Tiwanaku y las letras prohibidas
Hay crónicas que revelan que las culturas andinas tenían escritura.
Ninguna otra cultura prehispánica de Bolivia ha llamado tanto la atención de los investigadores como Tiwanaku.
Ubicada cronológicamente por Ponce Sanginés entre el 1580 a. de C. y el siglo XIII de nuestra era, esta civilización llegó a tal grado de apogeo que las ciencias y artes florecieron entre sus murallas y, como se verá en este artículo, desarrolló alguna forma de escritura.
Resulta curioso, además, encontrar que algunos indicios sobre comunicación que provienen de la cultura tiwanakota tienen relación con otra función del periodismo: la de informar. Una de ellas es la versión más conocida sobre el posible origen del nombre de Tiwanaku que fue proporcionada por el jesuita Bernabé Cobo para ser inicialmente recogida en la compilación que Gustavo Adolfo Otero publicó en 1939 con los principales escritos de los cronistas coloniales, americanistas e historiadores bolivianos sobre ese legendario Lugar:
"Llamóse Tihuanacu, por la razón que ahora diré: cuentan sus moradores que, hallándose aquí el Inca, le llegó un correo del Cuzco con extraordinaria brevedad, al cual (sabida por el Inca la brevedad con que había corrido la posta), en llegando le dijo: 'Tiay, Huanacu', que en su lengua quiere decir 'siéntate y descansa, huanacu'. Dióle nombre de huanacu que es un animal de esta tierra muy ligero, por la brevedad con que había llegado y ese nombre se le quedó al pueblo desde entonces, el cual pronunciamos nosotros mudadas algunas letras" (COBO, 30).
Está claro que se trata de una anécdota recogida de la tradición oral y sale del contexto de la historia misma de Tiwanaku, porque hace referencia a un incidente supuestamente ocurrido en tiempos de los incas, que fueron muy posteriores a los de la civilización cuyo nombre original habría sido Taypicala. No obstante, no deja de llamar la atención que el hecho se relacione con el envío y recepción de informaciones mediante el sistema de postas o chasquis que alcanzó su auge en el incario.
En sus "Memorias antiguas historiales y políticas del Perú", el cronista español Fernando de Montesinos escribió que “según dicen los indios, había letras y caracteres en pergamino y hojas de árboles, hasta que todo se perdió de ahí a cuatrocientos años" (MONTESINOS, 73).
El mismo cronista hace esta descripción del sistema de chasquis:
"En materia de los avisos que enviaban los gobernadores al rey o el rey a los gobernadores ha habido muchas variaciones, como las han tenido los sucesos de los reyes; cuando tenían letras y cifras, o hieroglificos, escribían en hojas de plátano, como hemos dicho, y un chasqui daba el pliego al otro, y los aprendían muy bien, y desta suerte, en relación, llegaba a la persona a quien iba" (Ídem, 44).
Roy Querejazu afirma que la existencia de una escritura jeroglífica en la zona andina no se remonta solamente a tiempos del Incario puesto que en la espalda del monolito Ponce de Tiahuanaco se encuentran dos figuras humanas esculpidas frente a frente, sosteniendo cada una un cetro o bien una estólica. Lo notable de estas figuras antropomorfas reside en que de sus bocas salen signos de tipo jeroglífico, pertenecientes a una escritura desconocida y desaparecida. Sobre esa base señala que es posible que la escritura jeroglífica, usada durante el Incario y que se prolonga hasta la colonia e inclusive la República, provenga de tal escritura tiahuanacota.
"Si bien no está definido si la escritura jeroglífica de épocas incaicas proviene del período tiahuanacota, lo evidente es que durante ambos imperios el hombre andino contaba (por lo menos en sus capas sociales privilegiadas o gobernantes) con un medio de comunicación o de registro escrito”, señala, pero apunta que también es cierto que durante el Incario sucedió un hecho insólito que prácticamente dio fin a esta forma de expresión cultural.
