Campamentos o panteones

Un artículo a propósito del 21 de diciembre, Día del Minero Boliviano.

Masacre de San Juan.

Masacre de San Juan.

Campamento minero de Santa Ana en Chocaya, Sud Chichas.

Campamento minero de Santa Ana en Chocaya, Sud Chichas.

Campamento minero de Tatasi, en la época de la Comibol.

Campamento minero de Tatasi, en la época de la Comibol.

Debido a la pobreza, los mineros llevan a trabajar a sus hijos desde muy jóvenes.

Debido a la pobreza, los mineros llevan a trabajar a sus hijos desde muy jóvenes.

Ocupación militar de los campamentos mineros del sud, Quechisla.

Ocupación militar de los campamentos mineros del sud, Quechisla.


    Cristóbal Corso Cruz (*)
    Ecos / 26/12/2025 17:39

    La supervivencia de ser humano, de nacimiento indígena y luego convertido en minero, desde la colonia y en todos los tiempos, es extremadamente dura, marcada por el peligro, aislado en un campamento.

    Es necesario conocer un campamento minero en el territorio potosino para saber cuánto puede resistir el hombre. ¡Cómo él y sus hijos se prenden a la vida! La pobreza en las minas tiene su propio cortejo, envuelta en un frío y viento eternos. El contexto donde viven se ha vestido de gris. El mineral contaminado, el vientre de la tierra se ha tornado yerma.

    A cuatro mil o cinco mil metros de altura (Ej. Campamento Santa Bárbara en Chorolque-Sud Chichas-Potosí), donde solo crece la th’ola y la paja brava, ahí está el campamento minero. Su gran cerro mineralizado de cuyas entrañas brota agua envenenada. En los socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente llamado copajira, quema la ropa de los mineros. A cientos de kilómetros de distancia, donde no existen ríos, la muerte llega en forma de veneno líquido proveniente de los relaves de los ingenios. Son aguas inservibles.

    Es así que el codiciado metal plata o estaño se convierte en miseria. Allí, en ese territorio frígido, se busca protección de la montaña cubierta con nieves eternas. Allí sobreviven las familias mineras, en campamentos alineados, tal fueran prisiones similares a los campos de concentración de la Alemania Nazi. Los techos de las viviendas precarias cubiertas con láminas de zinc, el viento del altiplano se introduce por las rendijas, la familia apretujada descansa en camas improvisadas con cueros de oveja.

    SALARIO Y SALUD

    El salario de los mineros es más pobre que ellos, frente a la numerosa familia que deben mantener. Por eso se ven obligados a llevar a sus hijos a trabajar con ellos. Los rostros de los mineros, duros, curtidos y polvorientos, parecen personas de más de 50 años, pero no sobrepasan de los 30. La realidad es que el promedio de vida de un minero es de 35 años. El trabajo en la mina produce la enfermedad llamada silicosis, conocida como mal de mina, que, una vez activada, el tiempo de vida es muy poco. Los enfermos comienzan a entrar en estado vegetativo. El cuerpo humano queda inhabilitado para trabajar, ya no puede levantar cargas pesadas, casi no puede caminar. Ella es causada por la inhalación de polvo que emana de las detonaciones de las cargas explosivas utilizadas para horadar el interior del cerro. Esa polvareda que se respira del ambiente contiene ácidos y gases tóxicos letales al organismo humano. Prontamente mueren por insuficiencia cardio-respiratoria. En muchas bocaminas no existe un sistema de ventilación.

    Históricamente, la vida del minero estuvo acompañada de sangre y luto. Existen hospitales para los mineros con males terminales: Un hospital precario en el campamento no es otra cosa que la penúltima estación del calvario de estos trabajadores.

    TRABAJO SIN DESCANSO

    En las Empresas y cooperativas grandes, el trabajo se realiza en tres turnos llamados “puntas”. El “veinticuatreo”, es la jornada de veinticuatro horas que tiene lugar en el interior mina. Suelen cumplir generalmente los contratistas obreros a destajo que a su vez contratan otros trabajadores.

    La vida del minero es extremadamente dura, marcada por jornadas extenuantes en condiciones peligrosas y con maquinaria obsoleta, trabajan en cuadrillas, perforando y cargando toneladas de mineral, con riesgos constantes de derrumbes y accidentes. A partir del año 1985, los precios internacionales del estaño descendieron brutalmente, lo que produjo una oleada de despidos masivos. Cerca de 10.000 mineros perdieron su trabajo. Con el dinero de sus indemnizaciones fundaron cooperativas mineras, organizando su propia forma de trabajo, aplican el mismo sistema de explotación que sufrieron cuando trabajaban en condiciones de sumisión.

    “La muerte sigue acechando en los socavones de Potosí. Con los dos decesos registrados en fecha 26.10.2025, la cifra de fallecidos se elevó a 102 mineros este año, de los cuales 98 son varones y cuatro mujeres. El director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc) de Potosí, coronel Marco Antonio Dávalos, reveló que entre las víctimas se encuentran cuatro menores de 18 años, jóvenes que encontraron la muerte buscando el sustento en las entrañas de la tierra.” (El Potosí. 28.10.2025.)

