Asesinos de Sucre
Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá murió un día como hoy, 4 de junio, pero de 1830. Sus asesinos, aquellos que lo emboscaron y dispararon, fueron el venezolano Apolinar Morillo, el colombiano Juan Gregorio Rodríguez y los peruanos Andrés Rodríguez y Juan Cruz.
Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá murió un día como hoy, 4 de junio, pero de 1830. Sus asesinos, aquellos que lo emboscaron y dispararon, fueron el venezolano Apolinar Morillo, el colombiano Juan Gregorio Rodríguez y los peruanos Andrés Rodríguez y Juan Cruz. De los cuatro, solo Morillo fue uno de los conspiradores para el crimen mientras que los otros tres solo fueron los ejecutores, miserables a los que Morillo contrató por todavía más miserables diez pesos para cada uno. Las investigaciones posteriores demostraron que el asesinato fue planificado por José María Obando del Campo y Juan José Flores y Aramburu. Además de Morillo, sus cómplices fueron José Erazo, Antonio Mariano Álvarez, Juan Gregorio Sarría y Fidel Torres.
Fue un crimen político así que, ni bien ocurrió, los verdaderos responsables fueron puestos a cubierto. Con el fin de evitar futuras delaciones, Morillo envenenó a los tres sicarios. El presidente de la que todavía era la gran Colombia, Rafael Urdaneta, ordenó que se abra una investigación, pero, tras la disolución de ese país, que se fraccionó en tres, el expediente desapareció.
Juan José Flores se convirtió en presidente de Ecuador y Obando se ungió en ese mismo cargo, pero de la República de Nueva Granada, que abarcaba a lo que hoy son Colombia y Panamá. Muertos Bolívar y Sucre, se repartieron el poder como los buitres el cadáver de un elefante. Eran intocables, pero la gente sabía que ellos fueron los autores intelectuales del asesinato del gran Mariscal. En 1836, Pedro José Figueroa pintó un óleo sobre tela que tituló “La muerte de Sucre”. Se trata de una denuncia porque están los cuatro asesinos y, más al fondo, aparece un tigre rodeado de Flores. El guión museográfico del cuadro dice que a Obando se le llamaba “el tigre de Berruecos” y las plantas se explican por sí solas.
No hubo juicio ni investigación alguna sino hasta 1839, cuando Erazo fue detenido por razones políticas. Lo llevaron a Popayán y les tocó pasar por Berruecos. Al llegar a La Jacoba, el paraje en el que Sucre fue asesinado, su caballo se encabritó y lo tiró por los suelos. Con la conciencia atenazándole el pecho y cubriéndose el rostro para que no se le vean las lágrimas, confesó que formó parte de la conspiración, aseguró que actuó por órdenes de Obando y sindicó a Morillo como el ejecutor de Sucre.
Juan Bautista Pérez y Soto, que es mi principal fuente en este artículo, resumió así lo que pasó tras la confesión de Erazo:
“…al saltar la liebre en Pasto en 1839, inesperadamente, cogiéndole (1) de sorpresa a Obando, que había acudido a Bogotá, y resuelto en cierto Consejo directivo del Partido, que Obando volase al frente de la trinchera amenazada, para aplastar el incendio, como quien dice coger el toro por los cuernos, no vaciló un instante Obando, como hombre de partido y de su Partido, en ponerse en camino para Pasto, a todo riesgo y costo; pero al someterse a la peligrosa exigencia tuvo la precaución de prevenir en privado, con el retintín conveniente, que no se olvidara su Partido de él, para que acudiese en su auxilio. Y sí correspondió el Partido al fundado reclamo de su adepto, porque luego, al ver a Obando alzado en rebelión en Pasto, por escapar al juicio criminal que se le habia iniciado (dictado del Presidente Márquez en un Mensaje oficial), no vaciló tampoco en lanzarse en la general y abierta rebelión, para salvar a Obando, aunque no fuese honrosa la causa de la sublevación, y quedase comprometido el honor colectivo del Partido, identificándose con la suerte de un tamaño sindicado del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho. El Partido pasó lista en todas partes, y fué consigna alzarse, para defender a Obando”.
