Los idus de marzo
Los Idus Martiae le atosigaron siempre a la parca. Marzo tenía que ser de jolgorio y plenitud satisfecha, por eso volaba bajo, muy bajo en realidad. Así que atravesó la columna quieta de los andes y se coló en este sur, atrapando con su guadaña lo que más alto estaba. Y ahí, se mostró en toda su fie
Los Idus Martiae le atosigaron siempre a la parca. Marzo tenía que ser de jolgorio y plenitud satisfecha, por eso volaba bajo, muy bajo en realidad. Así que atravesó la columna quieta de los andes y se coló en este sur, atrapando con su guadaña lo que más alto estaba. Y ahí, se mostró en toda su fiereza.
Libertad, democracia y pluralismo.
El siglo XX fue un tiempo de furia. Inequívocas las dos guerras mundiales trajeron no solo desolación cuando cesaron, sino crearon en las gentes rasgos de humanidad al parecer únicos y diferentes; sesgos que alentaron al menos en los jóvenes una desenfrenada búsqueda de justicia y libertad. Y en América Latina esta se tradujo a una participación estudiantil briosa y comprometida; muchas veces empecinada en eso de combatir la modorra individualista, el egoísmo de la burguesía y el empecinamiento de las élites políticas por dominar el mundo.
¿Buscaba el hipismo de los 60 crear con amor y paz un novísimo orden mundial? Tal vez, aunque la historia solo recrea de ese tiempo un desenfreno peligroso; una furiosa intemperancia de una generación hacia lo político y ahí, en el punto de inflexión europeo que daban sus universidades, recaló una nueva forma de hacer academia para “cambiar al mundo”
Sin duda, Occidente fue el mecenas mayor del aporte en eso de lograr que las tesis de los doctorantes se convirtiesen no solo en una docta elucubración académica, sino cobrasen vida al aportar beneficios prácticos a las sociedades; especialmente a este continente. Aportes como los de William Lee Lofstrom que al recibir su grado de Master of Arts de la universidad de Cornell le dio vida al Mariscal Sucre.
La aventura de ser habitante del Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia.
Bill, como le llamábamos habitualmente, fue un consuetudinario del ABNB. Contumaz y rutinario pernoctó en sus salas a lo largo de más de tres décadas. Su tesis de doctorante fue precisamente sobre Francisco José de Sucre y Alcalá. El libro que lleva ese nombre admite, recala y determina a la administración del segundo presidente de nuestra República como a la esencial en cuanto al manejo de una nueva identidad nombrada independiente y soberana. En sus páginas, minuciosamente detalladas con fuente de los preciosos archivos, escribe probo y magnífico toda la grandeza del espíritu del militar que soñó con un territorio esencialmente libre luego de la colonia hispánica y en su lectura no cabe la duda de que un historiador es feliz si convive con el receptorio donde se guardan tantas y tantas memorias. A lo largo de su tiempo vivido en Sucre, Bill fue el singular patricio de la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre que motivó conferencias magistrales, vastos escritos, ensayos y conciertos con la cimiente que otros dejaron y que él, avizor, hallaba y documentaba.
Tristan Platt también recaló en el ABNB y aunque volvía como las golondrinas en cada primavera a este sur que se robó su corazón, su actuar estuvo motivado por la emoción que le causaban las cordilleras y los valles; los recónditos lares donde parecía haberse perdido la civilización conocida —era inglés— y donde solo había que mirar y tratar de entender. A lo largo de muchos años giró entre las comunidades del norte, las más recónditas, escribiendo su forma de vida; admitiendo que sus creencias suelen ser más fuertes que las leyes de un Estado y que existe un Mundo de arriba y un Mundo de abajo. ¿Cómo comprender esto?
Tristan entonces recurría a su saber universitario y su afán de entenderlo lo convocó a escribir múltiples ensayos sobre la vida y los saberes de estas asociaciones, de la resignación de ver pasar su vida cuando el siglo XX atravesaba con la revolución del 52 a cuestas, un tiempo diferente. Es claro que Tristan escribió de estas diferencias porque a inicios del siglo XXI, las comunidades ya no fueron las mismas. Habíase sucedido un trueque malvado en los jóvenes que ahora ya no rogaban por un bienestar en sus campos, sino exigían aperturas políticas dentro de sus organizaciones? Tristan Platt siguió anotando. Febrilmente dejó un sendero estructurado en lo que a finales de los 2000 se fue llamando “trabajo de campo” y que convirtió en exigencia para los proyectos sociales dentro de Organizaciones No Gubernamentales. Solo un tiempo atrás, Platt lucía anteojos tan gruesos que su mirada azul se perdía, aunque nunca su afiebrada emoción de seguir siendo el chico rubio que quería cambiar a toda costa el mundo.
