Entrada del Virrey arzobispo
El cuadro más valioso del Museo de América, en España.
Las fiestas, tanto civiles como religiosas, sirven para ilustrar distintos momentos de la relación entre la metrópolis y sus colonias. Las fiestas ocasionaban un mayor derroche económico que se traducía en una declarada búsqueda de efectismo, que pretende hacer más memorable lo extraordinario de la celebración.
Los gastos, parte esencial de la fiesta, eran exorbitantes, pese a las regulaciones y prohibiciones estipuladas para este tipo de celebraciones. En el caso de las religiosas, en las que se utilizan una y otra vez los mismos decorados, andas, símbolos, etc., las fiestas repentinas son más propensas a introducir variantes locales.
En cuanto a la muy codiciada entrada del Virrey arzobispo, la fiesta sirve en primera instancia, y a nivel local, para posicionar a la ciudad al reivindicar su propio espacio simbólico, a través del recorrido y los adornos, la magnificencia y el regalo, y a la vez presentar la imagen que una sociedad muestra a sí misma, donde el protagonista excluyente es el orgullo criollo.
En el caso de Potosí, esto se expresó —en un principio— en el excesivo gasto, un modo de dejar bien alta la reputación de una ciudad a menudo asociada con la avaricia y el pecado.
Entrada a Potosí del virrey Morcillo
Se traduce en deseos de buen gobierno, en la necesidad de reforzar determinados valores y en posibles favores a la Villa Imperial. Esta, si bien portentosa y magnífica, la opulencia de la entrada triunfal afirma la imagen que se tiene a priori del Virrey. Todo aparato iconográfico diseñado para la solemne ocasión fue cuidadosamente pensado para alabar y adular a la autoridad entrante: el objetivo fue definir y delinear el poder del Virrey “moldeándolo” hacia los intereses locales.
Los documentos encontrados son testimonios en los que se comentan distintos momentos de la relación entre la metrópolis y sus colonias.
Es interesante referir a estas fiestas. El 25 de abril de 1716 hizo su entrada triunfal el recién electo virrey interino del Perú, el arzobispo con sede en Charcas, don Diego Morcillo Auñón. Esta entrada dio pie a fiestas y celebraciones en la Villa Rica, que duraron ocho días, incluyendo banquetes, mascaradas, toros, luminarias, una loa, refrigerios, desfiles y demás despliegues acostumbrados. Lo excepcional es la ocasión: Morcillo, quien accede el poder.
“Anunciada con muchos días, con inquietud y grandes preparativos y festividades esperadas, por fin a las tres de la tarde del mes de abril del año nombrado, ingresó a la Villa Imperial el virrey Aunón, acompañado de una muy ilustre comitiva formada por sacerdotes y clérigos de todas las órdenes, nobles caballeros, veinticuatro mineros, beneficiarios, azogueros, oficiales y artesanos; desfilaron ante la admirada muchedumbre volcada aquel día por calles y plazas del sin par fastuoso Potosí.
“La comitiva se detuvo en la puerta del templo de San Martín de Tours, principio del camino de la Cantería hacia la ciudad capitalina de la Audiencia de Charcas. Allí se levantó el primer arco macizo, cuyas elevadas columnas piramidales de plata repujada, recamadas de oro y pedrería, servían de pedestal a dos señoritas que travestidas de ángeles mantenían en la mano la mitra, una de ellas, y el báculo, la otra, del ilustre prelado. En la bóveda central del arco se colocó un pedestal igualmente de plata, tachonado de diamantes, esmeraldas y rubíes. Sobre él, de pie haciendo flamear una oriflama, una bellísima damita, hacía el papel de San Miguel, vestida con el traje típico de los incas, otros dos ángeles situados en el umbral del monumental, arco, derramaban esencias y pétalos de flores, de los jardines de las distantes fincas, pues en Potosí no había ni una sola, ni crecía planta alguna por el intenso frío, que ni a los niños dejaba vivir.
“La calzada había sido cubierta con riquísimas alfombras, desde el arco hasta la Plaza del Regocijo, cinco cuadras de más de cien metros cada una.
“Espectáculo de tanta pompa y esplendor, lucimiento de tanta riqueza, jamás se había visto en la Villa Imperial. Fachadas, balconajes, ventana y puertas, desde muy temprano se hallaban empavesados; gallardetes, oriflamas y pendones flameaban en las torres y espadañas de los templos a lo largo de la calle, que, partiendo del templo de San Martín, desembocaba en la Plaza del Regocijo. En toda ella se habían levantado multitud de arcos a poca distancia los unos de los otros con diversas alegorías alineados en larga perspectiva, en toda la costanilla que sube desde la plaza hasta aquél templo, dando un aspecto multicolor, festivo, de profusa ornamentación, rico y engalanado.
