Himno pichincheño

La proximidad del bicentenario del Colegio Nacional de Pichincha ha despertado una inesperada polémica por el cambio de un nombre en su himno. Aquí te contamos el argumento historiográfico.

A través del vidrio sucio se puede leer los nombres de la tumba de Celestino López.

A través del vidrio sucio se puede leer los nombres de la tumba de Celestino López.

Partitura del himno que se encuentra en el museo del colegio.

Partitura del himno que se encuentra en el museo del colegio.

Poema de Celestino López publicado en El Diario, de La Paz.

Poema de Celestino López publicado en El Diario, de La Paz.


    Juan José Toro Montoya
    Ecos / 14/11/2025 00:47

    El Colegio Nacional de Pichincha es el único de Potosí que cuenta con un himno cuya letra y música pertenecen a dos grandes personalidades de la literatura y la música de Bolivia, Celestino López y Simeón Roncal.

    Los primeros estudios sobre esta pieza musical revelan que pudo haberse estrenado con motivo del centenario del colegio, alrededor de 1926.

    Letra

    El autor de la letra es Celestino López Martínez que, según publicó Walter Zavala Ayllón en su libro ‘Personalidades Ilustres de Potosí’, nació en 1875.

    El nombre de López está ligado a dos de las más importantes publicaciones de Potosí en los inicios del siglo XX, como fueron ‘Bohemia Literaria’, de la que fue su director, y ‘Gesta Bárbara’. De la primera quedan ejemplares del año 1908 en los que es posible apreciar sus poemas, puesto que publicó por lo menos uno en cada número. En el primer número, del 1 de enero de 1908, está el poema “San Sebastián”, dedicado al templo de ese nombre y que actualmente está al final de la calle que lleva el nombre del poeta, en la parte superior del ingenio San Marcos y la Casa de la Cultura. 

    Sus trabajos también aparecen en Gesta Bárbara. En el primer número, por ejemplo, está el cuento “Romántica” que mereció la siguiente glosa de Carlos Medinaceli: “C. López, al revés de muchos jóvenes que se inician cantando dudosas galanterías, ha buscado para su primer artículo un tema, que si bien es bastante usado, siempre tiene encanto. Este cuento es la promesa de futuras producciones que nos descubrirán a un escritor de mérito”.

    Medinaceli revela, en la larga semblanza que le dedica a Celestino en sus ‘Páginas de Vida’ que estuvo bastante tiempo con el poeta precisamente en 1918, en Cotagaita, a donde había ido a pasar sus vacaciones. López vivía allí, trabajando como juez de instrucción. Carlos dice que llevaba allí varios años y se queja de que lo hayan castigado a aquel pueblo, pequeño por entonces. “Lo han arrojado a una provincia —publicó—. A una pobre y aplastante capital de provincia como si, irónicamente, se hubiesen propuesto dar al estoicismo de su alma un digno marco en la desolada austeridad de unas sierras siempre agrestes y de unas playas siempre grises”. Por su natural rebeldía, el autor de ‘La Chaskañawi’ incluyó los trabajos de López en Gesta Bárbara que seguramente él mandaba desde Cotagaita. Eso explica que el vate no haya formado parte, formalmente, de la redacción de la revista.   

    En fecha 1 de marzo de 1919, el periódico El Censor, en el que trabajaba Walter Dalence como redactor en jefe, publicaba el siguiente suelto:

    “Se nos comunica que en Cotagaita, el Intendente de la Policía de Seguridad, don Gustavo Groc, ha propinado una buena paliza al señor juez instructor, don Celestino López. Es de esperar q el señor Prefecto del Departamento tome las medidas del caso contra este mal funcionario público sobre quien, según informaciones que tenemos, pese otro juicio criminal, que actualmente se tramita en la Corte Suprema en recurso de nulidad”.

    El artículo de Medinaceli, titulado “Celestino López y su ambiente”, fue publicado en 1922 y, por entonces, el poeta seguía viviendo en Cotagaita.

    El siguiente dato que encontré de él ya es de 1926, cuando el Colegio Nacional de Pichincha celebraba el centenario de su inauguración. En esa ocasión, quien pronunció el discurso central fue precisamente López, pero la crónica periodística, que incluso lo transcribe textualmente, señala que intervino en su condición de secretario general de la Universidad Tomás Frías. Se supone, entonces, que, para ese tiempo, ya había vuelto a residir en Potosí.

