Charcas, no alto Perú
La polémica por la apropiación peruana de elementos culturales bolivianos no deja de crecer.
¿Bolivia y Perú tienen el mismo origen? La pregunta volvió a surgir, esta vez con mayor fuerza, luego de que Puno presentara al pepino como un elemento cultural de esa región peruana, y lo incluyera en su festividad de la Virgen de la Candelaria.
La Paz reaccionó con fuerza, respaldada por su alcalde, Iván Arias, quien envió una protesta formal al gobierno peruano. El argumento que suele utilizar el Perú para estas apropiaciones es un supuesto origen común; es decir, la afirmación de que los dos países comparten muchos elementos culturales debido a que tienen pasado conjunto.
Hasta el momento, los gobiernos bolivianos no han asumido posición oficial respecto a este tema. El de Luis Arce solo protestó cuando un congresista peruano insultó a la wiphala, pero sus autoridades nacionales de cultura jamás se refirieron a la apropiación de elementos culturales bolivianos. Incluso hubo una reunión biministerial de las carteras de cultura de Bolivia y Perú, pero el tema jamás fue abordado de manera formal.
Tampoco se trata de un conflicto de país a país, y mucho menos de gobierno a gobierno. Las denuncias de apropiación no son contra el Perú, o algunas de sus regiones, sino solo una, Puno, que ha logrado inscribir a su fiesta de la Candelaria en la lista del Patrimonio Inmaterial de la Unesco y, al hacerlo, ha incorporado danzas bolivianas. Desde entonces, cada año va sumando más elementos culturales bolivianos a esa festividad y el último es el pepino, que tiene origen en La Paz.
Hasta ahora se desconoce cuál será la posición oficial del gobierno de Rodrigo Paz respecto a este tema. Como parte de los cambios que ha anunciado, se ha reorganizado el Poder Ejecutivo mediante el Decreto Supremo 5488 que confirma la desaparición del Ministerio de Culturas que, a partir de la promulgación de esa norma, forma parte del Ministerio de Turismo Sostenible, del que será un Viceministerio dedicado a las Culturas y el Folklore.
SIN ORIGEN COMÚN
La polémica ha echado gasolina al debate y así es como resurgió el asunto del origen común. No obstante, ese argumento ha sido desechado por el sencillo hecho de que en los territorios que hoy son Perú y Bolivia surgieron culturas autónomas, sin ninguna relación entre sí, debido a que florecieron en lugares muy distantes entre unos y otros.
La mayoría de las culturas prehispánicas del Perú florecieron en los Andes centrales de ese país; es decir, desde el desierto de Piura, al norte, hasta el nudo de Vilcanota y Arequipa, en el sur. Allí surgieron, por ejemplo, las culturas de Cupisnique, Chavín de Huantar, Moche, Paracas, Nazca, Caral, Miraya, Lurihuasi, Chupacigarro, Allpacoto u otras tan conocidas como el imperio Wari.
En Perú existen otras regiones, como la valliserrana, que tiene vínculos con Chile, o los Andes Septentrionales, que corresponden al sur de Colombia, Ecuador y el extremo norte de aquel país. El Tawantinsuyu, que muchos llaman imperio incaico, se expandió a partir del Cusco, que ya está ubicado en los Andes meridionales, que sí son compartidos con Bolivia. Es el lugar en el que floreció otra gran cultura, Tiwanaku.
Pero al margen de los territorios compartidos, en el territorio hoy boliviano florecieron culturas totalmente independientes, especialmente en el altiplano central. Documentos como el denominado “Memorial de Charcas” han permitido identificar culturas como kollas, lupakas, urus, chipayas, pakasas, karanqas, suras, Charkas, chuys, Killakas, llipis, yamparas, qaraqaras y chichas que florecieron en territorios de los Departamentos de La Paz, Oruro, Potosí, Chuquisaca y Cochabamba. A estos hay que sumar las culturas de los pueblos bajos, identificados en los llanos de Moxos.
Por razones obvias, la mayoría de los elementos de la cultura boliviana se basan en las culturas recién mencionadas, a las que se fueron sumando elementos posteriores, especialmente de los que las invadieron.
