Trump y Milei, amados y odiados por igual

La comparación no es nueva. Algunos insisten en llamarlos “fachos”, con el estigma que representa cualquier emparentamiento con el fascismo y “el Führer”, Adolf Hitler, de la Alemania nazi, cuyos seguidores acaban de constituirse en la segunda fuerza política de su país.

Trump y Milei, amados y odiados por igual Trump y Milei, amados y odiados por igual Foto: The Economist / Internet

Oscar Díaz Arnau
Ecos / 07/03/2025 22:39

La comparación no es nueva. Algunos insisten en llamarlos “fachos”, con el estigma que representa cualquier emparentamiento con el fascismo y “el Führer”, Adolf Hitler, de la Alemania nazi, cuyos seguidores acaban de constituirse en la segunda fuerza política de su país. Ningún fenómeno aislado: la extrema derecha se viene fortaleciendo en naciones tan poderosas de la Unión Europea como Francia, Italia y España.

Desde América, Donald Trump y su amigo en el Cono Sur, Javier Milei, están marcando el paso de la política internacional a base de un discurso que suena firme, autoritario e incluso violento. Sobre todo el presidente de Estados Unidos, que en poco tiempo ha pasado de la palabra a la acción con sus deportaciones masivas de inmigrantes ilegales. Sus pensamientos radicales han dividido el mundo en dos (nuevas) mitades, uno que ya venía polarizado pero que ahora se ha endurecido con fuertes dosis de odio, como alentando a la confrontación.

De a poco se van archivando los tradicionales paradigmas de ‘izquierdas’ y ‘derechas’ para dar paso a otros relativamente modernos como los de progresismo —bajo la apariencia de un pujante ‘globalismo’— que encuentra su polo opuesto en los más conservadores ‘nacionalismos’ —con su correlato comercial: el ‘proteccionismo’—.

En el siguiente reportaje —apenas una introducción por la complejidad del tema, que iremos desarrollando en futuras ediciones de la revista ECOS—, expertos bolivianos y extranjeros analizan las ideologías imperantes.

“Mango Mussolini”

Entre los apodos que le han sacados sus detractores está ese: Mango Mussolini. Por el fundador del moviimento fascista desde Italia y por el color de su piel. Trump, prácticamente sin resistencia interna entre los republicanos y ahora arropado por el nuevo poder detrás del trono: los CEO de las gigantes tecnológicas, avanza como topadora sin freno.

Lo políticamente correcto no forma parte del diccionario de estos personajes cuyo relato acapara la atención en todos los foros y genera un volumen informativo que no se veía hace mucho tiempo. Así ha logrado legitimar sus postulados en detrimento de las ideas conservadoras aún respetuosas de las instituciones y, ni qué decir de las que se recuestan sobre la vieja izquierda buscando sobrevivir como pueden con sus caballitos de batalla: feminismo, movimiento Lgtbi+, aborto, igualdad, justicia social, agenda medioambiental.

Con semejante respaldo, que trasciende las fronteras de su país, la concentración de las decisiones en una sola persona en el Gobierno de EEUU tampoco se ha visto en décadas. Y si de algo se arrepiente Trump de su primera administración es de haber nombrado a personas que le pusieron trabas a sus políticas más agresivas.

John Kelly, su exjefe de Gabinete, uno de los hombres que más lo conoció, el año pasado declaró a The New York Times que “gobernaría como un dictador si se lo permitieran”. Y luego, sin ambages, se atrevió a señalar que reúne las condiciones para ser considerado un ‘fascista’. No solo eso. En varias entrevistas, reveló que su antiguo jefe había manifestado que quería “el tipo de generales que tenía Hitler” y que “comentó más de una vez que ‘Hitler también hizo algunas cosas buenas’”.

Para su antiguo leal hombre de confianza, el fascismo es “una ideología y un movimiento político autoritario y ultranacionalista de extrema derecha caracterizado por un líder dictatorial, una autocracia centralizada, militarismo, supresión forzosa de la oposición y una creencia en una jerarquía social natural”.