     “Los bajos ingresos económicos de muchas familias provocan que no se pueda satisfacer las más mínimas necesidades de alimentación y servicios básicos que afectan a la población que vive en extrema pobreza, y se manifiesta en los altos índices de mortalidad y desnutrición, falta e inadecuada atención médica, analfabetismo y la falta de servicios de saneamiento básico”. (Periódico TINKUY. El Encuentro. Norte Potosí. Mayo 1995).

    MASACRES DE MINEROS

    “En las áridas tierras del altiplano, donde todavía se percibe ruinas de los campamentos, las chatarras del ingenio y las paredes de una casa que sirvió como una posta médica, se desarrolló una intensa actividad minera y se ejecutó una de las masacres más horrendas registradas en la historia del movimiento obrero boliviano, la masacre minera de 1965.

    Todo transcurría con normalidad en los campamentos de MILLUNI, hasta que el ejército, por órdenes expresas del alto Mando Militar Boliviano del régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, hizo su ingreso por tierra y aire la mañana del 24 de mayo de 1965. Las tropas llegadas en caimanes desde la ciudad de La Paz, tenían órdenes de ocupar los campamentos, con la finalidad de poner en jaque a los supuestos actos subversivos del sindicato.

    Los pobladores, al percatarse de la presencia de los uniformados, no tardaron en hacer correr la voz de alarma. Entonces los mineros se movilizaron y armaron con dinamitas, fusiles máuser, y explosivos preparados con pólvora, arena y vidrios, únicas armas para hacer resistencia contra los militares. Se hizo circular el rumor de que la Fuerza Aérea Militar tenía órdenes de bombardear los campamentos. El objetivo principal del ataque con avionetas y tanquetas, aparte de sembrar pánico y terror entre las familias, era acallar la Radio Huayna Potosí, apresar a los dirigentes sindicales y frenar la huelga de hambre que había decretado la COB. Los trabajadores, sin contar con armamento apropiado, cedieron sus posiciones, sin poder resistir al ataque de las avionetas Mustang, que empezaron a disparar ráfagas de ametralladoras. La derrota de los mineros era inminente, las bajas de los mineros fueron muchas y la sangre salió por todos lados, los cuerpos de los muertos estaban en los ríos y las montañas, que fueron testigos mudos de esa horrenda tragedia en la que los mineros ofrendaron sus vidas.

    Los cuerpos de los mineros masacrados fueron enterrados en el cementerio del campamento, donde también descansan los restos de sus viudas, hijos y compañeros que, a pesar de haber sobrevivido a la matanza, murieron vencidos por la vejez, las enfermedades y el mal de todos, la silicosis.”(Crónicas mineras, Víctor Montoya. Suecia”)

    LA MASACRE DE SAN JUAN

    Acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967. Este reporte es resultado de los testimonios de un testigo presencial: “Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó, cantó al ritmo de las cuecas y huayños, acompañados con ponches y comidas. Mientras esto sucedía en Llallagua y campamentos de Siglo XX. Las tropas militares del Regimiento Ranger y Camacho en la madrugada habían tendido un cerco. Alrededor de las cinco de la mañana comenzó la balacera, para victimar a mineros, esposas y niños. La Empresa, en complicidad con los militares asesinos, cortó la luz eléctrica aquella madrugada, para que la radio no pueda transmitir ninguna alarma, en tanto que los soldados, apostados en el cerro San Miguel, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero y la radio “La Voz del Minero”, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maisman. La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se sangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres aterradas por los disparos y gritos intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos.

    Algunos mineros, en un intento desesperado por defenderse, se armaron con dinamitas y capturaron algunos soldados, pero todo hacía suponer que era demasiado tarde para preparar la resistencia. La Plaza del Minero se llenó de soldados y fue declarada “Zona Militar”. La masacre fue ejecutada por órdenes expresas del golpista Gral. René Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios, desabasteció las pulperías, prohibió el fuero sindical. A la masacre siguió la represión y el despido de los “agitadores” de sus fuentes de trabajo. Unos fueron a dar en las mazmorras y otros al exilio, las viudas y los huérfanos fueron expulsados del campamento sin derecho a nada y la masacre de San Juan quedó en la impunidad...”. (Testimonio de un joven que estuvo presente en la Masacre de San Juan).

     

    (*) Cristóbal Corso Cruz Past Presidente de la Sociedad Geográfica y de historia “Potosí”.

     

     

    BIBLIOGRAFÍA

    Córdova, Saavedra, Armando. Historia de un Pueblo. Uncía. Siglo XX. Catavi. Llallagua. Diciembre 2006.

    Almaraz, Sergio. Los cementerios mineros. Biblioteca Pedagógica. La Paz. 1990.

    Mancilla, Jiménez, Víctor Hugo, Pérez, Ayaviri, Jacqueline. Periódico Tinkuy. Norte Potosí. Mayo 1990.

    Montoya, Víctor. Crónicas Mineras. Suecia.

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