Un culto sin manchas

La mayoría de las fiestas patronales de Bolivia son el resultado de la superposición de cultos.

Multitudes acompañan las procesiones de la Virgen de Guadalupe de Sucre

Multitudes acompañan las procesiones de la Virgen de Guadalupe de Sucre Foto: Correo del Sur

Aparición Virgen de Guadalupe al pastor - Antonio Ramiro.

Aparición Virgen de Guadalupe al pastor - Antonio Ramiro. Foto: SIHP

La tapa del libro

La tapa del libro Foto: Correo del Sur

San Lucas pintando a la Virgen - Juan José Toro.

San Lucas pintando a la Virgen - Juan José Toro. Foto: SIHP

Virgen de Guadalupe, de España y México. Nótese las diferencias.

Virgen de Guadalupe, de España y México. Nótese las diferencias. Foto: SIHP


    Juan José Toro Montoya
    Ecos / 06/09/2022 01:55

    La mayoría de las fiestas patronales de Bolivia son el resultado de la superposición de cultos.

    En su afán de explotar los recursos naturales, los europeos descubrieron tempranamente que los naturales de estas tierras adoraban a la naturaleza y reconocían deidades en los elementos importantes de esta. Pero no se trataba simplemente de identificar a un elemento con una deidad, sino que, en determinados casos, y frente a accidentes geográficos como las montañas, los habitantes de la región andina de Sudamérica las consideraban deidades mayores, con jerarquía superior. Las llamaban huacas.

    Explotar minerales en una montaña que era venerada por los naturales era un problema, porque estos salían en defensa de su huaca y se oponían. Por eso es que, tan pronto como en 1551, Jerónimo de Loayza convocó al Primer Concilio Limense en el que se dictó normas destinadas a sustituir las prácticas autóctonas y las huacas eran tan importantes para los pueblos originarios que el jesuita Pablo Joseph de Arriaga le dedicó un capítulo entero en su “Extirpación de la idolatría del Perú”. A partir de ahí, y con las ratificaciones de los restantes concilios, se desarrolló toda una estrategia para sustituir las prácticas religiosas de los naturales con las de los españoles. Los catecismos de la época no solo enseñaban historia sagrada básica, y las oraciones conocidas entonces, sino también acciones para enfrentar la idolatría e ignorar o, mejor, destruir a las huacas.

    Y la estrategia se basaba, como siempre, en las equivalencias. Allí donde se veneraba al rayo, o Illapa, se puso al apóstol Santiago. La deidad Tanga Tanga, de tres cabezas, fue reemplazada por la Santísima Trinidad en la que el rostro más reconocible era Jesús, así que una de las huacas de Chuquiapo, ubicada en la hoy ciudad de La Paz, fue reemplazada por un Cristo tricéfalo que hoy conocemos como el Señor Jesús del Gran Poder. En Potosí, donde existía un culto a una divinidad sin identificar en Mullu Punqu, en la quebrada de ingreso a la ciudad, se entronizó la imagen de San Bartolomé y se difundió la versión de que este había derrotado al diablo.

    La sustitución de cultos operó en todas las colonias españolas. En Mesoamérica, por ejemplo, la leyenda de la diosa Tontantzin, que se aparecía periódicamente a los aztecas en la cima del cerro Tepeyac, fue exitosamente cubierta con la historia de la Virgen María apareciéndose ahí mismo al indio Juan Diego. Ese es, como se sabe, el origen al culto a María en México que también se conoce como Guadalupe.

    Pero existe una diferencia sustancial entre el culto a la Virgen de Guadalupe en Sucre, antiguamente conocida como La Plata, y la mayoría de las fiestas patronales de Bolivia: aquí no se ejecutó una sustitución de culto. Lo que ocurrió es que el obispo de La Plata, Alonso Ramírez de Vergara, viajó a Potosí y, al enterarse de que allí estaba un monje jerónimo, Diego de Ocaña, intentando sentar las bases paras el culto a la Virgen de Guadalupe de España, le invitó a viajar a Chuquisaca para hacer lo mismo. En otras palabras, la espiritualidad de los habitantes de La Plata se concentró en el prelado para solicitar que Ocaña vaya hasta la ciudad, sede de la Audiencia, para iniciar un culto. Para ponerlo en términos sencillos, Sucre llamó a la Virgen y esta acudió en la humanidad de Ocaña, y se hizo patente en la imagen que pintó ese sacerdote, la que hoy es venerada en la catedral metropolitana de la capital de Bolivia.

