De ríos muertos y otros desastres mayores
Uno sabe si el río está vivo. El color del agua, los peces que se dejan ver entre la corriente, la vegetación dentro y fuera de su cauce
Uno sabe si el río está vivo. El color del agua, los peces que se dejan ver entre la corriente, la vegetación dentro y fuera de su cauce, niños que nadan, sembradíos y viviendas salpicando el paisaje; la vida misma que habita, florece y depende de él. Tuve que verlo para saber cómo es un río muerto: un caudal de agua amarillenta, empujada por la gravedad, el desecho líquido resultante de la explotación minera.
Antigua y remota es la relación del ser humano con el oro. Sus primeros registros como método para facilitar el intercambio se remontan al menos a cuatro siglos antes de Cristo, cuando ya se empleaba como moneda. Su búsqueda y demanda fue avanzando e incrementándose con el proceso civilizatorio del planeta. Guerras, conquistas, ascensos y caídas de imperios a lo largo de la historia de la humanidad, fueron motivadas por la ambición del oro, un metal que continúa siendo determinante para el devenir de los seres humanos.
La búsqueda y acumulación de oro es, ha sido, el correlato de nuestra evolución como especie. A lo largo de siglos, fiebres del oro explotaron en diferentes partes del mundo; con ello, la movilización económica y social que arrastran, incluyendo, por supuesto, la depredación de ecosistemas.
Millones de años de actividad geológica hicieron que la Cordillera Oriental, sobre todo en el departamento de La Paz, acumule vetas de oro. También, a lo largo de millones de años, la erosión de estas montañas transportó el preciado mineral hacia los valles que se derivan de las alturas cordilleranas, depositándose en sus cauces, sitios que en términos técnicos se denominan yacimientos aluviales, cuya concentración de oro es variable, factor que determina los emprendimientos mineros que desde hace décadas se desarrollan en aquella región.
El estudio Mercurio en la pequeña minería aurífera de Bolivia (2021), indica que, para el año 2020, existían 2.077 cooperativas mineras, de las cuales aproximadamente el 70% son auríferas y cuya producción, concentrada principalmente en La Paz, cubre el 97% del oro que se produce en el país. Asimismo, se estima que un 2% de la producción aurífera proviene de vetas de minería primaria y un 75% de operaciones mineras aluviales.
¿Oro, o el mercurio de los ríos?
Al norte de La Paz, en la tradicional región aurífera, se abre un vasto paisaje de tupidas y cerradas serranías talladas por serpenteantes ríos. Destaca la imagen que presentan las laderas de los cerros: árboles gráciles, que erguidos se levantan entre la tupida vegetación, cuyo verdor, contrasta fuertemente con el color ocre de las caudalosas aguas de los ríos que atraviesan estos valles.
Cuando niño, había oído hablar de Tipuani, un lugar casi mítico por sus historias de fabulosas vetas de oro y las riquezas amasadas por quienes se aventuraban hasta aquellas alejadas latitudes. Su tradición aurífera se remonta a mediados del siglo XX, cuando empezó la explotación de oro y con ello la colonización de la región, destinada, por sus condiciones geológicas, a concentrar la actividad minera.
Me encuentro en Teoponte, a casi 50 kilómetros de Tipuani, un lugar tal vez más conocido por el alfiler rojo que marcó su lugar en el mapa de Bolivia, en 1970, cuando un grupo de 67 jóvenes insurgentes decidió continuar la lucha armada iniciada por Ernesto Che Guevara. La elección del epicentro para su gesta no fue casual, en Teoponte se encontraba la planta de la compañía aurífera norteamericana South American Placers, cuyas instalaciones fueron saqueadas y dos de sus técnicos extranjeros secuestrados como parte de las primeras acciones guerrilleras.
Su campaña se prolongó por escasos tres meses, durante los cuales, estos mismos ríos y montañas atestiguaron su lucha y determinación; vidas segadas a bala y por las mismas fuerzas de la naturaleza.
Aquí, de pie, a orillas del río Kaka, observó cómo una barcaza se mueve por sobre las aguas cobrizas hasta que se detiene. Cual dinosaurio metálico, desde su cubierta, una larga pala mecánica se eleva y clava sus colmillos en el lecho del río. Araña su fondo e implacable levanta la carga de tierra y rocas, mientras escurre sus aguas como baba de perro rabioso. La máquina gira sobre su eje y coloca la carga para su tratamiento en las cintas transportadoras y así dar inicio al proceso de cernido y lavado, hasta conseguir el ansiado oro que se esconde entre el revoltijo gris extraído.
