Los rostros de David Santalla
Se rasgó la cortina del humor boliviano. Artículo en homenaje al célebre humorista.
Palabras bien hilvanadas, fotos que mucha gente se tomó con él —y subió a las redes para aparentar una inexistente amistad—, poemas, una estatua de bronce… ningún homenaje alcanzará la dimensión que tuvo la obra de David Santalla.
Nació en La Paz, se crio en Chile y quiso morir en Sucre. David estaba en la capital, sometiéndose a un tratamiento contra la enfermedad que lo consumía desde hacía años, pero que él había logrado con una ejemplar resiliencia. Hizo reír hasta con su tragedia personal. En una entrevista reciente, con una amplia sonrisa, proclamó que tenía cáncer y agregó que hubiera preferido que le tocara piscis o géminis.
Aunque llegó a Sucre para tratarse en el Instituto Chuquisaqueño de Oncología (ICO), dijo más de una vez que le gustaba estar en la Ciudad Blanca donde sus piezas teatrales siempre tuvieron buena acogida. Tanto su espectáculo “Santallazos” como sus obras de teatro abarrotaban las butacas del Gran Mariscal al que él saludaba con cariño cada vez que llegaba.
Largos y buenos textos fueron publicados tras su partida, así que ya no hay mucho qué decir del hombre. Sin embargo, es posible hablar de sus personajes, aquellos sus otros hijos a los que él dio vida y mantuvo durante años.
Santalla creó decenas de personajes y no todos nacieron con personalidad definida, sino que fueron armándose en el camino. Mención aparte merecen sus caracterizaciones en el cine, puesto que estos fueron trabajados de manera temporal, para las películas, aunque David extendió su papel de Don Vito, de la película “Mi Socio”, más allá de la pantalla grande pues mantuvo amistad con su coestrella infantil, Gerardo Suárez, con quien volvió en 2019 con un 2.0 que no pegó como él hubiera querido.
Participó en por lo menos ocho películas nacionales, pero sus papeles más recordados son los de “Chuquiago” y “Mi Socio”, quizás porque no era muy diferente el uno del otro.
Carloncho, El Patán
Fue la nota tragicómica de una película de culto. “Chuquiago presenta cuatro historias de personajes muy diferentes en una La Paz todavía sumida en el fango de la dictadura. Cada historia lleva el nombre de sus protagonistas, partiendo de un Isico que aparece en la escala social más baja, al quedar bajo el cuidado de una comerciante a cambio de techo y comida, hasta terminar con una Patricia que se deja seducir primero con los ideales revolucionarios y con la comodidad de la familia burguesa, después. El encuentro casual de ambos es el mejor cierre de una película boliviana porque refleja las grandes desigualdades de nuestra sociedad.
En medio está Carlos Toranzo, el oficinista al que José Antonio Terán Revilla reseñó como “de clase media, trabaja como empleado público para mantener a su familia. Asimismo, lleva una vida paralela de amigos, parrandas, y prostitutas. Es en cierto modo el escape a su mediocridad, a la realidad de no poder aspirar a algo mejor en la vida”.
Pero este “Carloncho” vive una doble vida. Se muestra adusto, severo y mezquino con su numerosa familia, pero generoso con sus compañeros de farra. Es probable que Antonio Eguino haya escrito a ese personaje como un villano, pero Santalla lo convirtió en entrañable.
“Somos amigos tú y yo, caray…”
Don Vito es la versión terrestre de los marineros que tienen un amor en cada puerto. En un país al que los políticos dejaron sin mar, dos veces en su historia, este es un camionero que, en el lenguaje coloquial de los bolivianos, tiene una ñata en cada parada.
En una de sus paradas en Santa Cruz conoce a Brillo, un lustrabotas huérfano que decide marcharse con él, como ayudante. A partir de ahí, el viaje es de redención porque el niño cuestionará la conducta del camionero al que solo cambiará al estar en peligro de muerte.
Es inevitable encontrar en Don Vito algunos rasgos de Carloncho, pero mientras este simplemente repetía su monotonía, aquel consiguió cambiar, aunque presionado por una tragedia.
Entre tablas y trenzas
Aunque su peso en el cine es innegable, e incluso tuvo un importante paso por la radio y televisión, el fuerte de Santalla siempre fue el teatro, para el que creó a sus personajes más notables.
Uno de ellos fue el negrito Dominguín, que era una sátira de los afrodescendientes, pero no bolivianos, sino de los de Estados Unidos, pero este desapareció cuando se promulgó la Ley 045 que convirtió buena parte de las representaciones culturales actos de discriminación.
Toribio. El propio David contaba que una de sus primeras creaciones fue Toribio, el hombre ingenuo de la chompa a rayas con quien él dijo identificarse varias veces.
Este personaje, cuyo nombre completo era Toribio Waca Tocori Auqui Auqui, solía meterse en enredos sin proponérselo, pero, aunque tímido por naturaleza, tenía un ego que afloraba cuando se involucraba en relaciones sentimentales, generalmente sin buscarlas.
Doña Liboria. Es la típica viejita achacosa, aunque dotada de una singular picardía. David contaba que se inspiró en su abuela para crear al personaje que, de todas maneras, no estuvo exento de polémica tras la Ley 045 porque hubo voces que consideraban que era una burla para los adultos mayores.
Aunque Santalla limitó la aparición de Doña Liboria, no renunció totalmente a ella y continuó presentándola en sus espectáculos.
Don Enredoncio. Es un hombre amargado que se volvió más ácido con los años. Es como aquellos adultos mayores que caminan por una acera y empujan a quienes se ponen en su camino.
David contó que este personaje está inspirado en otro de sus parientes. “Me inspiré en mi hermano Alfredo; él se ríe ahora. Enredoncio es como el paceño que se enreda solito y se desquita contigo”, contó.
Don Enredoncio cayó como anillo al dedo como suegro malhumorado, y así apareció en varias comedias, pero se suavizó cuando Santalla se casó con Sandra Saavedra, a quien incorporó a sus números cómicos y también le asignó papel de esposa del renegón, por lo menos en la revista ilustrada “Risaterapia”.
Salustiana. Es, sin duda, su personaje más popular, aunque él no la haya proyectado de esa manera. Al hablar de esta pícara cholita, dice que primero la concibió como una empleada doméstica que aparecía esporádicamente, pero le cayó tan bien al público que se convirtió en insustituible.
Antes era llamada “la imilla”, pero, una vez más, los complejos de los predicadores de la discriminación afectaron el uso del apelativo, por considerarlo insultante, así que el nombre de Salustiana fue más usado.
Según las quejas de su “siñora”, Salustiana era una mujer a la que le gustaba dejar su puesto del deber para enamorar ocasionalmente, aunque tenía gusto por los carabineros. Durante su exitosa temporada en la televisión estatal, tuvo un novio oficial, un albañil interpretado por Hugo Eduardo Pol, que le llevaba serenata de contrabajo y le cantaba el tema de fondo de la serie “Batman”. Eran los tiempos gloriosos anteriores a la Ley 045 en los que Santalla nos presentó a una superheroína, la “Batimilla”.