Un mundo llamado historieta
“La historieta no va a morir, evoluciona y cambia constantemente”.
“La historieta no va a morir, evoluciona y cambia constantemente”.
“El formato historieta sigue vigente, pero evidentemente no es algo popular ni industrial sino que se va convirtiendo en una cultura de nicho. Hoy hay otros consumos visuales, sobre todo en redes sociales, que se acercan más al humor gráfico de una sola viñeta que a la historieta clásica de varias páginas e historias largas”.
“La historieta tiene raíces muy profundas. Sigue vigente, solo necesita de cierta estabilidad económica para establecerse como industria” (Fuente: Punto convergente).
Para aquellos que vimos transcurrir nuestra infancia en los años 60 y 70, la historieta, como género, tenía una importancia capital. Más aún si se considera que la televisión no existía y los niños de clase media solo teníamos acceso al cine como dos veces a la semana. Es claro que los más intrépidos nos atrevíamos a disfrutar con alguna novela de aventuras, ya que el vicio había que despuntarlo sí o sí; pero, lo más importante, lo que más nos hacía soñar, aquello sobre lo que (a diferencia del cine) podíamos volver una y otra vez como verdaderos adictos, era la historieta, porque se las podía comprar, puesto que costaban un par de monedas.
A veces las leíamos en el periódico que compraba papá, muchas veces eran prestadas, canjeadas o las ganabas jugando a las canicas: la cuestión era atesorarlas, tocarlas… cada revista tenía su propio misterio. Muchas de las revistas de historietas tenían ese particular, adorable e inconfundible aroma a papel y tinta. Con aquella mezcla de cuento, novela, cine (claro sin la acción, ni el sonido del séptimo arte) pero compartiendo, con el séptimo arte, los encuadres, secuencias y mecánica generacional. Así fue como crecimos y nos formamos los chicos del ayer.
Salvo a los fanáticos, no les interesaban los autores; lo importante era Tarzán, no Edgar Rice Burroughs, su guionista; ni Burne Hogarth, su dibujante. Y lo mismo nos pasaba con dos personajes que venían de las décadas anteriores: Mandrake y Fantomas, ambos superhéroes. Podía leerse el nombre de alguien que a fuerza de reiterarlo se nos fue grabando, Lee Falk, y este autor desde el principio fue un triunfador del otrora importante género. Lee Falk, además de innovador y guionista (considerado por los especialistas como el mejor de los 30 y los 40), era dueño de un vigoroso y sugestivo estilo como dibujante y se ocupó de ilustrar durante un tiempo ambos personajes: Mandrake y Fantomas. Murió a los 94 años (Fuente: Periódico La Razón. “El Malpensante”. La Paz. Enero 1990).
Y si la historieta tiene su paraíso privado, cosa bien probable por cierto, habrá marchado a reunirse con los otros famosos genios del género: Harold Foster, autor del ‘Príncipe Valiente’; Alex Raymond, de ‘Jim de la Jungla’, ‘Flash Gordon’ y ‘Rip Kirby’; Chester Gould de ‘Dick Tracy’, Hugo Pratt de ‘Corto Maltés’, y tantos otros.
La historieta en Sudamérica
La historieta latina tiene otra matriz y otro contexto: es de ojos abiertos, vigilante y luchadora, que tiene una historia desde los pasquines. Roberto Fantanarrosa, humorista y dibujante argentino, apunta un rasgo de la historieta latinoamericana; su potencial cultural: “para mí y mi generación, la historieta fue un medio de diversión y si se quiere de información en una época que la televisión no era competencia”.
Pese a que la historieta ha sido enajenada de su contenido liberador por las industrias culturales, este género en América Latina ha sido en muchos lugares el único receptáculo de la queja y la protesta.
En América Latina se puede nombrar a cultores, hombres críticos como Quino, Rius, Acevedo y otros que a través de sus dibujos no solo construyen ambientes de entretenimiento, sino que nos abren los ojos y nos llaman a la reflexión, como lo dice Humberto Eco al presentar a Mafalda. Este personaje, sobre el cual todo se ha dicho, es el personaje de los 70: contestataria e inconforme, rechaza el sistema político y sus falsedades.