DOS INVASIONES
Como se sabe, el Tawantinsuyu fue invadido en 1532 por fuerzas militares encabezadas por Francisco Pizarro. Actualmente, ya se sabe que las fuerzas de Pizarro no solo estaban integradas por soldados europeos sino cantidades indeterminadas de indios que se unieron a él con el propósito de destronar al sapa inka Ataw Wallpa, más conocido como Atahuallpa.
Lo ocurrido fue una invasión, ya que los europeos ocuparon territorio que no les pertenecía, impusieron su idioma, leyes, costumbres y gobernantes. Pero no fue la primera vez ya que, siglos antes, los ancestros de los peruanos hicieron lo mismo.
Fue un peruano, José Antonio del Busto Duthurburu, quien fijó al año 1255 como el del inicio del Tawantinsuyu, coincidiendo con lo que él denominaba como el final de la cultura tiwanacota. En 1425, el príncipe Ripac, Cusi o Yupanqui, vence a los chancas en Ichubamba y Yahuarpampa, en un hecho que marcaría el inicio del denominado imperio incaico. Yupanqui adopta el nombre de Pachakuti y comienza a desarrollar una política expansionista que consistía en ocupar territorios de sus vecinos y someterlos para convertirlos en tributarios. Por tanto, hizo lo mismo que harían los españoles años después: impusieron su idioma, leyes, costumbres y gobernantes.
A partir del Cusco, el primer territorio que conocieron sus habitantes fue el Kollao, o el de los Kollas, que se limitaba a la región circunlacustre del Lago Titicaca, así que lo denominaron Kollasuyo, o “tierra de los kollas”, aunque, más allá, existían muchas otras culturas que no llevaban ese nombre.
El hijo de Pachakuti, Tupaj Yupanqui, prosiguió el trabajo invasor de su padre y de esa manera es que tanto él como sus hijos lograron someter a las demás culturas que estaban al sur del Cusco, incluyendo yamparas, qaraqaras y chichas.
DOMINIO ESPAÑOL
Antes de la captura de Atahuallpa, la corona de Castilla celebró una capitulación con Francisco Pizarro en la que se le reconoció derechos a las tierras que descubriera. Ese fue el origen de la Gobernación de Nueva Castilla, que comenzaba en la desembocadura del río Santiago, en el Ecuador, y abarcaba a toda la costa del Pacífico. Durante por lo menos cinco años, tanto Pizarro como otro europeo, Simón de Alcazaba y Sotomayor, señorearon en esas tierras, pero los otros invasores, entre ellos Diego de Almagro, presionaron a la corona para que se les dote de tierras en el imperio recién sometido.
Fijando como límite el sur de Nueva Castilla, se fijó una franja de 200 leguas en dirección norte-sur que constituyó otra gobernación, la de nueva Toledo, que fue ofrecida a Almagro a cambio de que continuara con sus expediciones hacia el sur. En esta parte quedó el territorio hoy boliviano, libre, por entonces, de cualquier influencia peruana.
Como se sabe, la extensión del Tawantinsuyu, que los españoles llamaron Perú, motivó conflictos entre los invasores y los partidarios de Pizarro y Almagro se enfrascaron en una guerra civil que solo cedió cuando murieron ambos. De por medio se produjo la más importante sublevación del periodo colonial, el alzamiento de Manco Inca, que estuvo a punto de expulsar a los españoles.
Para tener un mejor control en tan extenso territorio, el rey Carlos I optó por la creación de los virreinatos de Nueva España, en el territorio del actual México, y el del Perú para el que se fijó a Lima como su capital. Se maneja como su fecha de creación al 22 de noviembre de 1542.
Tanto Nueva Castilla como Nueva Toledo pasaron a depender del Virreinato del Perú, pero, en 1551, el Consejo de Indias decidió dividir la Audiencia de Lima tras haber “visto quand larga y gran tierra es la de las provincias del Perú”.
En ese sentido, en acuerdo del 20 de abril de ese año, expresó que “ha parecido que conviene al servicio de Dios y de V.M. y seguridad de su Real conciencia que se ponga otra audiencia Real en la Villa de La Plata, que es en los Charcas cerca de las minas de Potosí”. Así surgió la Real Audiencia de Charcas.