“Aquí el oro se explota así. Todo el proceso se hace en las dragas: sacan el material, lo pasan por los cernidores mientras el oro, que es más pesado, va quedando abajo y al final esa masa se mezcla con mercurio y lo queman para sacar el oro, lo que no sirve se bota de nuevo al río y así…”, comenta con naturalidad el chofer que me acompaña.
Como desahuciando el futuro, en silencio, observamos las operaciones. Tal vez ambos intuimos que en algún momento se acabará el oro y detrás solo quedará la chatarra de sus maquinarias y la devastación de sus efectos.
Agacho la cabeza y fijo la mirada en la orilla. Como suelo hacer en los viajes, recojo una llamativa piedra: entre blanca y gris, es perfectamente redonda. Con dudas y cierto temor, la guardo en el bolsillo ¿Cuánto mercurio habrá en ella?
Centros mineros y la cadena contaminante
Sinuosas y peligrosas son las rutas que conectan a los municipios de la región minera del norte de La Paz: Tipuani, Mapiri, Guanay, Teoponte y Caranavi, entre otras poblaciones que surgieron de estas serranías al influjo de la minería.
Estos centros urbanos son pequeñas metrópolis en sí mismas; cobijan gente de aquí y de allá: bolivianos provenientes de diversas regiones, chilenos, colombianos, chinos y un sinfín de apátridas que se mezclan, hacen negocios y dedican sus días a un solo fin: explotar y comerciar con oro.
La cantidad de personas que habita en estos municipios es fluctuante, la gente se mueve en función de la dinámica que establece el negocio del oro. Los centros poblados se caracterizan por el comercio y otras actividades que se generan como consecuencia del efecto multiplicador de la minera. Otra cosa que se genera es basura: grandes cantidades de desechos que, sin mayor reparo, terminan en improvisados botaderos o directamente arrojados al río aportando a su tan característico color y nivel de contaminación.
No se percibe la presencia del Estado y sus instituciones llamadas a establecer control minero y judicial. Por esa misma razón, avasallamientos, conflictos por tierras y pozas de oro; hechos de violencia, trata y tráfico de personas, entre otros sucesos que levantan titulares en los medios, están prácticamente naturalizados en el imaginario de la gente que vive o hace negocios en estos municipios.
La explotación de oro constituye en la principal fuente de generación de recursos económicos y sustento para la gente de estas localidades. Por tanto, grande y complejo resulta el desafío de establecer o perfilar equilibrios entre las necesidades de la población y el costo ambiental de la industria minera. De la ecuación también participan los actores políticos, económicos y sociales respecto a su relación con el Estado y su capacidad de movilización cuando sus intereses entran en juego.
En el otro extremo, río arriba, están las comunidades indígenas y otras poblaciones, grandes y pequeñas, estrechamente relacionadas con el río y los recursos que provee. Estos grupos humanos, ajenos a las actividades mineras, se encuentran gravemente afectados por los efectos nocivos para la salud resultantes del uso indiscriminado de mercurio. Ni qué decir de la biodiversidad, que desde hace décadas soporta los efectos de la actividad humana.
Las rutas que abre el oro
Cada día, a grandes velocidades, cientos de vehículos con doble tracción se mueven en uno y otro sentido a través de los caminos que unen a los centros mineros. Raros son los autos que llevan placas; es el imperio de los chutos y el mercado gris de los combustibles.
Entre Apolo y Mapiri, recorro el tramo en una vagoneta conducida con destreza y habilidad por la señora Andrea, la única mujer al volante de su sindicato y, evidentemente, la más responsable en la ruta comparada con sus colegas, que sin reparo ni miedo a la muerte, rompen las curvas a toda velocidad, sin bocina ni advertencia alguna.
Forjada a fuerza de arduo trabajo, doña Andrea cuenta cómo, al igual que otras personas de la región, un tiempo se dedicó a la minería. Es común que las concesiones operadas por cooperativas mineras determinen un espacio al día, una pausa durante la cual permiten que “los poceros” busquen, de manera artesanal, oro en las pozas y lugares destinados para ese efecto. Se trata de una forma de retribución por la extracción de sus recursos naturales.
