Una esclava llamada Esperanza
Esperanza Robles llegó a la ciudad de La Plata del siglo XVI como esclava y trabajó como criada doméstica.
Esperanza Robles llegó a la ciudad de La Plata del siglo XVI como esclava y trabajó como criada doméstica. Cuando fue liberta se dedicó al comercio, forjó un patrimonio, compró varias posesiones y tuvo una sirvienta libre y otra esclavizada como la india chiriguana Lule a la que consideraba de su propiedad.
Según la historiadora Paola Revilla, la población afrodescendiente que fue traída desde África, o nació en Charcas en la colonia, tuvo una diversidad de experiencias que la historiografía boliviana no atendió como debería.
Sin embargo, los datos están ahí, desde hace varios siglos, silenciosos y en varios fondos documentales como el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB).
Según Revilla, acercarse a estos documentos y analizarlos es indispensable para la reconstrucción de la memoria común y ella lo hizo así.
Hizo un análisis, una reflexión que puede ser una contribución para pensar un poco más en el pasado que nos concierne a todos.
El 23 de septiembre, con motivo de conmemorar el “Día Nacional del Pueblo y la Cultura Afroboliviana”, Revilla participó del conversatorio “Aproximación al uso de fuentes del ABNB en las investigaciones sobre el pueblo afroboliviano”, evento organizado por el ABNB, dependiente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, y el Movimiento Cultural de Ancestría Africana.
El objetivo de esta actividad fue dar a conocer la riqueza documental que dio origen a la cultura ancestral afroboliviana, que ha resistido, recreado y expandido a través de su identidad y cultura la música, danza, canto, arte, gastronomía y otras expresiones, que ni la colonia ni la república lograron eliminar y hoy se conservan como parte de la memoria histórica de nuestro país.
Revilla compartió la historia de una mujer afrodescendiente que vivió en la ciudad de La Plata (hoy Sucre) durante la segunda mitad del siglo XVI.
Su caso permite entender que, sin negar la extrema violencia de la institución esclavista, no es posible reducir la historia afrodescendiente a ella.
Dice que también es necesario considerar que hay diferentes formas de trabajo coercitivo del que participaron los afrodescendientes, no solo como trabajadores sino también como señores y señoras de la servidumbre que estaba bajo su dependencia.
Esperanza, vida en libertad
Esperanza de Robles fue una entre cientos de mujeres afrodescendientes que, después de ser secuestradas en África, fueron traídas a Charcas en condición de esclavas. Su caso es uno de los más antiguos que están registrados en documentos.
La fecha de su llegada no es clara, pero fue durante la segunda mitad del siglo XVI. Su muerte está anotada en 1589.
Revilla comprobó que al igual que su madre Catalina, Esperanza fue esclava del conquistador Martín de Robles cuyo apellido, una vez liberta, conservó hasta su muerte.
Después de conseguir su libertad, Catalina y su hija Esperanza, aun adolescente, se pusieron al servicio del carpintero Benito Genovés durante un año a cambio de 60 pesos pagados cada cuatro meses y de algunos alimentos diarios.
En el futuro, Esperanza se ocupó de asegurar su supervivencia trabajando como criada doméstica en la propia casa de los Robles, prueba de la estrecha relación que tuvo con la familia de los amos de su madre.
Uno de los últimos contratos que Esperanza firmó con Antonio Robles fue por seis años, según una escritura textual “a cambio recibiría cada año un vestido y todo el zapato que pueda romper”.
También se comprobó que Esperanza tuvo una relación dinámica con diferentes miembros de la sociedad en la que cohabitaba.
Cabe recordar que eran los primeros 40 años de convivencia colonial en La Plata, una zona que se caracterizó desde tiempos prehispánicos por el origen diverso de la población que confluía en las calles, plazas y chacras.
La ciudad, al ser la sede de la Real Audiencia de Charcas, fue visitada por el Virrey Francisco de Toledo para poner en marcha una profunda reorganización sociopolítica, proporcionando un aparato normativo para regular la vida del conjunto de la sociedad y ordenando la separación de los habitantes según su origen.