    “Pocos años después, en 1928, (Celestino López) moría en Potosí”, prosigue Medinaceli. Según Zavala, falleció “en fecha 2 de junio de 1928 a la edad de 53 años”. El dato coincide con el que aparece en la tumba del poeta, perdida en uno de los pabellones del cementerio general de Potosí y donde está sepultado junto a su viuda, Dámasa T. de López. 

    Música

    Respecto al autor de la música, la tarea es más sencilla, puesto que se trata de Simeón Tadeo Roncal Gallardo, a quien se considera el padre de la cueca boliviana y sobre el que existen biografías disponibles. 

    Simeón Roncal nació en Sucre el 20 de abril de 1870. Fue hijo de Juan Roncal, que era maestro de capilla de la Catedral Metropolitana de La Plata. El historiador Guillermo Calvo, que se ha convertido en su principal biógrafo, ha encontrado un documento del 2 de julio de 1883 que reporta el “ingreso al Coro Bajo en calidad de Salmistas los cantores Juan Roncal y Abel Ruiz, como Segundo Organista el joven Simeón Roncal. Los dos primeros con el sueldo de 200 pesos anuales cada uno y el tercero con el de 150 pesos”. Ese documento demuestra que Simeón tuvo facilidad para la música desde muy temprano y, debido a que cobraba por su trabajo, adquirió carácter profesional.

    Calvo ha anticipado los siguientes datos de la biografía que escribe sobre Roncal: “Se trasladó a la Villa Imperial al promediar la primera década del siglo XX, trabajó como profesor de Música en la Escuela ‘José Alonso de Ibáñez’ y en el Colegio Nacional de Pichincha. En sus horas libres dio clases de piano. Tiempo después se fundó el Círculo de Bellas Artes de Potosí, donde Roncal se destacó interpretando sus obras. También acudía al domicilio de su maestro y amigo Armando Palmero Nava. Fue escenario el Teatro ‘Modesto Omiste Tinajeros’ de las actuaciones de Roncal. Allí demostró lo más depurado de su obra, recibiendo el aplauso consagratorio del público potosino. Vivió en una típica casona colonial de la Villa Imperial ubicada en la calle Bustillos 857, desde donde se dirigía cotidianamente a cumplir su deber como apóstol de la educación”.

    Los apuntes de Calvo aclaran cómo fue que Roncal vino a vivir en Potosí y le otorgan lógica al hecho de que haya compuesto la letra del himno pichincheño. Lo que queda es determinar cuándo fue que se instaló en esta ciudad.

    En el número 3 de Gesta Bárbara, publicado en diciembre de 1919, Armando Palmero publicó que “Simeón Roncal es un compositor nacional de mucho mérito; tanto por haber llevado a tan feliz éxito su obra de regeneración de la música vulgar y nacional, como por el valor intrínseco de dicha obra, en la que a primera vista se reconoce la personalidad clara y definida de un compositor de gusto”. Si, para entonces, no estaba viviendo ya en la Villa Imperial, es claro que se hablaba de él.

    Letra y música

    Celestino López fue bachiller del Pichincha y volvió a vincularse a su colegio cuando ejerció las funciones de secretario general de la Universidad Tomás Frías. Si tomamos como cierto el dato de Medinaceli, retornó a Potosí después de 1922 y tuvo que relacionarse con Simeón Roncal, con el que compuso el himno que nos ocupa. Fue un corto periodo en el que un gran poeta hizo sociedad con un gran músico para forjar un himno que ya llega a su centenario. Si López murió en 1928, como se lee en su tumba, entonces el himno debió componerse antes, a menos que Roncal le haya puesto música a un poema de López, pero esa suposición pierde consistencia ante un dato: basándose en datos de la investigadora y artista María Antonieta García Meza, la biografía de Roncal en la enciclopedia en línea Wikipedia dice que “en 1927 se trasladó a la ciudad de La Paz, donde residió hasta su fallecimiento”, que fue el 13 de enero de 1953.

