Cuando se trabaja y vive inmerso en un mundo de niños, que dista mucho de ser un mundo de adultos pequeños, se leen miles de historias verídicas escritas en el libro de la vida de estos pequeños.
La inocencia de un niño, que relata sus vivencias con la sencillez de su edad, o el reflejo de su entorno en el desarrollo de su personalidad, aclaran el panorama sobre la presencia o ausencia de un padre en sus vidas.
Un padre presente es aquel cuya prioridad es su hijo; está siempre atento a sus necesidades materiales, emocionales y espirituales sin importar sacrificios; que aun estando lejos encuentra la forma de estar cerca y, sin ser perfecto, le enseña límites con paciencia, brindándole las herramientas para convertirse en un ser humano de bien.
Para esta clase de padres no existe un tiempo pasado, nunca dejan de estar presentes en el recuerdo de sus hijos, aun después de dejar esta vida.
Hay muchos tipos de padre ausente, materialmente o en su papel como tal: los que olvidan que no sólo de pan vive el hombre; los que retacean su tiempo dándoles a sus niños sólo el que les sobra; los que no se comprometen o están únicamente en las buenas.
Qué triste debe ser estar en su lugar el Día del Padre y cuando caen en cuenta de que el niño que no los juzgaba, que los recibía como a un héroe de la vida, no existe más; que se ha convertido en un hombre o una mujer y que otros seres humanos suplieron sus ausencias, y cumplieron sus tareas con bondad y sacrificio aunque no les correspondía.
Pero la mejor maestra, la vida, nos enseña que de una u otra forma todos tenemos un padre presente: en la figura de Dios, en el recuerdo, en un abuelo que es doblemente padre, una madre que es padre y madre, un tío o un hermano mayor que a veces siendo también un niño se convierte en un padre.
En este Día del Padre me permito saludar con admiración y respeto a todos los que siendo o no progenitores son verdaderos padres y felicitar a todos los que tenemos la bendición de tener un padre presente.