Fue en ese escenario inédito en el que Esperanza, africana manumitida, aprendió a manejar su vida con autonomía. Su condición y su calidad (se refiere a su imagen pública condicionada por el origen, la ocupación, la vestimenta entre otros valores sociales que diferenciaban a las personas en esa época), no fueron obstáculo para que pueda tener negocios, relaciones de confianza y afecto con otros miembros de la sociedad.
Además, la contingencia la obligaría a crear redes sociales para asegurar su supervivencia y la de sus tres hijos, que tuvo con diferentes padres y a los que bautizó en la ciudad de La Plata.
En su testamento, Esperanza precisó las deudas que dejó, por un lado, con la india Francisca Chingo y, por otro, con el español Alonso Trujillo.
También menciona a tres de sus deudores: el mulato Diego Ambo, que le debía 90 pesos por el reconocimiento de un decreto a su favor, el vecino Juan Sánchez Taboada que le debía 112 pesos, Pedro, un esclavo de doña Gerónima de Peñaloza que le debía 18 pesos por la venta de dos varas de tela azul.
En 1585 se labró un protocolo notarial en el que Esperanza se obliga a entregar 50 cestas de hoja de coca a Juan Sánchez, haciendo pensar que trabajaban en el comercio local.
Asimismo, otros documentos indican que en 1586 Esperanza recibió como regalo de Andrés Chávez, alguacil y alcalde de la cárcel de la Audiencia, una tienda en la que además vivió. Estos datos fueron cruzados con otros escritos que describen que la tienda se ubicaba nada menos que en la Plaza Mayor de La Plata.
No cabe duda que Esperanza de Robles pudo llevar una vida de libertad bastante privilegiada en comparación con cientos de afrodescendientes que no tuvieron tanta fortuna.
Su incursión y desempeño en el comercio urbano supuso todo tipo de intercambios con productores locales, así como con otras mujeres, principalmente indígenas, que tenían una intensa actividad comercial en La Plata.
Su pasado de esclavitud quedó atrás y, pese a los fuertes condicionantes de su realidad, los prejuicios de esa época no marcaron su destino.
Cuando fue liberta (liberada), Esperanza compró varias posesiones que declara en su testamento, entre ellas una india chiriguana.
Mis “criados”, mis bienes
Antes de su muerte, Esperanza informó en el testamento que quería vender sus posesiones: seis cajas entre grandes y pequeñas, un baúl, dos pares de sábanas, dos sábanas de Rita, una cacerola grande, dos platos y otras cosas de la casa y la cama donde dormía. También menciona varias prendas de vestir.
La austeridad y la sencillez con la que vivía no eran obstáculo. La categoría de chiriguano fue construida por los incas y luego utilizada por los españoles para designar a diferentes grupos étnicos de las culturas amazónicas, que se resistieron a la dominación española colonial.
En La Plata, el cautiverio de los chiriguanos capturados en combate había sido acordado en varias reuniones de la Audiencia en 1573, pero los secuestros se produjeron mucho antes de que estas disposiciones entraran en vigor. El caso de Lule es la prueba.
Esperanza dijo “que la había comprado en una buena guerra y que Orellana se la había vendido”. El concepto legal de rescate legitimaba el cautiverio como medio de salvamento mediante el intercambio o la compra de indios subyugados por otros,
pero no validaba la esclavitud; sin embargo, las autoridades locales eran conscientes de que este mecanismo era legalista y usado frecuentemente, ya que abrió la puerta a diversas formas encubiertas de secuestro, de venta y esclavización de indígenas cautivos, en una etapa que después llevaría al cuestionamiento de dicha práctica que fue prohibida. Sin embargo, continuó hasta el fin del periodo colonial.
En este marco, no hay pruebas reales de que Esperanza haya esclavizado a Lule, se sabe que la consideraba un bien que podía transmitir a sus hijas y su caso estaba lejos de ser el único.
El secuestro y la venta de chiriguanos era una conducta validada por la práctica de los pobladores de La Plata, pese a que iba en contra de las disposiciones legales de esclavizar a los indígenas, incluso a los que considerados enemigos.
Además de Lule, Esperanza tenía a su servicio a una joven huérfana, probablemente de origen yampara, llamada Lucita, su madre se la había dejado cuando tenía seis meses.