¿Y cuál habría sido ese hecho insólito? Montesinos habla de un estado de guerra en tiempos de Titu Yupanqui Pachacuti que habría derivado en una batalla definitiva en la que el inca perdió la vida. Tras su muerte, los sobrevivientes de la guerra huyeron de la peste provocada por los cadáveres putrefactos, estallaron rebeliones en diferentes provincias y se desató el caos. La sentencia del cronista es clara: "se perdieron las letras" (Ídem, 79).
Todos estos sucesos con tinte apocalíptico parecieron haber sucedido en un tiempo en el que reinaba gran confusión quizás debido a las luchas entre las culturas andinas con el afán de ocupar la vacante que Tiwanaku había dejado en la hegemonía del territorio que controlaba. Carlos Ponce Sanjinés afirmó que "el ámbito altiplánico quedó dividido en estados o señoríos regionales, todos de habla aymara" (PONCE, 40) a quienes muchos autores agrupan equivocadamente bajo el nombre genérico de kollas cuando la verdad es que hubo muchas otras etnias. Según este autor, los pueblos que predominaban en el altiplano tras la caída de Tiwanaku no sólo fueron los kollas sino también los lupakas, umasuyus, pakasas, karankas, lipis, charkas, qaraqaras y chichas. Menciona también a la cultura Mollo, autora de la ciudadela de Iskanwaya, como la más sobresaliente de aquella supuesta etapa de barbarie o behetría en la que habrían surgido los señoríos regionales altiplánicos.
Esa barbarie es refutada por Dick Edgar Ibarra Grasso que en las conclusiones de "La verdadera historia de los Incas" afirma que "la arqueología no nos ha presentado rastros del período de las supuestas behetrías, y en su lugar aparecen los restos de la civilización Colla o Aymara, descendiente directa de la de Tiahuanaco en su última época, a la vez que un renacimiento sobre las formas decadentes (en cerámica solamente) del final del Tiahuanaco expansivo”.
Pero aun aceptando la versión de Ibarra, no se puede negar que existe tal confusión en torno a los sucesos de aquella época que no es fácil determinar cuáles eran los pueblos existentes en ese momento, hasta dónde llegaba su jurisdicción y en qué consistía su inter-relación con sus vecinos. Uno de los detalles que más debate ha provocado es determinar no sólo cuáles fueron las culturas dominantes de esa época sino sus gobernantes.
En sus "Memorias Antiguas historiales y políticas del Perú" Fernando de Montesinos levantó una lista de hasta 105 gobernantes que, como era de esperar, mereció la inmediata reacción de los historiadores.
En un intento de identificar por lo menos al inca muerto en la batalla que precedió a la peste, concentrémonos en el Titu Yupanqui Pachacuti de Montesinos que parece ser "el buen inca Yupanqui" de Inca Garcilaso de la Vega, aquel a quien este cronista consideraba el décimo inca del Tawantinsuyo, sucesor de Pachacutec y antecesor de Tupaj Yupanqui. No obstante, es preciso apuntar que existe toda una polémica sobre la identidad de ese gobernante. Existen autores que critican a Garcilaso por considerar que, en su recuento de los incas, se equivocó y "duplicó" a Pachacutec porque este habría utilizado el apelativo de "Yupanqui" antes de su victoria sobre los chancas. También existe confusión sobre Viracocha y Pachacutec ya que algunos autores se refieren a ellos como dos incas distintos, padre el primero e hijo el segundo, pero otros los nombran como si fueran uno solo. La confusión se explica, por una parte, por la escasez de evidencias físicas -los ya mentados envases culturales- en torno a ese periodo supuestamente anárquico y, por otra, por la acción sistemática de los vencedores de borrar todo rastro de él, conforme se verá casi de inmediato.
