En los tres domingos de Cuaresma que han transcurrido hemos reflexionado sobre la alianza de Dios con Noé, Abraham y Moisés. La alianza es cosa de dos. No se puede dudar que Dios ha sido siempre fiel a la alianza: "tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo" "Dios envió su Hijo al mundo, para que el mundo se salve por él". A lo largo de la historia de la salvación, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, Dios ha sido fiel. No así el pueblo de Dios que constantemente oscilaba entre la infidelidad y la idolatría
Es muy importante que en nuestros hogares volvamos a interiorizarnos con la palabra de Dios que hemos escuchado en la celebración de la eucaristía, bien leyendo la Biblia o las hojas dominicales. Las tres lecturas nos muestran que la historia del pecado y la infidelidad de la persona a Dios son paralelas a la historia del amor, del perdón de Dios, manifestado en Jesucristo, el Hijo único que el Padre entregó al mundo para la salvación
Los cristianos hemos hecho un pacto con Dios. Él nos ama y por ello está comprometido a ayudarnos para que alcancemos la salvación. Él es nuestra seguridad, "el Señor es mi pastor, nada me puede faltar" (Sal 22). Si caemos, él puede mantenernos; si nos faltan las fuerzas a Él le sobran; si andamos a oscuras él es la luz. No obstante esta ayuda poderosa, podemos arruinarlo todo. Cada cual puede decir sí o no a Dios. El verdadero obstáculo para que Dios actúe en nosotros es el pecado. La resistencia a la llamada de Dios, a la conversión, puede ser un tropiezo fatal en nuestra vida. Pensémoslo bien, no vence solamente el que nunca cae sino el que siempre se levanta.
En el libro de las Crónicas vemos que lo trágico no fue que los jefes de los sacerdotes del pueblo de Israel multiplicaran sus infidelidades, imitaran a los paganos y profanaran el templo. Ante esa serie de pecados, Dios lleno de amor hace un llamado a la conversión, al arrepentimiento. El amor de Dios se vuelve una invitación a la reconciliación. El ofendido pide al ofensor que le pida perdón, porque el perdón, como la amistad, solamente puede proponerse. Dios no puede perdonar a la persona, si esta no quiere ser perdonada. Quizás para algunos esta Cuaresma sea la última oportunidad para acercarse a Dios y pedirle perdón.
El amor de Dios es previo a todos nuestros méritos y superior a todos nuestros deméritos. ¡Qué bien entendieron esto los santos, las almas grandes que siempre se consideraban pecadoras! El primer mandamiento, "amarás a tu Dios sobre todas las cosas", tiene su antecedente y razón de ser. Puso Dios este mandamiento porque Él nos amó primero y este amor se ha manifestado sobre todo en Cristo, su Hijo único. Como la respuesta es posterior a la pregunta, así es nuestro amor a Dios, es subsiguiente al hecho de haber sido amados por Dios, "nosotros amemos a Dios porque él no amó primero" (1 Jn 4,19).
El amor infinito de Dios se manifiesta en la Cruz. Mirar a la Cruz con fe es nuestra salvación. Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó como estandarte en el desierto por mandato de Dios y sirvió para curar las picaduras de las serpientes venenosas. En el libro de la Sabiduría se nos da la clave para entenderlo. No se valora la serpiente en sí misma, sino como recuerdo de la infinita bondad de Dios: "el que miraba a ella, se salvaba no por la contemplación, sino por Ti, Salvador de todos" (Sb 16, 6-7). Jesús dice a Nicodemo “recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él la vida eterna" (Jn 3,14-15).
Hay un llamamiento a la reconciliación con Cristo, a través del sacramento de la reconciliación o penitencia. No basta la fe que se queda en teoría, no basta un simple sentimiento religioso. El que vive en el pecado, dice Jesús, está en las tinieblas. Mirar a Cristo, quiere decir creer en él. Hay varias maneras de vivir en tinieblas, es el empecinarse en no reconocer nuestros errores y vivir sin Cristo, sin su amistad. La Cuaresma es un llamado fuerte a mirar de frente a Cristo y a dejarnos mirar por él.