“Mama Verónica”, un amor ferviente por el arte indígena
Artículo en memoria de Verónica Cereceda Bianchi, fallecida el 31 de enero de 2026.
Verónica Cereceda Bianchi (1928-2026), directora de la Fundación para la Investigación Antropológica y el Etnodesarrollo "Antropólogos del Surandino" (ASUR), falleció el 31 de enero dejando un notable legado teórico, conceptual y material tras casi medio siglo de indagaciones, rescate y revalorización cultural de las comunidades indígenas de los Andes.
“Mama Verónica” como le llaman afectuosas las tejedoras y tejedores con quienes trabajó durante casi medio siglo, fue pionera de los estudios del lenguaje en los textiles andinos; demostró que los tejidos no son solo objetos con una función determinada de uso, o de rol estético. Ella estudió, comprendió y divulgó que los tejidos son una especie de prolongación del cuerpo de sus creadores porque a través de ellos describen la cosmovisión de su cultura y quienes son como personas.
Cereceda, doctora en etnología y en semiótica general, ambos títulos obtenidos en la École des Hautes Ètudes en Sciences Sociales (Francia), desarrolló una perspectiva antropológica extraordinaria; sus estudios establecieron lazos con la arqueología, la etnohistoria, la semiótica. Dejó aportes conceptuales centrales para la comprensión de las culturas indígenas y su contribución en el mundo; entre muchos, destacan sus estudios sobre la estética de los tejidos, “descubrió que los textiles indígenas tienen códigos y son extremadamente complejos y relacionados con las maneras de estar y ver el mundo, toda una filosofía del mundo”, según su hija Rosalía Martínez.
En su vasta producción científica, resalta el estudio de las variadas posibilidades semánticas del término “allqa”, al que –luego de minuciosas pesquisas— conceptualiza como contrariedad, contraste, relaciones entre colores o encuentro de diferencias. En su artículo sobre los Textiles Chipaya del sur de Carangas en Oruro, Bolivia (1990) indica: “…percibir esta apariencia de allqa se corresponde, en muchas regiones andinas, con la mirada propia de los seres inteligentes, maduros y cultos (aquellos que podrían percibir claramente las diferencias entre una y otra cosa en el mundo)”.
Sus textos se caracterizan por una destreza narrativa bien cuidada. Al leerlos pareciera que seguimos las líneas al ritmo de su afable voz, llena de conocimiento, cuando describe los resultados de su mirada y encuentro con la urdimbre de hilos, lanas, con los colores y con las voces de indígenas, particularmente de las poblaciones Chipaya (asentadas en parte de Bolivia y Chile), Jalq’as y Yampara en Chuquisaca, y Tinguipaya en Potosí.
Ensayos y libros sin pausa
Cereceda produjo innumerables publicaciones sobre las relaciones entre los textiles y los mitos; sobre las historias de vida y los fenómenos naturales de los lugares que habitan las culturas indígenas de los Andes; de la música y las palabras escuchadas y transcritas para conocer e interpretar el sentido de los personajes; del tiempo, el color, las formas y estructuras descubiertos en su largo camino como antropóloga. Sus catálogos con fotografías inéditas, ensayos y libros fueron publicados en Argentina, Chile, Bolivia y países europeos.
A la par, en colaboración con investigadores y promotores campesinos, promovió el rescate de cuentos, produjo cartillas, libros, descripciones semióticas de antiquísimos textiles que casi nadie conocía y otros que fueron rescatados en el siglo XX. De esa fecunda producción intelectual algunos títulos son: “Los Tata Sombras” sobre las autoridades indígenas en Tinguipaya; “El matrimonio en Tarabuco”, “Las subcentralías de Candelaria” de la zona Yampara; “Concepciones originarias de la papa” de Ravelo, entre muchos otros. En coherencia con el proceso de revalorización cultural, todos esos documentos fueron entregados en formato impreso a sus protagonistas, a la gente de los territorios indígenas donde realizaron las investigaciones, para que conserven la memoria de sus antepasados y formas de vida.
Cereceda siempre se mantuvo apasionada por los asuntos teóricos y antropológicos. Estudió y escribió sin pausa, revisando y complementando varios ensayos. Se levantaba cada mañana y marcaba su agenda para escribir. En noviembre pasado, tras cumplir 98 años de edad, envió a impresión un libro sobre la vestimenta jalq’a y dejó avances de la investigación sobre el término “khuru”, relata su hija de cariño Jimena Montero.
