Néstor Paz Zamora (y los Paz en la política boliviana)
Fue el hermano menor de Jaime Paz Zamora, que llegó a gobernar Bolivia y es el padre del actual presidente.
Tengo una deuda pendiente que no me deja en paz desde hace algún tiempo. Es una deuda conmigo mismo o ¿a quién más podré entregarla?
Quiero rescatar la memoria de Néstor Paz Zamora. Persona olvidada; nadie lo conoce, nadie sabe de él. Y, sin embargo, es uno de los Paz que debe quedar muy alto en la historia de la política boliviana.
Tres presidentes de Bolivia: Víctor Paz Estenssoro, Jaime Paz Zamora y actualmente Rodrigo Paz Pereira, y un prefecto de Chuquisaca, Néstor Paz Galarza, padre y abuelo, respectivamente, de dos de esos presidentes: Jaime y Rodrigo. Pero, sobre todo para el caso que me ocupa: padre de Néstor Paz Zamora.
Vamos, pues, con Néstor Paz Zamora.
El coronel (así lo conocí en aquella época) Néstor Paz Galarza tuvo tres hijos varones: Mario, el mayor, médico; Jaime, político y Presidente de la República de Bolivia, y Néstor, el menor, miembro del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Jaime vive. Mario murió hace algún tiempo, cerca de los 90 años. Y Néstor murió de hambre en Teoponte van a ser 56 años cuando le faltaba un día para cumplir 25.
Tres momentos sencillos con él
Jaime y Néstor Paz Zamora ingresaron a la Congregación de los Redentoristas, de la Iglesia católica, queriendo ser sacerdotes.
Sus padres, Néstor Paz Galarza y Edit Zamora, fueron seriamente católicos, de misa y comunión frecuente.
Primer momento.- Una mañana, hacia el año 1963, en la plazuelita Cochabamba de esta ciudad de Sucre, me encontré con Néstor Paz Zamora. Yo estaba en mi primer año de sacerdocio católico, como sacerdote del clero diocesano, es decir que no pertenecía a ninguna congregación religiosa.
Néstor me consultó, diciéndome, más o menos, lo siguiente: “Mi hermano Jaime ingresó a los Redentoristas y yo también lo hice; ahora Jaime ha salido de la congregación religiosa para pasar al Clero Diocesano. ¿Te parece si yo también paso al Clero Diocesano?”.
Yo le dije: “Mira, Néstor, tú debes ver lo que quieras hacer, pero lo que yo puedo decirte es que no seas un seguidor incondicional de tu hermano”.
Segundo momento.- En otra ocasión, años más tarde, hacia 1966 o 1967, yo estaba de párroco en Las Carreras, un pueblo pequeño de Sur Cinti, del departamento de Chuquisaca, y trataba de vivir mi sacerdocio con la espiritualidad de Charles de Foucauld, con largas horas de oración ante el sagrario.
Generalmente lo hacía por las noches, en el pequeño templo de la localidad. Una noche me había quedado dormido, sentado en uno de los bancos. Serían las tres de la mañana cuando sentí una mano en el hombro: era Néstor, que estaba de paso a Tarija en la camioneta de la Prefectura que usaba su padre, el Prefecto del departamento.
Salimos a conversar un rato a la plazuelita que está ahí mismo, en la puerta del templo. Hablamos del compromiso que nuestra convicción religiosa nos exigía. Él ya había dejado el camino a la vida religiosa y estaba en busca de una forma política que le permitiera servir incondicionalmente a la gente más necesitada y desposeída.
Tercer momento.- Pasaron más años. Ya en 1970, también yo había dejado el ministerio sacerdotal católico y estaba a punto de inscribirme en la Carrera de Sociología en la Universidad de La Paz. Me encontré otra vez con Néstor y me citó a conversar porque quería proponerme algo.
Nos vimos en la avenida 6 de Agosto de esa ciudad y me dijo: “Estoy comprometido con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y te propongo que entres en él. ¡Te das cuenta, un Camilo Torres en Bolivia!”. Él me tenía todavía como si yo fuera sacerdote católico.
Le dije que me tomaba de sorpresa una propuesta de semejante trascendencia y que debía pensarlo. Me ofreció dejarme su cargo de profesor de Religión en un colegio particular de La Paz porque él iba al Uruguay a continuar su formación.
