Crónica de una visita a Auschwitz

En las sombras de la historia se esconde un lugar que encarna el horror más profundo de la humanidad: Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración y exterminio ubicado en la ciudad polaca de Oświęcim.

Crónica  de una visita a Auschwitz

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Panorámica de la entrada a Auschwitz II-Birkenau.

Panorámica de la entrada a Auschwitz II-Birkenau.

Imágen de uno de los caminos que separaban los barracones en Auschwitz II-Birkenau.

Imágen de uno de los caminos que separaban los barracones en Auschwitz II-Birkenau.

Crónica  de una visita a Auschwitz

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Cerca de alambre con púas en Auschwitz.

Cerca de alambre con púas en Auschwitz.

Crónica  de una visita a Auschwitz

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Crónica  de una visita a Auschwitz

Crónica de una visita a Auschwitz

Crónica  de una visita a Auschwitz

Crónica de una visita a Auschwitz

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Crónica de una visita a Auschwitz

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Crónica de una visita a Auschwitz

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Ilustración de una de ejecución llevada a cabo en Auschwitz I.

Ilustración de una de ejecución llevada a cabo en Auschwitz I.

Crónica  de una visita a Auschwitz

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Crónica de una visita a Auschwitz


    Israel Llanos Ibarra
    Ecos / 23/01/2024 04:34

    En las sombras de la historia se esconde un lugar que encarna el horror más profundo de la humanidad: Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración y exterminio ubicado en la ciudad polaca de Oświęcim. Este complejo se convirtió en el epicentro de una maquinaria genocida durante la Segunda Guerra Mundial, donde millones de vidas fueron apagadas por el odio. En esta crónica escrita por Israel Llanos, que entonces tenía 15 años, comparte impresiones de un viaje realizado en 2016, subrayando el impacto duradero que este sitio tiene para los visitantes. Aunque los tiempos han cambiado desde entonces, parece que no tanto.

    El último día en Cracovia, Polonia

    La emoción de finalmente conocer Auschwitz se mezclaba con la tristeza de ser nuestro último día en Cracovia. A pesar de la espera de años, deseaba recorrer las calles sin la aglomeración de turistas. Aunque el calor del verano era palpable, el autobús con aire acondicionado nos llevó al estacionamiento frente a un edificio que, de no ser por documentales previos, hubiéramos confundido con un hotel. La experiencia comenzó a cobrar fuerza. 

    El ladrillo rojo de Auschwitz

    Al acercarme a la emblemática reja de entrada con el siniestro letrero "Arbeit Macht Frei", escritas en alemán en una tierra que no les pertenecía, significa en castellano “El trabajo libera”. Había visto ese letrero antes, tantas veces, que me costaba creer que estaba ahí. Cuando ingresé, no sabía qué esperar. Experimenté un cambio en mi estado de ánimo. Contrario a mis expectativas de un día nublado y frío, el sol veraniego iluminaba el campo y los pajaritos cantaban en las ramas de árboles maduros que se sumaban al mucho ruido proveniente de los visitantes.

    Caminamos por la calle principal. Los edificios seguían siendo los mismos que en la entrada, casas de dos pisos hechas de ladrillo visto, parecían sacadas de un barrio de ciudad, de algún suburbio familiar pero que en otro tiempo albergaron prisioneros. Adentrarnos en los interiores, con retratos, literas y montañas de zapatos, rompió cualquier ilusión turística. Ese no era un lugar para fotos de Instagram.

    Ahora veía claramente que estaba dentro de una cárcel con varias líneas de alambrado de púas, demasiado cercanas. Seguían allí los puestos de vigilancia entre esa maraña de metal y casi podía escuchar los pasos de las botas militares yendo y viniendo de un lado al otro del alambrado.

    La pradera de Birkenau

    Birkenau, es más grande a diferencia del primer campo, me permitió esta vez divisar desde lejos una estructura más característica. La entrada del mismo estilo que del primer campo, pero con más volumen y altura. Al cruzarla se extendía una hermosa pradera interrumpida por hileras de barracones cortados por un camino pavimentado que atravesaba el campo. Casi al lado del camino estaban los rieles, entre zanjas, que guiaban a los visitantes hacia el horizonte, cortado por árboles, que daban la impresión de ser eternos.

