La moneda que sí fue

Bolivia nació en 1825 pero siguió acuñando moneda española, con la efigie de Fernando VII, hasta 1827.

La de 1827 fue la primera moneda con letras en el canto.

La de 1827 fue la primera moneda con letras en el canto.

Del decreto al troquel.

Del decreto al troquel.

La moneda que sí fue.

La moneda que sí fue.


    Juan José Toro Montoya (*)
    Ecos / 08/09/2026 21:58

    La república había nacido en agosto de 1825, pero todavía no tenía moneda propia.

    Esta afirmación parece una contradicción. La Asamblea que fundó la República Bolívar había decretado, el 17 de agosto de 1825, cómo debía ser la moneda del nuevo Estado. Tendría el Cerro de Potosí y un sol naciente en el anverso; en el reverso aparecerían el árbol de la libertad, cinco estrellas y dos alpacas. Las palabras “República” y “Bolívar” completarían la identificación de la nueva soberanía.

    Pero una cosa era decretar la moneda y otra, bastante más complicada, acuñarla.

    El 17 de agosto también se habían diseñado el escudo, la bandera y la escarapela, que comenzaron a ser utilizados, pero la moneda fue la misma durante todo 1825: el real de a 8 español con la efigie de Fernando VII. Llegó 1826, la historia siguió su curso y la República Bolívar, ya con el nombre de Bolivia, siguió estructurándose, pero seguía acuñando moneda española.

    ¿Había dificultades para acuñar la nueva moneda? Sí, pero la amonedación había cambiado rápidamente en el pasado inmediato.

    MONEDAS RIOPLATENSES

    Durante la crisis de la monarquía española, la Casa de Moneda había tenido que modificar sus acuñaciones según los acontecimientos políticos y militares. Hasta 1813 produjo piezas con la imagen de Carlos IV, pero la ocupación de la Villa Imperial por el ejército de Manuel Belgrano cambió radicalmente esa situación. La Junta de Gobierno de Buenos Aires había aprobado en abril de ese año la acuñación de moneda propia y, cuando los rioplatenses tomaron Potosí, la Casa de Moneda comenzó a producir piezas con nuevos símbolos: el sol en el anverso y el escudo de las Provincias Unidas en el reverso, acompañado por la expresión “Unión y Libertad”.

    La experiencia duró poco. Derrotado Belgrano, los realistas recuperaron Potosí y volvió la moneda española, esta vez con la efigie de Fernando VII. En 1815, el ejército de Juan José Rondeau volvió a ocupar la Villa Imperial y restableció la acuñación patriota, con las modificaciones correspondientes. Expulsados nuevamente los rioplatenses, regresó la moneda fernandina, que ya no sería reemplazada hasta el final del régimen colonial.

    La Casa de Moneda, entonces, no era una institución ajena a la política. Era uno de sus escenarios materiales más importantes. Quien controlaba Potosí podía controlar también los signos monetarios con los que se representaba el poder.

    Acuñar moneda era un proceso complejo pero, como la segunda casa de amonedación potosina tenía la tecnología necesaria, en 1813 y 1815 se hizo cambios rápidos, tanto para producir las que serían las primeras monedas de la actual Argentina, como para retornar a la acuñación española.

    ¿Por qué, entonces, tardaron tanto las primeras monedas republicanas de Bolivia?

    LA ANSIADA MONEDA BOLIVIANA

    Durante 1826, la Casa de Moneda de Potosí continuó produciendo piezas con la efigie de Fernando VII y las armas de España. El Estado que había proclamado su independencia seguía utilizando, en la práctica, la moneda del monarca del que acababa de separarse. No era solamente un problema técnico. La moneda era uno de los signos más visibles de quién ejercía la soberanía.

    Había complicaciones, provocadas, en gran medida, por las observaciones sobrevinientes de Sucre al diseño original de 1825, pero también un detalle que era difícil no notar: en la Casa de Moneda permanecían funcionarios realistas que esperaban que la situación política vuelva a cambiar, como había ocurrido en 1813 y 1815, cuando los patriotas fueron echados por los ejércitos del rey.

    León Galindo, que era prefecto de Potosí y superintendente de la Casa de Moneda desde mayo de 1826, tuvo que insistir. Su persistencia se convirtió en el instrumento del presidente Sucre para acuñar la primera moneda boliviana y, así, romper el último eslabón que unía al nuevo país con España.

    El 16 de noviembre de 1826 ordenó al contador que se abrieran inmediatamente los troqueles necesarios para la acuñación de oro y plata desde el primero de enero del año siguiente. La orden era terminante: no se admitiría disculpa alguna de los talladores.