Esto explica la inacción del presidente de entonces, José Ignacio de Márquez, que, además, tuvo que enfrentar el conflicto denominado “guerra de los supremos”. Quien ordenó el inicio del juicio fue su sucesor, Pedro Alcántara Herrán, pero recién en 1841. En el proceso, Erazo acusó a Morillo como el autor del balazo que alcanzó a Sucre en el pecho y de haber asesinado luego a los tres sicarios. El asesino fue juzgado en Consejo de Guerra que lo encontró culpable el 18 de agosto de 1842. El 30 de septiembre de ese año fue fusilado en la plaza mayor de Bogotá. Erazo fue condenado y enviado a la cárcel de Cartagena de Indias mientras que otro procesado, Antonio Mariano Álvarez, murió en prisión.
A Obando no se lo tocó y hoy en día persisten las versiones que señalan que nunca se probó su participación en la conjura para asesinar a Sucre.
Las pruebas
A lo largo de los cuatro tomos de su obra “El crimen de Berruecos – Asesinato de Antonio José de Sucre Gran Mariscal de Ayacucho – Análisis histórico-jurídico”, Pérez y Soto presenta abundantes pruebas sobre la participación de Obando.
Una de ellas es la carta que le escribió el 18 de mayo de 1830 al general Pedro José Murgueitio diciendo, entre otras cosas, lo siguiente:
“Otro riesgo vamos a correr en el regreso del general Sucre. Este general ha ofrecido que si la República se separa, sustrae al Sur y se pone bajo la protección del Perú (2). ¿Qué le parece a V. este golpecito? ¡Vaya mi amigo, se prostituyó Colombia! Tenga V. mucho cuidado con ese señor, si viene por ahí, y haga que venga por esta plaza”.
Como se ve, en esas palabras existe una intención manifiesta: había que escarmentar a Sucre. Si, para entonces, su muerte todavía no se había decidido, la planificación vino después. Y el detalle más anecdótico de este caso es que el crimen fue anunciado ¡a través de un periódico!
El número 3 de “El Demócrata”, de Bogotá, publicado el martes 1 de junio de 1830, y reproducido íntegro y hasta en facsimilar en el primer tomo de la obra de Pérez y Soto, está un artículo titulado “Sedición criminal” en el que se ataca a Sucre con virulencia y se dice, en la página 5, “que ya este jeneral (3) marchaba sobre la provincia de Pasto para atacarla; pero el valeroso jeneral J. M. Obando amigo y sostenedor firme del gobierno y de la libertad, corría igualmente al encuentro de aquel caudillo y en auxilio de los invencibles pastusos. Puede ser que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolivar (4), y por lo cual el gobierno está tildado de débil, y nosotros todos, y el gobierno mismo carecemos de seguridad.
Esas mismas líneas aparecen en el capítulo XXXI de las memorias del general Tomás C. de Mosquera que señala, textualmente, que todos los movimientos ejecutados entre el 1 y 4 de junio de 1830 tenían un propósito: “Salir de Sucre”; es decir, librarse de él.
Este es un extracto de esas memorias:
“Todo el mundo conoce en Colombia la ruidosa causa que se siguió en 1840, a los asesinos del Gran Mariscal, y la ejecución que tuvo lugar de Apolinar Morillo, principal ejecutor de este crimen. Una Señora respetable de Bogotá, muy amiga de Doña Ignacia Zuleta, mujer del Señor Arrublas, veía las sesiones misteriosas de este Club, y movida de esa curiosidad propia de las Señoras, iba a escuchar por la cerradura de una puerta de la sala en que se reunían los del Club directivo, y pudo oír el plan que se habían propuesto, de inducir al General Caicedo, y dirigirse a los Generales López y Obando, que, no obstante de ser enemigos del Libertador, los tenía colocados en Neiva y Popayán, para que Sucre en su tránsito al Ecuador, desapareciese”.
Es que, como todos sabemos, la historia la escriben los vencedores y, tras haberle hecho asesinar, un día como hoy de 1830, José María Obando, “el tigre de Berruecos”, ya había vencido al vencedor de Ayacucho •
(*) Juan José Toro es vicepresidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP)
(1) En el libro está con “j”. Eso se debe a la ortografía de la época, hace casi un siglo.
(2) Las itálicas y los resaltados son de Pérez y Soto.
(3) En este texto mantengo la ortografía del original.
(4) Los resaltados son míos.