Esto último no era verdad. Lo que pasaba era que pronto el ELN entraría a Teoponte; pero de esto, por supuesto, nadie debía saber, y no me dijo nada. Me preguntó qué haría al día siguiente. Le dije que iba a inscribirme en la Carrera de Sociología e iba a hacer cola muy temprano en la puerta de la Universidad. Me dijo que él aparecería a una cierta distancia porque no convenía que nos vieran juntos y que, a su propuesta, yo solo movería mi cabeza en sentido positivo o negativo.
Pasé muy mala noche porque era una época en que debíamos tener un total compromiso cristiano los que habíamos asumido en serio esa convicción.
Al día siguiente, cuando fui a inscribirme a la Universidad, lo vi a una cierta distancia y mi cabeza se movió en sentido negativo. No lo volví a ver.
A los pocos días, con el pretexto de alfabetizar, el ELN entró a Teoponte y allí ocurrió lo que ya todos sabemos, pero desconocemos lo que le pasó a Néstor. Murió de hambre y yo creo que sin matar a nadie, sin usar siquiera un arma de fuego. Su nombre de guerra fue Francisco, 43 años antes de que el papa Bergoglio eligiera ese nombre para su pontificado y con el mismo sentido de lo que ha significado Francisco de Asís en la historia de la Iglesia.
Ahí está su diario, que contiene momentos de oración a Dios de un hijo sencillo y afectivo con su padre. Nadie lo conoce, nadie lo valora, nadie lo aprecia porque para la Iglesia y sus miembros es el diario de un guerrillero malvado y “ateo” y para los miembros camaradas de su gremio seguramente solo fue “un tonto útil”, como solían ellos expresarse de la gente cristiana comprometida con el cambio revolucionario.
Políticamente, personalidades de este calibre como Jesús de Nazaret, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ernesto ‘Che’ Guevara y Néstor Paz Zamora son solo “soñadores” que han quedado en el fracaso.
No sé hasta qué punto he podido pagarme esta deuda con lo que acabo de escribir. No sé. Pero yo lanzo mi recuerdo en su memoria con el aprecio y la amistad más profundas.
Néstor Paz Zamora, un humanista sencillo; una persona digna de recuerdo imperecedero porque es un desafío para una revisión seria de la política en dos sentidos sin los cuales no habrá solución social, económica y política de pueblos y naciones; dos temas que parece no encajan con ‘El príncipe’ de Maquiavelo ni con ningún caminar político, pero dignos de pensar, escribir y llevar a la práctica:
1.- “Política=poder de servicio” y
2.- “Ética-política.
Termino, en tu memoria Néstor, con unos versos que ojalá tengan la calidad de poema, y que escribí en el exilio acordándome de tu amistad.
A mi amigo Néstor
Tantas noches,
tantas madrugadas,
hermano, amigo,
compañero y camarada
buscando el objeto
de mi canto,
y allí estabas tú
entre el azul del cielo
y el verde de la montaña.
Amigo del hombre,
de las hojas
y acaso del fusil
y la mochila…
con tu rostro
lleno de luz y sonrisa
que con el fusil
no encaja.
Yo sé que todo lo hiciste
no para ti
sino para el agua limpia
de nuestra Pachamama.
Néstor del alma
qué fácil olvidar
para las gentes
tu ascenso a la montaña
donde dejaste, sereno,
tu cabeza entre
las hojas secas de tu
última cama,
la de Ceci, sin ella,
la más grande y hermosa
de las camas.
Yo no puedo olvidarte,
yo no puedo tomar
tu metralleta,
pero tomo en mis manos
tu recuerdo,
tu canto, tu Ceci
para cantar en trío
la canción más grande,
la que cantará
por encima de nosotros
tu pueblo, Néstor.
El canto de la muerte
o de La Patria.
Me obsesiona tu cuerpo
entre las ramas,
me obsesiona tu lecho
en silencio, callado,
en absoluta calma.
Me obsesiona tu paz,
buscándola para otros
mientras “otros”,
siguen haciendo
“interesadas” proclamas.
¡Aquí estoy!
compañero, amigo,
hermano y camarada
confundido entre las gentes
recordando tu mirada.
Siete años (*), guerrillero,
entre la llaga del pueblo
entre tu llaga y mi llaga.
Siete años, compañero,
para nosotros, los vivos,
es un tiempo que se alarga;
tú sabías, sin embargo,
que la historia no se cuenta
por el tiempo
ni por los años que pasan,
es fruto de tu vida,
sencilla, clara
y totalmente entregada.
* Este poema fue escrito a los siete años de la muerte de Néstor Paz Zamora.