    Y cuando Ocaña estuvo en La Plata, hubo por lo menos dos manifestaciones sobrenaturales que indicaban que la ciudad debía rendirle culto a la Virgen de Guadalupe: un terremoto y la suspensión de unas lluvias, para posibilitar actos reverenciales a esa advocación.

    Sucre no solo llamó a la Virgen, sino que asumió, con rigurosidad, su obligación de organizarle fiestas anuales, como las que llegaron hasta nuestros días. La mamita Gualala es hoy, más de 400 años después, la manifestación religiosa, cultural y folklórica más importante de una ciudad, Sucre, que guarda caudales de historia que todavía no han sido debidamente aprovechados.

    ¿Y cuándo comenzó todo esto? ¿A la llegada de Ocaña a La Plata, hoy Sucre? No. Sus antecedentes se remontan no solo a la leyenda de la Virgen apareciéndose a un pastor, en las orillas del río Guadalupe en Cáceres, España, sino mucho antes. El viaje al pasado llega, incluso a los tiempos de los apóstoles y, específicamente, a los de San Lucas, a quien se considera el retratista oficial de la Virgen María.

    Lo que presento en esta publicación es precisamente eso: antecedentes de un culto que ni siquiera necesita explicarse. A lo largo de los años, los investigadores han ido desmenuzando la historia de la Virgen de Guadalupe de Sucre a partir de la llegada de Ocaña, cuando hubo mucha tela por delante.

    En los últimos años, los historiadores se han concentrado en la imagen que se venera en la catedral de Sucre, pero generalmente a partir de la llegada de Ocaña, que fue en 1602.

    Salvo que algún investigador me demuestre lo contrario, y yo agradecería que así sea, no he encontrado publicaciones en las que se mencione estudios de la documentación emergente para saber si, efectivamente, los hechos relatados por Ocaña sucedieron de verdad o son invenciones de una época en la que hacía falta una verificación científica.

    Tampoco encontré nada respecto a los orígenes de un culto que, en ocasiones, puede confundir a los fieles debido a la existencia de otra Virgen de Guadalupe en México, donde su veneración alcanza niveles sorprendentes. Es preciso apuntar, entonces, que una es la Guadalupe mexicana y otra es la española, que fue la que inspiró a las sudamericanas y, concretamente, a las que fueron pintadas en Charcas, hoy Bolivia.

    En el libro que publiqué el año pasado, nos adentramos en los orígenes del culto a la Virgen de Guadalupe en Charcas, lo que involucra a las dos imágenes que se conservan hasta nuestros días, la que tiene como santuario al templo de San Juan Bautista, en Potosí, y la que está en el altar mayor de la Catedral Metropolitana de Sucre.

    Al revisar el material publicado sobre la Guadalupe de Sucre, la Gualala, he comprobado que los investigadores se han ocupado con suficiencia sobre su historia, a partir de 1602, así que ingreso en ese terreno en el que mejores plumas han mostrado su talento.

    Con esta publicación pretendo llenar algunos huecos existentes en el periodo previo a la llegada de Ocaña a La Plata basándome, particularmente, en el manuscrito que el monje jerónimo escribió alrededor de 1605 y cuyo original se encuentra custodiado en la Universidad de Oviedo, en España, el país que pude visitar este año para ampliar mis investigaciones.

    El estudio de dichos orígenes me ha permitido acercarme a la Gualala lo suficiente como para respetarla y amarla. Las imágenes de Potosí y Sucre son, además, reliquias que deben conservarse como tales. Pero, además, he aprendido a respetar el culto que esta advocación recibe en Sucre, una veneración que no impuso nadie y que no está ligada a elementos económicos ni ideológicos, un culto puro que, por eso mismo, merece respeto y admiración •

    (*) Este texto es el prólogo del libro “Gualala. Orígenes del culto a la Virgen de Guadalupe en Charcas”.

     

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