Después de Ayacucho

Durante la guerra en el Perú, no todo fue como imaginamos: había indios y hasta poblaciones enteras que eran realistas y, por tanto, rechazaban al ejército libertador. Tras la victoria de Ayacucho, habitantes de Huanta atacaron a los patriotas y les robaron sus cosas.

Monumento a la gloria de Ayacucho.

Monumento a la gloria de Ayacucho. Foto: Daniel Oropeza Alba

Recreación de la batalla en diciembre de 2024.

Recreación de la batalla en diciembre de 2024. Foto: Gobierno del Perú

Recreación de la batalla en diciembre de 2024.

Recreación de la batalla en diciembre de 2024. Foto: Gobierno del Perú


    Juan José Toro Montoya
    Ecos / 27/01/2025 23:42

    “Dentro de seis días marcho para el Cuzco, y en un mes nuestro ejército habrá tomado posesión de todo el territorio de esta República. Antes del Desaguadero será necesario invernar. Respecto a las provincias del otro lado del Desaguadero, no sé lo que piensa el Libertador, pues correspondiendo al Virreinato de Buenos Aires, ignoro cuál sea la conducta del Libertador, ni la que toque a nuestro ejército. Ojalá que en estos seis meses viniera mi relevo; no tengo ganas de meterme en nuevas andanzas; deseo un poco de reposo después de tanta agitación, y no es justo que todo el trabajo pese sobre unos solos; puede distribuirse entre tantos que somos. Mi aspiración es una vida privada, crea Vd. que lo digo sinceramente”.

    Con esas palabras, Antonio José de Sucre le confesaba al entonces presidente en ejercicio de Colombia, Francisco de Paula Santander, que quería irse a casa. Deseaba dejarlo todo, incluso la gloria, porque a sus escasos 29 años solo aspiraba al retiro.

    Era difícil creer que aquel hombre era el mismo jovencito exultante de hacía apenas cuatro días, cuando se paseaba triunfante por el humo todavía caliente de la Pampa de la Quinua, paladeando las mieles del triunfo.

    “La victoria de Ayacucho, el 9 de diciembre, es el más brillante testimonio y el monumento de más honor que pueden levantar los americanos a la libertad. 9.310 soldados españoles que habían triunfado 14 años en el Perú, han sido perfecta y completamente batidos por 5.780 de nuestros bravos. Diez y seis generales españoles, 500 jefes y oficiales, todos los restos de su ejército, todas las guarniciones que tienen en las provincias, todo el territorio de la república que ocupaban, la plaza del Callao, todos los parques, almacenes militares y cuanto pertenecía al gobierno español (entregado sobre el campo de batalla a las armas libertadoras) es el resultado de esta victoria” (Ídem, 508).

    Pero la vida continuaba… y la guerra también.

    El grueso del ejército realista había sido derrotado en Ayacucho en aquel 9 de diciembre de 1824, pero no eran los únicos enemigos. “El pueblo de Huanta no sólo se ha sublevado contra las tropas libertadoras desde el 16 del mes pasado, sino que sus habitantes y los de todo su partido nos han hostilizado en todos sentidos. Han matado nuestros enfermos, han quitado las cargas que iban para el ejército, han robado los equipajes, han cometido en fin toda especie de daños, y últimamente presentaron una montonera de dos mil hombres para servir a los españoles”, escribía Sucre desde Huamanga el 15 de diciembre. Desde luego que hubo represalias por esa actitud. Se impuso a los indios de Huanta la obligación de pagar el tercio que debían entregar ese mes a los recaudadores del gobierno español, pero se liberó de esta a los habitantes de Quinua, Acosvinchos y Guaychas. 

    Los ataques de los huantinos dejaron a muchos de los combatientes de Ayacucho sin equipajes e incluso ropa. “Los oficiales están completamente desnudos; todos han perdido sus equipajes; he hecho una contrata con Balaguer por 50.000 pesos para vestirlos, y sobre ellos he librado allá 25.000 que se repondrán del dinero puesto a Huanta de contribución para pagar los equipajes”. (Ídem, 520). 

    Esta situación complicó especialmente a los combatientes colombianos, que se encontraban lejos de sus lugares de origen y no podían ser auxiliados como quizás pasó con muchos de los peruanos. Proveerles de vestuario, entonces, se convirtió en una prioridad, aunque primero se debió frenar la insurrección a punta de fusilamientos ya que los indios de Huanta llegaron a matar a los heridos y hasta “al comandante Medina, edecán de S.E. el Libertador” (Ídem, 521).