Cuando los niños quedaban huérfanos o sus padres no podían ocuparse de ellos, eran confiados a otras personas, como padrinos o incluso a desconocidos, que podían mantenerlos.
Trabajaban junto a otros sirvientes de la casa a cambio de manutención y de formación, por lo que quedaban en deuda material y moral con la familia que les cobijó. Aunque se les reconocía la libertad, las condiciones de su servidumbre podían llegar a ser muy similares a las de la esclavitud.
Se desconoce el tipo de relación de subordinación que Esperanza tenía con las dos casi niñas, pero ella se creía dueña de su servicio de forma permanente y con opción de cederlas en herencia.
“Según parece, el recuerdo de esclavitud personal de Esperanza de Robles no le impidió comprar una chiriguana cautiva y recibir en su casa a una joven indígena para que les sirvan a ella y sus hijas. Tenía la posibilidad de comprarlas, recibirlas y mantenerlas, lo que no parecía incompatible con su origen, ni con el hecho de que ella misma trabajara como sirvienta en otra casa”, reflexiona Revilla.
“Ni solo esto, ni solo aquello”
Esperanza de Robles fue una persona afectada por múltiples herencias culturales de origen africano, pero también herencias culturales europeas y americano-charqueñas en su experiencia de vida.
Tras conseguir su libertad a través de su madre, varios aspectos de su vida cambiaron e influyeron en su ser y en la visión de sí misma y en su calidad (en tanto súbdita colonial recreada por la visión que la sociedad tenía de ella a diario).
Todos estos puntos de vista conformaron su identidad e identificación dentro del grupo en el que se desenvolvía. Tener su propio negocio, mantener a sus hijas, comprar y mantener a las sirvientas indígenas que tenía, eran parte de su nueva vida como liberta.
Quiso mostrarse como una buena cristiana por lo que declaró que había aceptado a Lucita en un acto de caridad, además se preocupaba por el honor de su descendencia dejando sus hijas, después de muerta, bajo la protección de otras familias quienes recibirán el servicio de ellas a cambio de manutención según la costumbre y los códigos sociales de la época.
Revilla indica que estas decisiones no deben entenderse como aculturación, son prácticas que forman parte del entorno colonial en el que creció Esperanza, es decir su ser social en Charcas.
Cuando trabajaba como vendedora en las calles de La Plata, compartía mucho más que el espacio de venta con las comerciantes indígenas. Su vestimenta tenía elementos europeos como camisas, sayas y faldellines, así como indígenas: varias llicllas de diferentes colores e incluso topos.
Revilla aclara que la forma de vestir de Esperanza no significa que entró en un proceso de indianización o que los afrodescendientes lo hicieron cuando se vestían como indígenas. Solo se sumergió en las prácticas de vestimenta de la época y lucía la vestimenta que tenía a la mano o aquella que le permitía comprar su bolsillo.
Revilla dice que es necesario matizar la afirmación de que los prejuicios étnicos eran fuertes condicionantes en una sociedad muy dividida por una lógica importada desde Europa de limpieza de sangre en esa época que necesariamente van a determinar la vida de los descendientes y los intercambios cotidianos y las relaciones prácticas entre las personas.
Esos problemas no son suficientes para entender la complejidad de los fenómenos de la esclavitud y servidumbre en Charcas, a los que no se puede reducir la memoria de la población afrodescendiente.
“La esclavitud y la servidumbre, instituciones legitimadas con la teoría jurídica eran prácticas sociales violentas que fueron renovadas día a día en diferentes niveles por las mismas personas de las sociedades esclavistas y consumidoras de servidumbre”, expresa la historiadora.
Dice que los individuos con mayor capacidad económica tenían la posibilidad real de ejercer poder sobre otras personas, lo que configuró las relaciones de servidumbre, más allá del origen, sin desmerecer la violencia de estas categorizaciones.
El caso analizado de Esperanza permite ver qué importante es estudiar a las personas en sus dinámicas de vida, en sus múltiples dimensiones y condiciones de existencia y analizar cuánto pudo mantener o transgredir las limitaciones sociales impuestas por el régimen en vigor, finaliza Revilla •