Mafalda no se fía del Estado, la rodea una pequeña corte de personajes; Manolito, integrado por un capitalismo de barrio, sabe con toda certidumbre que el valor primario en el mundo es el dinero; Felipe, soñador tranquilo; Susanita, beatíficamente enferma de espíritu materno narcotizada por sus sueños pequeño burgueses. Y luego los padres de Mafalda, que, como si no les bastara lo duro que resulta aceptar la rutina cotidiana, se ven agobiados por añadidura con el tremendo destino que les ha asignado el ser custodios de la contestataria, dice el semiólogo Humberto Eco.
El genial Rius, de nacionalidad mexicana, ocupa un lugar preponderante en la producción de historietas. Desde la década de los 50 hasta los 90, ha publicado importantes trabajos como “Los Agachados”. Con otro sentido y valorizando la vida real, está Pepo, el creador de “Condorito”, una producción de historieta de humor y de entretenimiento utilizando elementos característicos de los Andes.
“Condorito” apareció por primera vez en la revista OKEY, en 1948. Cuando Pepo lo creó, tenía en mente representar al chileno medio. “Condorito” vivía entre humanos y este fue el rasgo que lo diferenció de los personajes de Disney, que viven en un mundo irreal.
Importación de las historietas
En Bolivia, no se tiene ni se tuvo editoriales dedicadas a este género de la historieta. Los motivos son muchos, pero sí, los niños y adultos de las décadas de los 50 al 70 gozaron con las historietas que se importaban del exterior al país. En las librerías ofrecían revistas de la Editorial “Novaro” de México, tituladas: “Vidas Ejemplares”, “Amores Juveniles”, “Archi”, “La Pequeña Lulú”, “El Llanero Solitario”, “El Zorro”, “Roy Rogers” y la serie de héroes enmascarados como “Santo”, “Kalimán” y otras, cada una con su propia carga ideológica adormecedora e irreal. Desde Chile llegaron revistas de la Editorial Zig Zag con producciones fantásticas como “Dr. Mortis”, “Far West”, “El jinete fantasma”, “Jungla”, “Espía 13”. Más revistas: “Ecran”, “El Pingüino” y “Can Can”. No faltaban historietas de Walt Disney. De la Argentina, producciones de Editorial “Columba”, que ya no existe; se conocían las revistas “El Tony”, “Intérvalo”, “Dagtarnan”, “Fantasía”, “Patoruzito”. Sobresalían las revistas educativas: “Billiken”, “Anteojito” y “Petete”.
La historieta es un género relativamente sentenciado a muerte el día que se inventó una caja cuadrada que emite imágenes desde un rincón de nuestra sala o dormitorio, a la que llamamos televisión; pero siguen con nosotros los superhéroes, hombres fuertes y grandes, caracterizados por la musculatura y los rostros cuadrados; la heroína, alta, esbelta y curvilínea, son los estereotipos de esta industria construida como producto estrella de consumo masivo.
‘El Hombre Araña’, tan de moda en la última época en el cine y la televisión mundial, Batman y Superman, que de las revistas ilustradas saltaron al celuloide y al disco compacto de videos, son solo la punta de lanza del complejo mundo de los superhéroes, sus aventuras y vidas son vistos y leídos por los niños, adolescentes, jóvenes y adultos quienes alrededor del mundo comparten sus hazañas y leyendas. Más aún, la globalización se ha constituido para las empresas de la historieta en el punto de arranque para convertirse en un lenguaje universal donde solo cambia el idioma, no los protagonistas ni el sentido hegemónico.
Sus creaciones y símbolos se han transformado en una reserva cuestionable del acervo cultural del hombre contemporáneo: los personajes han sido incorporados a cada hogar, desde que ellos nacieron, la historieta ha evolucionado y mucho, pero ellos siguen con nosotros •
* Cristóbal Corso C. es expresidente de la Sociedad Geográfica y de historia “Potosí”.