Grande es el interés pues, si hay suerte, los recolectores pueden dar con el preciado metal y llevárselo sin pagar un centavo. Esta tarea, sin embargo, apenas se permite ejecutar durante una hora al día, lo que provoca violentas peleas entre las personas ansiosas de extraer algo de oro. Doña Andrea, de hecho, recibió una pedrada la cabeza la última vez que se encontraba en esas faenas. “¡Grave! casi me rompen la crisma… ahí mismo, en el río me podía morir… ¿qué iba a ser de mis hijos? Nada, dije… hasta ahí nomás. Desde esa vez ya no me metí más a buscar oro y con este auto nos ganamos la vida…”
Mientras que, en las dragas, muy pocos saben cómo son las condiciones de trabajo: cuántas horas al día bregan los obreros, de qué seguridad gozan, cuáles los niveles de explotación laboral que enfrentan. En los pueblos mineros saben que es natural operar en medio de carencias, precariedad y que durante sus faenas pueden morir. Muchos caen al río o sufren graves accidentes operando la maquinaria, ni qué decir de los niveles de contaminación a los que se exponen manipulando de manera directa el mercurio. Son personas anónimas, mano de obra, brazos que forman parte de la cadena productiva del oro; vidas con limitada esperanza de vida.
A lo largo del viaje se aprecia cómo la actividad minera no solo ha contribuido a la contaminación de los ríos, el uso de maquinaria pesada también ha transformado la geomorfología de los cauces, donde se cavan enormes pozas y levantan depósitos artificiales de rocas, tierra y otros sedimentos grises. Esas mismas intervenciones provocan desastres en las poblaciones durante la época de lluvias, pero también la muerte de mineros en su afán de sacar oro de las pozas: “Reportan un tercer fallecido por el deslizamiento de un talud en Mapiri”, titula la noticia en el portal de un periódico mientras escribo esta crónica.
Así, los ríos, en realidad son vistos y entendidos como espacios de trabajo, una posibilidad de subsistencia; lugares donde cada jornada hay que dedicar horas de esfuerzo para dar con el preciado metal. A estas alturas, dejaron de ser ríos y se convirtieron simplemente en acueductos a cielo abierto, canales que llevan las aguas residuales de la explotación minera. No transcurre la vida en sus aguas, solo basura y sedimentos pesados; hombres anónimos que, en sus orillas o montados en aparatosas maquinarias y embarcaciones, circundan sus aguas con el único fin de extraer oro.
Con el mercurio en las venas
A mediados del siglo XVI, el metalúrgico español Bartolomé de Medina, descubría el método de amalgamación con azogue o también llamado beneficio de patio. Procedente del árabe, azogue es el sinónimo del mercurio, y su utilización fue determinante durante el proceso de explotación minera en las colonias españolas, optimizando el rendimiento durante la extracción de plata. Sus principios se aplicaron también a la obtención de oro, sellando de esa manera el destino imperecedero de los tres metales.
Ampliamente usado para la extracción de oro, cuando el mercurio es desechado en los ríos, entra en contacto con microorganismos que tienen la capacidad de transformar el mercurio en una molécula orgánica altamente tóxica: el metilmercurio, que fácilmente es absorbido por los organismos vivos, plantas y peces; éstos últimos, alimento y fuente de sustento de las poblaciones ribereñas.
De vuelta en casa, recurro a los mapas para constatar los que ya imaginaba ¿A dónde conducen estos ríos, a dónde llevan sus tóxicas y amarillentas aguas? Lo sabía desde la escuela, pero no quería aceptarlo; todos ellos corresponden a la cuenca del Amazonas… sí, uno de los santuarios de vida natural más emblemáticos del mundo. Sus consecuencias ya se sienten, no solo allá, sino río arriba, en Bolivia, poblaciones indígenas Tacana, Esse Ejja y otras, que paulatinamente son envenenadas. Y es que invisible, el mercurio avanza por sus ríos, de los que depende su vida y sustento. Sagrados en su cosmovisión, resulta trágico y paradójico que, por intereses y fuerzas ajenas a su cultura y cosmovisión, estos mismos ríos estén contaminando sus existencias.
Desde Riberalta, donde confluyen los Ríos Beni y Madre de Dios, Vincent Vos, biólogo con más de 20 años de experiencia en la región, me explica: “El mercurio entra la cadena trófica; o sea, los pequeños microorganismos lo van absorbiendo en todo un proceso de bioacumulación y biomultiplicación, que hace que el mercurio se concentre en cada organismo y no salga de su cuerpo. Cada miembro de la cadena trófica, animales que se comen unos a otros, van acumulando mercurio y eso hace que cuando nosotros, los humanos, comemos, por ejemplo, un surubí, el pescado tenga un millón de veces más mercurio que la propia agua del río”.