“Tapices de damasco y brocado, riquísimas telas y cortinajes de seda, alfombras, cortinas, escudos y banderas, fueron lucidos en balconajes y paramentos de los muros al paso de la comitiva. En la puerta de la Iglesia San Martín se le dio al ilustre prelado la bienvenida por el alcalde honorario don Francisco de Gambarte y por don Pedro Navarro; en la puerta del Cabildo le saludó el Corregidor y Justicia Mayor, don Francisco de Cuenca.
“El virrey prelado venía en un hermoso caballo, enjaezado de plata. Ocho pajes levantaban el palio debajo del cual, con la diestra, distribuía bendiciones aquel que muy pronto habría de ocupar la silla virreinal de los Pizarro en Lima. Por delante, por orden de jerarquías, le precedían todos los conspicuos personajes potosinos, los unos en hermosos caballos, traídos desde España, los otros en mulos y los más a pie con el traje de la época cuyo brillo y elegancia resplandecían al sol poniente en la tarde de tan memorable día.
“Tan majestuosa e imponente debió haber sido aquella ceremonia, de tanta magnificencia y de tan imponderable riqueza, que el pintor Melchor Pérez de Holguín, quiso dejar testimonio de este Fausto acontecimiento, pocas veces superado en los anales potosinos, que dejó estampadas las escenas de esta procesional entrada en un cuadro pintado al óleo por encargo de un sobrino del virrey prelado, para ser obsequiado a la autoridad proclamada; actualmente esta obra de arte se encuentra en el Museo de América de Madrid, en el que en primer plano aparece el autorretrato del autor Holguín.
“Tanta debió haber sido la ponderación en el vecindario potosino que muchos, al paso de la comitiva, la aclamaban con expresiones de ponderada alabanza que el pintor las consigna en labios de algunos de los personajes, espectadores del paso de tan majestuoso desfile. Uno de ellos, un viejo enjuto, de larga nariz ganchuda, se dirige a una vieja centenaria y le dice: ‘Hija pilinga, has visto tanta maravilla?’ —Alucho, le contesta ella, en cientos y tantos años no he visto grandeza tamaña.
“La anciana testigo del esplendor colonial potosino declara lo inigualable del acontecimiento singular, con frase de absorta admiración que equivale al dicho: “Vale un Potosí” y lo dijo por no haber visto otro sucesor igual en su larga existencia”. (‘El alma de las cosas’. Vicente Terán Erquicia. Potosí, agosto de 1965).
El gobierno de Morcillo
Se conoce que gracias al cuadro pintado por Melchor Pérez de Holguín y la minuciosa crónica realizada por Bartolomé Arzans, en el lienzo quedó plasmado el recibimiento que se ofreció al Virrey en la Villa Imperial de Potosí, el 25 de abril de 1716.
En ese cuadro están presentes, como meros espectadores, todos los miembros de esta sociedad tan diversa y variopinta, como el propio Holguín, que se retrata como testigo directo en la parte inferior del cuadro, junto a su firma.
En el lienzo conviven tres espacios temporales diferentes. La mitad inferior del cuadro, está dedicada a la numerosa comitiva que acompaña al prelado en su entrada a la ciudad. La parte superior se divide horizontalmente por dos lienzos fingidos con la representación de los actos que conmemoraron el hecho histórico.
La fiesta se prolongó hasta la noche y al día siguiente, y en ella no faltaron las corridas de toros ni las máscaras en las que se mezclaron las representaciones de las sibilas y los incas. Al mismo tiempo, la ciudad se engalanaba con arcos de triunfo, tapices y lienzos con personajes mitológicos, alegóricos, con los que se trataba de resaltar las muchas virtudes del visitante y la ciudad que lo recibía.
Todo con la esperanza de conseguir el favor de la máxima autoridad, especialmente para que “les hiciese enviar azogues y restituir los indios de la MITA, algo en lo que los poderosos mineros no dudaron en gastar su dinero, aunque se arrepintieron a los pocos días, al comprobar que el poder de Morcillo, iba a ser mínimo dada la brevedad de su interinidad”. Como comentaba el cronista Arzans, lamentaron la pérdida de esos 150.000 pesos “que fuera mejor gastarlos en otra cosa”.
(*) Cristóbal Corso C. es expresidente de la Sociedad Geográfica y de Historia Potosí.