Los trapiches y las huayrachinas del Cerro Rico
La minería y metalurgia prehispánica requería sencillísimos procedimientos y bajos costos de instalación, razón por la cual hace atractivas estas técnicas de moler el mineral que sacaban de las bocaminas del Cerro Rico de Potosí.
La minería y metalurgia prehispánica requería sencillísimos procedimientos y bajos costos de instalación, razón por la cual hace atractivas estas técnicas de moler el mineral que sacaban de las bocaminas del Cerro Rico de Potosí.
Los trapiches
Se conoce con la denominación de TRAPICHES a los pequeños establecimientos destinados a beneficiar metales de plata. Los trapiches tienen un modo característico de triturar y pulverizar los metales como también en el tratamiento químico empleado para la amalgamación.
El primitivo modo de triturar los metales requería el empleo del QUIMBALETE que funcionaba ejerciendo un movimiento de vaivén con los travesaños que provocaba que la base cóncava triturara los minerales colocados sobre una roca plana enterrada en el suelo y sobresaliente unos diez centímetros, sobre la que se mueve otro gran pedrón redondeado al que se le transmite un movimiento en vaivén mediante dos palancas de madera aseguradas hacia la parte media con correas de cuero. Para su operación eran necesarias dos personas a fuerza de sangre. Los trozos de metal sometidos a su acción, entre la solera, que es la piedra inferior y la voladora, que es la superior, se trituraban fácilmente hasta convertirse en polvo, pero la operación era muy lenta. Esta técnica no era muy recomendable ya que, en el transcurso de una hora de trabajo, apenas se podía moler uno o dos quintales de mineral. Los TRAPICHES estaban ubicados en las zonas de residencia indígena de los alrededores de la Villa Imperial, aunque sus propietarios no siempre eran indígenas y respondían siempre ante un abanico social más amplio. LOS TRAPICHES funcionaron constantemente, desde el descubrimiento del Cerro (1545) hasta el año 1572. Posteriormente se instalaron mecanismos más eficientes que eran impulsados con fuerza hidráulica que reemplazaron la fuerza humana; a partir de allí se sucedieron cambios hasta perfeccionar la mecánica hasta llegar a la construcción de rastras y codos.
Hasta 85 trapiches
El número de trapiches habilitados en la ribera era variable. En el año 1876 existían 73 y luego subió a 85; fluctuaciones que obedecían al estado de bonanza o decadencia en que se presentaban las minas del Cerro de Potosí, generalmente las grandes empresas industriales con cuyos metales sustraídos se alimentaba la industria de los trapicheros. Estos vendían los pequeños tejos de plata que recogen de sus establecimientos, negociaban con los llamados rescatiris, que suministraban pequeñas cantidades anticipadas de dinero a los trapicheros, para que se les reembolse en planchas de plata, a ínfimo precio, relativamente al que la plata tiene en el mercado. El rescatiri tiene sus víctimas cómodas para explotarlas a costa de las cuales se enriquecía en poco tiempo. Las casas de los rescatiris se anunciaban mediante una grotesca pintura emblemática que ponían sobre la puerta de entrada, dentro había una mesa con una balanza y varios piñenes de plata y una fragua cuyo muelle era movido por un indígena minero. También es cierto que los que se dedicaban a este tráfico de pastas de plata al por menor, sufrían la pena de sus expoliaciones en el propio ejercicio de su actividad, pues casi siempre contraían la enfermedad de la intoxicación mercurial proveniente de la continua aspiración de gases de azogue que desprende la fundición de las planchas, operación que por lo regular se hace al aire libre y sin tomar las precauciones que aconseja la ciencia para evitar daños a la salud del operador.
Pequeños volcanes
Los hornos de fundición de plata ya existían en las antiguas culturas andinas. El fuego las acompañó a lo largo de todo su proceso de desarrollo en el que comienzan a descubrir la fundición de los metales. Las HUAYRACHINAS usadas en la época precolombina llegaron a utilizarse en la Villa Imperial de Potosí y fue evolucionando con más avances técnicos.
Cieza de León, con respecto a cómo se veía el Cerro de Potosí en la noche con las huayrachinas prendidas, escribió: “llaman a estas formas Guayras. Y de noche ay tantas dellas por todos los campos y collados que parecen luminarias. Y en tiempo que haze viento rezzio, se saca plata en cantidad: cuando el viento falta, por ninguna manera pueden sacar ninguna” (Cap. CIX; 291)
(Cieza de León. año 1553). El Padre de Acosta también comenta sobre la iluminación que producían estas guayras; “Había antiguamente en las laderas de Potosí, y por las cumbres y collados, más de seis mil guayras, que son aquellos hornillos donde se derrrite el metal, puestos al modo de luminarias, que vellos arder de noche y dar lumbre tan lejos, y estar en sí hechos una ascua roja de fuego, era espectáculo agradable” (Acosta. Lib. IV cap. 9. I58).
Cuando llegaron los españoles a la región de Potosí, los europeos no conocían la tecnología para tratar el mineral que había aquí en los Andes. Una razón fundamental era que la región potosina económicamente fue importante, el conocimiento de la metalurgia era necesario. Es así que el conocimiento y el empleo de estos hornos huayrachinas, de los cuales se han encontrado restos arqueológicos que datan del primer milenio de nuestra era, son pequeños cilindros con agujeros que permitían a los indígenas, de la región del sur de Bolivia, fundir metales muy puros con poco combustible. Los hornos de viento, en donde se lograba fundir tres o más kilos de metal, según señalan los cronistas españoles, no se trataba únicamente de útiles o herramientas para procesar el mineral, sino objetos de culto para los pueblos indígenas que adoraban las “huayras” como también a los minerales. Estos hornos parecían pequeños volcanes que no sólo destellan luces de todas las tonalidades y olores, sino también tienen un bramido muy especial como si estuvieran vivos.
En los Anales de Potosí, Martínez y Vela comentaba: “Antiguamente no se beneficiaba más que el metal de PLATA BLANCA Y EL PLOMO RONCO, los que encontraban rebeldes en las HUAYRACHINAS; pero los otros metales no cedían a este género de beneficio y eran desechados. Al metal NEGRILLO, particularmente, no se supo el beneficio aún muchos años después. Este metal es de cuatro clases: COMÚN, CON ROCICLER, AMASADO Y ESPEJADO” •
* Cristóbal Corso Cruz es miembro de la Sociedad Geográfica y de historia “Potosí”.