Para y con indígenas
Cereceda llegó a Bolivia junto a su amado compañero Gabriel Martínez en la década de 1960, ambos de nacionalidad chilena crearon el Teatro Nacional Qollasuyo conformado con actores indígenas. El tiempo transcurrió y en la década de 1980, ambos antropólogos junto a su homólogo boliviano Ramiro Molina Barrios crearon en La Paz, la Fundación de Antropólogos del Sur Andino (ASUR); luego, el matrimonio Martínez-Cereceda se estableció en Sucre y, tras un periodo de prospección e investigación, encaminaron el Programa Textil Jalq’a cuyo principal logro (1987) fue la recuperación de los textiles tradicionales de las zonas jalq’a y yampara en Chuquisaca. Aunque no fue previsto como objetivo principal, los resultados positivos de ese programa alcanzaron la comercialización de los singulares tejidos, generando una fuente de ingresos económicos, “para las familias campesinas, en una región cercana a la absoluta pobreza y con una agricultura en progresivo deterioro” (ASUR, 1997).
Siempre con voz suave, sus diálogos iniciaban con las palabras amor, linda, lindo. Nunca se enojaba, testimonia el personal que trabajó con ella en la Fundación ASUR durante 20, 18 o 14 años. “Pay anchata kusikurqan ñoqaykuwan llank’ayqa” (le gustaba mucho trabajar con nosotros), recuerda un tejedor, refiriéndose a que la Mama Verónica dedicó su vida a trabajar para y con la gente de comunidades indígenas en el sur de Bolivia, sean jóvenes, adultos o niños, a todos los incluía y motivaba.
Ella viajaba a todas las comunidades de las zonas jalq’a y yampara, desafiaba los caminos sinuosos que, en muchas ocasiones, por efecto de los derrumbes y las lluvias impedían el tránsito vehicular. Cereceda dirigió muchas travesías y cuando no podía hacerlo recomendaba siempre a los técnicos y a los promotores campesinos que las capacitaciones debían realizarse en forma adecuada, hablando con calma, con cariño.
Los proyectos ejecutados unieron su trabajo, el de los campesinos de las comunidades beneficiarias y del equipo técnico de ASUR. El rescate y revalorización del arte textil indígena fue posible gracias a esa sinergia en la cual predomina la participación y compromiso de miles de mujeres y hombres indígenas. ASUR llegó muy lejos. Comenzó con el taller textil en Irupampa, luego el de colchones y bayetas en Marawa; siguieron los bordadores de Majada que fueron capacitados para realizar bordados con técnicas prehispánicas. En Potolo, Candelaria, Pila Torre, San José del Paredón y otras comunidades surgieron los tapiceros. Otro programa de talleres de cerámica permitió recuperar la alfarería tradicional y mejorar la calidad y variedad de su producción. El arte textil indígena fue hecho conocer en Bolivia y en prestigiosas exposiciones en Estados Unidos y Europa.
El arte indígena en un museo
En el ambiente campesino y también en las ciudades, cuando un ansiado proyecto inicia decimos: “que sea en buena hora” (allin hora kachun, en quechua) y se da paso a un tiempo rodeado de esperanza, para que todo sea próspero. Fue así, fue bienvenido, cuando en 1986, la Fundación ASUR, dirigida por Verónica Cereceda y Gabriel Martínez, creo el Museo de Arte Textil Indígena como resultado del proyecto “Programa de Renacimiento del Arte Indígena”.
El Museo, concebido inicialmente para presentar una exhibición de textiles permanente dirigida a visitantes campesinos, con el transcurso de los años se convirtió en una experiencia incomparable. Los ambientes, la arquitectura, los árboles, los objetos expuestos permiten a los visitantes sentir y conectar con la cosmovisión de ancestrales y actuales tejidos elaborados por mujeres de las zonas Jalq’a y Yampara del Departamento de Chuquisaca y otros provenientes de Tinguipaya, Potosí. La muestra también resguarda reliquias textiles y objetos prehispánicos de una colección proveniente de la época Tiwanaku. Existen atuendos, altares, piezas musicales y videos de bailes autóctonos del sur de Bolivia.
Tras permanecer durante casi dos décadas en la ex Casa de la Capellanía y después de que la Gobernación de Chuquisaca cancelara el comodato para la ocupación de ese lugar, el Museo fue trasladado a la zona de Munay Pata (Altura del Amor), a pocos pasos de la Plazuela de Santa Ana de la Recoleta, donde quedó establecido.
Cuando Cereceda hablaba del Museo siempre destacaba que era parte de la memoria colectiva de su gente, y estaba destinado al orgullo y conocimiento de los pueblos indígenas porque el arte textil representa la forma de vida, la cultura de las personas que la crean y la llevan consigo. A la fecha, esa muestra, construida con mucho esfuerzo por su familia, con el aporte de amistades y organizaciones no gubernamentales, constituye un modelo de museografía admirado por gente nacional y extranjera.