Otro converso es nada más ni nada menos que el actual vicepresidente de EEUU, James David Vance, quien en el pasado también supo comparar a Trump con el caudillo del Tercer Reich. Hoy, J.D. Vance, de 40 años, es un conservador militante trumpista al que se presenta como la continuidad de su líder al frente del movimiento Make America Great Again (MAGA).

Un enfant terrible

El histriónico Milei (un enfant terrible que juega a regalar motosierras —la última, a Elon Musk— y a soltar gritos cuando se encuentra con políticos amigos), abocado de lleno a su “batalla cultural”, así como a su campaña contra el ‘wokismo’ (del que nos ocuparemos en una siguiente entrega), se muestra menos pragmático que Trump.

Montado en su —hasta el momento— exitoso programa económico de gobierno (paréntesis para su reciente escándalo mundial con la memecoin $Libra), es también el tornadizo Milei, el que, dejando de lado las ideologías, había dado señales de acercamiento con China por comercio, pero, con el ascenso de Trump al poder, se olvidó de todo eso y decidió recordar que era un libertario a ultranza, o un paleolibertario, por lo que debía seguir a su admirado presidente de EEUU para darles la espalda no solo a los chinos, sino también a la Ucrania de su (otro) “amigo” Zelensky.

El actual gobierno argentino deja mucho que desear en materia de respeto a los derechos de los demás cuando su presidente, de nuevo copiando la estrategia trumpista, arremete con insultos contra periodistas y políticos que lo cuestionan. Esto sirve de alimento para los que andan a la pesca de los desatinos de líderes (mal)acostumbrados a la prepotencia. Un “clima de época”, como lo califica el periodista argentino Marcelo Longobardi; una época de líderes carismáticos que se sienten cómodos con la pelea, con el ataque sin piedad al rival de turno. Y de esto también hablaremos pronto en este mismo espacio… •

“No cumplen todos los requisitos, aunque hay ciertos indicios”

Andrés Guzmán Escobari, analista en temas internacionales

“Yo diría que ni Milei ni Trump son fascistas. Ninguno de los dos porque no cumplen algunos de los requisitos; si bien cumplen algunos: ambos son muy nacionalistas, anticomunistas y también un tanto autoritarios, no cumplen otros requisitos del fascismo como ser el antiliberalismo. Definitivamente, Milei es muy liberal, un tipo ultraliberal, anarcocapitalista que en ningún caso podría ser fascista porque los fascistas son antiliberales.

Y por el lado de Trump, creo que tampoco cumple con todo porque, más allá de todo, de su autoritarismo, es democrático, es un presidente, como igualmente Milei, legítimo, democráticamente elegido, y que no tiene intenciones de establecer un solo partido bajo un solo liderazgo, que es otra característica del fascismo. Por lo menos no, por lo pronto o no hasta ahora, no ha mostrado esa intención, y vamos a ver qué pasa en el futuro, pero... todo me hace pensar que la institucionalidad de Estados Unidos es tan fuerte que sería muy difícil que Donald Trump pretenda perpetuarse, por ejemplo, o imponer una dictadura al estilo fascista totalitario.

Así que mi respuesta es no, no cumplen todos los requisitos, aunque claramente hay ciertos indicios o ciertos elementos que sí los cumplen”.

“Son grupos de carácter fascistoide”

Chunka Gutiérrez, analista político

“El mundo del día de hoy se encuentra polarizado a partir de la existencia ya no tanto de izquierda, de derecha o de socialismo y capitalismo, sino entre progresistas y conservadores. Ahora claro, hay que tener mucho cuidado en la idea de progresismo y conservadurismo porque tiene un conjunto de matices y, de acuerdo a las particularidades de cada espacio y cada dirigente, esto puede tener otras connotaciones. Los progresistas apuntan a superar la idea de la dicotomía burguesía-proletariado, la lucha de clases, y al principio dialéctico de la contradicción, de las luchas entre, por ejemplo, géneros; el tema es entre etnias. En tanto que los conservadores asumen unas posiciones más, en algunos casos, ultranacionalistas o contrarias a esta visión de género o de etnicidad.

