Sobre la identidad del indigenismo
Se cree que la historia de Bolivia ha sido solo un juego de pasiones y concupiscencias en el que no han actuado sino la arbitrariedad y el interés y en el que, precisamente a lo largo de los años de formación y entronque del Estado boliviano
Se cree que la historia de Bolivia ha sido solo un juego de pasiones y concupiscencias en el que no han actuado sino la arbitrariedad y el interés y en el que, precisamente a lo largo de los años de formación y entronque del Estado boliviano, el concepto de identidad apenas si ha sido traspasado a ser un juicio de valor intrascendente y no repensado por nosotros; bolivianos sujetos a detenernos apenas por instantes a mirar esta ilustración que sujeta en sus colores a dos décadas traspasadas de efervescencias y desengaños…
El indigenismo
“Muerta y bien muerta está la civilización precolombina del Perú —decía José Eduardo Guerra— la mató con la cruz, con la espada, con el idioma el conquistador español cuando ya estaba en plena descomposición”. Y aún más radical, Gabriel René Moreno escribía: “Esa raza de cobre ha rendido ya sus pruebas secularmente. Su poder y su civilización no resistieron en el imperio peruano al primer contacto del poder y de civilización de un grupo de blancos aventureros. Su herencia es hoy para nosotros nada. Ningún nuevo factor, ni uno solo ha aportado esa raza a la cultura ni al concurso de la actividad moderna de nuestro país, Bolivia”.
Este modo de pensar era afianzado a principios del siglo XX, cuando se lo comparaba con el europeo, que era la perfección en sí misma. Por ello, el ideal era sustituir al indio con hombres de raza blanca, porque los ejemplos habían sido muy claros: Los Estados Unidos, la Argentina, Chile, Brasil se transformaron para bien con el caudal de sangre europea, e igual cambio se deseaba para Bolivia. Los políticos pedían inmigración y más inmigración no solo como una política de Estado, sino como la panacea que salvaría al país.
Pero… la anhelada inmigración no se produjo. A pesar de muchas medidas administrativas estatales, Bolivia no consiguió que una corriente inmigratoria de importancia llegara al país. Y al revés, la población indígena, lejos de desaparecer, crecía más. Luego, ya fue un hecho la indianización del país tan temida y por eso, los límites entre indios, mestizos y blancos fueron solo los convencionales y, esencialmente, la dirección de las actividades políticas, económicas y culturales recayeron a manos mestizas. Es claro entonces el porqué de que haya surgido en el país una nueva actitud de comprensión hacia el indio como cimiento biológico de la nacionalidad.
Sin embargo, las tendencias señalan en este nuevo siglo que Europa está perdiendo el prestigio que la catalogaba como modelo de sistema, que la decadencia ahora lo califica como artificioso y fratricida mientras el indio pasa a ser sabio, puro, generoso, aunque deprimido temporalmente por la explotación y los abusos. Y es cuando la proclama se hace unánime: “La civilización india no había muerto sino que escondida, acechaba entre sus montañas a lo que no se llevó la conquista, esperando el momento de aplastar la hipocresía jesucristiana y cerrar el paréntesis que la hispanidad había abierto”.
Es el momento en que el indigenismo se divide. Unas veces aparece como una feroz aspiración al renacimiento de la cultura andina —ya Keyserling decía que la antigüedad del pueblo boliviano era la garantía de su porvenir—, Tiahuanacu alcanza los contornos de un mito, escritores y poetas afirman que sus ruinas deben ser el Partenón de América. La otra forma de indigenismo y no menos exótica es la que alcanza a ver en la cotidianidad a un ser indígena excepcional; se estudian sus instituciones económicas y sociales, se exalta su conducta y sus valores ético – ancestrales, se investiga su folclore, se imita y cultiva su arte y todas sus manifestaciones para incorporarlo a cultura del país. Y claro, también están los que indigenizan todo, tanto que la sátira del ecuatoriano Saúl Mesa se torna en verdad: “A nuestro sufrido aborigen le ha surgido un nuevo explotador. Ya cargaba sobre su lomo afligido al gamonal, al cura, al abogado y al político y ahora debe soportar además al literato”. Sin embargo, es al indigenismo político al que aluden los librepensadores de ultranza a lo largo de su rutina, signándolo de propositivo en cuanto a la reivindicación económica y social del indio, pero intensamente negativo en la secuela sociológica del país que une dogmáticamente este modo de ser con los eufemismos doctrinarios partidistas, que utilizan su pobreza material y espiritual en su propio beneficio.
¿Cuánto de realidad o de ficción…?
¿Cuánto de realidad o de ficción existe en estos conceptos? El actual partido de gobierno apostó por un Ministerio de Descolonización para arrancar de cuajo todas las vertientes blancoides y por tanto “borrar del nuevo Estado Plurinacional toda huella colonial” y, es claro que fue imprudente esa aseveración puesto que sus raíces son mucho más que extensas.
Lo que simbolizaba la República no tendría que estar ahora y lo que subraya el Estado Plurinacional no cabe en lo actual. ¿Es que la memoria histórica es especialmente intolerante en tiempos de ausencia de identidad?
¿Qué de los juegos de intereses…?
¿Qué de los juegos de intereses especialmente tortuosos en nuestro país?
Bolívar y Santa Cruz, en 1825 y 1831, ratificaron el derecho a la comunidad, entre otras cosas, porque el país vivía en buena medida del tributo indígena que empezó a declinar en 1860 con el auge de la plata, pero, el gobierno de Melgarejo, en 1866, decreta la obligatoriedad para los indígenas de recabar sus títulos de propiedad pagando para ello entre 25 y 100 bolivianos, según el caso, y dándoles un plazo de sesenta días, que superados entrarían en subasta pública.