    El 14 de diciembre, el Ejército Libertador de Sur, vencedor de Ayacucho, inició su marcha rumbo al Cuzco, aunque por divisiones. “Los Húsares están en Huanta, y todo el Batallón Vargas se halla ocupado en perseguir a los dispersos y recorrer los pueblos del partido de Huanta” (Ídem, 525). Pero las previsiones de Sucre iban a ser insuficientes para sofocar el odio de los indios huantinos que ya se había expresado incluso antes de la batalla. Desde Huamanga, culpó a los curas realistas por lo sucedido y dispuso que paguen una contribución de 20.000 pesos para indemnizar el robo de los equipajes. 

    Entendiendo que se había logrado liberar al Perú, algunos de los oficiales colombianos pidieron volver a su patria y se concedió el pedido a aquellos que tenían familia numerosa. En el caso del Batallón Bogotá, que comandaba León Galindo, ascendido a coronel efectivo por sus méritos en la Batalla de Ayacucho, el teniente Carlos Lee pidió licencia y el capitán Gregg solicitó un permiso de 18 días para volver a su tierra. Ambos pedidos fueron derivados al Libertador Bolívar que, para entonces, no había dado instrucciones claras de lo que pasaría con las divisiones colombianas y mucho menos con las provincias del Alto Perú.

    Sucre partió al Cuzco el 20 de diciembre reportando que la insurrección había cundido a dos Departamentos y pidiendo al general Andrés de Santa Cruz que se encargue de ese tema ya que la primera división del general Jacinto Lara iba a salir el 1 de enero. Sus previsiones iban a servir solo para el año siguiente, puesto que las tropas que se quedaron sofocaron dos levantamientos huantinos; pero la situación iba a ser insostenible en 1826, cuando se revitalizó la furia de esa región en un alzamiento que se prolongaría hasta 1828, pero, para entonces, Sucre ya tenía sus propios problemas, en un país que, en 1824, todavía no existía. Por aquellos días inmediatamente posteriores a la victoria en Ayacucho, el alto Perú no figuraba en sus planes: “Tal vez en dos meses puedo poner tropas en La Paz, pero necesito órdenes de Vd. y explicaciones, sobre todo si es que Vd. no me hace el favor de relevarme; aunque creo desesperarme entendiendo ya en más cosas públicas que me tienen aburrido” (Ídem, 557), le escribió al Libertador desde Huamanga. 

    Es probable que Bolívar no respondía sobre el tema del alto Perú porque ya había entablado correspondencia con el gobernante de facto de ese territorio, el mariscal Pedro Antonio de Olañeta, a quien el 17 de diciembre le decía desde Lima que “un pariente de V. S., residente poco ha en Buenos Aires, nos ha asegurado de los sentimientos de V. S. por la causa del Nuevo Mundo. Habiendo tenido yo comunicaciones del señor Funes en que me aseguraba de las buenas disposiciones de V. S. por entrar en relaciones amigables con nosotros, según la declaración del dicho pariente de V. S., me determiné a encargar al señor general Sucre entablase con V. S. una negociación que asegurase los derechos y los intereses de ambos partidos. A este efecto dejé firmas en blanco al mismo señor general Sucre, para que no se retardase por falta de mi firma, la reconciliación de V. S. con nosotros” (LECUNA; IV, 223). La referencia a ese pariente sin identificar desmiente que Casimiro Olañeta haya sido la única influencia en la conducta de su tío Pedro Antonio quien se había rebelado contra el virrey del Perú el 22 de enero de ese año y, por tanto, había mermado el ejército realista que luego fue derrotado en Junín y Ayacucho.

    Pero, por otra parte, ni Bolívar mismo sabía qué hacer después de la victoria de Ayacucho. “No puedo hablar a Vd. fijamente de lo que hará el ejército de Sucre; porque no sé, en este instante, ni su estado ni su dirección. Yo deseo que marche inmediatamente al Cuzco y a Arequipa; pero el invierno debe molestarlo infinito en su marcha” (Ídem, 225), le escribía a Santander el mismo 20 de diciembre en que Sucre estaba partiendo al Cuzco. El Libertador no le escribió sino hasta el 20 de enero de 1825 y hasta tuvo tiempo de mandarle una carta a Jacinto Lara una semana antes. Cuando por fin lo hizo, le animó a seguir: “Mi querido general, llene Vd. su destino, ceda Vd. a la fortuna que lo persigue, no se parezca Vd. a San Martín y a Iturbide que han desechado la gloria que los buscaba. Vd. es capaz de todo y no debe vacilar un momento en dejarse arrastrar por la fortuna que lo llama” (Ídem, 249). Y, para ese momento, la fortuna que lo llamaba parecía estar en el alto Perú.

    Salió de Zepita el 7 de febrero, cruzó el río Desaguadero e ingresó a La Paz al día siguiente.

    El resto es una historia que cumple 200 años este 2025 •

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