    El sendero hacia las cámaras

    Era uno más que caminaba. Se me vinieron a la mente tantas imágenes. Tomé conciencia viva de qué era realmente ese sitio y pude verlo todo reproduciéndose a colores. Aunque no hubiera perros ladrando en medio de un clima invernal, sino una suave brisa que refrescaba el calor de las primeras horas de la tarde; aunque la gente no caminara por la zanja sino por los rieles donde deberían estar los trenes, todas esas imágenes estaban en mi cabeza, pero no por eso eran menos reales.

    Atravesamos la pradera lentamente. Al final, llegamos a lo que parecían un montón de piedras en la distancia, pero no eran piedras, sino un monumento. Delante de él, diferentes placas en distintos idiomas recordaban el horror, incluyendo una que pensé que estaba mal escrito en español, pero más tarde me enteraría que en realidad estaba en ladino, una lengua hablada en algunas zonas de Italia y utilizada por los sefardíes.

    En ese punto me di la vuelta para contemplar lo que habíamos dejado atrás, un camino recorrido por tantas almas a quienes les fue arrebatada la vida. La torre de la entrada apenas era visible en la distancia, entre ella y nosotros se extendía el campo, de un lado con edificios destruidos y del otro, construcciones que seguían ahí, como el día en que fueron habitados durante la II Guerra Mundial, solo que en la imagen actual al lado había un pequeño bosque con pájaros cantantes, todo tan apacible. A ambos lados del monumento estaban los restos de las cámaras de gas. 

    Reflexiones y transformación

    Al acabar ese recorrido recordé la emoción inicial por visitar un lugar tan famoso que apenas reflexioné antes de emprender el viaje; error que reconocí más tarde. Una compañera comentó su intención de tomar muchas fotos, pero solo capturó una de espaldas, mirando hacia los rieles, sintiéndola como la única. Yo había tenido una experiencia similar. De pie allí, junto al camino que lleva a Auschwitz, pensé en la bajeza de la humanidad y la absurda justificación de actos tan terribles; en lo ridículo que suena evocar "superioridad" sobre una etnia, género, nación u orientación sexual. Pero también, estar allí brinda la oportunidad de observar el camino que hemos recorrido desde Auschwitz hasta el presente y que en adelante; queda mucho por mejorar, pero seguimos avanzando, al fin y al cabo. No importa lo sombrío que parezca el mundo actual, ha habido momentos peores y hemos salido de ellos. Puede sonar demasiado cliché, pero al final, salir de Auschwitz no te llena de depresión, sino de esperanza.

    Aún recuerdo la tibieza del abrazo que aquella mañana, en Cracovia, me dio la abuela de la casa donde nos hospedamos tres chicos a quienes nos preparó unos sándwiches. Fue un abrazo de despedida y, aunque para algunos pueda parecer insignificante para mí no lo es, ni creo que lo haya sido para ella porque ese abrazo me mostró otra cara de la humanidad mientras Auschwitz con su cámara de gas u horno crematorio, era erigido. 

    Si algo caracterizó todo ese viaje fue la misericordia, desde el momento en que mi avión aterrizó se mostró en muchas situaciones en ese país. Y más que en cualquier otro lugar del mundo, fue en esa carretera que conduce a Auschwitz. Misericordia por las víctimas de ese y tantos otros lugares del mundo, como también misericordia para sus perpetradores.

    Con el sol de la tarde, dejamos aquel pequeño pueblo de calles tranquilas, un lugar que las personas de otros lugares conocen principalmente por los campos de concentración y exterminio, más que por sus habitantes que son personas que viven su vida en un lugar que ahora está marcado ante los ojos del mundo. "Ošwiecim", pensé mientras me alejaba, recordando un video que vi semanas antes de llegar a Cracovia. "Ese pueblo se llama Ošwiecim" •

     

    * Israel Llanos Ibarra es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la USFX

    Este artículo fue publicado originalmente en la revista CONTEMPORánea de la Carrera de Ciencias de la Comunicación. 

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