RAÍCES Y ANTENAS

La creación de valor social y tecnológico

Uno de los temas más polémicos en la teoría económica y empresarial es la relación entre empresa y sociedad, más específicamente entre los trabajadores, la comunidad o región, los clientes, los usuarios, el medio ambiente y el desarrollo de una industria. Para el marxista tradicional, la única relación posible es la explotación de los dueños del capital sobre el resto de los factores productivos, en especial sobre los trabajadores. El objetivo mayor de una empresa es la ganancia a cualquier costo. Para otra visión, las firmas, si bien siempre serán guiadas por el lucro, pueden tener una relación ética y responsable con la sociedad en general y los trabajadores en particular. Es así que han surgido conceptos como la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y la Creación de Valor Compartido (CVC). En este su domingo de marzo sin aguas, sugeriré otro concepto, que en mi humilde opinión, se complementa a las anteriores ideas y se adapta mejor a un país como Bolivia que tiene una triple tarea de desarrollo: resolver los temas sociales y económicos, pero al mismo tiempo, realizar innovaciones tecnológicas para la base de la pirámide social.

Una aproximación teórica tradicional sostiene que una empresa tiene como objetivo tan solo generar valor para los accionistas. Una concepción más moderna sostiene que empresa es un espacio institucional que aglomera a trabajadores y sus familias, clientes, entorno comunitario, proveedores de todo tipo, accionistas y ejecutivos. Es decir una ciudadanía social-corporativa compleja con la cual la empresa tiene diversos tipos de compromisos y responsabilidades a la hora de perseguir sus metas.

Las responsabilidades pueden ser de diverso orden: morales, sociales y legales. En concreto, una empresa tiene la obligación de rendir cuentas frente a la sociedad, es decir, debe ser transparente en la información que ofrece a la sociedad en relación con sus prácticas y formas de gestión. Asimismo, debe responder por sus actos productivos o administrativos. Esta visión donde la empresa da respuesta y es responsable frente a una pluralidad de intereses legítimos es la base de lo que técnicamente se conoce como RSE.

La RSE se tradujo en una serie de intervenciones de apoyo al entorno social y medioambiental, como ser apoyo a escuelas, becas a hijos de empleados, construcción de postas sanitarias y otros, pero muchas veces estas acciones se confundían con la filantropía.

Hace algunos años, Michael Porter y Mark Kramer, en su texto “Strategy and Society: The link between competitive advantage and corporate social responsibility” criticaron estas actividades que estaban totalmente alejadas de la actividad real de la empresa y se habían convertido, en el mejor de los casos, en un instrumento publicitario para mejorar imagen corporativa.

En el modelo de RSC, el mundo social y económico están separados. Porter y Kramer abogan que ambos deben estar juntos en el marco de la estrategia de la compañía con el objetivo de aumentar la productividad y competitividad. Así se presenta la oportunidad de crear valor social y económico, es decir valor compartido. El desafío es detectar aquellas actividades de la cadena de valor de la empresa que más impacto social tengan pero que también aumenten la competitividad.

Este concepto de CVC de Porter y Kramer se centra en tres grandes aspectos: 1) Reinventar productos y mercados vinculados, por ejemplo, a la salud, vivienda y medio ambiente. 2) Redefinir la productividad de la cadena de valor a partir de valor compartido. 3) Impulsar el desarrollo de cadenas (clusters) locales apoyando logística, proveedores, canales de distribución, capacitación, instituciones educativas vinculadas al entorno social .

En las economías desarrolladas, la innovación tecnológica hace parte de los modelos de negocios de las empresas y esto determina la productividad y la competitividad. En este contexto, la creación de valor compartido junta tan sólo lo económico con lo social. En países en vías de desarrollo, las empresas realizan poca incorporación tecnológica, por lo tanto, el desafío de éstas es más complejo. La creación de valor compartido se asienta en un triple hélice, a saber: económica, social y tecnológica. El reto del aparato productivo de estas economías es brindar productos y servicios, con un enorme componente tecnológico para los grandes mercados que son las poblaciones pobres. Por lo tanto, el proceso de innovación debe estar focalizado en la base de la pirámide social. En Bolivia, nuestras empresas deberían manejar el concepto de valor compartido social y tecnológico. Para ello deben promover clusters junto al sector público, las universidades y centros de investigación para impulsar modelos de negocios que al mismo tiempo impulsen el desarrollo empresarial, la prosperidad social y la innovación tecnológica.  

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