Ahí aparecen en el mundo posiciones neopopulistas: de izquierda, de derecha, de centro; a veces son de izquierda, de derecha en el mismo momento, pero son neopopulismos que se caracterizan primero por su desprecio a la democracia, tienen un comportamiento autoritario. Segundo, fundan su presencia en un líder carismático: fuerte, poderoso. Tercero, tienen una aproximación a sectores fuertemente corporativos. 

Es el caso específico de Trump, por ejemplo, que recurre a los viejos obreros de la primera o la segunda revolución industrial, de la fábrica Ford, etc., y Evo Morales hizo lo propio acá. Y ahí tienen comportamientos autoritarios corporativos mesiánicos que los aproximan al fascismo.

Por lo tanto, aquí estamos viendo una idea muy puntualizada de que el neopopulismo, sea de izquierda o de derecha, es un neopopulismo de corte fascistoide. No hay desde mi punto de vista todavía la lucha de globalismo o de nacionalistas porque las políticas de Trump, que hablan de fortalecer EEUU con todo, sin embargo se meten con Gaza, se meten con Panamá, hay una propuesta universal como del otro lado también. Entonces sí, hay estos movimientos, Trump, Milei son grupos, sobre todo Trump, de carácter fascistoide”.

“No me animaría a calificarlos de fascistas”

Álvaro del Pozo, internacionalista

“A mi juicio, y marcando ciertas diferencias entre uno y el otro, no podríamos catalogarlos de fascistas. En principio, me refiero al señor Milei: creo que claramente nos muestra que su ideología se fundamenta en el liberalismo. Él ha denominado su corriente libertaria, y sobre todo,esta ideología tiene la característica de abrirse al mundo en términos de libertad económica y libertades que se pueden traducir en el respeto a la propiedad privada, los derechos individuales, toda esa riqueza ideológica que nos ha regalado la Revolución Francesa y, por supuesto, el constitucionalismo inglés y en su momento también la Independencia norteamericana. Entonces, yo inscribiría a Milei desde una corriente libertaria, pero con una fuerte base ideológica del liberalismo. Por lo tanto, no tendría ninguna posibilidad de inscribirlo como fascista. Más aún cuando Milei comparte un gobierno con otros poderes, el Legislativo y el Judicial, y el fascismo tiene como característica justamente esa interdependencia de los poderes, ese control mutuo. Entonces, creo que ahí no tengo ninguna duda.

En el caso del señor Trump, yo considero que tampoco se lo podría calificar de fascista, pero los rasgos de Trump pueden ser mucho más autoritarios, de estos autoritarismos que han venido surgiendo a finales del siglo pasado y en el presente siglo. Más allá que la corriente ideológica puede ser de derecha o de izquierda, para ponerle una etiqueta, hay un autoritarismo que se ha impuesto en muchas potencias: China, Rusia, países del Socialismo del Siglo XXI como Venezuela, Nicaragua, fundamentalmente. Ese autoritarismo quizá puede llevar a pensar en muchos casos a interpretar que estas acciones de Trump podrían ser calificadas de fascistas.

Siendo rigurosos con el tema del fascismo, yo no me animaría a colocarle en esa tecitura; es decir, calificarlo de fascista, porque contiene que el poder de un Estado, cuando es un Estado fascista, recae en una sola persona y el Estado se divide en corporaciones, es decir, es un estado corporativista. Trump sí podríamos decir es un presidente con una falta de sentido de Estado y un alto sentido de empresa. Y es ahí donde creo que el presidente de EEUU refleja ese autoritarismo muy propio de empresarios que están acostumbrados a dirigir empresas cuyos salarios, cuyos sueldos salen de ese movimiento económico empresarial individual.

Entonces, es muy probable que a Trump esa visión empresarial le juegue en contra por el sentido que hay notoriamente un déficit de sentido de Estado. Pero, para concluir, no me animaría a calificar de fascistas a ninguno de los dos líderes. Haciendo las diferencias entre uno y otro, podemos decir que Trump sobre todo tiene una característica de autoritarismo, que para muchos ojos se puede interpretar como algún reflejo de un gobierno fascista. En mi caso no comparto, simplemente me queda la sensación de que es una falta de sentido de Estado y una excesiva visión empresarial de la cosa pública”.

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