    Pero mientras la maquinaria administrativa intentaba ponerse en movimiento, el proyecto original ya había cambiado.

    El Congreso General Constituyente aprobó el 14 de noviembre de 1826 un nuevo diseño. La plata conservaría en el reverso el árbol de la libertad y las estrellas, pero llevaría alrededor la inscripción “República Boliviana”. En el anverso aparecería el busto de Simón Bolívar “a la heroica”, acompañado por la frase “Libre por la Constitución”. Las monedas de oro llevarían igualmente el busto del Libertador y, en el reverso, las armas de la república. Todas tendrían además una inscripción que recordaría la batalla que derrotó al imperio español: “Ayacucho: Sucre: 1824”.

    La moneda, por tanto, comenzó a convertirse también en un instrumento de memoria política.

    Los documentos conservados en la Casa Nacional de Moneda permiten seguir casi día por día el proceso. En diciembre de 1826 los funcionarios informaban que los punzones y matrices estaban prácticamente terminados y que se preparaban muestras de las nuevas piezas para que fueran remitidas al presidente Sucre. Incluso se discutían detalles aparentemente menores, como si las inscripciones debían quedar en relieve o en hueco y cómo debía leerse el nombre “Ayacucho” en el canto de las monedas.

    La intervención de Sucre demuestra hasta qué punto el nuevo dinero era también una construcción simbólica. Al recibir las muestras, aprobó el diseño, pero observó que el busto de Bolívar aparecía desproporcionado. Ordenó perfeccionarlo y dispuso que el Libertador apareciera con uniforme y corona de laurel, evitando el manto porque este recordaba a las efigies de los antiguos reyes.

    Es un detalle revelador. La república no solamente estaba sustituyendo una imagen por otra: estaba tratando de establecer una iconografía propia y, al mismo tiempo, de diferenciar al nuevo poder de la monarquía que acababa de desaparecer.

    La fabricación, sin embargo, siguió demorándose.

    El prefecto tuvo que ejercer presión sobre los empleados de la Casa de Moneda. El 4 de abril de 1827 llegó incluso a preguntarles si amaban al presidente Sucre y si consideraban que el Gobierno cumplía sus deberes y hacía cumplir las leyes. La respuesta, emitida tres días después, fue unánime: los empleados declararon su admiración por el Gran Mariscal de Ayacucho y lo presentaron como garantía de libertad, seguridad y derechos ciudadanos (BO CNM CdM 59, 156v-157r).

    La escena resulta casi paradójica. En una Casa de Moneda todavía heredada del régimen virreinal, los funcionarios eran interrogados sobre su fidelidad al Gobierno republicano mientras se intentaba poner en marcha la fabricación de la moneda que debía materializar esa nueva soberanía.

    La moneda republicana terminaría llegando, pero tampoco fue exactamente la que se había decretado en agosto de 1825.

    El primer diseño había previsto cinco estrellas porque entonces eran cinco los Departamentos. Cuando Oruro se convirtió en el sexto, la nueva moneda incorporó una sexta estrella. También se sustituyeron los símbolos españoles y la efigie de Fernando VII por la imagen de Bolívar. La república, finalmente, comenzó a aparecer en metal.

    Y allí está quizá la mayor paradoja de esta historia.

    La independencia política de Bolivia fue proclamada en 1825, pero su independencia monetaria no se produjo de inmediato. Durante un tiempo, la antigua moneda siguió circulando y siendo acuñada en Potosí. El cambio de soberanía necesitó, literalmente, pasar por los troqueles de la Casa de Moneda.

    Por eso, la primera moneda republicana es mucho más que una pieza numismática. Es un documento histórico. En ella quedaron grabados el territorio —representado por el Cerro de Potosí—, la nueva organización política —las estrellas—, la libertad —el árbol—, la memoria de Ayacucho y, finalmente, la figura de Bolívar.

    La república había dejado de ser solamente una declaración escrita en un acta. Ahora podía llevarse en el bolsillo. La voluntad de Sucre se había impuesto a través de la insistencia de Galindo.

    La moneda que se había decretado en 1825 tardó en llegar, cambió de diseño y tuvo que vencer la resistencia de una institución todavía marcada por el pasado virreinal, pero, cuando finalmente salió de los troqueles de Potosí, produjo algo que ningún decreto podía conseguir por sí solo: convirtió la independencia en un objeto cotidiano.

    La soberanía, esta vez, pesaba en plata.

     


    (*) Juan José Toro es fundador de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP).

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