No obstante, el primer territorio contemplado para la audiencia no tomaba en cuenta a la actual Santa Cruz. El 12 de junio de 1559 se señaló el territorio tomando en cuenta el distrito de Nueva Toledo, además de las Gobernaciones de Chile y Tucumán. El 8 de octubre de 1561, la propia audiencia envió al rey una relación de su “sitio, términos y comarcas” que no solo incluye a Santa Cruz, sino también a Berenguela, Pisco, Aullagas, Atacama y Calchaquí. Todos estos dependieron de Charcas en ese tiempo.
“ALTO PERÚ”
En 1776 hubo otro cambio significativo: el rey Carlos III creó otro Virreinato, el del Río de la Plata, disponiendo que los corregimientos de la entonces denominada Provincia de Charcas pasen a depender de este último, incluyendo a las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán y Santa Cruz de la Sierra.
En 1782, como consecuencia del caos ocasionado por la sublevación de los comuneros de Nueva Granada y la gran rebelión de indios que estalló en Pocoata y Macha, el 24 de agosto de 1780, la corona española introdujo más modificaciones: el régimen de intendencias que otorgaba el mando de estas a funcionarios realistas. La vigencia de estas intendencias redujo notablemente la influencia que tenía la audiencia o provincia de Charcas ya que desde los otros territorios era más fácil referirse a esas unidades (las intendencias) que a Charcas en sí. Se hablaba, entonces, de la Intendencia de La Paz, de la de Potosí, o la de Chuquisaca, a la que también se denominaba Charcas.
Cuando estalló la Guerra de la Independencia, la Junta de Buenos Aires asumió como suyas a las Intendencias de Charcas, a las que llamaba sus “provincias altas” y, para diferenciarlas del territorio que estaba al norte del Cusco, comenzaron a denominarlas “alto Perú”.
Como no existe documento que refrende un cambio oficial, “alto Perú” fue un apelativo, pero no un nombre, aunque ese no fue el razonamiento de los combatientes en la Guerra de Independencia que usaron el denominativo como nombre oficial, incluso en documentos oficiales como el decreto del 9 de febrero de 1825 y el acta de independencia aprobado en Chuquisaca el 6 de Agosto de 1825.
El denominativo duró poco, pero Perú lo utiliza para argumentar una dependencia de Bolivia respecto a ese país que, si hubo en algún momento, fue temporal, y sin efectos jurídicos.
El argumento fue usado, incluso, para justificar las dos invasiones peruanas a Bolivia, la de 1828 y la de 1841. Por tanto, el uso del apelativo no es anecdótico ni un asunto menor.
(*) Juan José Toro es fundador de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP).
Razón del nombre
¿Por qué la audiencia se llamó Charcas y no Kollasuyo o Collao? La respuesta está en el “Memorial de Charcas”, el documento de 1582 que se conserva en el Archivo General de Indias y fue publicado por Waldemar Espinoza en 1969.
En ese documento, el cacique principal de Charcas, Fernando Ayavire y Velasco, revela que “mi abuelo llamado Coysara, señor natural que fue de la nación de los Charcas, de 10.000 vasallos, fue uno de los más principales capitanes que los Incas tuvo [sic] en esta tierra y provincia de los Charcas, como es público y notorio. Y cuando los españoles entraron en esta tierra fue uno de los primeros que vino a la obediencia de Su Majestad, y en su real nombre al comendador Hernando Pizarro, y les descubrió las minas de plata que el Inca tenía, que era en el asiento de Porco, donde se labra hasta el día de hoy”.
Entonces, los españoles llamaron Charcas a la audiencia en agradecimiento a la nación originaria cuyo cacique, Coysara, les entregó el yacimiento de Porco en señal de vasallaje. Y no solo eso, sino que “el dicho mi abuelo llamado Coisara, juntamente con mi padre don Alonso Ayavire, su hijo, como leales vasallos de Su Majestad, fueron a la jornada de Chile en servicio de Su Majestad con los capitanes don Diego de Almagro y Pedro de Valdivia, y con los demás capitanes y soldados de Su Majestad, a la dicha conquista de Chile”.
Por tanto, el nombre de Charcas fue el precio de una traición.