Los datos señalan que, para obtener un kilo de oro, se requieren entre cinco y 10 kilos de mercurio, por lo que su alta demanda está casada con la del oro. El mercado informal de mercurio mueve grandes cantidades del tóxico mineral y no existen controles rigurosos respecto a su transporte y comercialización, por lo que los cooperativistas pueden acceder a este insumo en la cantidad que demanden sus faenas.
Los peces, bufeos, caimanes y otras especies de animales acuáticos, aves y plantas también sufren las consecuencias, tanto que ponen en riesgo las condiciones para garantizar su vida y reproducción al interior de los ecosistemas.
El estudio Mercurio en la pequeña minería aurífera de Bolivia (2021) explica que es común amalgamar el mineral en bruto, es decir, usar el mercurio desde la etapa inicial de molienda, constituyendo una de las peores prácticas de uso indiscriminado del mercurio. Este modo de extracción, ampliamente extendido en los ríos del norte de La Paz, demanda elevadas cantidades de mercurio para mezclarlo en el molino, lo que repercute en los altos niveles de contaminación y perdida de mercurio durante las operaciones en los propios ríos.
En marzo del año pasado, el portal de periodismo y medio ambiente, La Región, informaba que el Coordinador del doctorado en Toxicología Ambiental de la Universidad de Cartagena, Colombia, Jesús Olivero, advertía a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que, en base en 350 muestras científicas, las concentraciones de mercurio en los organismos de los indígenas de la cuenca amazónica del río Beni, tienen entre siete y hasta 27 veces más de lo tolerable por el organismo humano.
También en La Región, el presidente de la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP), Gonzalo Oliver Terrazas, denunció que la contaminación de los indígenas se manifestó en dificultades para el aprendizaje y complicaciones en las mujeres durante los embarazos. Por ello, la organización indígena impulsó una investigación a través de muestras de cabello en 36 comunidades de seis pueblos indígenas: Ese Ejjas, Tsimanes, Mosetenes, Leco, Uchupiamona y Tacanas. Los resultados muestran que de 302 personas analizadas, el 74.5% registran niveles de mercurio que superan los límites permitidos por la Organización Mundial de la Salud.
El metilmercurio, cada vez más presente en los organismos de las poblaciones afectadas, es un compuesto neurotóxico que se fija en los órganos internos como el hígado y los riñones, aunque su acumulación más severa se registra en el sistema nervioso.
“Las comunidades con mayores niveles deben ser atendidas medicamente con prioridad y apoyados con análisis clínicos a las personas. Esta atención debería incorporar las evaluaciones de los potenciales daños neurológicos que ocasiona el metilmercurio, especialmente en los niños”, reza una de las conclusiones del estudio Contaminación por mercurio en comunidades indígenas asentadas en los ríos Madre de Dios y Beni (2023), encargado por la misma CPILAP.
Todo ello tiene sentido considerando el mapa elaborado por el Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB) sobre las concesiones mineras y los recursos hídricos, que grafica cómo el Departamento de La Paz concentra la mayor parte de las concesiones mineras; se trata pues, de sitios de explotación minera aluvial, es decir actividades mineras que afectan directamente la biodiversidad de los ríos Coroico, Challana, Tipuani, Mapiri, Yuyu, Uyuni y Kaka, afluentes todos, del río Beni.
De esa manera, la vertiente tóxica que arrastran estos cauces, avanza aguas arriba, hasta llegar al río Madre de Dios, que alimenta al gran Amazonas que finalmente termina desembocando sus aguas en el océano Atlántico.
A raíz de ello, a través de un documento, más de 60 instituciones, entre fundaciones, iglesia católica, colectivos y colegios de profesionales, entre otros, demandaron al Estado boliviano anular concesiones mineras que, según denuncias documentadas se encuentran afectando el Parque Nacional Madidi, así como a la vida de sus poblaciones indígenas originarias.
Pero el problema no solo se circunscribe solamente al río, no. Como en la economía, la industria del oro y su efecto multiplicador, demanda también otros recursos; las incursiones en las áreas naturales traen consigo el desmonte de los bosques, el uso indiscriminado de maderas, caza desmedida, erosión, avance y crecimiento de la frontera agrícola, todo en desmedro de los delicados ecosistemas.