Citando a "La verdadera historia de los incas", Querejazu dice que "con el Inca Huiracocha, octavo emperador del Incario, de la dinastía clásica, comienza la historia propiamente dicha del Imperio Incaico. Hasta entonces los reyes incas del Cuzco dependían de la capital del Reino Colla: Hatun Colla. Tal es así que cuando Huiracocha contrae matrimonio, Chucho Capac, el emperador colla de Hatun Colla lo visita en el Cuzco. Ello demuestra claramente la dependencia del Cuzco de Hatun Colla. También parece ser cierto el hecho de que fue el Inca Huiracocha quien derrotó y frenó la invasión de los Chancas. Es más, el apelativo de 'Pachacutec' parece que lo llevó originalmente Huiracocha".
Por esas referencias, se puede colegir que uno de los bandos en conflicto era el de los incas, a los que otros autores se refieren como cuzcos, en alusión a la ciudad más importante de su cultura, y eso lleva a la conclusión de que su ámbito geográfico era el del actual Perú. ¿Cuál era el pueblo al que se enfrentó en la tantas veces referida batalla? Volvamos a revisar a Montesinos. "Durante el reino de Titu Yupanqui Pachacuti, 'por la vía del Collao', venían marchando muchas tropas. Titu Yupanqui, con el grueso de su ejército, se preparó para enfrentar a 'los del Collao', construyendo en los altos cerros 'andenes, cavas y trincheras" (Ídem, 81).
Tomando en cuenta esa versión y las de todos los autores que hacen referencia a la expansión de la cultura inca desde los tiempos de Viracocha y Pachacutec, se encontrará la coincidencia de que el avance de estos abarcó parte del territorio de los actuales Bolivia, Ecuador y Chile y, en el caso de nuestro país, eso supuso enfrentarse con los kollas.
Entonces, la batalla referida por Montesinos enfrentó a incas y kollas pero, ¿qué pasó después de ese choque? El cronista señala que el sucesor de Titu Yupanqui Pachacuti fue Tupac Cauri Pachacuti séptimo mientras que, con la ventaja de ser contemporáneo y haber investigado más, Ibarra menciona a Inca Yupanqui. En ambos existe un denominador común: dan claves sobre la desaparición de la escritura.
Montesinos insiste en relacionar a la peste con los demás males que acosaban a los pueblos de aquellos lejanos tiempos. "Disimuló por entonces el rey (Tupac Cauri Pachacuti) e hizo grandes sacrificios y consultas al Illati Huira Cocha. Una respuesta fue, que la causa de la pestilencia había sido las letras, que nadie las usase ni las resucitase, porque de su uso le había de venir el mayor daño. Con esto Tupac Cauri mandó por ley que, so pena de la vida, ninguno tratase de Quilcas, que eran pergaminos y ciertas hojas de árboles en que escribían, ni usasen de ninguna manera las letras. Este oráculo lo mandaron con tanta puntualidad, que después de esta pérdida, jamás los peruanos usaron las letras. Y porque tiempo después un sabio amauta inventó ciertos caracteres, lo quemaron vivo. Y así desde este tiempo, usaron de hilos y quipos" (Ídem, 86), refiere.
(*) Juan José Toro es fundador de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP).
Fuentes
COBO, Bernabé. 1939. Del templo y edificios de Tihuanacu. En TIHUANACU. Biblioteca Boliviana No. 2. Publicaciones del Ministerio de Educación, Vellas Artes y Asuntos Indígenas. Imprenta Artística. La Paz.
IBARRA Grasso, Dick Edgar. 1978. La verdadera historia de los incas. Segunda edición. Editorial Los Amigos del Libro. La Paz
MONTESINOS, Fernando. 1882 [1570-1572]. MEMORIAS ANTIGUAS HISTORIALES Y POLÍTICAS DEL PERÚ. Imprenta de Miguel Ginesta. Madrid.
Querejazu Lewis, Roy. 1989. Bolivia Prehispánica. Librería Editorial “Juventud”. La Paz.