Charly El Duro
Después de la intoxicación gastronómica del fin de semana por el excesivo consumo de carne de res y chorizo parrillero, mezclados con sándwich de palta, leche de tigre y cóctel de tumbo, el Charly tuvo que hacer...
UN ASADITO DE CHANCHO EN EL TEJAR
Después de la intoxicación gastronómica del fin de semana por el excesivo consumo de carne de res y chorizo parrillero, mezclados con sándwich de palta, leche de tigre y cóctel de tumbo, el Charly tuvo que hacer una pausa durante el martes de ch’alla. Y es que su famélico cuerpito a estas alturas de la vida ya no tiene la resistencia de antaño, cuando engullía como boa acabada de nacer.
Por eso cuando se enteró de que la Evita, esa niña de cuerpo casi perfecto y mirada candorosa, había planeado retomar el festejo de Carnaval, el miércoles, en El Tejar, con un grupo de amigas, no dudó en wasapearle para sumarse a la comitiva capitalina que iría en busca de diversión y de un rico asado de chancho.
Claro, el Distrito 4 se caracteriza por extender el festejo carnavalero en las afueras de Sucre y convocar a la población para degustar del preparado artesanal del asado de chancho, además de disfrutar de la fruta de temporada, especialmente el durazno.
El flaco y la Evita llegaron hasta la plazuela de los héroes de La Calancha, allá dónde el chompa roja combatió por la democracia y sus convicciones, hace como una década. Hinchó el pecho de orgullo al llegar al lugar y comenzó a platicarle a la caderuda de las historias que vivió junto a un grupo de amigos universitarios.
La Evita seguía con sorpresa los relatos del esmirriado galán, y sólo le interrumpió cuando llegó la hora de elegir la oferta culinaria: una veintena de preparados de asado de chancho y pan hecho en horno de barro. Una rudimentaria pero exquisita combinación.
El lugar elegido para extasiar a sus estómagos era demasiado pintoresco y, por ello, las amigas de la Evita se sintieron algo incómodas. No obstante, el buen sabor de la comida sosegó a todos, y con la pancita llena los coctelitos de tumbo empezaron a aflorar.
Al ver a tan distinguidos comensales, Doña María, la vendedora, sacó de debajo de una mesa un pequeño cántaro, del cual sirvió un líquido medio café que invitó al Charly, a la Evita y a sus amigas. Era la infaltable chicha de maíz, elixir del Carnaval autóctono, el whisky criollo que por muchos años disfrutaron nuestros abuelos.
Una tutuma más una tutuma menos, la taimada comitiva pasó a ser, en cuestión de minutos, la más bulliciosa del lugar y se puso a bailar al ritmo de la música carnavalera.
En una tarde distinta de Carnaval, en miércoles, el chompa roja retomó su maratón gastronómica, que había suspendido el martes de ch’alla, y no dudó en clavar el diente al k’uchicito.
El flaco galán, acelerado como él solo cuando está en buena compañía, empezó a ronronear y se tornó más cariñoso con su compañera eventual. Ambos emprendieron el largo camino de retorno a la ciudad y probablemente en un acto involuntario olvidaron a las amigas de la Evita. El miércoles no tuvo nada de ceniza para el Charly, todo lo contrario: brasa, mucha brasa.