    Por tanto, el periodo en el que tuvo que componerse y hasta estrenarse el Himno al Colegio Nacional de Pichincha tuvo que ser entre 1923 y 1927. Lo primero que a uno le tienta decir con ese dato es que debió estrenarse para el centenario del colegio, en 1926, y hasta el segundo párrafo parece confirmarlo: “Con fervor de honestos creyentes, / veneremos la Vieja Casona / que en cien años de vida blasona / ser el foco que irradia el saber”. 

    No obstante, hasta ahora, la revisión de periódicos de ese año no ha arrojado datos al respecto, así que hace falta seguir buscando •

    El himno y la propuesta de un cambio

    El 7 de mayo de 1998, el compositor Eusebio Palacios Rodríguez, bachiller del año 1949, entregó la transcripción de la partitura, pero solo en cuatro estrofas, debido a que existe la inveterada costumbre de cantar solo esas. La sexta estrofa, que es la que menciona a Calero, pues entonces todavía se lo consideraba como uno de los fundadores del colegio, no se canta desde tiempo no determinado. Para el tiempo en que yo estudié en el Pichincha, de 1982 a 1985, solo se cantaba cuatro estrofas.

    El himno tiene seis estrofas y su letra está escrita en decasílabos para todas sus líneas, lo que demuestra la maestría del autor:

    Himno al Colegio Nacional Pichincha

    Corazones lozanos capullos,

    rubios lampos de casto fulgor. 

    En la flora de humanos orgullos, 

    sois promesa de luz y de amor.

     

    Con fervor de honestos creyentes, 

    veneremos la Vieja Casona 

    que en cien años de vida blasona 

    ser el foco que irradia el saber.

     

    Y hagan eco los himnos triunfantes 

    en sus viejos y pétreos muros 

    que ayer fueron y son los futuros 

    reflectores de amor y saber.

     

    Corazones de oro divino, 

    esperanza, pureza y virtud. 

    Sois promesa en el noble camino 

    que recorre la audaz juventud.

     

    Evoquemos los manes benditos 

    de los ínclitos y sabios varones 

    que en espasmos y dulce fricciones 

    deslumbraron feliz porvenir.

     

    A Bolívar, Sucre y Calero 

    que con ojos de insignes videntes 

    con amor nos legaron sus fuentes

    del saber, del obrar, del sentir.

    En atención a recientes descubrimientos sobre su origen, y ante la proximidad del bicentenario del colegio, se ha planteado hacer un cambio al himno.

    La propuesta que se ha presentado, y fue aprobada por unanimidad en una asamblea general del comité del Bicentenario, está dirigida a un cambio que, en términos literarios, es de forma, puesto que se trata de reemplazar solo un nombre que está en la primera línea del sexto párrafo, que es uno de los que ya no se cantan.

    La línea de la que hablo es la siguiente:

    “A Bolívar, Sucre y Calero”

    Si se cuenta las sílabas, se encontrarán que esta línea tiene diez (decasílaba) y “Calero”, que es el nombre a reemplazarse, tiene tres sílabas (trisílabo): “Ca-le-ro”- Si se reemplaza ese nombre por el de Galindo, el cambio es imperceptible tanto en el ritmo de lectura como en el musical ya que este también es trisílabo: “Ga-lin-do”.

    Atendiendo las observaciones de posibles vulneraciones a derechos de autor, he buscado descendientes directos del autor de la letra, celestino Martínez, y no los he encontrado. En Potosí quedan descendientes colaterales por cuanto la última directa habría fallecido hace cuatro años, pero en Santa Cruz. De todas maneras, los derechos tanto de la letra como de la música ya son de dominio público en aplicación del artículo 18 de la Ley 1322 de Derecho de Autor que dice:

    “La duración de la protección concedida por la presente Ley será por toda la vida del autor y por 50 años después de su muerte, en favor de sus herederos, legatarios y cesionarios”.

    Solo se plantea cambiar un nombre, en la letra, que corresponde a Celestino López Martínez quien falleció en 1928, así que sus derechos expiraron en 1978. Incluso los derechos sobre la música han expirado puesto que Simeón Roncal murió en 1953, así que esta obra quedó liberada en 2003.

    No se debe temer al cambio. Si algo está mal, se debe corregir.

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