Alba, medio siglo después
Era primavera y el frío había cedido, pero, aun así, Potosí se estremeció aquel domingo 20 de octubre de 1974. Allá, en su casa del número 23 de la calle Lanza, Armando Alba Zambrana había dejado de existir.
Era primavera y el frío había cedido, pero, aun así, Potosí se estremeció aquel domingo 20 de octubre de 1974. Allá, en su casa del número 23 de la calle Lanza, Armando Alba Zambrana había dejado de existir.
Multitudinarias fueron sus exequias, en la mejor muestra de cuánto había calado el difunto en la población potosina.
No era para menos…
Desde que debutó en las letras con sus “Voces Áulicas”, Alba se convirtió en una de las figuras más importantes de la literatura potosina del siglo XX.
Mis investigaciones sobre Gesta Bárbara me permiten afirmar que además de poeta, cuentista y editor de libros, también fue actor de teatro.
Su faceta de poeta se advierte desde “Voces Áulicas”, que una de las figuras más emblemáticas de la literatura peruana, Gamaliel Churata, incluyó en la trilogía de las obras fundamentales de Gesta Bárbara. Las otras dos son “Cuando vibraba la entraña de plata”, de José Enrique Viaña, y “La Chaskañawi”, de Carlos Medinaceli.
Como la mayoría de los estudiosos de los bárbaros sabe, Gamaliel Churata fue el seudónimo de Arturo Peralta, que también escribió el prólogo de “Voces Áulicas”, pero estamos hablando de 1918, cuando este escritor utilizaba otro seudónimo, el de Juan Cajal, en alusión a su oficio como cajista en los talleres tipográficos del padre José Zampa.
Uno de los cuentos de este libro, “Aquel pobre”, marcó también el debut de Alba en el histórico primer número de Gesta Bárbara, aparecido el 16 de junio de 1918. Al final del relato, Cajal introdujo estos apuntes:
“La juventud es una promesa del porvenir. He ahí un gesto de optimismo que nimba la rugosidad de las frentes que han pensado mucho….
“Alba tiene derecho a un lauro. Yo aplaudo su energía, su rebeldía; esos son signos indiscutibles de superioridad intelectual. Adelante, poeta, muchas veces la lira debe trocarse en fuerte fustigador”.
El prólogo de Juan Cajal no fue el único saludo a la publicación de “Voces Áulicas” ya que en fecha 1 de diciembre de 1918 apareció una reseña en el periódico potosino La Nación con la firma de Loreley, que era el seudónimo utilizado por Walter Dalence, y de la que tomamos los primeros y el último párrafo:
“Armando Alba acaba de presentarse en la liza, caballero del medioevo, armando de punto en blanco y, tremolando la roja bandera de lo Bello, sobre la triste parcela que solo sabe de las fruiciones del oro y del triunfo brutal del barreno.
“Armando Alba golpea bravamente con su espada en los lomos de la Bestia inconsciente, y golpea tan recio y tan seguido, que esta se vuelve a su paso, para ver al nuevo Quijote que, por las tierras del Potosí, comienza a peregrinar en busca de los soñados ideales presentidos en las horas azueles de un delirio morfinómano.
(…)
“Yo, humilde cantor del pesimismo, solo puedo concluir estas líneas mal pergueñadas con estas frases: Bienvenido, Quijote, a estas tierras. Vamos juntos, una misma es nuestra senda y demos el hermoso espectáculo de dos Quijotes en marcha; libre de importunos Sanchos y Panzas que nos adviertan que lo que creemos gigantones son moscas, y la que resquebrajamos una triste maritornes. ¡Bienvenido, Quijote!”.
Alba Zambrana debió haber tomado muy en serio estas palabras porque llegó a convertirse en uno de los mejores amigos de Walter Dalence, como prueban los poemas que se dedicaron mutuamente en posteriores publicaciones.
Su faceta de actor de teatro es un dato nuevo, que aparece en artículos sueltos del año 1919. Así, en La Nación del 11 de mayo de ese año, se anunciaba el estreno del drama “La revancha”, escrito por Walter Dalence, y se publicaba el reparto en el que aparecía Armando Alba haciendo dos papeles, el de Luis Gradín y el de sargento chileno, mientras que otro integrande de Gesta Bárbara, Valentín Meriles, interpretaba al coronel retirado Guillermo Gradín.
Este drama se estrenó el 15 de mayo de 1919 y, tres días después, el mismo periódico hablaba de “Su brillante éxito” apuntando que “las brillantes escenas patrióticas electrizaron a la numerosa y pocas veces vista concurrencia, al extremo de que los aplausos fueron continuados”. La crónica periodística agregaba que “la escuela dramática, con esta nueva representación, ha consechado los más marecidos aplausos y elogios, y los señores Meriles, José Rúa, Alba, (Manuel) Basconez, Garrón, R. Rúa, Sterverling, han estado felices”.
Otra de sus facetas fue la de pintor.
Lo atestigua una obra suya que forma parte del acervo de la Casa de la Libertad. Es una acuarela a doble cara, oficialmente sin título, en la que se puede ver a Antonio José de Sucre, abatido en el piso, y un hombre junto a él, supuestamente el sargento Lorenzo Caicedo.
El cuadro pretende ser novedoso puesto que, al ser pintado en anverso y reverso, muestra la escena de frente y de perfil.
Alba, entonces, fue multifacético, además de hombre público, puesto que también fue soldado en la Guerra del Chaco, munícipe, presidente del Concejo Municipal, alcalde y prefecto de Potosí, además de ministro de Estado y embajador de España en Bolivia.
Indudablemente, su mayor legado es la Casa de Moneda a cuya restauración dedicó gran parte de su vida, trabajando sin horarios y sin sueldo, por lo menos hasta 1945.
Aquí hay que agregar que, mientras dirigió la Casa de Moneda, abrió la Editorial Potosí, un emprendimiento que permitió rescatar algunos de los más importantes libros que hoy forman parte del acervo cultural potosino y boliviano. Mientras funcionó, llegó a editar 87 títulos.
Como se puede ver, el legado de Armando Alba es vasto y digno de estudio, no mediante una biografía, sino una cátedra universitaria. Lamentablemente, eso es algo a lo que no podemos aspirar en un país como Bolivia, que ha perdido el academicismo.
Por ello, al cumplirse medio siglo de la muerte de Armando Alba Zambrana, he preferido recordar su vida y por lo menos compartir unos apuntes de su legado •
“Al que se va”
El 1 de enero de 1919, Walter Dalence Morales publicó en La Nación un poema titulado “Al que se va”, refiriéndose al año 1918, e incluyó esta dedicatoria: “sean para Armando Alba, el compañero de una futura bohemia, estos versos locos”. Esos “versos locos” que son una clara despedida:
“Te marchas, viejo huraño, cargado de pesares,
“llevando en tu bagaje la sombra de un dolor;
“la sombra de mi padre que anima mis cantares,
“la imagen de una ingrata y el eco de un amor.
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“Te marchas, viejo huraño, de tierras seculares,
“te marchas del poblacho que gime en el error;
“te alejas como aquellos fantásticos juglares
“que juegan con la vida, la sangre y el pavor.
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“Me hastía este poblacho. Me iré por tu camino.
“Me iré muy pronto, viejo, cual hijo del beduino,
“cansado de un oasis mezquino y criminal.
“Donde todo es ultrajes al ser incomprendido,
“y se lo llama loco y es tan solo un perdido,
“y se besa su nombre; magnífico y triunfal”.
Fotografías: Del autor, Archivo de Armando Alba y Casa de la Libertad