Así comenzó el remate y la compra de tierras de los 480.000 indios propietarios y el planteamiento señalaba “que era necesario arrebatarles la tierra a los indígenas porque estos, indolentes, ignorantes y carentes de todo conocimiento técnico, mantendrían el estancamiento de la agricultura; en cambio los blancos progresistas mecanizarían el campo y lo harían más productivo… pudiendo pasar de colono pobre a rico y acomodado”.
Sin embargo estas medidas, que ocasionaron fuertes levantamientos indígenas, son revocadas en 1871 en el gobierno de Morales y, posteriormente, en esta misma línea se adscriben los gobiernos de Ballivián y Daza. Tomás Frías promulga en 1874 la Ley de exvinculación, donde se reconoce la propiedad soberana y personal de los indios sobre su tierra, pero que rompe a profundidad la comunidad; por eso precisamente el nombre de exvinculación o fractura de la base de una relación secular del indio con la tierra dentro de una comunidad indivisible.
Es claro que esta ley respondía a una visión modernizadora para el agro, pero también a una latifundista. Sin embargo, Frías no aplicó la ley que, solo después de un arduo debate, entró en vigencia en 1880. Aunque en verdad se mensuró la tierra, se estableció su titulación y se abrió el mercado libre de compra y venta de tierras que desarticuló las comunidades hasta reducirlas a menos de un 25% de su extensión original, ampliando más bien el número de colonos semiesclavizados por el pongueaje y una relación salarial de superexplotación. Ciertamente, este fue un período que además recaló en diversos levantamientos indígenas, donde la gran rebelión de Zárate Villca coincide con la Revolución Federal.
¿Segregacionismo, racismo o…?
¿Segregacionismo, racismo o política de Estado?
No se sabe cuánta gente pedía el federalismo en Bolivia o cuántos abogaban por la Ley de Radicatoria, pero lo que sí es claro es que La Paz, a lo largo de las dos décadas de gobiernos conservadores, empoderados por el precio del estaño, había centuplicado sus recursos y reforzado al extremo sus arcas, tanto que soñaba con ejercer y ser titular de la capital, mientras que Sucre, en notoria caída económica por la caída de la extracción de la plata, en alerta y temor había empeñado toda su oratoria para que el Congreso, el 18 de noviembre de 1898, proclamara dicha norma, que exigía al presidente su presencia permanente en la Capital de la República. Al ser aceptada, hizo que la bancada de La Paz abandonara el Congreso y la ciudad.
El 12 de diciembre se formó una Junta Federal de gobierno y se declaró la Guerra Civil. José Manuel Pando, que era el jefe de los liberales, estuvo a la cabeza y Alonso, que había sido más bien conciliador, no tuvo más remedio que dirigir el Ejército del Sur, que enmarcó los enfrentamientos en La Paz, Oruro y algunas provincias de Potosí y Cochabamba.
De enero a abril de 1899, el norte y el sur se enfrentaron, pero, irremediablemente, Pando tuvo el decisivo apoyo de los contingentes indígenas liderados por Zárate Villca, que asumía sus reivindicaciones y que en las provincias de Aroma, Chayanta, Tapacari y Ayopaya cercaron y diezmaron al ejército de Alonso. La historia anota que los batallones Húsares y Monteagudo, ambos en Viacha, cometieron abusos en su búsqueda de alimentos, saqueando las poblaciones de Corocoro y Santa Rosa y donde se dice que fueron masacrados 90 indígenas, generando la repulsa de estos hacia el batallón Sucre, que fue permanentemente hostigado por los indígenas.
En Cosmini, Pando derrota a Alonso y el intercambio de disparos concluye con la violenta explosión de un carro cargado de municiones, que precipita la fuga y derrota alonsista. Los heridos que se quedaron en Ayo Ayo fueron cercados esa noche fatal por más de un centenar de comunarios que, sin respetarse el templo donde estaban refugiados, fueron asesinados. Así, murieron 27 soldados y el capellán.
Mariano Baptista, terriblemente indignado, escribió el libelo ‘Lugentis Campi’, o “Campo del dolor”, sinónimo del dolor chuquisaqueño por haber perdido a sus más preciados jóvenes; es considerado como un manifiesto demoledor por el racismo contra los aymaras. En Mohoza, los abusos de las tropas a los pobladores hicieron que la hueste indígena comandada por Lorenzo Ramírez rodeara a los 130 militares del Escuadrón Pando; estos, refugiados en el templo, fueron vejados, torturados y asesinados salvajemente. Extrañamente, eran soldados federalistas que, igual, sufrieron la más cruel de las muertes.
Era abril cuando Pando entró triunfal a Oruro al lado de Zárate Villca. Una multitud vitoreaba e indios y soldados saludaban la victoria. En cuatro horas los federales habían derrotado a las fuerzas del sur, con más de 1.000 víctimas entre muertos y heridos.
Luego, Zárate “El Temible” y Pando presumiblemente se dieron cuenta de sus ganancias y el primero buscó el levantamiento de reivindicación que había sido su norte y, cuando casi lo lograba, el segundo que sencillamente lo usó; astuto, inició la represión. El 22 de abril de 1899 Zárate Villca y su estado mayor fueron hechos prisioneros en Sicasica, torturados y vejados, hasta la muerte del líder aimara en 1903.
En noviembre de 1898, con la Ley de Radicatoria, se inició la Guerra Federal entre dos regiones que hermanas, fruto de una razón histórica y liberadora, debieron apoyarse y respetarse siempre.
Hoy, luego de que el país se debate sobre sus identidades diversas, ¿habrá razones para pensar que existe una identidad capaz de sustentarnos como bolivianos? •
* Diana González O. es miembro de la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre (SGHS).