Chuquisaca en 1833

No existe precisión sobre su fecha de ingreso a Sucre, porque él no anotó el dato, pero sí se sabe que fue en diciembre de 1832.

Grabado de la catedral de Chuquisaca. Grabado de la catedral de Chuquisaca. Foto: Alcide d'Orbigny

Alcide d'Orbigny
Ecos / 22/05/2023 22:41

No existe precisión sobre su fecha de ingreso a Sucre, porque él no anotó el dato, pero sí se sabe que fue en diciembre de 1832. En los primeros días de ese mes ingresó a Tomina, de donde pasó a Yamparáez. Cuando ingresó a la capital, advirtió que tenía “todos los atributos de una gran ciudad” y se instaló “en casa del vicepresidente de la Corte Suprema, en uno de los costados de la plaza principal”. Era Alcide d'Orbigny, un naturalista francés que ya había recorrido la América Meridional, pero en ese entonces estaba en Bolivia, atendiendo el encargo del presidente Andrés de Santa Cruz de conocer el país y escribir sobre él.

Llegó a Sucre, que, como capital, era la sede de gobierno, precisamente para entrevistarse con Santa Cruz y permaneció en la ciudad hasta el 10 de marzo de 1833, cuando pasó a Potosí. De lo que escribió sobre Sucre, extraemos la última parte del fragmento titulado “estadía en Chuquisaca” que constituye un valioso testimonio de cómo era la ciudad en aquellos primeros años de la República:

Entre el despotismo español y la independencia americana se entabló una lucha encarnizada, la misma que terminó en 1824 con la famosa batalla de Ayacucho, en el momento en que el Alto Perú se convirtió en la República de Bolívar, llamada más tarde Bolivia. Chuquisaca fue su capital provisoria; era todavía la sede de una escuela de derecho, de un arzobispado y de una corte suprema; de esta manera La Plata conservó siempre sus atributos de ciudad docta y conserva hoy todavía el primer rango entre las ciudades de América meridional. Es actualmente la ciudad de Sucre.

Chuquisaca, en donde viven unos 14 000 habitantes, se levanta al pie de altísimas colinas, en un terreno en pendiente, entre los dos brazos de un arroyo que, bajo el nombre de Río de la Plata, va a unirse con el Cachimayo, cerca de la aldea de Yotala. Sus calles, bien alineadas, dividen la ciudad en manzanas iguales; las casas son de dos pisos, muy adecuadas, edificadas con gusto y dominadas en ciertos barrios por los campanarios de diversos conventos'. Su plaza mayor, cuyo centro está adornado con una fuente, muestra en uno de sus lados una amplia catedral de tres naves, construida en estilo morisco, con una torre cuadrada de tres pisos y una cúpula inmensa. El interior de este edificio está cubierto de esculturas y de dorados. A un lado se ve la casa del gobernador, edificio cuadrado, de cómoda distribución. Los demás lados de la plaza tienen casas de dos pisos, en las que los almacenes ocupan el primer piso y los balcones de madera adornan el segundo piso. Cuanto más nos alejamos de la plaza, más bajas son las casas. Bajando de la plaza, se va al hospital, y más abajo todavía a un hermoso paseo desde el que se contempla la campaña.

En los alrededores de la ciudad se ven árboles frutales de Europa, tales como los manzanos y durazneros; algunas casas de campo son verdaderamente agradables. Entre ellas debo citar sobre todo Garcilaso, magnífico jardín en donde encontré una nueva especie de palmeras: traída sin duda de los valles vecinos, en donde crece naturalmente.

Existe en Chuquisaca una muy buena sociedad integrada por magistrados, profesores, empleados civiles y militares, el alto clero, el comercio y grandes propietarios. Durante el período de sesiones del Congreso, encuéntranse allí los diputados de todos los departamentos, de donde resulta que esta ciudad encierra una gran cantidad de gente culta y que se puede vivir en ella de la manera más agradable posible. Cuando se desciende de la clase superior de la población a las capas interiores, se advierte de inmediato una inmensa diferencia, más visible entre los artesanos. Estos no son ya españoles puros, sino mestizos de españoles e indios, conocidos en el país con el nombre de cholos.

