes caballos árabes. El nuevo tranvía bajaba velozmente hasta la estación con su carga humana compuesta por lo general por bulliciosos chicos.
Pero como todo cambia y evoluciona en la vida; una causa fue la invención de nuevas máquinas de locomoción. Lastimosamente, un día de diciembre de 1917 llegó el fin para estos tranvías. Al parecer, su presencia en la ciudad era ya un estorbo. La llegada del primer automóvil a Potosí, fue muy novedosa. Por primera vez muchos ciudadanos vieron esos vehículos marca Ford a combustión de gasolina que ya circulaban por las calles angostas de la ciudad guiados por un conductor especialmente entrenado para el caso; estaban en marcha a sólo 30 kilómetros por hora. Para ese tiempo, adiós a las carretas y tranvías. Los recuerdos generan mucha nostalgia y se conservaron en el corazón de todo potosino que viajó alguna vez en uno de esos medios de locomoción del ayer •
(*) Cristóbal Corso Cruz es Presidente de la Sociedad Geográfica y de historia “Potosí”