Un artículo sobre el museo, escrito por Cereceda, se puede leer en este enlace: http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562019005001405
Inca Pallay
Entre los diversos proyectos de rescate del patrimonio y arte indígena encauzados por Verónica Cereceda con la Fundación ASUR sobresale la Asociación de Arte Indígena Inca Pallay que, después de un intenso proceso de capacitación y apoyo a tejedoras, tejedores y promotores campesinos, alcanzó su éxito. La Asociación es una prueba real de la sostenibilidad que pueden alcanzar los proyectos cuando se los concibe, encamina y fortalece, para beneficio de sus asociados. Al presente, después de más de cinco lustros, sus asociados persisten en la labor de crear textiles e integrarse al mercado para venderlos a precios razonables.
Mama Verónica o mama Vero, como la nombran con cariño sus allegados, hizo cosas únicas, pensó, planificó y llevó adelante capacitaciones sobre los tintes de origen natural, gestionó la incorporación de técnicas antiguas para el tejido y bordado textil que, posteriormente, dieron paso al resurgimiento y recuperación de la dimensión creativa de hombres que aprendieron a elaborar tapices, a valorarlos, para después formarse en asuntos de presupuestos, porcentajes y ventas del arte que habían creado. Impulsó también la formación de lideresas y líderes indígenas a quienes actualmente se puede reconocer en cargos públicos, dirigiendo entidades de gobierno municipal o departamental. A la vez, se dedicó a valorizar la creatividad femenina, los saberes y las técnicas del tejido, fortaleciendo el rol de la mujer en el ámbito familiar, su identidad, cosmovisión y el pensamiento de las tejedoras.
Su trabajo para el rescate cultural se mantuvo intacto. Así lo demostró con el apoyo que dio desde ASUR a la postulación de la candidatura de las danzas y músicas del Pujllay y Ayarichi de la cultura Yampara para su reconocimiento como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad ante la Unesco (2014). La etnomusicóloga Rosalía Martínez redactó la candidatura con el respaldo de CARE Bolivia y el apoyo de Cereceda y los yamparas Román Quispe (+) y Juan Champi.
Más datos sobre este enunciado pueden consultarse en la Revista Thakhi Musef (2024): http://musef.gob.bo/pdf/thakhi/Thakhi_8.pdf o en https://ich.unesco.org/es/RL/el-pujllay-y-el-ayarichi-musicas-y-danzas-de-la-cultura-yampara-00630
Despedida
El apasionamiento de Verónica Cereceda por mostrar todo lo que las culturas indígenas pueden entregar al mundo fue permanente, “partió sintiendo que aún tenía mucho que decir”, aseguró Rosalía Martínez en la ceremonia de despedida a su mamá.
Un viento suave recorrió el patio del Museo de Arte indígena, envolviendo el ataúd de la Mama Verónica que estaba arropado por un poncho rojo y negro, con hojas de molle, serpentinas, tulmas (borlas de lana multicolor) y flores. Un platillo de cerámica con pequeños ovillos de lanas en tonos rojo, azul, rosado, verde, blanco, también recibió la brisa que siguió para acariciar dos fotografías: en una de ellas se veía a Verónica junto a su amado Gabriel.
La ceremonia incluyó varias canciones, iniciando con una que le gustaba mucho a mama Vero: “Gracias a la vida” de Violeta Parra. Siguieron las palabras de despedida: “Gracias mamita por caminar con nosotros, hoy el Tata Inti (Padre Sol) te entrega el descanso y la Pachamama (Madre Tierra) te abre su hogar…”, sollozó uno de sus ahijados, mientras una tejedora indígena aconsejó a los presentes: Ama llakisunchu, paya pachamamawan kashan. Sonqonchiq uqhuypi pay mana ripushkachu kanka (No estemos tristes, ella está con la Madre Tierra, ella nunca se irá de nuestros corazones).
Llegó el turno del Teatro de los Andes, le dedicaron conmovedoras canciones en idioma quechua para que la acompañen en su viaje eterno. El viento bueno siguió propagando las melodías de los sikus (zampoñas y un bombo de cuero) interpretados por cuatro tejedores y músicos jalq’as. La ceremonia cerró con el anhelo de una tejedora para que la Fundación ASUR prosiga la obra heredada por Cereceda: “Sigue jinallapuni qananta kay Fundación ASUR, mana quedakushananta jinapi, porque Fundación ASUR noqaywan anchata pachikuyku payniqta noqayqu culturaykupis sigue culturayku llank’asayku” (que siga siempre la Fundación ASUR, que no se quede aquí, porque le estoy muy agradecida, porque a través de ella seguiremos trabajando por nuestra cultura).