Por debajo de éstos aún están los indios, que forman las últimas clases y sobre los cuales recaen todas las cargas sociales. Son hombres sobrios y trabajadores, objeto del desprecio de todos y que se consuelan de ello bebiendo chicha muchas veces más de la cuenta. Si hombres y mujeres del gran mundo siguen las modas francesas, no ocurre lo mismo con las mestizas y las indias. Las primeras (cholas) llevan un vestido que es una mescolanza del de los indígenas y del de los europeos.

Por ejemplo, llevan mangas abullonadas y el resto de la vestidura con las formas regionales, pero recargado de adornos. Cuando se pasean con el pañuelo bordado en la mano, su chal y su pollera llena de cintas, con la cabeza adornada de abalorios y los pies calzados en zapatos de raso, se diría que salen de un baile. Recurren por lo demás a todas las astucias de la coquetería y sus costumbres son bastante livianas. Con excepción del sombrero, la indumentaria de los indios y de las indias difiere muy poco de la de los de La Paz.

Atacado por una fiebre intermitente desde que llegué a Chuquisaca, el sulfato de quinina me compuso muy pronto y pude reanudar mis trabajos ordinarios. Aproveché la estación para recoger plantas de las montañas vecinas y para darme una idea exacta de la geología local. En la pascua de navidad fui testigo de una costumbre peregrina. Todas las damas levantan altares en los que exponen niños Jesús acompañados por todos los atributos de su edad. Son pequeñuelos rodeados de juguetes y de adornos graciosísimos. Para ver esos altares, se visita a las damas, que rivalizan en lujo unas con otras. Es costumbre general engañarse en esas visitas: nos invitan, por ejemplo, a comer merengue y, en lugar de eso, encontramos algodón, lo que provoca la risa de los asistentes.

Me encontraba todavía en Chuquisaca durante el Carnaval y pude presenciar allí los mismos juegos que en las demás ciudades de América. Los hombres recorren las calles con unas escaleras, y en todas partes su paso despierta una pequeña guerra; las mujeres arrojan desde los balcones grajeas a los hombres, los cuales les tiran de vuelta huevos llenos de perfume. Estos últimos levantan sus escaleras, suben al asalto y persiguen a las mujeres para pintarlas de varios colores. Estas tratan de vengarse de sus agresores arrojándoles harina y bermellón. No se oyen entonces más que gritos alborozados. Todas las clases sociales se ponen en movimiento, pero cada una de ellas tiene sus juegos particulares, que duran hasta el miércoles de ceniza, en que la austeridad de la cuaresma y de los ayunos reemplaza a esta bulliciosa alegría.

Uno de los últimos arzobispos de La Plata, el señor Mojo, había sido obispo de México, en donde su gusto por la historia natural y por las antigüedades lo había llevado a reunir una buena colección de objetos curiosos, que en Chuquisaca pudo enriquecer con productos y antigüedades regionales. A su muerte, esas piezas se habían dispersado en parte, pero todavía quedaba una buena cantidad. Las vi y hablé de ellas al Presidente cuando volvió, y con gran alegría obtuve esos preciosos materiales de historia americana.

Únicamente la esperanza de encontrarme con el Presidente de la República me hizo prolongar mi estada en Chuquisaca. Cuando regresó de Cobija, el jefe del Estado boliviano tuvo para mí muchas pruebas de bondad. Me dio las más vivas recomendaciones para las autoridades, y todo me inducía a creer que todavía, antes de llegar al puerto, habría de obtener en el altiplano una abundante cosecha de antigüedades. Por fin, lleno de gratitud, me dispuse a salir de Chuquisaca, en donde no había recibido más que atenciones de los vecinos y pruebas de consideración de los administradores •

(*) Los primeros párrafos, introductorios, son del editor.

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