El oro en cifras
Desde 2010 el precio internacional del oro se incrementó y logró sus valores más altos en 2012, provocando la expansión de las actividades extractivas de oro a nivel internacional, incluyendo las de la pequeña minería aurífera que se caracterizan por el uso intensivo de mercurio. De hecho, la producción de oro en Bolivia registró su mayor volumen en 2019, con una cantidad de producción total de 42 toneladas y un valor de 1.739 millones de USD, según los datos del estudio Mercurio en la pequeña minería aurífera de Bolivia (2021).
En 2019, un año antes de la pandemia causada por el Covid19, la onza troy de oro se cotizaba a 1.292,9 USD; para enero de 2021, la misma onza troy alcanzaba 1.869,11 USD. Mientras que, a inicios de este año, el oro llegó a cotizarse en 1.898,97 USD. Tal es así que, salvo pequeñas fluctuaciones, la cotización del oro en el mercado internacional, no ha hecho otra cosa que incrementarse de forma sostenida desde 2017.
Este desfile de divisas dispara preguntas al aire: ¿Acaso importan las vidas de las familias directamente afectadas por el negocio del oro? ¿Será este metal amarillo más valioso que sus existencias, que el futuro de su territorio y el legado para sus descendientes? Todo parece indicar que el peso y precio del oro determinará lo que vaya a suceder en adelante.
¿Cambiará algo?
En enero de este año, el Gobierno anunció que, dando cumplimiento a compromisos internacionales como el Convenio de Minamata (2013), que tiene por objeto proteger la salud humana y el medio ambiente de los efectos adversos del mercurio, se encararán proyectos para gestionar el uso del mercurio en la minería aurífera, así como ejecutar acciones para controlar y reducir progresivamente la utilización de ese elemento. A más de ello, no hace mucho surgieron noticias sobre acciones de intervención contra actividades de la minería ilegal en Bolivia.
Sin embargo, el daño ambiental hecho está y en algunos casos será irreversible. Con fundamento, Vincent Vas sentencia: “El mercurio no se va, el mercurio que se ha ido utilizando durante todas estas décadas sigue aquí, sigue en el ecosistema, no se biodegrada; va a estar ahí para siempre… en los mercados los peces se ven bonitos, pero están llenos de mercurio, la gente no lo sabe, no lo ve y se los come”.
Y es más complejo de lo que parece, incluso los peces provenientes de ríos ajenos a la actividad minera, también presentan altos niveles de contaminación, pues su dinámica de movilidad y migración, hace que también ingresen a los torrentes de los ríos ya marcados con la mancha indeleble del mercurio, por lo que se contaminan también.
De nuevo, aguas arriba, en los valles del norte de La Paz, no es necesario ser biólogo para comprender que esos ríos no volverán a albergar vida. Cobra sentido aquella sentencia que alguna vez leí: “Cuando muere el río, muere el hombre…”
Suman y siguen: estudios, noticias, anuncios, no obstante, el tamaño y complejidad del desafío parece que desborda las capacidades de instituciones y los responsables de tomar decisiones. Tampoco se habla de plazos o tiempos perentorios para iniciar acciones efectivas para empezar, al menos, a contener o mitigar los dañinos efectos de la minería en la naturaleza y las personas.
Contradictorio también resulta que cada vez, con mayor énfasis, se afirme que en pocos decenios más, por encima del oro, el agua será el recurso más preciado del planeta; que guerras se librarán por sus reservas y otros vaticinios similares que en el fondo no alcanzan a disminuir, ni menos aún remediar los daños que los humanos provocamos a los recursos hídricos.
¿Qué hay de nosotros mismos? Cómodos habitantes de las grandes ciudades… ¿cuánto estamos haciendo para cuidar el agua? ¿cuál es nuestra cuota de participación en la cadena productiva y comercial del oro?
Impotencia es lo que se siento mientras castigo el teclado para dar sentido a estas líneas. Las palabras se deslizan mientras allá, a más de 800 kilómetros de mi cristalino vaso de agua, mercurio, basura, sedimentos mineros, desechos de combustibles y otros que no alcanzo a imaginar, continúan fluyendo por el cauce de esos ríos. Fijo la mirada en esa corriente, me pierdo en su vaivén, cierro los ojos y dejo que el dolor se me clave en la garganta… es verdad, este planeta no merece a nuestra especie •