Es difícil hablar del mundo aymara y mucho más entenderlo. La cordillera azul y donairosa en los amaneceres no se parece a la áspera y amenazante avanzada de montañas que en las oscuridades luce simplemente inaccesible y que en Bolivia divide a sus habitantes. Entonces, ¿cómo nombrar a su identidad? A lo largo de casi dos centurias, la respuesta es la indecisión: ¿nos importa saber quiénes somos? En ese lejano 1983, la única carrera de Psicología existente en el país cavilaba sobre este tema, cuando Javier Mendoza decide marchar —psicólogo como era y master en New School For Social Research, New York— hacia Pampajasi, una comunidad asentada en el departamento de La Paz. Ahí conviven entre una multitud de cerámicas amasadas al calor de un fuego moribundo, viejos y niños y la sombra viajera de los adultos que van y vienen; ellos son el preámbulo de su trabajo de vida que subrayará esa construcción colectiva que inserta y propone, presupuesta y condiciona para luego reflexionar e investigar desde una perspectiva crítica, que finalmente seduce al lirismo de la academia para convertir a las ilusiones colectivas en el objeto de lo que se llamará “Psicología comunitaria”.
Javier Mendoza, trashumante junto a Peti; el otro amor de su vida se ha convertido en un devoto del amor por los otros. Tres décadas de labor en Pampajasi; una madeja de tiempo que a veces desenhebra hilos de cálido encuentro con estudiantes en diferentes universidades del globo donde la pertinencia definitiva es la justicia social que indeleble se escribe en su libro “El espejo aymara” su hijo, que nos obliga a mirarnos en el espejo de la otra cultura y su idioma y que nos introduce a una reflexiva cosmovisión aymara. Los otros son “La mesa coja”, “La duda fecunda” y “El Quitacapas”, escritos que repiensan nuestra historia, que van subrayando la vida febril de un joven de los 80 que no pierde la emoción porque es feliz con la emoción de los otros, de uno que enfatiza que “vivir es hacer”.
También en los ochenta, un holandés atraviesa el océano. Y claro, no lo hace en bicicleta sino con el motor de las ansias recogidas en su universidad, que lo impulsan frenéticamente a buscar en estas latitudes su paraíso. ¿El prometido?
Dick Conmandeur duda. Su paraíso no está en cualquier esquina. Luego de haberse graduado como ingeniero agrónomo navega hacia Centroamérica y mucho más luego a estos Andes. Es asistente cooperante.
Pero, y la pausa en su caminar tiene una pausa. La cooperación holandesa PUM lo necesita y ahí se detiene en un trabajo de campo singular: las Oecas, las Organizaciones Económicas Campesinas que en Bolivia agrupan bajo su dirección a una multitud de gentes del área rural que con él aprenden a ser subordinados de sus sueños; de un cúmulo de anhelos de superación sembrando en los surcos de sus tierras algo más que esperanza.
Pero sembrar, ¿sembrar qué?, le pregunta la tierra casi siempre descuidada, y Dick responde: el amaranto. Dúctil y dueño de mil vitaminas, perfecto para ahuyentar a la pobreza y lograr que el desarrollo pernocte y al final haga uno con cada una de las comunidades. Días, años; cadenas de solidaridad amparadas por un paralelismo de necesidades y opciones de vida en el campo hasta que el gobierno de turno cargado de ideología trastoca las opciones y los campos se tornan irremediablemente yermos.
Toda cooperación que no comulgue con los credos será vedada y fue así que finalmente la cooperación cierra su ayuda. Atrás queda un ejército de pobres sin armas. Dick, sin niños y jóvenes, sin tías y abuelas, desolado finalmente encuentra su paraíso en una vieja casona que restaura y tanto se empeña que a poco esta resplandece y es más: luce tan bella que tiene necesariamente que escribir de ella y esta se convierte en su musa. De su casa “Villa Antigua” a la Casa de la Libertad apenas son unos pasos. Ahí se inserta a la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre. Amar y proteger el patrimonio de la capital es el lema y en él se inserta. Es feliz cuando escribe y comenta su “Crónica de la Independencia” y es aún muchísimo más feliz cuando su corazón —tan solo un instante mentiroso— le dice sí a la vida.
Sin embargo, en estos tiempos tan fieros, la felicidad es apenas un destello. Y la parca es obstinada. Los idus le señalan objetivos de muerte y ella tiene solo que cumplirlos… •
* Diana González O. es comunicadora social y escritora, expresidenta de la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre.